El signo de los cuatro·Episodio 18

El fin del isleño · II

~7 min · 1385 palabras

Es muy rápida —dijo—. Dudo que podamos darle alcance.

—¡Tenemos que atraparla! —gritó Holmes entre dientes—. ¡Echen carbón, fogoneros! ¡Hagan que la caldera dé todo lo que pueda! ¡Aunque reventemos la máquina tenemos que hacernos con ellos!

Nos lanzamos de lleno en su persecución. Las calderas rugían y los potentes motores zumbaban y traqueteaban como un colosal corazón metálico. Nuestra proa afilada y cortante hendía las aguas del río levantando dos olas de espuma a izquierda y derecha. Con cada embolada de los pistones vibrábamos y temblábamos como un ser viviente. Una gran linterna amarilla en nuestra proa proyectaba un embudo largo y oscilante de luz ante nosotros. Al frente, una mancha oscura sobre el agua señalaba dónde navegaba el Aurora, y el torbellino de espuma blanca tras su popa proclamaba la velocidad endemoniada a la que volaba. Pasamos como relámpagos junto a barcazas, vapores y mercantes, culebreando por detrás de unos y esquivando a otros. Salían voces gritando desde la penumbra, pero el Aurora seguía rugiendo adelante y nosotros continuábamos pisándole los talones.

—¡Más carbón, muchachos, más carbón! —gritaba Holmes asomándose a la sala de calderas, mientras el fiero resplandor de las entrañas de la nave iluminaba su rostro ansioso y aguileño—. ¡Saquen hasta la última libra de vapor!

—Creo que vamos ganando un poco de terreno —dijo Jones sin apartar los ojos del Aurora.

—Estoy seguro de ello —añadí yo—. La alcanzaremos en muy pocos minutos.

En aquel preciso instante, sin embargo, por pura mala fortuna, un remolcador que arrastraba tres gabarras se cruzó torpemente entre nosotros. Solo metiendo el timón a fondo logramos evitar el abordaje, y antes de conseguir rodearlos y enderezar el rumbo el Aurora nos había sacado doscientos buenos metros de ventaja. Con todo, aún la teníamos a la vista, y el crepúsculo turbio e incierto iba dando paso a una noche límpida y estrellada. Nuestras calderas trabajaban al límite y el casco de la embarcación crujía con la formidable energía que nos impulsaba. Habíamos cruzado el Pool, rebasado los muelles de West India, descendido el largo tramo de Deptford y vuelto a subir tras doblar la isla de los Perros. La silueta borrosa que nos precedía se distinguía ahora con suma claridad: era la airosa Aurora. Jones enfocó hacia ella nuestro proyector de luz, permitiéndonos distinguir nítidamente las figuras sobre su cubierta. Un hombre permanecía sentado a popa, encorvado sobre algo negro que sostenía entre las rodillas. A su lado descansaba un bulto oscuro que parecía un perro de Terranova. El chiquillo empuñaba la caña del timón, mientras que contra el resplandor rojizo de la caldera divisé al viejo Smith con el torso desnudo, paleando carbón a la desesperada. Pudo caberles alguna duda al principio sobre si éramos nosotros quienes los perseguíamos, pero ahora, siguiéndoles cada curva y recodo del río, ya no cabía duda alguna. A la altura de Greenwich nos separaban unos trescientos pasos; en Blackwall no debían de ser más de doscientos cincuenta. He cazado muchas fieras en muy diversos países durante mi agitada existencia, pero jamás deporte alguno me produjo una emoción tan salvaje como aquella loca cacería humana a lo largo del Támesis. Poco a poco íbamos recortando la distancia, metro a metro. En el silencio de la noche podíamos escuchar el resoplido y el martilleo de su maquinaria. El hombre de la popa continuaba agazapado sobre la cubierta, moviendo los brazos con presteza, mientras alzaba la vista a cada instante para medir con la mirada el espacio que aún nos separaba. Cada vez estábamos más cerca. Jones les gritó que se detuvieran. No nos separaban más de cuatro esloras de distancia, volando ambas lanchas a un ritmo vertiginoso. Era un tramo despejado del río, con Barking Level a un costado y las melancólicas marismas de Plumstead al otro. Al oír nuestro reclamo, el hombre de la popa se levantó de un salto y agitó los puños cerrados contra nosotros, maldiciendo con una voz aguda y destemplada. Era un hombre corpulento y vigoroso, y al verlo plantado con las piernas abiertas advertí que del muslo hacia abajo no tenía más que una pata de madera en el lado derecho. Al eco de sus gritos coléricos se produjo un movimiento en el bulto acurrucado sobre la cubierta. Se incorporó una figurilla negra —el hombre más diminuto que jamás haya visto—, con una cabeza enorme y deforme coronada por una mata de pelo enmarañado y revuelto. Holmes ya había desenfundado su revólver y yo saqué el mío a la vista de aquella criatura salvaje y contrahecha. Se hallaba envuelto en una especie de manta oscura que solo dejaba al descubierto su rostro, pero aquella faz bastaba para quitar el sueño a cualquiera. Jamás he contemplado facciones tan profundamente marcadas por la crueldad y la bestialidad. Sus ojos diminutos brillaban con una luz sombría y sus labios gruesos se replegaban sobre sus dientes, que rechinaban hacia nosotros con una furia puramente animal.

—Dispare si levanta la mano —dijo Holmes en voz baja. Nos encontrábamos a una sola eslora en ese momento, casi al alcance de la mano de nuestra presa. Todavía puedo ver a los dos plantados allí: el hombre blanco con las piernas abiertas vociferando imprecaciones, y el siniestro enano con su rostro horrendo rechinando sus dientes amarillentos bajo la luz de nuestra linterna.

Menos mal que lo vimos con tanta claridad. Pues en el momento mismo en que lo mirábamos sacó de entre sus ropas una pieza de madera corta y redonda, semejante a una regla escolar, y se la llevó a los labios. Nuestros revólveres tronaron al unísono. Dio una vuelta sobre sí mismo, levantó los brazos al aire y, con una especie de estertor ahogado, cayó de costado al agua. Llegué a vislumbrar sus ojos venenosos y amenazantes en medio del torbellino blanco de las aguas. Al mismo tiempo el hombre de la pata de palo se abalanzó sobre el timón y lo metió a fondo, enfilando su barco directamente hacia la orilla sur, mientras nosotros pasábamos rozando su popa a escasos centímetros. Dimos la vuelta en redondo al instante, pero la barca ya tocaba tierra. Era un paraje salvaje y desolado, donde la luna iluminaba una ancha extensión pantanosa con charcos de agua estancada y lechos de vegetación podrida. La lancha encalló con un golpe seco en el banco de fango, quedando con la proa empinada y la popa a ras de agua. El fugitivo saltó fuera, pero su pata de palo se hundió al punto en toda su longitud en la tierra empapada. En vano forcejeó y se revolvió. No podía dar ni un solo paso adelante ni atrás. Bramaba con rabia impotente y pataleaba con furor en el barro con el pie sano, pero sus sacudidas solo servían para clavar más hondo su estaca en el lecho viscoso. Cuando atracamos a su costado estaba tan sólidamente anclado que solo echándole una soga por encima de los hombros pudimos sacarlo a tirones e izarlo sobre nuestra borda como si fuese un pez monstruoso. Los dos Smith, padre e hijo, permanecían sentados con expresión hosca en su embarcación, pero pasaron a la nuestra con docilidad en cuanto se les ordenó. Al Aurora mismo lo remolcamos y lo amarramos a nuestra popa. Una sólida caja de hierro forjado con labor de la India descansaba sobre la cubierta. No cabía la menor duda de que era el mismo cofre que había contenido el funesto tesoro de los Sholto. No había llave, pero pesaba considerablemente, de suerte que lo trasladamos con cuidado a nuestra pequeña cabina. Mientras remontábamos despacio la corriente hacia arriba barriendo con el proyector en todas direcciones, no encontramos rastro alguno del isleño. En algún rincón del fango oscuro del fondo del Támesis reposan los huesos de aquel singular visitante de nuestras riberas.

—Mire aquí —dijo Holmes señalando el mamparo de madera—. Por poco no fuimos bastante rápidos con las pistolas. —Allí estaba clavado, en efecto, justo detrás del lugar donde habíamos permanecido, uno de esos mortíferos dardos que tan bien conocíamos. Debió de silbar entre nosotros en el instante mismo en que disparamos. Holmes lo miró con una sonrisa y se encogió de hombros con su habitual despreocupación, pero confieso que sentí un escalofrío nauseabundo al pensar en la espantosa muerte que tan de cerca nos había rozado aquella noche.

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