El sabueso de los Baskerville·Episodio 09

Tres cabos rotos · II

~7 min · 1407 palabras

—¡Vaya, qué amabilidad la suya, doctor Watson! —dijo él—. Ya ve cómo están las cosas para mí, y usted sabe de este asunto tanto como yo. Si se viene conmigo a Baskerville Hall para ayudarme a salir adelante, no lo olvidaré jamás.

La perspectiva de una aventura siempre ejerció sobre mí una singular fascinación, y me sentí halagado por las palabras de Holmes y por el entusiasmo con que el baronet me acogía como compañero.

—Iré con mucho gusto —dije—. No sé en qué otra cosa podría emplear mejor mi tiempo.

—Y me mantendrá minuciosamente informado —dijo Holmes—. Cuando sobrevenga un momento crítico, que sobrevendrá, le indicaré cómo debe actuar. Supongo que para el sábado podrá estar todo dispuesto.

—¿Le viene bien al doctor Watson?

—Perfectamente.

—Entonces el sábado, salvo aviso en contrario, nos encontraremos en el tren de las diez y media que sale de Paddington.

Nos habíamos levantado para despedirnos cuando Baskerville lanzó un grito de triunfo y, abalanzándose hacia uno de los rincones de la estancia, sacó una bota marrón de debajo de un armario.

—¡Mi bota extraviada! —exclamó.

—¡Ojalá todas nuestras dificultades se desvanezcan con igual facilidad! —dijo Sherlock Holmes.

—Pero es algo sumamente curioso —observó el doctor Mortimer—. Yo registré esta habitación detenidamente antes de almorzar.

—Y yo también —dijo Baskerville—. Cada rincón de ella.

—Desde luego, no había ninguna bota aquí entonces.

—En tal caso el camarero debió de ponerla mientras estábamos almorzando.

Se mandó llamar al alemán, pero aseguró no saber nada del asunto, ni pesquisa alguna logró aclararlo. Un elemento más venía a sumarse a aquella constante y aparentemente absurda serie de pequeños misterios que se sucedían con tanta rapidez. Dejando a un lado el sombrío relato de la muerte de sir Charles, teníamos una cadena de incidentes inexplicables acaecidos en el espacio de dos días: la recepción de la carta anónima, el espía de barba negra en el coche de alquiler, la desaparición de la bota marrón nueva, la desaparición de la bota negra vieja y ahora la reaparición de la bota marrón nueva. Holmes permaneció en silencio en el coche de vuelta a Baker Street, y por sus cejas fruncidas y su semblante concentrado supe que su mente, al igual que la mía, se afanaba en encajar todos aquellos episodios extraños y en apariencia inconexos en un esquema general coherente. Toda la tarde y bien entrada la noche permaneció absorto entre bocanadas de tabaco y profundas reflexiones.

Poco antes de la cena le entregaron dos telegramas. El primero decía:

«Acabo de saber que Barrymore se encuentra en la mansión. Baskerville».

El segundo:

«Visitados veintitrés hoteles según las órdenes. Siento informar que no hallé la página recortada del Times. Cartwright».

—Ahí van dos de mis cabos, Watson. No hay nada más estimulante que un caso en el que todo se vuelve en contra. Debemos buscar una nueva pista.

—Todavía nos queda el cochero que llevaba al espía.

—Exactamente. He telegrafiado para averiguar su nombre y dirección en el Registro Oficial. No me sorprendería que esto fuera la respuesta a mi petición.

La llamada al timbre resultó ser algo todavía más satisfactorio que una respuesta, sin embargo, pues la puerta se abrió e ingresó un individuo de aspecto rudo que era a todas luces el mismísimo cochero.

—Me avisaron de la central diciéndome que un caballero de estas señas preguntaba por el número 2704 —dijo él—. Llevo siete años guiando mi coche y nunca he tenido una queja. Vengo directo de las cocheras para preguntarle a la cara qué tiene contra mí.

—No tengo absolutamente nada contra usted, mi buen hombre —dijo Holmes—. Al contrario: tengo medio soberano para usted si me responde con claridad a mis preguntas.

—Bueno, pues ha sido un buen día y no cabe duda —dijo el cochero sonriendo—. ¿Qué deseaba preguntarme, señor?

—En primer lugar, su nombre y dirección, por si necesito verle de nuevo.

—John Clayton, calle Turpey número 3, en el Borough. Mi coche sale de las cocheras de Shipley, cerca de la estación de Waterloo.

Sherlock Holmes tomó nota de los datos.

—Ahora, Clayton, cuénteme todo lo relativo al cliente que vino a vigilar esta casa a las diez de esta mañana y luego siguió a los dos caballeros por Regent Street.

El hombre pareció sorprendido y un tanto perplejo. «Vaya, de poco sirve que le cuente nada, porque parece saber tanto como yo», dijo. «La verdad es que el caballero me dijo que era detective y que no debía decir una palabra sobre él a nadie».

—Mi buen amigo, este es un asunto muy serio y puede verse en un grave aprieto si intenta ocultarme algo. ¿Dice que su cliente le dijo que era detective?

—Sí, señor, así fue.

—¿Cuándo se lo dijo?

—Al despedirse.

—¿Dijo algo más?

—Me dijo su nombre.

Holmes me lanzó una rápida mirada de triunfo. «¡Vaya, le dijo su nombre! Eso fue imprudente. ¿Cuál era el nombre que le dio?».

—Su nombre —dijo el cochero— era el señor Sherlock Holmes.

Jamás he visto a mi amigo más completamente desconcertado que ante la réplica del cochero. Durante un instante permaneció mudo de asombro. Luego prorrumpió en una sonora carcajada.

—¡Una estocada, Watson, una estocada certera! —dijo—. Siento un florete tan ágil y flexible como el mío propio. Me ha alcanzado de lleno esta vez. Conque se llamaba Sherlock Holmes, ¿eh?

—Sí, señor; ese era el nombre del caballero.

—¡Excelente! Cuénteme dónde lo recogió y todo lo sucedido.

—Me llamó a las nueve y media en Trafalgar Square. Me dijo que era detective y me ofreció dos guineas si hacía exactamente lo que me pidiera durante todo el día sin hacer preguntas. Acepté encantado. Primero fuimos al Hotel Northumberland y esperamos allí hasta que salieron dos caballeros y tomaron un carruaje de la parada. Seguimos a su coche hasta que se detuvo cerca de aquí.

—En esta misma puerta —dijo Holmes.

—Bueno, no podría jurarlo, pero me figuro que mi cliente lo sabía perfectamente. Nos detuvimos a mitad de la calle y esperamos una hora y media. Luego los dos caballeros pasaron junto a nosotros a pie y los seguimos por Baker Street y a lo largo de...

—Ya lo sé —dijo Holmes.

—Hasta que llegamos a tres cuartas partes de Regent Street. Entonces mi caballero abrió la trampilla del techo y me gritó que condujera a toda prisa hacia la estación de Waterloo tan rápido como pudiera. Le di con la fusta a la yegua y estuvimos allí en menos de diez minutos. Luego me pagó sus dos guineas, como un caballero, y se metió en la estación. Solo que al marcharse se dio media vuelta y dijo: «Quizá le interese saber que ha llevado en su coche al señor Sherlock Holmes». Así fue como me enteré de su nombre.

—Ya veo. ¿Y no volvió a verlo?

—No después de que entró en la estación.

—¿Y cómo describiría al señor Sherlock Holmes?

El cochero se rascó la cabeza. «Bueno, no era un caballero fácil de describir. Le echaría unos cuarenta años, de estatura media, unas dos o tres pulgadas más bajo que usted, señor. Iba vestido como un dandi, tenía barba negra cortada cuadrada por abajo y cara pálida. No creo que pudiera decirle mucho más».

—¿El color de los ojos?

—No, de eso no me fijé.

—¿Nada más que recuerde?

—No, señor; nada.

—Bien, entonces aquí tiene su medio soberano. Hay otro aguardándole si logra conseguir alguna información más. ¡Buenas noches!

—¡Buenas noches, señor, y muchas gracias!

John Clayton se marchó risueño, y Holmes se volvió hacia mí encogiéndose de hombros con una sonrisa resignada.

—Se rompió nuestro tercer cabo, y acabamos donde empezamos —dijo—. ¡Astuto bribón! Conocía nuestras señas, sabía que sir Henry Baskerville me había consultado, me descubrió en Regent Street, conjeturó que yo había tomado la matrícula del coche y que daría con el conductor, y me devolvió ese audaz mensaje. Le aseguro, Watson, que esta vez tenemos un rival digno de nuestro acero. Me han dado jaque mate en Londres. Solo puedo desearle mejor fortuna en Devonshire. Pero no las tengo todas conmigo.

—¿Respecto a qué?

—Respecto a enviarle a usted. Es un asunto feo, Watson, un asunto turbio y peligroso, y cuanto más lo examino menos me gusta. Sí, mi querido amigo, ríase si quiere, pero le doy mi palabra de que me sentiré muy dichoso cuando lo tenga de vuelta sano y salvo en Baker Street una vez más.

Fin del Episodio 9 · de 30

Tres cabos rotos · II

Siguiente Episodio 10~10 minLa mansión Baskerville · I“—¿No sería prudente, en primer término, desembarazarse de ese matrimonio Barrymore?”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.