El signo de los cuatro·Episodio 02

La ciencia de la deducción · II

~6 min · 1197 palabras

—¿Y cómo dedujo lo del telegrama?

—Pues porque sabía con certeza que no había escrito ninguna carta, habiendo estado sentado frente a usted toda la mañana. Veo además en su pupitre abierto un pliego entero de sellos y un grueso taco de tarjetas postales. ¿A qué otra cosa podía entrar en correos, entonces, sino a poner un telegrama? Elimine todos los demás factores y el que subsista habrá de ser forzosamente la verdad.

—En este caso se cumple a la perfección —admití tras breve reflexión—. La cosa, con todo, es tan simple como usted indica. ¿Me tomaría por impertinente si sometiese sus teorías a una prueba más rigurosa?

—Al contrario —respondió él—; me evitará recurrir a una segunda dosis de cocaína. Me complacerá examinar cualquier problema que tenga a bien plantearme.

—Le he oído afirmar que es casi imposible que una persona use a diario un objeto sin imprimir en él los rasgos de su personalidad de modo que un observador atento pueda descifrarlos. Pues bien: tengo aquí un reloj que ha llegado hace poco a mis manos. ¿Tendría la bondad de darme su opinión sobre el carácter o las costumbres de su difunto dueño?

Le entregué el reloj con un leve sentimiento de regocijo interior, pues juzgaba la prueba irrealizable y deseaba darle una lección frente al tono algo dogmático que solía adoptar en ocasiones. Holmes sopesó el reloj en la palma de la mano, contempló con fijeza la esfera, abrió la tapa posterior y examinó la maquinaria, primero a simple vista y luego provisto de una potente lente convexa. Apenas pude contener la sonrisa al ver su expresión cabizbaja cuando por fin cerró la caja con un chasquido y me lo devolvió.

—Apenas hay datos —declaró—. El reloj ha sido limpiado recientemente, lo cual me despoja de los indicios más reveladores.

—En efecto —respondí—. Lo limpiaron antes de remitírmelo. —En mi fuero interno acusé a mi camarada de recurrir a una excusa endeble para disimular su fracaso. ¿Qué datos esperaba extraer de un reloj sin limpiar?

—Aunque insatisfactorio, mi examen no ha sido estéril del todo —observó mirando al techo con ojos soñadores y desvaídos—. Salvo error por su parte, yo diría que el reloj perteneció a su hermano mayor, quien lo heredó de su padre.

—¿Lo deduce sin duda de las iniciales H. W. grabadas en la tapa?

—Exactamente. La W sugiere su propio apellido. La fecha de fabricación del reloj ronda los cincuenta años y las iniciales son coetáneas: luego fue fabricado para la generación anterior. Las joyas suelen transmitirse al primogénito, y es muy común que este lleve el nombre del padre. Su padre, si mal no recuerdo, falleció hace muchos años; por ende, la pieza ha estado en manos de su hermano mayor.

—Correcto hasta el momento —dije—. ¿Algo más?

—Era un hombre de hábitos desordenados... muy descuidado e imprevisor. Se le abrieron buenas perspectivas en la vida, pero malogró sus oportunidades, vivió algún tiempo en la estrechez con breves intervalos de desahogo y finalmente murió entregado a la bebida. Es cuanto he podido colegir.

Me levanté del sillón de un brinco y me puse a cojear con impaciencia por la habitación con honda amargura en el alma.

—Esto es indigno de usted, Holmes —le increpé—. Jamás habría creído que descendiese a semejante bajeza. Ha estado indagando la historia de mi desdichado hermano y ahora pretende deducir esos informes mediante fingidas argucias. ¡No pretenderá hacerme creer que ha leído todo eso en su viejo reloj! Es desleal y, para hablar con franqueza, encierra un deje de charlatanería.

—Mi querido doctor —dijo él afablemente—, le ruego que acepte mis disculpas. Al considerar el asunto como un problema puramente abstracto, olvidé hasta qué punto podía resultar doloroso para usted. Le aseguro, sin embargo, que ni siquiera sospechaba que tuviese un hermano hasta que me puso el reloj en la mano.

—¿Cómo demonios consiguió entonces esos pormenores? Son exactos hasta en el más mínimo detalle.

—Ah, pura chiripa. Me limité a señalar lo que indicaba la balanza de las probabilidades; no esperaba acertar con tanta precisión.

—¿Pero no se trató de una simple corazonada?

—No, en absoluto: jamás hago conjeturas. Es un vicio funesto que arruina la facultad lógica. Lo que a usted le parece asombroso se debe únicamente a que no sigue el hilo de mi raciocinio ni repara en los pormenores menudos sobre los que descansan las grandes deducciones. Por ejemplo: comencé sentando que su hermano era descuidado. Si observa la parte inferior de la caja del reloj advertirá que no solo presenta dos abolladuras, sino que se halla llena de rasguños y hendiduras producidos por la costumbre de llevar otros objetos duros, como llaves o monedas, en el mismo bolsillo. No hace falta ser un lince para suponer que quien trata con semejante desenvoltura un reloj de cincuenta guineas es un sujeto desordenado. Tampoco es aventurado deducir que quien hereda una joya de tal valor dispone de una posición desahogada en otros aspectos.

Asentí con la cabeza para indicarle que seguía su razonamiento.

—En Inglaterra es uso corriente entre los prestamistas, cuando empeñan un reloj, marcar el número de la papeleta con la punta de un alfiler en el interior de la tapa. Es más práctico que una etiqueta, pues no se corre el riesgo de que la cifra se pierda o se traspapele. Con mi lupa he descubierto no menos de cuatro números de esa clase en el fondo de esta caja. Deducción: que su hermano anduvo a menudo con el agua al cuello. Deducción secundaria: que disfrutó de repentinas rachas de prosperidad, pues de lo contrario no habría rescatado la prenda. Por último, le ruego que examine la pletina interior que rodea el ojo de la cerradura: observe los millares de arañazos en torno al orificio, huellas del resbalar de la llave. ¿Qué mano sobria pudo labrar semejantes hendiduras? Jamás verá el reloj de un beodo sin ellas: le da cuerda de noche y deja el rastro de su pulso vacilante. ¿Dónde radica el misterio de todo esto?

—Es tan claro como la luz del día —reconocí—. Lamento la injusticia que he cometido con usted. Debí haber tenido más fe en sus facultades prodigiosas. ¿Puedo preguntarle si tiene entre manos alguna pesquisa en la actualidad?

—Ninguna. De ahí la cocaína. No puedo vivir sin ejercicio cerebral: ¿qué otra cosa justificaría la existencia? Asómese a la ventana: ¿vio jamás un mundo más gris, desolado e infructuoso? Mire cómo la niebla amarillenta se arremolina calle abajo y envuelve las casas de color pardo. ¿Qué puede haber más desesperadamente prosaico y material? ¿De qué sirve poseer facultades, doctor, cuando no se tiene campo donde ejercitarlas? El crimen es vulgar, la vida es vulgar y ninguna cualidad que no sea vulgar halla cabida en esta tierra.

Iba a replicar a semejante desahogo cuando un golpe seco en la puerta anunció a la dueña de la casa, que entró trayendo una tarjeta sobre una bandeja de latón.

—Una señorita para usted, señor —anunció dirigiéndose a mi amigo.

—Señorita Mary Morstan —leyó él—. ¡Hum! No me suena el nombre. Pídale a la señorita que suba, señora Hudson. No se marche, doctor: prefiero que se quede.

Fin del Episodio 2 · de 24

La ciencia de la deducción · II

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