La extraña historia de Jonathan Small · III
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Se detuvo y alargó sus manos maniatadas hacia el vaso de whisky con agua que Holmes le había preparado. Por mi parte, confieso que sentía ahora el más profundo horror hacia aquel individuo, no solo por el crimen a sangre fría en el que había tomado parte, sino todavía más por la forma casi frívola y despreocupada con que lo relataba. Cualquiera que fuese el castigo que le aguardara, sentí que no debía esperar compasión alguna de mi parte. Sherlock Holmes y Jones permanecían sentados con las manos sobre las rodillas, vivamente interesados en el relato pero con idéntica repugnancia pintada en sus rostros. Él debió de notarlo, pues había un deje de desafío en su voz y en sus maneras al proseguir.
»Estuvo muy mal, sin duda —dijo—. Me gustaría saber cuántos hombres en mi lugar habrían rechazado una parte de semejante botín sabiendo que les cortarían el cuello por sus escrúpulos. Además, se trataba de su vida o de la mía una vez que estuvo dentro del fuerte. Si hubiera logrado escapar, todo el asunto habría salido a la luz y a mí me habrían sometido a un consejo de guerra y fusilado casi con toda seguridad; pues la gente no andaba con muchas contemplaciones en aquellos tiempos.
—Prosiga con su relato —dijo Holmes secamente.
»Pues bien, lo cargamos hacia adentro entre Abdullah, Akbar y yo. Pesaba un quintal, a pesar de ser tan bajo. Mahomet Singh se quedó custodiando la puerta. Lo llevamos a un lugar que los sijs ya tenían preparado. Quedaba a cierta distancia, donde un pasadizo tortuoso conduce a una gran sala desierta cuyas paredes de ladrillo se estaban cayendo a pedazos. El suelo de tierra se había hundido en un rincón formando una tumba natural, de modo que dejamos allí al mercader Achmet, tras haberlo cubierto previamente con ladrillos sueltos. Hecho esto, regresamos todos al tesoro.
»Yacía donde se le había caído al ser atacado por primera vez. La caja era la misma que ahora descansa abierta sobre su mesa. Había una llave colgada de un cordón de seda sujeta a esa asa labrada en la parte superior. La abrimos, y la luz de la linterna brilló sobre una colección de piedras preciosas semejante a las que había leído y soñado cuando era un chiquillo en Pershore. Deslumbraba contemplarlas. Una vez que nos recreamos la vista las sacamos todas y redactamos un inventario. Había ciento cuarenta y tres diamantes de primera agua, incluido uno que creo que llamaban el Gran Mogol y que dicen que es la segunda piedra más grande del mundo. Había luego noventa y siete esmeraldas finísimas y ciento setenta rubíes, algunos de ellos pequeños, no obstante. Había cuarenta carbunclos, doscientos diez zafiros, sesenta y un ágatas y una gran cantidad de berilos, ónices, ojos de gato, turquesas y otras gemas cuyos nombres ni siquiera conocía por entonces, aunque me he familiarizado más con ellos desde entonces. Aparte de esto, había cerca de trescientas perlas magníficas, doce de las cuales estaban engastadas en una diadema de oro. Dicho sea de paso, estas últimas habían sido sacadas del cofre y no estaban allí cuando logré recuperarlo.
»Después de contar nuestras riquezas las devolvimos a la caja y la llevamos al portalón para enseñárselas a Mahomet Singh. Renovamos entonces solemnemente nuestro juramento de mantenernos unidos y guardar fidelidad a nuestro secreto. Convinimos en ocultar nuestro botín en un lugar seguro hasta que el país volviera a estar en paz, para luego repartirlo a partes iguales entre nosotros. De nada servía dividirlo en aquel momento, pues si nos encontraban piedras de semejante valor levantaríamos sospechas, y en el fuerte no había intimidad alguna ni lugar donde guardarlas. Llevamos el cofre, por consiguiente, a la misma sala donde habíamos enterrado el cadáver y allí, bajo ciertos ladrillos en el muro mejor conservado, excavamos un hueco y depositamos nuestro tesoro. Tomamos nota exacta del escondite y al día siguiente dibujé cuatro planos, uno para cada uno, poniendo la señal de los cuatro al pie, pues habíamos jurado que cada uno obraría siempre por los demás para que nadie se aprovechara. Ese es un juramento que puedo poner la mano en el corazón y jurar que jamás he quebrantado.
»Bueno, de nada sirve que les cuente a ustedes, caballeros, lo que ocurrió con la rebelión en la India. Cuando Wilson tomó Delhi y sir Colin socorrió Lucknow, el espinazo de la sublevación quedó roto. Nuevas tropas llegaron en tropel y Nana Sahib huyó más allá de la frontera. Una columna volante al mando del coronel Greathed llegó a Agra y dispersó a los rebeldes. La paz parecía asentarse sobre el país y los cuatro empezábamos a confiar en que se acercaba el momento en que podríamos marcharnos tranquilamente con nuestras partes del botín. En un instante, sin embargo, nuestras esperanzas se hicieron añicos al ser arrestados como asesinos de Achmet.
»Sucedió de esta manera. Cuando el rajá confió sus joyas a Achmet lo hizo porque sabía que era un hombre fiel. Pero en Oriente son gentes desconfiadas, así que ¿qué hace aquel rajá sino tomar a un segundo criado todavía más fiel y ponerlo a espiar al primero? Este segundo hombre tenía orden de no perder a Achmet de vista y lo siguió como su sombra. Fue tras él aquella noche y lo vio franquear la puerta. Naturalmente creyó que se había refugiado en el fuerte y solicitó entrar al día siguiente, pero no halló el menor rastro de Achmet. Esto le pareció tan extraño que se lo contó a un sargento de exploradores, quien lo puso en conocimiento del comandante. Se ordenó un minucioso registro y el cadáver fue descubierto. De este modo, en el momento mismo en que nos creíamos a salvo fuimos capturados los cuatro y sometidos a juicio por asesinato: tres de nosotros por haber custodiado la puerta aquella noche y el cuarto por saberse que había acompañado a la víctima. Ni una sola palabra acerca de las joyas salió a relucir durante el juicio, pues el rajá había sido depuesto y expulsado de la India, de modo que nadie tenía interés particular en ellas. El asesinato, no obstante, quedó probado de forma concluyente y era seguro que todos debíamos de estar implicados. Los tres sijs fueron condenados a trabajos forzados a perpetuidad y a mí me condenaron a muerte, aunque más tarde me conmutaron la pena por la misma condena que a los demás.
»Fue una situación bastante singular en la que nos encontramos entonces. Allí estábamos los cuatro con una cadena al pie y con escasísimas probabilidades de volver a salir jamás, mientras cada uno guardaba un secreto que habría podido colocar a cualquiera de nosotros en un palacio con solo poder hacer uso de él. Daba para volverse loco tener que aguantar los puntapiés y bofetadas de cualquier carcelero miserable, comer arroz y beber agua cuando aquella espléndida fortuna estaba esperándonos fuera, lista para ser recogida. Habría enloquecido a cualquiera; pero yo siempre he sido un tipo bastante terco, así que me limité a resistir y aguardar mi momento.
»Al fin me pareció que había llegado. Me trasladaron de Agra a Madrás y de allí a Port Blair, en las islas Andamán. Hay muy pocos penados blancos en esa colonia y, como me porté bien desde el primer momento, pronto pasé a ser una especie de recluso privilegiado. Me dieron una choza en Hope Town, un pequeño poblado en las laderas del monte Harriet, y me dejaban bastante a mi aire. Es un lugar tétrico y apestado de fiebres, y más allá de nuestros pequeños claros la selva estaba infestada de salvajes caníbales que no dudaban en dispararnos un dardo envenenado si se les presentaba la ocasión. Había que cavar, abrir zanjas, plantar ñames y hacer otra docena de faenas, de suerte que andábamos bastante ocupados todo el día, aunque por la noche nos quedaba algún tiempo libre. Entre otras cosas aprendí a despachar medicamentos para el médico y adquirí nociones de su oficio. Durante todo aquel tiempo permanecí al acecho de una oportunidad para fugarme; pero estábamos a cientos de millas de cualquier otra tierra y casi no sopla viento en aquellos mares, de modo que era endiabladamente difícil escapar.
»El médico, el doctor Somerton, era un joven alegre y aficionado al juego, y los demás oficiales jóvenes solían reunirse en sus habitaciones por las noches a jugar a las cartas. El dispensario donde yo preparaba las medicinas estaba contiguo a su sala de estar, con una pequeña ventanilla entre medias. A menudo, si me sentía solo, apagaba la lámpara del dispensario y desde allí podía escuchar su conversación y ver la partida. A mí me gusta echar una mano a las cartas y era casi tan bueno como jugar ver cómo lo hacían los demás. Estaban el mayor Sholto, el capitán Morstan y el teniente Bromley Brown, que mandaban las tropas nativas, y estaban el propio médico y dos o tres funcionarios de la prisión, viejos zorros que jugaban una partida muy cautelosa y segura. Formaban una tertulia muy acomodada.
»Pues bien, hubo un detalle que me llamó la atención muy pronto, y fue que los militares perdían siempre y los civiles ganaban. Ojo, no digo que hubiera trampa, pero así eran las cosas. Aquellos empleados de prisiones apenas habían hecho otra cosa que jugar a las cartas desde que llegaron a las Andamán y se conocían el juego al dedillo, mientras que los oficiales jugaban solo por matar el tiempo y tiraban los naipes de cualquier manera. Noche tras noche los militares se levantaban más pobres, y cuanto más pobres se volvían más empeño ponían en jugar. El mayor Sholto era el más castigado. Al principio pagaba en billetes y en oro, pero pronto pasó a firmar pagarés por sumas elevadas. A veces ganaba un par de manos para animarse y luego la suerte volvía a volverse contra él peor que nunca. Durante el día vagaba con cara de pocos amigos y le dio por empinar el codo mucho más de lo conveniente.
»Una noche perdió todavía más fuerte de lo habitual. Yo estaba sentado en mi choza cuando él y el capitán Morstan pasaron dando traspiés camino de sus pabellones. Eran amigos íntimos aquellos dos y nunca andaban separados. El mayor venía despotricando por sus pérdidas.
»—Todo se ha terminado, Morstan —decía al pasar junto a mi choza—. Tendré que presentar mi dimisión. Soy un hombre arruinado.
»—¡Tonterías, amigo mío! —le decía el otro dándole una palmada en el hombro—. Yo también me he llevado un buen varapalo, pero... —Eso fue todo lo que pude oír, pero bastó para ponerme a pensar.
»Un par de días más tarde el mayor Sholto paseaba por la playa, así que aproveché la oportunidad para hablarle.
»—Desearía pedirle consejo, mayor —dije.
»—Bueno, Small, ¿de qué se trata? —preguntó sacándose el cigarro de la boca.
»—Quería preguntarle, señor —le dije—, a quién corresponde hacer entrega de un tesoro escondido. Sé dónde descansa medio millón de libras en riquezas y, como no puedo hacer uso de él, pensé que tal vez lo mejor que podría hacer sería ponerlo en manos de las autoridades competentes para que quizás me rebajaran la condena.
»—¿Medio millón, Small? —jadeó clavando la mirada en mí para comprobar si hablaba en serio.
»—Eso por lo menos, señor, en joyas y perlas. Descansa allí a disposición de cualquiera. Y lo curioso es que el verdadero dueño está proscrito y no puede poseer bienes, de modo que pertenece al primero que llegue.
»—Al gobierno, Small —balbuceó—; corresponde al gobierno. —Pero lo dijo con voz vacilante y supe en mi corazón que lo tenía en mis manos.
»—¿Opina entonces, señor, que debería dar la información al gobernador general? —pregunté con calma.
»—Bueno, bueno, no debe hacer nada precipitado de lo que pudiera arrepentirse. Cuéntemelo todo, Small. Deme los hechos.
»Le conté toda la historia con pequeñas alteraciones para que no pudiera identificar los lugares. Cuando hube terminado se quedó inmóvil y pensativo. Por la crispación de sus labios advertí que se libraba una tremenda lucha en su interior.
»—Este es un asunto muy importante, Small —dijo al fin—. No debe decir ni una palabra a nadie sobre ello y le veré de nuevo muy pronto.
»Dos noches más tarde él y su amigo el capitán Morstan vinieron a mi choza en plena noche alumbrándose con una linterna.
»—Quiero que el capitán Morstan escuche esa historia de sus propios labios, Small —dijo.
»Repetí el relato tal como lo había contado antes.
»—Suena a verdad, ¿eh? —dijo Sholto—. ¿Vale la pena actuar en consecuencia?
»El capitán Morstan asintió.
»—Mire, Small —dijo el mayor—. Hemos estado comentando el asunto, mi amigo aquí presente y yo, y hemos llegado a la conclusión de que este secreto suyo apenas incumbe al gobierno, después de todo, sino que se trata de un asunto privado suyo del cual tiene perfecto derecho a disponer como mejor le parezca. Ahora bien, la cuestión es: ¿qué precio pediría usted por él? Estaríamos dispuestos a hacernos cargo y al menos examinarlo si nos pusiéramos de acuerdo en las condiciones. —Trató de hablar con tono frío y desinteresado, pero sus ojos brillaban de excitación y codicia.
Fin del Episodio 22 · de 24
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