La extraña historia de Jonathan Small · II
~12 min · 2407 palabras
»Pues bien, me sentía bastante orgulloso de que me hubieran confiado este pequeño mando, habida cuenta de que no era más que un recluta bisoño, y encima tullido de una pierna. Durante dos noches monté guardia con mis panyabíes. Eran tipos altos y de aspecto fiero, llamados Mahomet Singh y Abdullah Khan, ambos veteranos combatientes que habían empuñado las armas contra nosotros en Chilianwala. Hablaban inglés bastante bien, pero poco podía sacarles. Preferían quedarse juntos y parlotear toda la noche en su extraña jerga sij. Por mi parte, solía quedarme en el exterior del portalón contemplando el río ancho y serpenteante y las luces titilantes de la gran ciudad. El redoble de los tambores, el traqueteo de los tantanes y los gritos y aullidos de los rebeldes, borrachos de opio y de bhang, bastaban para recordarnos durante toda la noche la peligrosa vecindad que teníamos al otro lado de la corriente. Cada dos horas el oficial de ronda pasaba por todos los puestos para cerciorarse de que todo marchaba en orden.
»La tercera noche de mi guardia fue oscura y desapacible, con una llovizna fina y persistente. Resultaba una tarea lúgubre permanecer en el portalón hora tras hora con semejante tiempo. Intenté una y otra vez dar conversación a mis compañeros sijs, pero sin mucho éxito. A las dos de la madrugada pasó la ronda y rompió por un momento la pesadez de la noche. Al ver que mis acompañantes no se mostraban propensos al diálogo, saqué mi pipa y apoyé mi fusil en el suelo para encender una cerilla. En un abrir y cerrar de ojos los dos sijs se me echaron encima. Uno de ellos arrebató mi fusil y me encañonó a la cabeza, mientras el otro me puso un gran cuchillo al cuello y juró entre dientes que me lo clavaría si me movía un solo ápice.
»Mi primer pensamiento fue que aquellos hombres estaban compinchados con los rebeldes y que aquello marcaba el comienzo de un asalto. Si nuestra puerta caía en manos de los cipayos, el fuerte se derrumbaría y las mujeres y los niños sufrirían la misma suerte que en Cawnpore. Tal vez piensen ustedes, caballeros, que trato de dorar la píldora en mi favor, pero les doy mi palabra de honor de que al pensar en ello, aun sintiendo la punta del acero contra mi garganta, abrí la boca con la intención de lanzar un grito, aunque fuese el último, que pusiera en guardia al destacamento central. El hombre que me sujetaba pareció adivinar mi pensamiento; pues en el instante mismo en que me disponía a gritar susurró: «No haga ruido. El fuerte está seguro. No hay ningún perro rebelde a este lado del río». Había acento de verdad en sus palabras, y comprendí que si alzaba la voz era hombre muerto. Podía leerlo en los ojos pardos de aquel individuo. Aguardé, por consiguiente, en silencio para ver qué querían de mí.
»—Escúcheme, Sahib —dijo el más alto y fiero de los dos, al que llamaban Abdullah Khan—. Tiene que unirse a nosotros ahora mismo o tendremos que silenciarlo para siempre. El asunto es demasiado grandioso para que vacilemos. O está en cuerpo y alma con nosotros bajo juramento sobre la cruz de los cristianos, o su cadáver será arrojado esta noche al foso y nosotros nos pasaremos a nuestros hermanos del ejército rebelde. No hay término medio. ¿Qué prefiere: la muerte o la vida? Solo podemos darle tres minutos para decidirse, pues el tiempo corre y todo debe quedar resuelto antes de que pase la próxima ronda.
»—¿Cómo voy a decidirme? —le dije—. No me han dicho qué es lo que quieren de mí. Pero les advierto ya que si se trata de algo que atente contra la seguridad del fuerte no quiero tener parte en ello, así que pueden hundirme el cuchillo y muy buenos días.
»—Nada tiene contra el fuerte —respondió él—. Solo le pedimos que haga aquello por lo que sus compatriotas vienen a esta tierra: le pedimos que se haga rico. Si se une a nosotros esta noche, le juraremos sobre el cuchillo desnudo y por el triple juramento que ningún sij ha quebrantado jamás que tendrá su parte legítima del botín. Una cuarta parte del tesoro será suya. No podemos ofrecer un trato más justo.
»—Pero ¿de qué tesoro se trata? —pregunté—. Tan dispuesto estoy a hacerme rico como cualquiera de ustedes, con tal de que me muestren cómo ha de hacerse.
»—¿Jurará entonces —dijo él— por los huesos de su padre, por el honor de su madre y por la cruz de su fe no levantar mano ni pronunciar palabra contra nosotros, ni ahora ni en lo por venir?
»—Lo juro —contesté—, con tal de que no se ponga en peligro el fuerte.
»—Entonces mi camarada y yo juramos que tendrá una cuarta parte del tesoro, que se repartirá a partes iguales entre los cuatro.
»—Pero si no somos más que tres —observé.
»—No; Dost Akbar debe recibir su parte. Podemos contarle la historia mientras aguardamos su llegada. Quédese usted a la puerta, Mahomet Singh, y avise de su llegada. La cosa es como sigue, Sahib, y se la refiero porque sé que la palabra de un feringhee tiene valor de ley y podemos confiar en usted. De haber sido usted un hindú mendaz, aunque hubiera jurado por todos los dioses de sus templos falsos, su sangre mancharía este cuchillo y su cuerpo flotaría en el agua. Pero el sij conoce al inglés y el inglés conoce al sij. Escuche, pues, lo que tengo que decirle.
»Hay un rajá en las provincias del norte que posee inmensas riquezas, aunque sus tierras son escasas. Muchas le vinieron de su padre, y más todavía ha ido acumulando él mismo, pues es de naturaleza mezquina y prefiere atesorar el oro antes que gastarlo. Cuando estallaron los disturbios quiso ser amigo tanto del león como del tigre: de los cipayos y del gobierno de la Compañía. Pronto, sin embargo, le pareció que la hora de los hombres blancos había llegado, pues por toda la comarca no se oía hablar de otra cosa que de su derrota y exterminio. Con todo, siendo hombre previsor, trazó sus planes para que, sucediera lo que sucediese, al menos la mitad de su tesoro quedase a salvo. Lo que consistía en oro y plata lo guardó consigo en las bóvedas subterráneas de su palacio; pero las piedras más valiosas y las perlas más selectas las metió en una caja de hierro y la envió con un criado de confianza que, bajo la apariencia de un mercader, debía conducirla al fuerte de Agra para que descansara allí hasta que la paz volviera al país. De este modo, si ganaban los rebeldes conservaría su dinero, y si vencía la Compañía salvaría sus joyas. Habiendo dividido así su fortuna, se entregó a la causa de los cipayos, ya que estos eran fuertes en sus fronteras. Al obrar así, fíjese bien, Sahib, sus riquezas pasan por legítimo derecho a quienes han permanecido fieles a su deber.
»Este falso mercader, que viaja bajo el nombre de Achmet, se halla ahora en la ciudad de Agra y arde en deseos de franquear la entrada del fuerte. Trae consigo como compañero de viaje a mi hermano de leche Dost Akbar, quien conoce su secreto. Dost Akbar le ha prometido guiarlo esta noche hasta una poterna lateral del fuerte, y ha escogido esta precisamente para su propósito. Aquí llegará dentro de poco y aquí nos encontrará a Mahomet Singh y a mí aguardándole. El paraje es solitario y nadie sabrá de su llegada. El mundo no volverá a saber del mercader Achmet, pero el gran tesoro del rajá se dividirá entre nosotros. ¿Qué dice a esto, Sahib?
»En Worcestershire la vida humana parece una cosa sagrada y de gran valor; pero las cosas son muy distintas cuando todo a su alrededor es sangre y fuego y uno se acostumbra a toparse con la muerte a cada paso. Que el mercader Achmet viviese o muriese me resultaba una cuestión tan liviana como el aire, pero al oír hablar del tesoro el corazón me dio un vuelco, pensando en lo que podría hacer con él en mi tierra y en cómo abrirían los ojos mis paisanos al ver regresar al calavera con los bolsillos atiborrados de monedas de oro. De modo que mi determinación ya estaba tomada. Abdullah Khan, no obstante, creyendo que vacilaba, apretó un poco más los argumentos.
»—Considere, Sahib —dijo—, que si este hombre es capturado por el comandante del fuerte será ahorcado o fusilado, y sus joyas pasarán al gobierno, de suerte que nadie saldrá ganando ni una mísera rupia. Ahora bien, puesto que nosotros nos encargamos de apresarlo, ¿por qué no habríamos de hacer el resto también? Las joyas estarán tan bien en nuestras manos como en las arcas de la Compañía. Habrá suficiente para hacernos a todos hombres ricos y grandes señores. Nadie puede enterarse del asunto, pues aquí estamos aislados de todo el mundo. ¿Qué mejor ocasión para nuestro fin? Dígame de nuevo, Sahib, si está con nosotros o si debemos considerarlo un enemigo.
»—Estoy con ustedes en cuerpo y alma —dije.
»—Bien está —respondió devolviéndome el fusil—. Ya ve que confiamos en usted, pues su palabra, como la nuestra, no se puede quebrantar. Ahora solo nos queda aguardar a mi hermano y al mercader.
»—¿Sabe su hermano lo que piensan hacer? —pregunté.
»—El plan es suyo. Él lo discurrió. Vayamos al portalón a compartir la guardia con Mahomet Singh.
»La lluvia continuaba cayendo con insistencia, pues era el comienzo mismo de la estación húmeda. Nubes densas y parduscas cruzaban el cielo y costaba distinguir nada más allá de un tiro de piedra. Un foso profundo se extendía ante nuestra puerta, pero el agua estaba casi seca en algunos tramos y se podía cruzar con facilidad. Me resultaba extraño encontrarme allí apostado con aquellos dos fieros panyabíes, aguardando al hombre que caminaba derecho a su muerte.
»De pronto mi vista distinguió el resplandor de una linterna con pantalla al otro lado del foso. Desapareció tras los montículos de tierra y reapareció después, aproximándose con lentitud hacia nosotros.
»—¡Ya están aquí! —exclamé en voz baja.
»—Le dará el alto, Sahib, como de costumbre —susurró Abdullah—. No le dé motivo para desconfiar. Háganos pasar con él hacia el interior y nosotros nos ocuparemos del resto mientras usted se queda aquí de guardia. Tenga la linterna lista para destaparla y asegurarnos de que es en verdad el hombre que esperamos.
»La luz había avanzado parpadeando, deteniéndose a trechos y reanudando la marcha, hasta que pude distinguir dos figuras oscuras en la orilla opuesta del foso. Dejé que se descolgaran por la pendiente, chapotearan en el lodo y subieran hasta la mitad de la rampa antes de darles el alto.
»—¿Quién vive? —dije en voz baja.
»—Amigos —llegó la respuesta. Destapé mi linterna e inundé sus figuras con un torrente de luz. El primero era un sij colosal, con una barba negra que le llegaba casi hasta la faja. Salvo en un circo jamás había visto a un hombre tan alto. El otro era un sujeto menudo, gordo y rechoncho, con un gran turbante amarillo y un fardo en la mano envuelto en un mantón. Parecía temblar de puro terror, pues sus manos se agitaban como si tuviera cuartanas y volvía la cabeza a izquierda y derecha con dos ojillos vivaces y movedizos, semejante a un ratón que se asoma temeroso fuera de su madriguera. Me produjo un escalofrío la idea de matarlo, pero pensé en el tesoro y mi corazón se endureció como el pedernal. Cuando divisó mi rostro blanco lanzó un pequeño chillido de júbilo y corrió hacia mí.
»—¡Su protección, Sahib! —jadeó—, ¡su amparo para el desdichado mercader Achmet! He cruzado Rajputana entera buscando el refugio del fuerte de Agra. Me han robado, apaleado y ultrajado por haber sido amigo de la Compañía. ¡Bendita sea esta noche en que me hallo de nuevo a salvo, yo y mis pobres pertenencias!
»—¿Qué lleva en ese fardo? —le pregunté.
»—Una caja de hierro —respondió— que contiene algunos papeles de familia que carecen de valor para los demás, pero que sentiría mucho perder. Sin embargo, no soy un mendigo, y sabré recompensarle a usted, joven Sahib, y a su gobernador también, si me concede el asilo que imploro.
»No me sentía con fuerzas para seguir hablando con aquel hombre. Cuanto más miraba su rostro gordo y aterrorizado, más difícil se me hacía la idea de matarlo a sangre fría. Lo mejor era terminar cuanto antes.
»—Llévenlo a la guardia central —ordené. Los dos sijs se cerraron sobre él a ambos costados y el gigante echó a andar detrás, internándose todos por el oscuro portalón. Jamás un hombre se vio tan cercado por la muerte. Yo me quedé en la entrada con la linterna.
»Pude escuchar el paso acompasado de sus pisadas resonando por los pasillos solitarios. De repente cesó, y oí voces, un forcejeo y el ruido sordo de varios golpes. Un instante después, para mi espanto, sonó una carrera precipitada que venía hacia mí, acompañada por el jadeo entrecortado de un hombre a la carrera. Dirigí mi linterna hacia el largo pasillo y vi aparecer al hombre gordo, corriendo como el viento, con un churrete de sangre cruzándole la cara, y pisándole los talones, saltando como un tigre, al enorme sij de la barba negra con un cuchillo reluciendo en la mano. Jamás he visto a un hombre correr con la velocidad de aquel pequeño mercader. Le iba ganando terreno al sij, y comprendí que si lograba rebasarme y ganar el aire libre se salvaría. Sentí que el corazón se me ablandaba por él, pero de nuevo la idea de su tesoro me volvió cruel e inexorable. Arrojé mi fusil entre sus piernas al pasar como una exhalación y rodó dos veces por el suelo como un conejo herido. Antes de que pudiera ponerse en pie el sij se le arrojó encima y le hundió el cuchillo dos veces en el costado. El hombre no profirió una sola queja ni movió un músculo, sino que quedó tendido tal como había caído. Creo para mis adentros que debió de romperse el cuello en la caída. Ya ven, caballeros, que cumplo mi promesa. Les estoy contando cada detalle de lo sucedido con absoluta fidelidad, sea o no en mi favor.
Fin del Episodio 21 · de 24
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