Un eslabón roto · II
~7 min · 1456 palabras
Buenos días, señor, buenos días —dijo—. El señor Sherlock Holmes ha salido, según entiendo.
—Sí, y no sabría decirle con certeza cuándo regresará. Pero quizá prefiera esperar. Tome asiento y pruebe uno de estos cigarros.
—Gracias; aceptaré con gusto —dijo secándose la cara con un pañuelo de seda rojo.
—¿Y un whisky con soda?
—Bueno, medio vaso. Hace mucho calor para esta época del año y he tenido bastantes preocupaciones y fatigas. ¿Conoce mi teoría sobre este caso de Norwood?
—Recuerdo que expuso una.
—Pues bien, me he visto obligado a reconsiderarla. Tenía mi red bien echada alrededor del señor Sholto, caballero, cuando de pronto ¡zas!, se escapó por un agujero en medio de ella. Ha podido demostrar una coartada irrebatible. Desde el momento en que salió de la habitación de su hermano nunca estuvo fuera de la vista de unos o de otros. Así que no pudo ser él quien trepó por tejados ni trampillas. Es un caso muy oscuro y mi prestigio profesional está en juego. Agradecería mucho un poco de ayuda.
—Todos necesitamos ayuda a veces —dije.
—Su amigo el señor Sherlock Holmes es un hombre prodigioso, señor —dijo con voz ronca y confidencial—. Es un hombre al que no se puede vencer. He visto a ese joven intervenir en bastantes casos, pero aún no he visto ninguno en el que no consiga arrojar luz. Sus métodos son irregulares y tal vez se apresure a formular teorías, pero en conjunto creo que habría sido un agente de lo más prometedor, y no me importa quién lo sepa. Recibí un telegrama suyo esta mañana, por el cual entiendo que ha obtenido alguna pista sobre este asunto de Sholto. Aquí tiene el mensaje.
Sacó el telegrama del bolsillo y me lo entregó. Estaba fechado en Poplar a las doce en punto: «Vaya a Baker Street de inmediato —decía—. Si no he regresado, espéreme. Estoy pisándole los talones a la banda de Sholto. Puede venir con nosotros esta noche si desea presenciar el desenlace».
—Esto suena bien. Es evidente que ha recuperado el rastro —dije.
—¡Ah! Entonces él también se ha equivocado —exclamó Jones con visible satisfacción—. Hasta a los mejores se nos escapa la pista a veces. Desde luego esto puede ser una falsa alarma; pero es mi deber como agente de la ley no dejar escapar ninguna oportunidad. Aunque hay alguien a la puerta. Quizá sea él.
Se oyó un paso pesado subir la escalera, acompañado de un fuerte resuello y jadeo como de un hombre al que le faltara angustiosamente el aliento. Una o dos veces se detuvo, como si la subida le resultara excesiva, pero por fin llegó a nuestra puerta y entró. Su aspecto concordaba con los ruidos que habíamos escuchado. Era un anciano vestido de marinero, con un viejo chaquetón abotonado hasta la garganta. Tenía la espalda encorvada, las rodillas vacilantes y una respiración penosamente asmática. Al apoyarse en una gruesa vara de roble sus hombros se alzaban con el esfuerzo por introducir aire en los pulmones. Llevaba un pañuelo de colores al cuello y poco podía verse de su cara, salvo un par de penetrantes ojos oscuros bajo pobladas cejas blancas y largas patillas grises. En conjunto me causó la impresión de un respetable capitán de barco retirado que hubiera caído en la vejez y la indigencia.
—¿Qué se le ofrece, buen hombre? —pregunté.
Miró a su alrededor con la lentitud metódica propia de la vejez.
—¿Está aquí el señor Sherlock Holmes? —dijo.
—No, pero yo actúo en su nombre. Puede darme cualquier mensaje que tenga para él.
—Era a él mismo a quien tenía que decírselo —dijo.
—Pero le digo que actúo en su nombre. ¿Se trata del barco de Mordecai Smith?
—Sí. Sé muy bien dónde está. Y sé dónde están los hombres a quienes busca. Y sé dónde está el tesoro. Lo sé todo.
—Dígamelo entonces y yo se lo haré saber a él.
—Era a él a quien tenía que decírselo —repitió con la terca obstinación de los ancianos.
—Bueno, tendrá que esperar a que vuelva.
—No, no; no pienso perder un día entero para darle el gusto a nadie. Si el señor Holmes no está aquí, que el señor Holmes se las averigüe solo. No me gusta el aspecto de ninguno de los dos y no soltaré ni una sola palabra.
Se dirigió arrastrando los pies hacia la puerta, pero Athelney Jones se interpuso en su camino.
—Espere un momento, amigo mío —dijo—. Trae usted información importante y no puede marcharse así como así. Le retendremos, le guste o no, hasta que vuelva nuestro amigo.
El viejo hizo un amago de correr hacia la puerta, pero al ver la ancha espalda de Athelney Jones apoyada contra ella reconoció la inutilidad de resistirse.
—¡Menuda manera de tratar a la gente! —gritó golpeando el suelo con su bastón—. ¡Vengo aquí a ver a un caballero y ustedes dos, a quienes no he visto en mi vida, me agarran y me tratan de esta forma!
—No le pasará nada malo —dije—. Le compensaremos por la pérdida de su tiempo. Siéntese ahí en el sofá y no tendrá que esperar mucho.
Se acercó con gesto bastante hosco y se sentó apoyando el rostro en las manos. Jones y yo reanudamos nuestros cigarros y la conversación. De pronto, sin embargo, la voz de Holmes resonó entre nosotros.
—Creo que bien podrían ofrecerme un cigarro a mí también —dijo.
Ambos dimos un brinco en nuestras sillas. Allí estaba Holmes, sentado a nuestro lado con expresión de tranquila diversión.
—¡Holmes! —exclamé—. ¡Usted aquí! Pero ¿dónde está el anciano?
—Aquí está el anciano —dijo mostrando un montón de cabellos blancos—. Aquí lo tienen: peluca, patillas, cejas y todo lo demás. Pensé que mi disfraz era bastante bueno, pero apenas esperaba que superase semejante prueba.
—¡Ah, qué tunante! —gritó Jones entusiasmado—. Habría sido usted un actor, y de los mejores. Tenía la tos exacta de un asilo de pobres, y esas piernas temblorosas valen diez libras por semana. Aunque me pareció reconocer el brillo de sus ojos. Ya ve que no se nos escapó tan fácilmente.
—He estado trabajando con estas trazas todo el día —dijo encendiendo su cigarro—. Verá, muchos individuos de los bajos fondos empiezan a conocerme, sobre todo desde que a nuestro amigo aquí presente le dio por publicar algunos de mis casos; así que solo puedo lanzarme a la aventura bajo un disfraz sencillo como este. ¿Recibió mi telegrama?
—Sí, eso fue lo que me trajo aquí.
—¿Cómo ha marchado su caso?
—Todo ha quedado en nada. He tenido que soltar a dos de mis prisioneros y no hay pruebas contra los otros dos.
—No se preocupe. Le entregaremos a otros dos en su lugar. Pero tendrá que ponerse a mis órdenes. Todo el mérito oficial será para usted, pero deberá actuar siguiendo la línea que yo le marque. ¿De acuerdo?
—Totalmente de acuerdo, si me ayuda a atrapar a esos hombres.
—Bien, entonces en primer lugar necesitaré una embarcación rápida de la policía —una lancha de vapor— en el muelle de Westminster a las siete en punto.
—Eso es fácil de arreglar. Siempre hay una por allí; pero puedo cruzar la calle y llamar por teléfono para asegurarme.
—También necesitaré a dos hombres resueltos, por si oponen resistencia.
—Habrá dos o tres en la barca. ¿Qué más?
—Cuando capturemos a los hombres nos haremos con el tesoro. Creo que será un placer para mi amigo aquí presente llevarle el cofre a la joven dama a quien pertenece por derecho la mitad. Dejemos que sea ella la primera en abrirlo. ¿Verdad, Watson?
—Será un placer inmenso para mí.
—Un procedimiento bastante irregular —dijo Jones sacudiendo la cabeza—. Sin embargo, todo el asunto es irregular y supongo que tendremos que hacer la vista gorda. Luego habrá que entregar el tesoro a las autoridades hasta que concluya la investigación oficial.
—Por supuesto. Eso se arregla con facilidad. Otro detalle: me gustaría mucho obtener algunos pormenores de boca del propio Jonathan Small. Ya sabe que me gusta pulir los detalles de mis casos. ¿No habrá inconveniente en que mantenga una entrevista no oficial con él, ya sea aquí en mis habitaciones o en cualquier otra parte, siempre que esté bien custodiado?
—Bueno, usted es el dueño de la situación. Todavía no tengo pruebas de la existencia de ese tal Jonathan Small. Sin embargo, si logra atraparlo no veo cómo negarle una entrevista con él.
—¿Queda entendido entonces?
—Perfectamente. ¿Alguna otra cosa?
—Solo que insisto en que cene con nosotros. La mesa estará lista en media hora. Tengo ostras y un par de urogallos, acompañados de una buena selección de vinos blancos. Watson, aún no ha reconocido mis méritos como amo de casa.
Fin del Episodio 16 · de 24
Un eslabón roto · II
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