En busca de una solución
~8 min · 1645 palabras
Eran las cinco y media pasadas cuando Holmes regresó. Venía despejado, animoso y de un humor excelente: estado de ánimo que en su caso solía alternarse con accesos de la más sombría melancolía.
—No encierra gran misterio este asunto —dijo, cogiendo la taza de té que le había servido—. Los hechos parecen admitir una sola explicación.
—¡Cómo! ¿Ya lo ha resuelto?
—Bueno, eso sería decir demasiado. He descubierto un dato revelador, eso es todo. Resulta, sin embargo, muy sugerente. Quedan aún por encajar los pormenores. Consultando las colecciones atrasadas del Times, acabo de comprobar que el mayor Sholto, de Upper Norwood, antiguo oficial del 34.º de Infantería de Bombay, falleció el 28 de abril de 1882.
—Debo de ser muy torpe, Holmes, pero no alcanzo a ver qué insinúa esa noticia.
—¿No? Me sorprende. Mírelo desde esta perspectiva: el capitán Morstan desaparece. La única persona en Londres a quien podía visitar era el mayor Sholto. El mayor Sholto niega haber tenido noticia de que se hallase en la capital. Cuatro años después Sholto fallece. En la misma semana de su muerte la hija del capitán Morstan recibe un valioso obsequio, que se repite año tras año y culmina ahora en una carta que la califica de mujer agraviada. ¿A qué agravio puede referirse sino a haberla despojado de su padre? ¿Y por qué habrían de iniciarse los envíos justo tras la muerte de Sholto, a menos que el heredero de Sholto conozca el secreto y pretenda compensarla? ¿Se le ocurre alguna otra hipótesis que concuerde con los hechos?
—¡Pero qué compensación más extraña y de qué modo tan singular se ejecuta! Además, ¿por qué escribirle una carta ahora y no hace seis años? Por otra parte, la misiva habla de hacerle justicia: ¿qué justicia puede administrársele? Resulta absurdo suponer que su padre continúe con vida. No existe ninguna otra injusticia en su caso que usted conozca.
—Hay dificultades, ciertamente las hay —reconoció Sherlock Holmes en tono reflexivo—. Pero nuestra expedición de esta noche las despejará todas. ¡Ah, ahí llega un coche de punto y la señorita Morstan va dentro! ¿Está usted listo? Entonces será mejor que bajemos, pues ya pasa de la hora.
Cogí mi sombrero y mi bastón más pesado, pero advertí que Holmes sacaba su revólver del cajón y se lo metía en el bolsillo. Estaba claro que consideraba que nuestra empresa nocturna podía revestir gravedad.
La señorita Morstan venía envuelta en una capa oscura y su semblante delicado se mostraba sereno, aunque pálido. Tendría que haber sido más que humana para no experimentar alguna inquietud ante la extraña aventura en que nos embarcábamos; sin embargo, su dominio de sí era perfecto y respondió con soltura a las pocas preguntas complementarias que le formuló Sherlock Holmes.
—El mayor Sholto era un amigo entrañable de papá —dijo—. Sus cartas estaban llenas de alusiones al mayor. Él y papá mandaban las tropas en las islas Andamán, de suerte que convivían muy estrechamente. A propósito: entre los papeles de papá se encontró un documento curioso que nadie logró comprender. No supongo que tenga la menor importancia, pero pensé que acaso desearía verlo y lo traje conmigo. Aquí está.
Holmes desdobló el papel con esmero y lo allanó sobre su rodilla. Procedió luego a examinarlo con minucioso método ayudado de su doble lente.
—Es papel de fabricación india —observó—. En algún momento estuvo prendido a una tabla. El diagrama parece el plano de parte de un gran edificio provisto de numerosas salas, pasillos y galerías. En un punto figura una pequeña cruz trazada con tinta roja, y encima dice: «3,37 desde la izquierda», con letra desvaída a lápiz. En la esquina izquierda aparece un curioso jeroglífico formado por cuatro cruces en hilera con los brazos rozándose. Al lado figura escrito con trazo muy tosco y desigual: «El signo de los cuatro: Jonathan Small, Mahomet Singh, Abdullah Khan, Dost Akbar». No, confieso que no alcanzo a ver qué relación guarda con el asunto; con todo, es a las claras un documento de importancia: lo guardaban cuidadosamente en una cartera, pues una cara está tan limpia como la otra.
—Fue en su cartera de bolsillo donde lo encontramos.
—Consérvelo con cuidado, señorita Morstan, pues bien podría sernos de utilidad. Empiezo a sospechar que este asunto puede resultar mucho más profundo y sutil de lo que supuse al principio: debo reconsiderar mis hipótesis. —Se recostó en el carruaje y, por su ceño fruncido y su mirada perdida, comprendí que cavilaba intensamente. La señorita Morstan y yo conversamos en voz baja sobre nuestra empresa y su posible desenlace, pero nuestro compañero mantuvo su impenetrable reserva hasta el término del trayecto.
Era un atardecer de septiembre, aún no daban las siete, pero el día había sido gris y una densa llovizna neblinosa envolvía la gran urbe. Nubarrones parduzcos colgaban con tristeza sobre las calles empapadas. Por el Strand las farolas parecían borrones brumosos de luz difusa que arrojaban un débil resplandor circular sobre el pavimento viscoso. El brillo amarillento de los escaparates se proyectaba en el aire humoso y denso, despidiendo una claridad turbia y vacilante sobre la calzada abarrotada. Había a mi juicio algo fantasmal y sobrecogedor en el interminable desfile de rostros que cruzaban aquellos estrechos haces de luz: rostros alegres y tristes, demacrados y joviales. Como toda la condición humana, cruzaban de la sombra a la luz para volver a hundirse de nuevo en la sombra. No soy propenso a las impresiones lúgubres, pero la tarde pesada y gris unida a la insólita misión en que andábamos empeñados se conjuraban para ponerme nervioso y decaído. Por el porte de la señorita Morstan adiviné que experimentaba idéntica sensación. Solo Holmes lograba sobreponerse a tales influencias: sostenía su cuaderno abierto sobre la rodilla y de tarde en tarde anotaba cifras y apuntes a la luz de su linterna sorda.
En el Teatro Lyceum la multitud abarrotaba ya las entradas laterales. Al frente afluía una corriente incesante de coches de punto y cabriolés que descargaban hombres de pechera almidonada y señoras cubiertas de chales y diamantes. Apenas habíamos alcanzado la tercera columna, fijada como cita, cuando un hombrecillo menudo, moreno y vivaz, con atuendo de cochero, se nos acercó.
—¿Son ustedes quienes acompañan a la señorita Morstan? —preguntó.
—Yo soy la señorita Morstan y estos dos caballeros son mis amigos —respondió ella.
El hombre clavó en nosotros dos ojos penetrantes e inquisitivos. —Me disculpará, señorita —dijo con cierto aire terco—, pero se me ordenó exigirle su palabra de honor de que ninguno de sus acompañantes es agente de policía.
—Le doy mi palabra de honor —respondió ella.
Lanzó un silbido agudo, ante el cual un pilluelo callejero acercó un coche de cuatro ruedas y abrió la portezuela. El hombre que nos había hablado subió al pescante mientras nosotros tomábamos asiento en el interior. Apenas nos hubimos acomodado cuando el conductor fustigó al caballo y partimos a paso vertiginoso por las calles envueltas en niebla.
La situación era ciertamente singular: rodábamos hacia un paraje desconocido con un cometido ignorado. Sin embargo, nuestra invitación constituía o bien una burla descomunal —hipótesis inverosímil— o bien teníamos motivos fundados para creer que de nuestro viaje pendían asuntos de suma trascendencia. El porte de la señorita Morstan se mostraba tan sereno y resuelto como de costumbre. Intenté animarla y distraerla con recuerdos de mis lances en Afganistán; pero, a decir verdad, me hallaba tan intrigado ante el trance y sentía tanta curiosidad por nuestro destino que mis relatos resultaban algo embrollados. Hasta el día de hoy afirma que le referí una conmovedora anécdota según la cual un mosquete asomó al interior de mi tienda en mitad de la noche y le descerrajé un cachorro de tigre de dos cañones. Al principio alcancé a vislumbrar el rumbo que llevábamos; pero pronto, entre la velocidad, la niebla y mi escaso conocimiento de Londres, perdí por completo la orientación, ignorando todo salvo que parecíamos recorrer una distancia interminable. Sherlock Holmes, por el contrario, no se despistaba jamás, e iba mascullando los nombres de las vías mientras el carruaje traqueteaba por plazas y callejuelas tortuosas.
—Rochester Row —decía—. Ahora Vincent Square. Ahora salimos a la carretera del puente de Vauxhall. Nos dirigimos al parecer hacia Surrey. Sí, me lo figuraba: ya estamos en el puente; se divisan destellos del río.
En efecto, alcanzamos a vislumbrar un tramo fugaz del Támesis, con los faroles reflejándose sobre la corriente ancha y silenciosa; pero nuestro coche continuó a la carrera, internándose enseguida en un laberinto de callejuelas en la orilla opuesta.
—Wordsworth Road —señalaba mi camarada—. Priory Road. Lark Hall Lane. Stockwell Place. Robert Street. Cold Harbor Lane. Nuestra pesquisa no parece llevarnos a barrios muy distinguidos.
Habíamos alcanzado, en efecto, un vecindario dudoso y poco acogedor. Largas hileras de casas de ladrillo oscuro solo se veían aliviadas por el resplandor chillón y la iluminación chillona de las tabernas en las esquinas. Seguían luego filas de chalés de dos plantas con minúsculos jardincillos delanteros, y luego otra vez interminables hileras de edificaciones nuevas de ladrillo visto: los tentáculos monstruosos que la urbe gigantesca extendía hacia la campiña. Por fin el coche se detuvo ante la tercera vivienda de una travesía recién abierta. Ninguna de las demás casas estaba habitada y aquella ante la que paramos permanecía tan oscura como sus vecinas, salvo por una leve claridad en la ventana de la cocina. Sin embargo, apenas hubimos llamado, la puerta se abrió de par en par, dando paso a un criado hindú tocado con turbante amarillo, ropas blancas y holgadas y un fajín amarillo. Había algo singularmente discordante en aquella estampa oriental enmarcada en el umbral vulgar de una vivienda suburbana de tercer orden.
—El Sahib los aguarda —dijo, y en ese mismo instante brotó una voz aflautada y chillona desde alguna habitación interior—: «¡Hazlos pasar ante mí, khitmutgar! —gritó—. ¡Hazlos pasar directamente ante mí!».
Fin del Episodio 4 · de 24
En busca de una solución
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.