El signo de los cuatro·Episodio 19

El gran tesoro de Agra

~10 min · 2024 palabras

Nuestro prisionero permanecía sentado en el camarote frente a la caja de hierro para cuya obtención tanto había hecho y tanto tiempo había aguardado. Era un hombre curtido por el sol, de mirada audaz, con una red de surcos y arrugas por todas sus facciones atezadas que hablaban de una existencia dura y a la intemperie. Había una firmeza singular en su barbilla barbada que revelaba a un individuo difícil de apartar de su propósito. Su edad rondaría los cincuenta años, pues su pelo negro y rizado estaba densamente veteado de canas. Su rostro en reposo no resultaba desagradable, si bien sus espesas cejas y su mentón desafiante le conferían, como acababa de presenciar, una expresión temible cuando se dejaba llevar por la ira. Se hallaba ahora con las manos esposadas sobre el regazo y la cabeza inclinada sobre el pecho, mientras contemplaba con ojos penetrantes y brillantes el cofre que había sido la causa de sus fechorías. Me pareció advertir más tristeza que cólera en su semblante rígido y contenido. En un momento dado alzó los ojos hacia mí con un destello semejante al humor.

—Bueno, Jonathan Small —dijo Holmes encendiendo un cigarro—, lamento que las cosas hayan llegado a este extremo.

—Y yo también, caballero —respondió con franqueza—. No creo que me ahorquen por este asunto. Le doy mi palabra sagrada de que jamás levanté la mano contra el señor Sholto. Fue ese demonio de Tonga quien le disparó uno de sus malditos dardos. Yo no tuve parte en ello, señor. Me dolió tanto como si hubiera sido mi propia carne. Le crucé la espalda al endemoniado con el cabo suelto de la cuerda por lo que hizo, pero el mal ya estaba hecho y no podía remediarse.

—Tome un cigarro —dijo Holmes—; y será mejor que eche un trago de mi petaca, pues está empapado. ¿Cómo podía esperar que un hombre tan pequeño y endeble como ese isleño dominara al señor Sholto y lo retuviera mientras usted subía por la cuerda?

—Parece saber usted tanto del caso como si hubiera estado allí, caballero. La verdad es que esperaba encontrar la habitación vacía. Conocía bien las costumbres de la casa y era la hora en que el señor Sholto solía bajar a cenar. No pienso ocultar nada. La mejor defensa que puedo presentar es la pura verdad. Si se hubiera tratado del viejo mayor habría subido a la horca con el corazón ligero. Habría pensado tan poco en degollarlo como en fumarme este cigarro. Pero es maldita mala suerte que me capturen por este joven Sholto, con quien no tenía disputa de ninguna clase.

—Queda usted bajo la custodia del señor Athelney Jones, de Scotland Yard. Va a llevarle a mis habitaciones y allí le pediré un relato detallado del asunto. Debe confesarlo todo con franqueza, pues de ser así confío en poder serle de alguna utilidad. Creo que puedo demostrar que el veneno actúa con tanta rapidez que el hombre ya había muerto antes de que usted lograra entrar en la estancia.

—Así fue, señor. Jamás me he llevado semejante susto en toda mi vida como cuando le vi sonriéndome con la cabeza sobre el hombro mientras yo trepaba por la ventana. Me dejó helado, señor. Habría matado a Tonga de no haber salido huyendo. Por eso se dejó allí su maza y algunos dardos, según me confesó, lo que imagino que les puso sobre nuestra pista; aunque cómo lograron mantenerla es algo que no me explico. No les guardo rencor por ello. Pero sí resulta una cosa bien amarga —añadió con una sonrisa triste— que yo, que tengo legítimo derecho a casi medio millón de libras, haya pasado la primera mitad de mi vida levantando un rompeolas en las islas Andamán y probablemente pase la otra mitad abriendo zanjas en Dartmoor. Fue un día funesto para mí cuando puse los ojos sobre el mercader Achmet y me enredé con el tesoro de Agra, que jamás ha traído otra cosa que maldiciones a cuantos lo han poseído. A él le trajo la muerte; al mayor Sholto le trajo miedo y remordimientos; a mí me ha costado una vida de esclavitud.

En aquel instante Athelney Jones asomó su cara ancha y sus hombros corpulentos por el menudo camarote. —Una reunión muy familiar —observó—. Creo que voy a echar un trago de esa petaca, Holmes. Bueno, supongo que podemos felicitarnos todos. Lástima no haber cogido vivo al otro, pero no hubo alternativa. Dígame una cosa, Holmes: debe confesar que anduvo muy justo. Nos costó todo alcanzarlos.

—Bien está lo que bien acaba —dijo Holmes—. Aunque ciertamente no sabía que el Aurora fuese tan veloz.

—Dice Smith que es una de las lanchas más rápidas del río y que, de haber tenido a otro fogonero para ayudarle con las máquinas, jamás los habríamos alcanzado. Jura que no sabía nada de este asunto de Norwood.

—Y no mentía —exclamó nuestro prisionero—; ni una sola palabra. Elegí su embarcación porque me dijeron que volaba. No le contamos nada, pero le pagamos bien y le esperaba una hermosa propina si lográbamos llegar a nuestro barco, el Esmeralda, en Gravesend, con rumbo a Brasil.

—Pues bien, si no ha cometido delito nos aseguraremos de que no le pase nada. Si somos rápidos para atrapar a los hombres, no lo somos tanto para condenarlos. —Resultaba cómico comprobar cómo el presumido Jones empezaba ya a darse aires por el éxito de la captura. Por la tenue sonrisa que asomó al rostro de Sherlock Holmes advertí que no se le había escapado el detalle.

—Llegaremos al puente de Vauxhall en breve —dijo Jones—, y allí le dejaremos en tierra a usted, doctor Watson, con la caja del tesoro. Apenas necesito decirle que asumo una responsabilidad muy grave al permitir esto. Es sumamente irregular; pero lo acordado es lo acordado. Mi deber me obliga, no obstante, a enviar a un inspector con usted, ya que transporta un botín tan valioso. Tomará un coche, imagino.

—Sí, tomaré un carruaje.

—Es una lástima que no haya llave para hacer un inventario antes. Tendrá que abrirla por la fuerza. ¿Dónde está la llave, muchacho?

—En el fondo del río —respondió Small secamente.

—¡Hum! No hacía falta que nos causara esta molestia innecesaria. Bastante trabajo nos ha dado ya. En fin, doctor, no necesito recomendarle prudencia. Llévese la caja de vuelta a nuestras habitaciones de Baker Street. Nos encontrará allí, de camino a la comisaría.

Me dejaron en Vauxhall con mi pesada caja de hierro y en compañía de un inspector afable y fornido. Un trayecto de quince minutos en coche nos condujo a casa de la señora Cecil Forrester. La doncella pareció asombrada ante una visita a horas tan intempestivas. La señora Cecil Forrester había salido a pasar la velada, explicó, y probablemente tardaría mucho en regresar. La señorita Morstan, no obstante, se encontraba en el salón; de modo que al salón me dirigí, caja en mano, dejando al servicial inspector esperando en el coche.

Estaba sentada junto a la ventana abierta, vestida con una especie de tejido vaporoso blanco con un ligero toque escarlata en el cuello y la cintura. La suave luz de una lámpara tamizada caía sobre ella mientras descansaba reclinada en un sillón de mimbre, iluminando su rostro dulce y sereno y arrancando destellos metálicos a las ricas ondas de su abundante cabellera. Un brazo blanco y una mano descansaban sobre el brazo del asiento, y toda su actitud y figura traslucían una profunda melancolía. Al oír mis pisadas se puso en pie de un salto, sin embargo, y un vivo rubor de sorpresa y contento coloreó sus pálidas mejillas.

—Oí llegar un carruaje —dijo—. Creí que la señora Forrester regresaba temprano, pero jamás se me ocurrió que pudiera ser usted. ¿Qué noticias me trae?

—Traigo algo mejor que noticias —dije depositando la caja sobre la mesa y hablando con fingido entusiasmo y alegría, aunque mi corazón se sentía oprimido en mi pecho—. Le he traído algo que vale más que todas las noticias del mundo. Le he traído una fortuna.

Miró la caja de hierro. —¿Ese es el tesoro entonces? —preguntó con bastante frialdad.

—Sí, este es el gran tesoro de Agra. La mitad le pertenece a usted y la otra mitad a Thaddeus Sholto. Tendrán doscientas mil libras cada uno. ¡Piense en ello! Una renta de diez mil libras al año. Habrá pocas señoritas más ricas en toda Inglaterra. ¿No es grandioso?

Creo que debí de exagerar mi alborozo y que ella notó un tono hueco en mis felicitaciones, pues vi que arqueaba ligeramente las cejas y me miraba con curiosidad.

—Si lo tengo —dijo— se lo debo todo a usted.

—No, no —respondí—; a mí no, sino a mi amigo Sherlock Holmes. Con toda la buena voluntad del mundo, jamás habría podido seguir una pista que ha puesto a prueba incluso su talento analítico. Y aun así, estuvimos a punto de perderlo en el último momento.

—Por favor, siéntese y cuéntemelo todo, doctor Watson —dijo.

Le relaté brevemente lo acontecido desde la última vez que nos vimos: el nuevo método de búsqueda de Holmes, el hallazgo del Aurora, la aparición de Athelney Jones, nuestra expedición nocturna y la loca persecución a lo largo del Támesis. Escuchó mi relato con los labios entreabiertos y los ojos brillantes. Cuando le hablé del dardo que tan de cerca nos había rozado palideció tanto que temí que fuese a desmayarse.

—No es nada —dijo mientras yo me apresuraba a servirle un vaso de agua—. Ya estoy bien. Ha sido una impresión tremenda saber que puse a mis amigos en un peligro tan espantoso.

—Todo ha terminado ya —respondí—. No tiene importancia. No le daré más detalles lúgubres. Pasemos a algo más dichoso. Ahí está el tesoro. ¿Qué podría ser más luminoso que eso? Conseguí permiso para traerlo conmigo pensando que le gustaría ser la primera en contemplarlo.

—Me resultará del mayor interés —dijo. No había avidez alguna en su voz, sin embargo. Sin duda pensó que parecería desconsiderado mostrarse indiferente ante un galardón que tanto trabajo había costado conquistar.

—¡Qué caja tan hermosa! —dijo inclinándose sobre ella—. Es labor de la India, supongo.

—Sí; es obra de metalistería de Benarés.

—¡Y qué pesada es! —exclamó intentando levantarla—. El cofre solo ya debe de tener algún valor. ¿Dónde está la llave?

—Small la arrojó al Támesis —respondí—. Tendré que pedir prestado el atizador de la señora Forrester. —Había en el frontal un cerrojo ancho y grueso labrado con la imagen de un Buda sedente. Introduje el extremo del atizador por debajo y lo apalanqué hacia fuera. El cierre cedió con un sonoro chasquido. Con dedos temblorosos levanté la tapa. ¡Ambos nos quedamos mirando estupefactos! ¡La caja estaba vacía!

No era de extrañar que pesara tanto. El hierro tenía casi dos centímetros de grosor por todas partes. Era maciza, sólida y bien construida, como un cofre destinado a albergar riquezas de incalculable valor; pero ni una brizna de metal ni joya alguna yacía en su interior. Estaba absoluta y totalmente vacía.

—El tesoro se ha perdido —dijo la señorita Morstan con calma.

Al escuchar sus palabras y comprender su significado, sentí que una inmensa sombra se disipaba de mi alma. No sabía hasta qué punto aquel tesoro de Agra me había aplastado el ánimo hasta aquel momento en que quedaba apartado de nuestras vidas. Era egoísta, sin duda; desleal, equivocado; pero no alcanzaba a pensar en nada salvo en que la barrera de oro se había desvanecido entre nosotros. —¡Gracias a Dios! —exclamé desde lo más hondo de mi corazón.

Me miró con una sonrisa rápida e interrogante. —¿Por qué dice eso? —preguntó.

—Porque vuelve usted a estar a mi alcance —dije tomando su mano. No la retiró—. Porque la amo, Mary, con tanta verdad como jamás un hombre amó a una mujer. Porque este tesoro, estas riquezas, sellaban mis labios. Ahora que han desaparecido puedo decirle cuánto la quiero. Por eso he dicho: «Gracias a Dios».

—Entonces digo: «Gracias a Dios» yo también —susurró mientras la atraía hacia mí. Quienquiera que hubiese perdido un tesoro, supe aquella noche que yo había ganado uno.

Fin del Episodio 19 · de 24

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