El signo de los cuatro·Episodio 24

La extraña historia de Jonathan Small · V

~3 min · 528 palabras

—¿Hay algún otro punto sobre el que deseen preguntar? —inquirió el recluso afablemente.

—Creo que no, gracias —respondió mi compañero.

—Bueno, Holmes —dijo Athelney Jones—, es usted un hombre a quien hay que complacer y todos sabemos que es un entendido en cuestiones criminales; pero el deber es el deber y ya he ido bastante lejos accediendo a lo que usted y su amigo me pidieron. Me sentiré más tranquilo cuando tengamos a nuestro narrador a buen recaudo bajo llave. El coche sigue esperando abajo y hay dos inspectores en el portal. Les quedo muy agradecido a ambos por su ayuda. Naturalmente se les requerirá en el juicio. Buenas noches a los dos.

—Buenas noches a los dos, caballeros —dijo Jonathan Small.

—Usted primero, Small —observó el desconfiado Jones al salir de la habitación—. Me cuidaré mucho de que no me sacuda con su pata de madera, haya hecho lo que haya hecho con aquel caballero en las islas Andamán.

—Bueno, y he aquí el final de nuestro pequeño drama —observé tras haber permanecido algún tiempo fumando en silencio—. Mucho me temo que sea la última investigación en la que tenga ocasión de estudiar sus métodos. La señorita Morstan me ha hecho el honor de aceptarme como futuro esposo.

Holmes profirió un gemido lúgubre. —Ya me lo temía —dijo—. La verdad es que no puedo felicitarle.

Me sentí un poco dolido. —¿Tiene algún motivo de disgusto con mi elección? —pregunté.

—En absoluto. Me parece una de las jóvenes más encantadoras que he conocido, y habría resultado utilísima en tareas como las que venimos realizando. Posee un talento indudable para ello: baste ver el modo en que supo conservar el plano de Agra entre todos los demás papeles de su padre. Pero el amor es una cuestión puramente emocional, y todo lo emocional es opuesto a esa razón fría y auténtica que coloco por encima de todas las cosas. Yo jamás me casaría, para no viciar mi juicio.

—Confío —dije riendo— en que mi juicio sobreviva a la prueba. Pero tiene usted aspecto de estar rendido.

—Sí, la reacción se ha apoderado ya de mí. Estaré blando como un trapo durante una semana.

—Es curioso —dije— cómo se alternan periodos de lo que en otro hombre llamaría pereza con sus arranques de espléndida energía y vigor.

—Sí —contestó—; hay en mí madera de holgazán consumado y también de individuo sumamente activo. A menudo me acuerdo de aquellos versos del viejo Goethe:

Schade dass die Natur nur einen Mensch aus Dir schuf, Denn zum würdigen Mann war und zum Schelmen der Stoff.

—A propósito, à propos de este asunto de Norwood, habrá visto que tenían, como sospeché, un cómplice en la casa, que no podía ser otro que Lal Rao, el mayordomo; de suerte que Jones tiene en realidad el mérito indiscutible de haber pescado una pieza en su gran redada.

—El reparto me parece bastante injusto —observé—. Usted ha hecho todo el trabajo en este negocio. Yo consigo una esposa, Jones se lleva los laureles; dígame, ¿qué queda para usted?

—Para mí —dijo Sherlock Holmes— todavía queda el frasco de cocaína. —Y alargó su larga mano blanca para alcanzarlo.

Fin del Episodio 24 · de 24

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Desde su célebre salón en el 221B de Baker Street, Sherlock Holmes redefine el arte de la investigación criminal. Acompañado por el leal doctor John Watson, el detective asesor se enfrenta a doce enigmas fascinantes: chantajes en las altas esferas, extrañas sociedades secretas, apariciones nocturnas y crímenes aparentemente inexplicables. Con una mente analítica implacable y una capacidad de observación sin parangón, Holmes demuestra que cada detalle trivial esconde una verdad trascendental. Esta antología fundacional consolidó el mito del sabueso definitivo y sentó los pilares fundamentales del relato policial moderno.