El sabueso de los Baskerville·Episodio 10

La mansión Baskerville · I

~10 min · 2000 palabras

Sir Henry Baskerville y el doctor Mortimer estuvieron listos el día señalado y partimos hacia Devonshire conforme a lo convenido. El señor Sherlock Holmes me acompañó en coche hasta la estación y me dio sus últimas instrucciones y consejos de despedida.

—No influiré en su juicio sugiriéndole teorías o sospechas, Watson —dijo—; deseo simplemente que me transmita los hechos del modo más completo posible y me deje a mí la tarea de teorizar.

—¿Qué clase de hechos? —pregunté.

—Cualquier cosa que parezca guardar relación, por indirecta que sea, con el caso, y muy en particular las relaciones entre el joven Baskerville y sus vecinos o cualquier nuevo pormenor sobre la muerte de sir Charles. Yo mismo he hecho algunas indagaciones en estos últimos días, pero los resultados han sido, temo, negativos. Solo una cosa parece segura: que el señor James Desmond, el pariente más cercano, es un anciano caballero de carácter sumamente afable, de suerte que esta persecución no parte de él. Creo sinceramente que podemos eliminarlo de nuestros cálculos. Quedan las personas que habrán de rodear a sir Henry Baskerville en el páramo.

—¿No sería prudente, en primer término, desembarazarse de ese matrimonio Barrymore?

—De ninguna manera. No podría cometer mayor equivocación. Si son inocentes, sería una cruel injusticia; y si son culpables, renunciaríamos a toda posibilidad de desenmascararlos. No, no; los mantendremos en nuestra lista de sospechosos. Luego está el mozo de cuadra de la mansión, si mal no recuerdo. Hay dos granjeros del páramo. Está nuestro amigo el doctor Mortimer, a quien creo enteramente honrado, y su esposa, de quien no sabemos nada. Está ese naturalista, Stapleton, y su hermana, de quien dicen que es una joven atractiva. Está el señor Frankland, de Lafter Hall, que es asimismo una incógnita, y hay uno o dos vecinos más. Esta es la gente que debe ser objeto de su más atento estudio.

—Haré cuanto pueda.

—Lleva armas, supongo.

—Sí; juzgué prudente llevarlas.

—Hizo muy bien. Mantenga el revólver cerca de usted día y noche y no descuide jamás sus precauciones.

Nuestros amigos habían reservado ya un departamento de primera clase y nos aguardaban en el andén.

—No, no tenemos novedad de ninguna clase —respondió el doctor Mortimer a las preguntas de mi amigo—. Puedo jurar una cosa: que no nos han seguido los pasos en estos dos últimos días. No hemos salido nunca sin mantenernos en constante guardia, y nadie habría podido escapar a nuestra vigilancia.

—Han permanecido siempre juntos, supongo.

—Salvo ayer por la tarde. Suelo dedicar un día al puro esparcimiento cuando vengo a la capital, de modo que lo pasé en el Museo del Colegio de Cirujanos.

—Y yo fui a ver a la gente en el parque —dijo Baskerville.

—Pero no tuvimos contratiempo alguno.

—Fue una imprudencia de todos modos —dijo Holmes, sacudiendo la cabeza con semblante muy grave—. Le ruego, sir Henry, que no ande solo por ahí. Le sobrevendrá alguna gran desgracia si lo hace. ¿Recuperó su otra bota?

—No, señor; se perdió para siempre.

—De veras. Eso es muy interesante. Bueno, adiós —añadió mientras el tren comenzaba a deslizarse a lo largo del andén—. Tenga presente, sir Henry, una de las frases de esa curiosa y antigua leyenda que el doctor Mortimer nos leyó, y evite el páramo en aquellas horas sombrías en que los poderes del mal se hallan en su apogeo.

Miré hacia atrás cuando habíamos dejado muy lejos el andén y vi la figura alta y austera de Holmes inmóvil, siguiéndonos con la mirada.

El viaje fue rápido y placentero, y lo aproveché para intimar más con mis dos compañeros y para jugar con el spaniel del doctor Mortimer. En muy pocas horas la tierra parda se trocó en rojiza, el ladrillo dio paso al granito y las vacas rojas pastaban en prados bien cercados donde la tupida hierba y la vegetación más exuberante hablaban de un clima más rico, si bien más húmedo. El joven Baskerville miraba ávidamente por la ventanilla y lanzaba exclamaciones de regocijo al reconocer los rasgos familiares del paisaje de Devon.

—He recorrido buena parte del mundo desde que salí de aquí, doctor Watson —dijo—, pero no he visto ningún lugar comparable a este.

—No conozco a ningún hombre de Devon que no jure por su condado —observé yo.

—Depende de la raza de los hombres tanto como del condado —dijo el doctor Mortimer—. Una ojeada a nuestro amigo revela la cabeza redondeada del celta, que encierra en su interior el entusiasmo y el poder de apego celtas. La cabeza del pobre sir Charles pertenecía a un tipo sumamente raro, mitad gaélico y mitad iverniano en sus rasgos. Pero usted era muy joven cuando vio Baskerville Hall por última vez, ¿no es así?

—Era apenas un adolescente cuando murió mi padre y nunca llegué a ver la mansión, pues él vivía en una casita en la costa sur. Desde allí marché directamente a casa de un amigo en América. Le aseguro que todo esto es tan nuevo para mí como lo es para el doctor Watson, y siento una impaciencia enorme por ver el páramo.

—¿De veras? Pues su deseo quedará cumplido al instante, porque ahí tiene su primera vista del páramo —dijo el doctor Mortimer, señalando por la ventanilla del vagón.

Por encima de los cuadros verdes de las tierras de labor y de la ondulación baja de un bosque se alzaba a lo lejos una colina gris y melancólica, de extraña cumbre dentada, vaga y borrosa en la lejanía, como un paisaje fantástico surgido de un sueño. Baskerville permaneció largo rato con la vista fija en ella, y leí en su semblante anhelante cuánto significaba para él aquella primera visión del extraño lugar donde los hombres de su sangre habían señoreado durante tanto tiempo y dejado huella tan profunda. Allí estaba sentado, con su traje de tweed y su acento americano, en el rincón de un vulgar vagón de ferrocarril, y sin embargo, al contemplar su rostro moreno y expresivo, sentí más que nunca cuán verdadero vástago era de aquella larga estirpe de hombres apasionados, fogosos y dominadores. Había orgullo, bravura y fortaleza en sus pobladas cejas, en sus aletas nasales sensibles y en sus grandes ojos castaños. Si en aquel inhóspito páramo nos aguardaba una empresa difícil y arriesgada, este era al menos un camarada por quien un hombre podía aventurarse a correr un peligro con la certeza de que él lo compartiría con valentía.

El tren se detuvo en una pequeña estación rural y descendimos todos. Afuera, más allá de la baja valla blanca, aguardaba una tartana tirada por una pareja de caballos recios. Nuestra llegada fue evidentemente un gran acontecimiento, pues el jefe de estación y los mozos se arremolinaron en torno nuestro para descargar el equipaje. Era un paraje campestre, dulce y sencillo, pero me sorprendió observar que junto a la cancela se hallaban dos hombres de porte militar con uniformes oscuros, apoyados en sus carabinas, que nos miraron con atención al pasar. El cochero, un hombrecillo rudo y curtido, saludó a sir Henry Baskerville y en pocos minutos avanzábamos a buen paso por la ancha carretera blanca. Suaves praderas ascendían a ambos lados de nuestro camino y viejas casas con hastiales asomaban entre el espeso follaje verde; pero detrás de aquella campiña apacible y soleada se erguía sin cesar, oscura contra el cielo del atardecer, la silueta lúgubre del páramo, coronada por crestas ásperas y siniestras.

El carruaje enfiló un camino vecinal y comenzamos a subir por sendas hondas excavadas por siglos de ruedas de carretas, flanqueadas por altos ribazos cubiertos de musgo húmedo y helechos carnosos. Los helechales dorados y las zarzas abigarradas resplandecían a la luz del sol poniente. Siempre en constante ascenso, cruzamos un angosto puente de granito y bordeamos un arroyo ruidoso que se precipitaba con brío, espumoso y bramando entre las piedras grises. Tanto el camino como el arroyo ascendían por un valle tupido de robles enanos y abetos. A cada recodo Baskerville lanzaba una exclamación de júbilo, mirando con avidez a su alrededor y formulando innumerables preguntas. A sus ojos todo parecía hermoso, mas a mí una sombra de melancolía me parecía cernirse sobre aquel paisaje que tan a las claras mostraba la decadencia del año. Las hojas secas alfombraban los senderos y revoloteaban sobre nosotros al pasar. El chirrido de las ruedas se amortiguaba al avanzar sobre montones de hojarasca podrida; tristes dones, pensé yo, para que la Naturaleza los tendiera al paso del carruaje del heredero de los Baskerville en su regreso a casa.

—¡Hola! —exclamó el doctor Mortimer—. ¿Qué es eso?

Una empinada loma cubierta de brezo, una estribación avanzada del páramo, se abría ante nosotros. En la cumbre, recortado y nítido como una estatua ecuestre sobre su pedestal, se divisaba un soldado a caballo, oscuro y adusto, con la carabina terciada sobre el antebrazo. Vigilaba el camino por el que transitábamos.

—¿Qué significa esto, Perkins? —preguntó el doctor Mortimer.

Nuestro conductor se volvió a medias en su asiento. «Se ha escapado un presidiario de Princetown, señor. Lleva ya tres días fuera y los carceleros vigilan todos los caminos y todas las estaciones, pero todavía no le han echado el ojo. A los granjeros de la comarca no les hace ninguna gracia, señor, y esa es la pura verdad».

—Bueno, tengo entendido que dan cinco libras de recompensa si alguien facilita alguna pista.

—Sí, señor, pero la posibilidad de ganar cinco libras es poca cosa comparada con el peligro de que le rebanen a uno el pescuezo. Verá usted, no es un penado cualquiera. Este es un individuo capaz de todo.

—¿Quién es, entonces?

—Es Selden, el asesino de Notting Hill.

Recordaba bien el caso, pues fue uno en los que Holmes se había interesado a causa de la inusitada ferocidad del crimen y de la salvaje brutalidad que había caracterizado todos los actos del criminal. La conmutación de su pena de muerte se había debido a ciertas dudas sobre su salud mental, tan atroz había sido su conducta. Nuestro vehículo coronó una colina y frente a nosotros se extendió la inmensa llanura del páramo, salpicada de peñascales y riscos agrestes. Un viento glacial descendía de las alturas y nos hacía tiritar. En algún punto de aquella desolada planicie acechaba aquel ser diabólico, escondido en una madriguera como una fiera salvaje, con el corazón rebosante de odio contra toda la especie humana que lo había proscrito. Solo faltaba aquello para completar la siniestra sugestión de la estepa desierta, el viento helado y el cielo oscurecido. Hasta Baskerville enmudeció y se arropó más estrechamente en su capote.

Habíamos dejado atrás y por debajo de nosotros la tierra fértil. La contemplábamos ahora a nuestras espaldas: los rayos oblicuos de un sol poniente convertían los riachuelos en hilos de oro y hacían resplandecer la tierra roja recién removida por el arado y la amplia maraña de los bosques. El camino frente a nosotros se volvía cada vez más agreste y solitario sobre inmensas pendientes rojizas y oliváceas, sembradas de peñascos colosales. De tarde en tarde pasábamos junto a una choza del páramo, con paredes y techo de piedra, sin una sola planta trepadora que atenuara su perfil austero. De pronto miramos hacia una hondonada en forma de cuenco, tachonada de robles y abetos achaparrados, retorcidos y encorvados por la furia de años de temporales. Dos torres altas y estrechas despuntaban por encima de los árboles. El cochero señaló con el látigo.

—Baskerville Hall —dijo.

Su dueño se había levantado y miraba con las mejillas encendidas y los ojos brillantes. Unos minutos más tarde llegamos a la cancela de entrada, una filigrana fantástica de hierro forjado, con pilares desgastados por el tiempo a ambos lados, manchados de líquenes y rematados por las cabezas de jabalí de los Baskerville. La portería era una ruina de granito negro con las vigas al descubierto; pero frente a ella se alzaba un edificio nuevo, a medio construir, el primer fruto del oro sudafricano de sir Charles.

Fin del Episodio 10 · de 30

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