El signo de los cuatro·Episodio 01

La ciencia de la deducción · I

~8 min · 1593 palabras

Sherlock Holmes cogió su frasco del rincón de la repisa de la chimenea y sacó su jeringuilla hipodérmica de su primoroso estuche de tafilete. Con dedos largos, blancos y nerviosos ajustó la delicada aguja y se arremangó el puño izquierdo de la camisa. Durante unos instantes sus ojos descansaron pensativos sobre el enjuto antebrazo y la muñeca, punteados y surcados por innumerables cicatrices de pinchazos. Por fin hundió la aguda punta, presionó el diminuto émbolo y se recostó en el sillón tapizado de terciopelo con un prolongado suspiro de satisfacción.

Tres veces al día, durante muchos meses, había presenciado yo aquella operación, pero la costumbre no había reconciliado mi ánimo con semejante práctica. Al contrario: día tras día me volvía más irritable ante aquel espectáculo, y mi conciencia me reprochaba cada noche la falta de valor para protestar. Una y otra vez me había hecho el juramento de desahogar mi alma al respecto, pero había algo en el aire frío y displicente de mi compañero que lo convertía en el último hombre con quien uno se atrevería a tomarse la menor confianza. Sus extraordinarias dotes, sus maneras magistrales y la experiencia que yo tenía de sus singulares cualidades me infundían timidez y retraimiento a la hora de contradecirle.

Aquel atardecer, sin embargo, fuese por el borgoña de Beaune que había tomado en el almuerzo o por la exasperación añadida que me producía la parsimonia extrema de sus modales, sentí de repente que no podía contenerme por más tiempo.

—¿Qué toca hoy? —le pregunté—: ¿morfina o cocaína?

Alzó los ojos con languidez del viejo volumen de caracteres góticos que tenía abierto. —Es cocaína —respondió—; una solución al siete por ciento. ¿Le apetecería probarla?

—De ningún modo —repliqué con brusquedad—. Mi naturaleza no se ha repuesto todavía de la campaña de Afganistán. No puedo permitirme someterla a ningún desgaste suplementario.

Sonrió ante mi vehemencia. —Acaso tenga usted razón, Watson —dijo—. Supongo que su efecto físico es perjudicial. Sin embargo, la encuentro tan prodigiosamente estimulante y clarificadora para la mente que su acción secundaria resulta un detalle baladí.

—¡Pero reflexione! —exclamé con fervor—. ¡Calcule las consecuencias! Su cerebro podrá, como afirma, excitarse y avivarse, pero se trata de un proceso morboso y patológico que ocasiona una acelerada degeneración de los tejidos y puede desembocar en una debilidad permanente. Además bien conoce usted las negras depresiones que le sobrevienen después. Ciertamente el juego no vale la candela. ¿Por qué arriesgarse, por un placer efímero, a perder las facultades admirables de que ha sido dotado? Recuerde que le hablo no solo como un camarada a otro, sino como un médico a alguien de cuya salud se siente en cierta medida responsable.

No pareció ofenderse. Lejos de ello, unió las yemas de los dedos y apoyó los codos en los brazos del sillón, con la actitud de quien se dispone a saborear una buena conversación.

—Mi mente —dijo— se rebela ante la inactividad. Deme problemas, deme trabajo, deme el criptograma más intrincado o el análisis más sutil, y me hallaré en mi propio elemento. Podré prescindir entonces de estímulos artificiales. Pero aborrezco la vulgar monotonía de la existencia: ansío la exaltación mental. Por eso escogí mi profesión particular... o más bien la inventé, pues soy el único en el mundo.

—¿El único detective no oficial? —pregunté arqueando las cejas.

—El único detective asesor extraoficial —precisó—. Soy el tribunal supremo de apelación en materia de investigación criminal. Cuando Gregson, Lestrade o Athelney Jones se ven desorientados —lo cual, dicho sea de paso, constituye su estado habitual—, acuden a ponerme el caso por delante. Examino los datos como perito y emito mi dictamen de especialista. No reclamo mérito alguno en tales lances; mi nombre no figura en ningún periódico. El trabajo en sí, el placer de hallar un cauce propicio para mis singulares facultades, constituye mi recompensa más elevada. Pero usted mismo ha tenido ocasión de apreciar mis métodos en el caso de Jefferson Hope.

—Sí, en verdad —admití cordialmente—. Jamás me impresionó nada tanto en la vida. Hasta lo recogí en un folleto con el título un tanto novelesco de «Estudio en escarlata».

Sacudió la cabeza con aire de reproche. —Le eché un vistazo —dijo—. Francamente, no puedo felicitarle por ello. La investigación criminal es, o debería ser, una ciencia exacta, y como tal debe ser tratada, con el mismo temperamento frío y desapasionado. Usted ha pretendido teñirla de romanticismo, lo cual produce un efecto parecido a injertar una intriga amorosa o una fuga de novios en la quinta proposición de Euclides.

—Pero el elemento novelesco estaba allí —repliqué en defensa propia—. No podía alterar los hechos reales.

—Ciertos hechos deben suprimirse, o al menos tratarse con un justo sentido de la proporción. El único punto de aquel asunto digno de mención era el curioso razonamiento analítico de efectos a causas mediante el cual logré desenredar la madeja.

Me molestó aquella censura hacia una obra concebida expresamente para complacerle. Confieso también que me irritó aquel egoísmo que parecía exigir que cada línea de mi relato estuviese consagrada a sus proezas particulares. Más de una vez durante los años de convivencia con él en Baker Street había advertido que cierta vanidad pueril subyacía bajo los modales reposados y magisteriales de mi compañero. Guardé silencio, no obstante, y me quedé sobándome la pierna herida. Tiempo atrás una bala de fusil me la había atravesado y, aunque no me impedía caminar, me dolía con insistencia ante cada cambio de tiempo.

—Mi clientela se ha extendido últimamente al continente —señaló Holmes al cabo de una pausa, mientras cargaba su vieja pipa de raíz de brezo—. La semana pasada me consultó François Le Villard, quien, según sabrá, ha descollado recientemente en la policía de París. Posee toda la intuición viva propia de los celtas, pero adolece de esa vasta gama de conocimientos exactos que resulta indispensable para los desarrollos superiores de nuestro arte. Se trataba de un pleito testamentario con ciertos visos de interés. Pude remitirle a dos casos paralelos, uno ocurrido en Riga en 1857 y otro en San Luis en 1871, que le brindaron la clave del misterio. Aquí está la carta que recibí esta mañana agradeciendo mi concurso. —Al decir esto me arrojó una cuartilla arrugada de papel extranjero. La recorrí con la vista, descubriendo una profusión de signos de admiración y términos entusiastas como «magnifique», «coup-de-maître» y «tour-de-force», que acreditaban la fervorosa devoción del francés.

—Habla como un discípulo dirigiéndose a su maestro —comenté.

—Sobrevalora mi auxilio —dijo Sherlock Holmes con modestia fingida—. Posee dotes estimables por cuenta propia; reúne dos de las tres condiciones indispensables en el detective perfecto: capacidad de observación y facultad de deducción. Solo le faltan conocimientos sólidos, que ya adquirirá con el tiempo. Ahora mismo está traduciendo mis opúsculos al francés.

—¿Sus obras?

—¿No lo sabía? —exclamó echándose a reír—. Sí, he perpetrado varias monografías. Versan todas sobre asuntos técnicos. He aquí, verbigracia, una titulada «Sobre la distinción entre las cenizas de los diversos tabacos». En ella inventarío ciento cuarenta variedades de picadura de cigarro, cigarrillo y pipa, con láminas coloreadas que ilustran las diferencias de la ceniza. Es un punto que asoma constantemente en los juicios por homicidio y que a menudo reviste trascendencia capital como indicio. Si usted puede asegurar terminantemente, por ejemplo, que un crimen ha sido ejecutado por un individuo que fumaba tabaco indio lunkah, reduce notablemente el círculo de pesquisas. Para el ojo experto existe tanta diferencia entre la ceniza negra de un Trichinopoly y la pelusa blanca de un bird’s-eye como entre una col y una patata.

—Posee usted una intuición asombrosa para los pormenores menudos —observé.

—Reconozco su justo valor. Aquí tiene mi monografía sobre el rastreo de huellas, con algunas consideraciones sobre el uso del yeso de París para conservar impresiones. Y aquí otro estudio curioso sobre la influencia del oficio en la conformación de la mano, con litografías de manos de pizarreros, marineros, corcheros, tipógrafos, tejedores y pulidores de diamantes. Es un asunto de enorme utilidad práctica para el detective científico, sobre todo en casos de cadáveres sin identificar o al indagar los antecedentes de delincuentes. Pero le estoy aburriendo con mis manías.

—De ningún modo —respondí con sinceridad—. Me interesa extraordinariamente, sobre todo desde que he tenido ocasión de comprobar su aplicación en la práctica. Pero aludía usted hace un momento a la observación y la deducción: ¿acaso la una no presupone en cierta medida a la otra?

—Apenas —repuso recostándose placenteramente en su sillón y despidiendo espesas espirales azuladas de su pipa—. Por ejemplo: la observación me indica que usted ha estado esta mañana en la estafeta de correos de Wigmore Street, pero la deducción me revela que desde allí despachó un telegrama.

—¡Exacto! —exclamé—. ¡Acertó en ambos puntos! Pero confieso que no alcanzo a comprender cómo llegó a esa conclusión: fue un impulso repentino por mi parte y no se lo había mencionado a nadie.

—Es la sencillez misma —comentó sonriendo de mi asombro—; tan pueril que toda explicación resulta superflua, si bien puede servir para deslindar el campo de la observación del de la deducción. La observación me advierte de que lleva un poco de barro rojizo pegado en el empeine del zapato. Justo enfrente de la estafeta de Wigmore Street han levantado el pavimento y amontonado tierra de tal suerte que es casi imposible evitar pisarla al entrar. Es una tierra de ese tono rojizo tan peculiar que no se halla, hasta donde sé, en ningún otro punto de los alrededores. Hasta ahí llega la observación; lo restante pertenece a la deducción.

Fin del Episodio 1 · de 24

La ciencia de la deducción · I

Siguiente Episodio 2~6 minLa ciencia de la deducción · II“—Pues porque sabía con certeza que no había escrito ninguna carta, habiendo estado sentado frente a usted toda la mañana.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.