El signo de los cuatro·Episodio 23

La extraña historia de Jonathan Small · IV

~11 min · 2104 palabras

»—Pues en cuanto a eso, caballeros —respondí tratando también de parecer sereno, aunque sintiéndome tan excitado como él—, no hay más que un trato que un hombre en mi situación pueda aceptar. Deseo que me ayuden a conseguir mi libertad y que ayuden a mis tres compañeros a conseguir la suya. Les admitiremos entonces como socios y les daremos una quinta parte para repartir entre ustedes dos.

»—¡Hum! —dijo él—. ¡Una quinta parte! No resulta muy tentador.

»—Saldrían a cincuenta mil libras por cabeza —observé.

»—Pero ¿cómo vamos a lograr su libertad? Sabe de sobra que pide un imposible.

»—Nada de eso —contesté—. Lo tengo todo pensado hasta el último detalle. El único obstáculo para nuestra huida es que no disponemos de un barco apto para la travesía ni de víveres para tanto tiempo. Hay multitud de pequeños yates y balandras en Calcuta o en Madrás que nos servirían a la perfección. Tráiganse uno. Nosotros nos comprometemos a subir a bordo de noche, y con que nos desembarquen en cualquier punto de la costa de la India habrán cumplido su parte del trato.

»—Si fuera usted solo... —dijo él.

»—O todos o ninguno —respondí—. Lo tenemos jurado. Los cuatro debemos actuar siempre juntos.

»—Ya ve, Morstan —dijo él—, Small es un hombre de palabra. No abandona a sus amigos. Creo que podemos confiar en él.

»—Es un negocio sucio —respondió el otro—. Sin embargo, como dice usted, ese dinero salvaría nuestras carreras con holgura.

»—Bien, Small —dijo el mayor—; supongo que tendremos que ponernos de acuerdo. Primero, como es natural, debemos comprobar la veracidad de su historia. Dígame dónde está escondida la caja y solicitaré un permiso para viajar a la India en el barco de relevo mensual e investigar el asunto.

»—No tan aprisa —dije enfriándome a medida que él se acaloraba—. Necesito el consentimiento de mis tres camaradas. Ya le he dicho que entre nosotros somos cuatro o ninguno.

»—¡Qué tontería! —saltó él—. ¿Qué tienen que ver tres soldados nativos con nuestro acuerdo?

»—Negros o azules —dije—, están conmigo y todos vamos en el mismo lote.

»En resumidas cuentas, el asunto concluyó con una segunda reunión en la que estuvieron presentes Mahomet Singh, Abdullah Khan y Dost Akbar. Comentamos de nuevo el trato y al fin llegamos a un acuerdo. Debíamos entregar a ambos oficiales sendos planos de la parte del fuerte de Agra señalando el punto del muro donde estaba escondido el tesoro. El mayor Sholto viajaría a la India para comprobar nuestro relato. Si encontraba la caja debía dejarla allí, fletar un pequeño velero provisto de provisiones para la travesía que fondearía frente a la isla Rutland —a donde nosotros acudiríamos— y reincorporarse luego a su puesto. El capitán Morstan pediría entonces un permiso para reunirse con nosotros en Agra y allí haríamos el reparto definitivo del tesoro, cobrando él la parte del mayor además de la suya. Todo esto lo sellamos con los juramentos más solemnes que la mente humana pueda concebir o los labios pronunciar. Pasé la noche entera en vela con papel y tinta, y para la mañana tenía los dos planos terminados y firmados con el signo de los cuatro: es decir, Abdullah, Akbar, Mahomet y yo.

»Pues bien, caballeros, les canso con mi larga historia y sé que mi amigo el señor Jones arde en deseos de verme a buen recaudo entre rejas. Seré tan breve como pueda. El miserable de Sholto partió para la India, pero jamás regresó. El capitán Morstan me enseñó su nombre en la lista de pasajeros de uno de los buques correo muy poco después. Su tío había muerto dejándole una fortuna y él había abandonado el ejército; y aun así fue capaz de rebajarse a tratar a cinco hombres como nos trató a nosotros. Morstan viajó a Agra poco después y descubrió, como temíamos, que el tesoro había desaparecido. Aquel canalla se lo había llevado todo sin cumplir una sola de las condiciones bajo las cuales le vendimos el secreto. A partir de aquel día solo viví para la venganza. Pensaba en ella de día y la alimentaba de noche. Se convirtió en una pasión absorbente e irresistible. Me importaban un bledo la ley y la horca. Escapar, dar caza a Sholto, poner mis manos en su pescuezo: ese era mi único pensamiento. Incluso el tesoro de Agra pasó a ser algo insignificante en mi mente comparado con la muerte de Sholto.

»Miren, me he propuesto muchas cosas en esta vida y jamás hubo una que no llevara a cabo. Pero pasaron años agotadores antes de que llegara mi turno. Ya les he dicho que había aprendido algo de medicina. Un día en que el doctor Somerton estaba postrado por la fiebre, una brigada de presidiarios recogió en los bosques a un pequeño aborigen de las islas Andamán. Estaba moribundo y se había apartado a un rincón solitario a morir. Me hice cargo de él, aunque era tan venenoso como una víbora joven, y al cabo de un par de meses lo puse en pie y en condiciones de andar. Le dio entonces por tomarme apego y apenas quería volver a su selva, sino que andaba siempre merodeando por mi choza. Aprendí algo de su lenguaje y eso hizo que me cobrase todavía más afecto.

»Tonga —que ese era su nombre— era un excelente marino y poseía una canoa grande y espaciosa de su propiedad. Cuando vi que me era devoto y que haría cualquier cosa por servirme, comprendí que tenía en mis manos la oportunidad de escapar. Lo hablé con él. Debía llevar su canoa una noche determinada a un viejo embarcadero que nunca tenía vigilancia y recogerme allí. Le di instrucciones de cargar varias calabazas de agua y abundancia de ñames, cocos y batatas.

»Era leal y valiente aquel pequeño Tonga. Jamás tuvo un hombre un compañero más fiel. La noche señalada acudió con su barca al muelle. Dio la casualidad, sin embargo, de que un guardia de presidiarios andaba por allí: un infame pastún que jamás había perdido ocasión de insultarme y vejarme. Siempre había jurado vengarme de él y ahora se me presentaba la ocasión. Fue como si el destino lo hubiera puesto en mi camino para que saldara mi deuda antes de abandonar la isla. Permanecía en la orilla dándome la espalda con la carabina al hombro. Busqué con la mirada una piedra con la que reventarle la cabeza, pero no vi ninguna. Entonces una idea extraña me cruzó por la mente y me señaló dónde encontrar un arma. Me senté en la oscuridad y me desaté la pata de palo. De tres saltos me planté sobre él. Intentó encarar la carabina, pero le descargué un golpe en seco y le hendí la frente entera. Todavía pueden ver la muesca en la madera donde le golpeé. Ambos nos fuimos al suelo, pues no pude guardar el equilibrio, pero al ponerme en pie comprobé que yacía bien quieto. Corrí hacia la barca y en una hora estábamos mar adentro. Tonga se había traído todas sus posesiones terrenales: sus armas y sus ídolos. Entre otras cosas llevaba una larga lanza de bambú y esteras de coco de las islas, con las que improvisé una especie de vela. Durante diez días navegamos a la deriva encomendándonos a la suerte, y al undécimo nos recogió un mercante que cubría la ruta de Singapur a Yeda con un cargamento de peregrinos malayos. Eran una tripulación curiosa, y Tonga y yo nos amoldamos pronto a su convivencia. Tenían una virtud excelente: te dejaban en paz y no hacían preguntas.

»Bueno, si tuviera que contarles todas las peripecias que pasamos mi pequeño camarada y yo no me lo agradecerían, pues nos darían las luces del alba. Deambulamos por el mundo de acá para allá, surgiendo siempre algún tropiezo que nos retrasaba la llegada a Londres. Durante todo aquel tiempo, no obstante, jamás perdí de vista mi objetivo. Soñaba con Sholto por las noches. Cien veces lo maté en mis sueños. Por fin, hace unos tres o cuatro años, desembarcamos en Inglaterra. No me costó mucho averiguar dónde vivía Sholto y me puse a investigar si había vendido el tesoro o si aún lo conservaba. Hice amistad con alguien que podía ayudarme —no daré nombres, pues no quiero meter a nadie en apuros— y pronto supe que todavía conservaba las joyas. Intenté llegar hasta él por muchos caminos, pero era muy receloso y tenía siempre a dos boxeadores vigilando la finca, además de sus hijos y de su khitmutgar.

»Un día, sin embargo, me llegó la noticia de que se estaba muriendo. Corrí al punto al jardín, furioso de que se me escapara de las garras de ese modo, y al asomarme a la ventana lo vi tendido en el lecho con sus hijos a ambos lados. Habría entrado a la fuerza para medirme con los tres, pero en el instante mismo en que lo miraba se le desencajó la mandíbula y comprendí que había expirado. Entré en su cuarto aquella misma noche, no obstante, y registré sus papeles para ver si había constancia de dónde había ocultado nuestras joyas. No había ni una sola línea; de modo que me marché tan resentido y furioso como pueda imaginarse. Antes de salir pensé que, si volvía a ver a mis amigos sijs, sería una satisfacción saber que había dejado testimonio de nuestro odio; así que garabateé la señal de los cuatro, tal como figuraba en el plano, y se la prendí en el pecho. Era intolerable que bajara a la tumba sin un recuerdo de los hombres a quienes había robado y engañado.

»Por aquella época nos ganábamos la vida exhibiendo al pobre Tonga por ferias y plazas a modo de caníbal negro. Comía carne cruda y bailaba su danza guerrera, así que siempre nos sacábamos un sombrero lleno de peniques tras una jornada de trabajo. Yo seguía al tanto de las novedades de Pondicherry Lodge, y durante varios años no hubo noticias salvo que continuaban buscando el tesoro. Por fin, no obstante, llegó lo que tanto tiempo habíamos aguardado: el tesoro había sido encontrado. Estaba en lo más alto de la casa, en el laboratorio químico del señor Bartholomew Sholto. Acudí de inmediato a inspeccionar el lugar, pero no veía cómo alcanzarlo con mi pata de palo. Me enteré, sin embargo, de la existencia de una trampilla en el tejado y de la hora de la cena del señor Sholto. Me pareció que podía resolver el asunto fácilmente por medio de Tonga. Me lo traje conmigo con una cuerda larga atada a la cintura. Trepaba como un gato y pronto franqueó el tejado, pero, por desgracia, Bartholomew Sholto seguía todavía en la habitación, para su desdicha. Tonga creyó haber hecho una gran proeza al matarlo, pues cuando subí por la cuerda lo encontré pavoneándose orgulloso como un pavo real. Se quedó muy sorprendido cuando me encaré con él con el cabo de la cuerda y lo maldije por ser un engendro sanguinario. Tomé la caja del tesoro y la descolgué, deslizándome después yo mismo, habiendo dejado antes la señal de los cuatro sobre la mesa para dejar constancia de que las joyas volvían al fin a quienes tenían más derecho a ellas. Tonga recogió luego la cuerda, cerró la ventana y escapó por donde había venido.

»No creo que tenga mucho más que decirles. Había oído hablar a un barquero de la velocidad de la lancha de Smith, el Aurora, de modo que pensé que sería una embarcación magnífica para nuestra huida. Contraté al viejo Smith y le prometí una buena suma si nos ponía a salvo a bordo de nuestro buque. Sabía sin duda que había algo turbio, pero no estaba al tanto de nuestros secretos. Todo esto es la verdad, y si se lo cuento, caballeros, no es para entretenerles —pues no me han hecho ningún favor—, sino porque creo que la mejor defensa que puedo hacer es no callar nada y que el mundo entero sepa lo mal que me trató el mayor Sholto y lo inocente que soy de la muerte de su hijo.

—Un relato extraordinario —dijo Sherlock Holmes—. Un desenlace muy apropiado para un caso en extremo interesante. No hay nada nuevo para mí en la última parte de su narración, salvo que traía usted su propia cuerda. Eso lo ignoraba. Por cierto, confiaba en que Tonga hubiera perdido todos sus dardos; sin embargo, logró dispararnos uno en la barca.

—Los había perdido todos, señor, salvo el que tenía metido en la cerbatana en aquel momento.

—Ah, por supuesto —dijo Holmes—. No había pensado en eso.

Fin del Episodio 23 · de 24

La extraña historia de Jonathan Small · IV

Siguiente Episodio 24~3 minLa extraña historia de Jonathan Small · V“—Usted primero, Small —observó el desconfiado Jones al salir de la habitación.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.