El signo de los cuatro·Episodio 15

Un eslabón roto · I

~10 min · 1956 palabras

Era ya bien entrada la tarde cuando desperté, restablecido y con nuevas fuerzas. Sherlock Holmes seguía sentado exactamente como lo había dejado, salvo que había apartado el violín y se hallaba enfrascado en un libro. Levantó la vista hacia mí cuando me moví y advertí que su rostro estaba sombrío y preocupado.

—Ha dormido profundamente —dijo—. Temí que nuestra charla pudiera despertarle.

—No oí nada —respondí—. ¿Ha tenido noticias frescas entonces?

—Por desgracia, no. Confieso que me siento sorprendido y contrariado. Esperaba algo concluyente para estas horas. Wiggins acaba de subir a darme parte. Dice que no ha sido posible dar con el menor rastro de la lancha. Es un contratiempo exasperante, pues cada hora cuenta.

—¿Puedo hacer algo? Me encuentro descansado y listo para otra salida nocturna.

—No, no podemos hacer nada. Solo cabe esperar. Si nos vamos, el aviso podría llegar durante nuestra ausencia y producirse una demora. Puede hacer lo que desee, pero yo debo permanecer de guardia.

—En tal caso me acercaré a Camberwell a visitar a la señora Cecil Forrester. Me invitó ayer a hacerlo.

—¿A la señora Cecil Forrester? —preguntó Holmes con una chispa burlona en los ojos.

—Bueno, y a la señorita Morstan también, por supuesto. Estaban impacientes por saber qué había sucedido.

—Yo no les contaría demasiado —dijo Holmes—. Nunca se debe confiar por completo en las mujeres, ni siquiera en las mejores de ellas.

No me detuve a discutir semejante disparate. —Estaré de vuelta dentro de una hora o dos —observé.

—¡Muy bien! ¡Buena suerte! Aunque, fíjese bien, si va a cruzar el río bien podría devolver a Toby, pues no creo en modo alguno que vayamos a necesitarlo ya.

Me llevé a nuestro chucho, en efecto, y lo dejé, junto con medio soberano, en casa del viejo naturalista de Pinchin Lane. En Camberwell encontré a la señorita Morstan un poco fatigada tras las peripecias de la noche, pero sumamente deseosa de conocer las novedades. La señora Forrester, por su parte, estaba llena de curiosidad. Les conté todo lo que habíamos hecho, omitiendo, como era natural, las partes más espantosas de la tragedia. Así, aunque hablé de la muerte del señor Sholto, nada dije acerca del modo exacto en que se produjo. A pesar de todas mis omisiones, sin embargo, hubo bastante para asombrarlas y dejarlas atónitas.

—¡Es toda una novela! —exclamó la señora Forrester—. Una dama agraviada, un tesoro de medio millón, un caníbal negro y un rufián con pata de palo. Ocupan el lugar del dragón tradicional o del conde malvado.

—Y dos caballeros andantes al rescate —añadió la señorita Morstan con una mirada brillante dirigida hacia mí.

—¡Pero si tu fortuna depende del resultado de esta búsqueda, Mary! No creo que estés lo bastante emocionada. ¡Imagínate lo que debe de ser verse tan rica y tener el mundo a tus pies!

Mi corazón sintió una punzada de secreta dicha al advertir que la joven no mostraba el menor signo de regocijo ante semejante porvenir. Al contrario, sacudió su orgullosa cabeza como si el asunto fuera algo por lo que apenas se interesaba.

—Por el señor Thaddeus Sholto es por quien estoy inquieta —dijo—. Todo lo demás carece de importancia; pero creo que él se ha portado con suma amabilidad y nobleza de principio a fin. Es nuestro deber librarlo de esta acusación tan terrible e infundada.

Ya anochecía cuando salí de Camberwell y era completamente de noche cuando llegué a casa. El libro y la pipa de mi compañero descansaban junto a su sillón, pero él había desaparecido. Miré en derredor con la esperanza de hallar alguna nota, pero no había ninguna.

—Supongo que el señor Sherlock Holmes habrá salido —le dije a la señora Hudson cuando subió a bajar las persianas.

—No, señor. Se ha retirado a su habitación. ¿Sabe una cosa, señor? —añadió bajando la voz a un susurro sobrecogedor—, temo por su salud.

—¿Por qué, señora Hudson?

—Bueno, porque está de lo más raro, señor. Después de marcharse usted se puso a pasear y a pasear, arriba y abajo, arriba y abajo, hasta que me cansé de oír sus pasos. Luego le oí hablar consigo mismo y murmurar, y cada vez que sonaba la campanilla salía al descanso de la escalera diciendo: «¿Qué hay, señora Hudson?». Y ahora se ha encerrado de golpe en su cuarto, pero sigo oyéndole caminar como antes. Espero que no vaya a enfermar, señor. Me atreví a sugerirle una tisana refrescante, pero me miró con tal expresión que no sé cómo pude salir viva de la estancia.

—No creo que tenga motivo para alarmarse, señora Hudson —respondí—. Ya le he visto así otras veces. Tiene alguna pequeña dificultad en mente que lo desazona. —Traté de hablar con tono despreocupado a nuestra buena patrona, pero yo mismo me sentía inquieto cuando, a lo largo de la prolongada noche, aún oía de tarde en tarde el sordo rumor de sus pisadas y comprendía cómo se rebelaba su espíritu sagaz contra aquella inacción forzosa.

A la hora del desayuno presentaba un aspecto demacrado y exhausto, con una ligera rojez febril en ambas mejillas.

—Se está matando, amigo mío —observé—. Le oí pasear durante la noche.

—No, no pude pegar ojo —contestó—. Este endemoniado problema me está consumiendo. Es demasiado verse burlado por un obstáculo tan minúsculo cuando todo lo demás ya ha sido superado. Conozco a los hombres, la lancha, todo; y sin embargo no consigo la menor noticia. He puesto a otras agencias a trabajar y he agotado todos los recursos a mi alcance. Se ha explorado el río entero en ambas orillas, pero no hay noticias, ni la señora Smith ha sabido nada de su marido. Acabaré por concluir que han echado la embarcación a pique. Pero hay objeciones contra eso.

—O que la señora Smith nos puso sobre una pista falsa.

—No, creo que eso puede descartarse. Mandé hacer averiguaciones y existe una lancha de esa descripción.

—¿Pudo haber ido río arriba?

—He considerado también esa posibilidad y hay un destacamento buscándola hasta Richmond. Si no recibo noticias hoy, saldré yo mismo mañana y buscaré a los hombres antes que al barco. Pero sin duda alguna recibiremos algún informe.

Sin embargo, no fue así. Ni una palabra nos llegó de Wiggins ni de las demás agencias. Aparecieron artículos en la mayor parte de los diarios sobre la tragedia de Norwood. Todos parecían bastante hostiles hacia el desdichado Thaddeus Sholto. No se hallaban detalles nuevos en ninguno de ellos, salvo que al día siguiente se celebraría la vista judicial. Por la tarde caminé hasta Camberwell para comunicar a las damas nuestro fracaso, y a mi regreso encontré a Holmes alicaído y un tanto taciturno. Apenas respondió a mis preguntas y pasó toda la velada ocupado en un oscuro análisis químico que exigía calentar retortas y destilar vapores, concluyendo al fin en un hedor que prácticamente me echó de la vivienda. Hasta altas horas de la madrugada pude oír el tintineo de sus tubos de ensayo, prueba de que proseguía con su maloliente experimento.

En las primeras horas del alba desperté sobresaltado y me sorprendió encontrarlo de pie junto a mi cama, ataviado con toscas ropas de marinero, chaquetón de paño grueso y una bufanda roja alrededor del cuello.

—Me marcho río abajo, Watson —dijo—. He estado dándole vueltas en la cabeza y solo veo una salida a este asunto. Vale la pena intentarlo, en cualquier caso.

—¿No puedo acompañarle entonces? —pregunté.

—No; me será de mucha más utilidad si permanece aquí como mi representante. Me resisto a marcharme, pues es muy probable que llegue algún recado durante el día, aunque Wiggins estaba anoche bastante desalentado. Deseo que abra todas las cartas y telegramas y actúe según su propio criterio si llega alguna novedad. ¿Puedo confiar en usted?

—Por supuesto.

—Me temo mucho que no estará en condiciones de telegrafiarme, pues apenas sé todavía en qué paraje del río puedo llegar a encontrarme. Si la suerte me acompaña, no obstante, tal vez no permanezca ausente demasiado tiempo. Tendré noticias de una u otra naturaleza para usted antes de estar de vuelta aquí.

Para la hora del desayuno no había sabido nada de él. Al abrir el Standard, no obstante, descubrí una nueva alusión al suceso: «Respecto a la tragedia de Upper Norwood —señalaba—, tenemos motivos para creer que el asunto promete ser todavía más complejo y misterioso de lo que en un principio se supuso. Nuevas pruebas han demostrado que es del todo imposible que el señor Thaddeus Sholto haya estado implicado de ninguna manera en los hechos. Tanto él como el ama de llaves, la señora Bernstone, fueron puestos en libertad ayer por la tarde. Se cree, sin embargo, que la policía posee una pista sobre los verdaderos culpables y que está siendo seguida por el señor Athelney Jones, de Scotland Yard, con toda su conocida energía y sagacidad. Se esperan nuevas detenciones de un momento a otro».

«Eso es satisfactorio en lo que cabe —pensé—. El amigo Sholto está a salvo, al menos. Me pregunto cuál será esa nueva pista, aunque parece la fórmula de rigor siempre que la policía comete un desatino».

Arrojé el periódico sobre la mesa, pero en aquel instante mi vista tropezó con un anuncio en la sección de avisos breves. Decía de este modo:

«Desaparecidos: Por cuanto Mordecai Smith, barquero, y su hijo Jim salieron del embarcadero de Smith el martes pasado hacia las tres de la madrugada a bordo de la lancha de vapor Aurora, casco negro con dos franjas rojas, chimenea negra con banda blanca, se recompensará con cinco libras a quien pueda facilitar informes a la señora Smith en el citado embarcadero, o en el número 221b de Baker Street, acerca del paradero de dicho Mordecai Smith y de la lancha Aurora».

Aquello era a todas luces obra de Holmes. La dirección de Baker Street bastaba para probarlo. Me pareció sumamente ingenioso, pues los fugitivos podían leerlo sin ver en ello otra cosa que la lógica inquietud de una esposa por su marido desaparecido.

Fue un día muy largo. Cada vez que sonaba un golpe en la puerta o se oían pasos apresurados en la calle me figuraba que se trataba de Holmes que regresaba o de una respuesta a su anuncio. Intenté leer, pero mis pensamientos se extraviaban hacia nuestra extraña pesquisa y hacia la siniestra y desigual pareja que perseguíamos. ¿Podría haber, me preguntaba, algún fallo capital en los razonamientos de mi compañero? ¿Estaría siendo víctima de un colosal autoengaño? ¿No cabía la posibilidad de que su mente despierta y especulativa hubiera edificado aquella desatinada teoría sobre premisas falsas? Jamás le había visto errar; y sin embargo, el más agudo razonador puede engañarse de vez en cuando. Era probable, pensé, que cayera en el error a causa de un excesivo refinamiento de su lógica: su preferencia por una explicación sutil y extravagante cuando tenía a mano otra más sencilla y cotidiana. No obstante, por otra parte, yo mismo había contemplado las pruebas y escuchado las razones de sus deducciones. Al recordar la larga serie de circunstancias curiosas, muchas de ellas triviales en sí mismas pero apuntando todas en una misma dirección, no pude ocultarme que, incluso si la explicación de Holmes fuese incorrecta, la verdadera teoría debía de ser igualmente outré y sorprendente.

A las tres de la tarde sonó con fuerza la campanilla, resonó una voz autoritaria en el vestíbulo y, para mi asombro, nada menos que el señor Athelney Jones fue introducido en la estancia. Muy distinto era, sin embargo, del brusco y autoritario catedrático del sentido común que se había hecho cargo del caso con tanta seguridad en Upper Norwood. Su semblante estaba abatido y su actitud era sumisa y casi de disculpa.

Fin del Episodio 15 · de 24

Un eslabón roto · I

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