El sabueso de los Baskerville·Episodio 07

Sir Henry Baskerville · II

~8 min · 1596 palabras

Precisamente.

—Y ahora está este asunto de la carta que me enviaron al hotel. Supongo que encaja en su lugar.

—Parece demostrar que alguien sabe más que nosotros sobre lo que ocurre en el páramo —dijo el doctor Mortimer.

—Y también —dijo Holmes— que alguien no le desea ningún mal, puesto que le advierte del peligro.

—O tal vez sea que desean, para sus propios fines, ahuyentarme.

—Bueno, por supuesto, eso también es posible. Le estoy muy reconocido, doctor Mortimer, por haberme presentado un problema que ofrece varias alternativas interesantes. Pero la cuestión práctica que ahora debemos decidir, sir Henry, es si le conviene o no trasladarse a Baskerville Hall.

—¿Por qué no habría de ir?

—Parece haber peligro.

—¿Se refiere a un peligro procedente de ese demonio familiar o a un peligro por parte de seres humanos?

—Bueno, eso es lo que tenemos que averiguar.

—Sea lo que fuere, mi decisión es irrevocable. No hay demonio en el infierno, señor Holmes, ni hay hombre sobre la faz de la tierra que pueda impedirme ir a la mansión de mi propia estirpe, y puede considerar esto como mi última palabra. —Sus oscuras cejas se fruncieron y su rostro se encendió en un vivo rubor al pronunciar estas palabras. Era evidente que el temperamento ardiente de los Baskerville no se había extinguido en su último representante—. Entre tanto —prosiguió—, apenas he tenido tiempo de reflexionar sobre cuanto me han dicho. Es cosa muy grave para que un hombre la asimile y resuelva en una sola sesión. Quisiera disponer de una hora de calma a solas para aclararme las ideas. Mire, señor Holmes: son ahora las once y media y voy a regresar inmediatamente a mi hotel. ¿Qué les parece si usted y su amigo, el doctor Watson, se acercan a almorzar con nosotros a las dos? Para entonces podré explicarles con mayor claridad qué impresión me causa todo esto.

—¿Le viene bien, Watson?

—Perfectamente.

—Entonces cuenten con nosotros. ¿Quiere que llame a un coche?

—Prefiero caminar, pues este asunto me ha trastornado un poco.

—Le acompañaré en el paseo con mucho gusto —dijo su compañero.

—Entonces nos veremos de nuevo a las dos. ¡Hasta la vista y buenos días!

Oímos los pasos de nuestros visitantes bajar la escalera y el portazo de la entrada principal. En un instante Holmes pasó del soñador lánguido al hombre de acción.

—¡Su sombrero y sus botas, Watson, rápido! ¡Ni un momento que perder! —Se precipitó en su habitación en bata y regresó a los pocos segundos con una levita puesta. Nos apresuramos a bajar juntos las escaleras y a salir a la calle. El doctor Mortimer y Baskerville todavía eran visibles a unas doscientas yardas por delante de nosotros en dirección a Oxford Street.

—¿Quiere que corra y los detenga?

—Por nada del mundo, mi querido Watson. Me doy por muy satisfecho con su compañía, si usted tolera la mía. Nuestros amigos obran con acierto, pues ciertamente hace una mañana espléndida para pasear.

Aceleró el paso hasta que redujimos la distancia que nos separaba a casi la mitad. Luego, manteniéndonos a unas cien yardas a la zaga, los seguimos por Oxford Street y de allí por Regent Street. En cierta ocasión nuestros amigos se detuvieron a mirar el escaparate de una tienda, ante lo cual Holmes hizo lo propio. Un instante después soltó una breve exclamación de satisfacción y, siguiendo la dirección de sus ojos anhelantes, vi que un coche de punto con un hombre dentro, que se había detenido al otro lado de la calle, reanudaba ahora lentamente la marcha.

—¡Ahí está nuestro hombre, Watson! ¡Vamos! Le echaremos un buen vistazo, si no podemos hacer otra cosa.

En aquel instante advertí una barba negra y espesa y un par de ojos penetrantes clavados en nosotros a través de la ventanilla del coche. En el acto se levantó la trampilla del techo, se oyó un grito dirigido al cochero y el vehículo partió a escape en loca carrera por Regent Street. Holmes miró ansiosamente a su alrededor buscando otro coche, pero no había ninguno desocupado a la vista. Luego se lanzó en furiosa persecución entre la corriente del tráfico; pero la ventaja era excesiva y el coche pronto se perdió de vista.

—¡Vaya por Dios! —dijo Holmes amargamente mientras emergía jadeante y pálido de irritación de la marea de carruajes—. ¿Se ha visto jamás semejante mala suerte y tan mala maña a la vez? Watson, Watson, si es usted un hombre honrado dejará constancia de esto también y lo contrastará con mis éxitos.

—¿Quién era el hombre?

—No tengo la menor idea.

—¿Un espía?

—Bueno, por lo que hemos oído era evidente que alguien ha vigilado muy de cerca a Baskerville desde que llegó a la ciudad. ¿De qué otro modo pudo saberse tan pronto que había elegido el Hotel Northumberland? Si lo habían seguido el primer día, supuse que lo seguirían también el segundo. Quizá haya observado que me acerqué dos veces a la ventana mientras el doctor Mortimer leía su leyenda.

—Sí, lo recuerdo.

—Buscaba con la mirada a merodeadores en la calle, pero no vi a nadie. Nos enfrentamos a un individuo inteligente, Watson. Este asunto cala muy hondo, y aunque todavía no he decidido si se trata de una influencia benévola o malévola la que está en contacto con nosotros, percibo constantemente poder y cálculo. Cuando nuestros amigos salieron los seguí de inmediato con la esperanza de descubrir a su invisible acompañante. Tan astuto era que no se había fiado de ir a pie, sino que se había valido de un carruaje para poder rezagarse o adelantarlos a toda prisa eludiendo su atención. Su método ofrecía la ventaja añadida de que si ellos tomaban un coche, él estaba listo para seguirlos. Presenta, sin embargo, un evidente inconveniente.

—Que lo pone a merced del cochero.

—Exactamente.

—¡Qué lástima no habernos quedado con el número!

—Mi querido Watson, por torpe que haya sido, ¿no se imaginará seriamente que olvidé anotar el número? El número 2704 es nuestro hombre. Pero eso de nada nos sirve por el momento.

—No alcanzo a ver qué más podía haber hecho.

—Al observar el coche debí haber dado media vuelta al instante y caminado en la dirección opuesta. Luego, con calma, debí haber alquilado un segundo coche y seguido al primero a distancia respetuosa, o mejor aún, haberme dirigido al Hotel Northumberland y esperar allí. Cuando nuestro desconocido hubiese seguido a Baskerville hasta su alojamiento habríamos tenido la ocasión de pagarle con su misma moneda y ver adónde se dirigía. Tal como han sucedido las cosas, por un afán indiscreto del que nuestro adversario se aprovechó con extraordinaria presteza y energía, nos hemos delatado y hemos perdido a nuestro hombre.

Habíamos estado vagando despacio por Regent Street durante esta conversación, y el doctor Mortimer con su compañero habían desaparecido mucho antes por delante de nosotros.

—No tiene objeto seguir tras ellos —dijo Holmes—. La sombra se ha esfumado y no volverá. Debemos ver qué otras cartas tenemos en la mano y jugarlas con decisión. ¿Podría jurar haber visto el rostro de ese hombre dentro del coche?

—Solo podría jurar que vi la barba.

—Y yo también... de lo cual deduzco que con toda probabilidad era postiza. Un hombre sagaz empeñado en una misión tan delicada no necesita barba salvo para ocultar sus facciones. ¡Entre aquí, Watson!

Entró en una de las oficinas de mensajeros del distrito, donde el encargado lo saludó calurosamente.

—¡Ah, Wilson! Veo que no ha olvidado aquel asuntillo en el que tuve la fortuna de ayudarle.

—No, señor, en verdad que no. Salvó usted mi buen nombre y tal vez mi vida.

—Mi querido amigo, exagera. Recuerdo, Wilson, que tenía entre sus muchachos a un mozo llamado Cartwright, que demostró cierta habilidad durante la investigación.

—Sí, señor; todavía sigue con nosotros.

—¿Podría llamarlo?... ¡Gracias! Y agradecería que me cambiase este billete de cinco libras.

Un muchacho de catorce años, de rostro despejado y vivaracho, acudió a la llamada del encargado. Se detuvo contemplando con gran reverencia al célebre detective.

—Páseme la Guía de Hoteles —dijo Holmes—. ¡Gracias! Ahora, Cartwright: aquí figuran los nombres de veintitrés hoteles, todos en las inmediaciones de Charing Cross. ¿Ves?

—Sí, señor.

—Visitarás cada uno de ellos por turno.

—Sí, señor.

—Comenzarás en cada caso dándole al mozo de la puerta un chelín. Aquí tienes veintitrés chelines.

—Sí, señor.

—Le dirás que deseas examinar el papel de desecho de ayer. Le dirás que se ha extraviado un telegrama importante y que lo estás buscando. ¿Entendido?

—Sí, señor.

—Pero lo que realmente estás buscando es la página central del Times con varios agujeros recortados a tijera. Aquí tienes un ejemplar del Times. Es esta página. Podrías reconocerla con facilidad, ¿verdad?

—Sí, señor.

—En cada caso el mozo de la puerta llamará al conserje del vestíbulo, a quien también darás un chelín. Aquí tienes otros veintitrés chelines. Probablemente averiguarás en veinte casos de los veintitrés que el papel de desecho del día anterior ya ha sido quemado o retirado. En los otros tres casos te mostrarán un montón de periódicos viejos y buscarás esta página del Times entre ellos. Las probabilidades de encontrarla son sumamente escasas. Aquí tienes diez chelines de sobra por si surge alguna emergencia. Mándame un informe por telégrafo a Baker Street antes del anochecer. Y ahora, Watson, solo nos resta averiguar por telégrafo la identidad del cochero, número 2704, y luego nos dejaremos caer por una de las galerías de arte de Bond Street para hacer tiempo hasta la hora de presentarnos en el hotel.

Fin del Episodio 7 · de 30

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