Sir Henry Baskerville · I
~11 min · 2232 palabras
Nuestra mesa de desayuno quedó despejada temprano, y Holmes aguardó en bata la entrevista concertada. Nuestros clientes fueron sumamente puntuales, pues el reloj acababa de dar las diez cuando el doctor Mortimer fue introducido en la estancia, seguido por el joven baronet. Este último era un hombre menudo, despierto, de ojos oscuros, de unos treinta años de edad, de complexión muy robusta, con cejas negras y pobladas y un rostro enérgico y combativo. Vestía un traje de tweed de tono rojizo y tenía el aspecto curtido por la intemperie de quien ha pasado la mayor parte de su tiempo al aire libre; y sin embargo había en su mirada firme y en el aplomo sereno de su porte algo que delataba al caballero.
—Este es sir Henry Baskerville —dijo el doctor Mortimer.
—Pues sí —dijo él—, y lo curioso, señor Sherlock Holmes, es que si mi amigo aquí presente no me hubiera propuesto venir a verle esta mañana, yo habría acudido por mi propia cuenta. Tengo entendido que usted resuelve pequeños enigmas, y esta mañana se me ha presentado uno que exige más seso del que yo soy capaz de poner en juego.
—Tome asiento, le ruego, sir Henry. ¿Debo entender que ha tenido alguna experiencia notable desde su llegada a Londres?
—Nada de gran importancia, señor Holmes. Solo una broma, con toda probabilidad. Ha sido esta carta, si es que puede llamarse carta, que me llegó esta mañana.
Depositó un sobre sobre la mesa y todos nos inclinamos sobre él. Era de calidad vulgar, de color grisáceo. La dirección, «Sir Henry Baskerville, Hotel Northumberland», estaba impresa con caracteres toscos; el matasellos era de «Charing Cross» y la fecha de expedición, la noche anterior.
—¿Quién sabía que usted se alojaría en el Hotel Northumberland? —preguntó Holmes, dirigiendo una mirada penetrante a nuestro visitante.
—Nadie podía saberlo. Lo decidimos después de reunirme con el doctor Mortimer.
—¿Pero el doctor Mortimer se alojaba ya allí, sin duda?
—No; yo me hospedaba en casa de un amigo —dijo el doctor.
—No había indicio posible de que tuviésemos la intención de acudir a ese hotel.
—¡Hum! Alguien parece vivamente interesado en sus movimientos. —Del sobre extrajo una media cuartilla de papel doblada en cuatro. La abrió y la alisó sobre la mesa. A lo largo del centro se había formado una sola frase pegando palabras impresas. Decía así:
«Si aprecia su vida o su razón manténgase alejado del páramo».
La palabra «páramo» era la única trazada con pluma y tinta.
—Y ahora —dijo sir Henry Baskerville—, tal vez me diga usted, señor Holmes, qué demonios significa esto y quién se toma tanto interés por mis asuntos.
—¿Qué opina usted de esto, doctor Mortimer? Tendrá que admitir que aquí no hay nada sobrenatural, en cualquier caso.
—No, señor; pero muy bien podría proceder de alguien convencido de que el asunto es sobrenatural.
—¿Qué asunto? —preguntó sir Henry con aspereza—. Me parece que todos ustedes, caballeros, saben mucho más que yo sobre mis propios asuntos.
—Compartirá nuestros conocimientos antes de abandonar esta habitación, sir Henry; se lo prometo —dijo Sherlock Holmes—. Por el momento nos limitaremos, con su permiso, a este interesantísimo documento, que debió componerse y echarse al correo anoche. ¿Tiene usted el Times de ayer, Watson?
—Está aquí, en el rincón.
—¿Me haría el favor de pasármelo? La página interior, por favor, la de los artículos de fondo. —Le echó una rápida mirada, recorriendo con la vista las columnas de arriba abajo—. Un artículo soberbio este sobre el librecambio. Permítanme leerles un fragmento:
«Podrán engatusarle haciéndole creer que su propio oficio o su industria particular se verán favorecidos por un arancel proteccionista, pero cae de su peso que semejante legislación, a la larga, debe alejar la riqueza del país, disminuir el valor de nuestras importaciones y empeorar las condiciones generales de vida en esta isla».
—¿Qué le parece, Watson? —exclamó Holmes jubiloso, frotándose las manos de satisfacción—. ¿No le parece un pensamiento admirable?
El doctor Mortimer miró a Holmes con aire de interés profesional, y sir Henry Baskerville posó en mí unos ojos oscuros y perplejos.
—No entiendo mucho de aranceles ni de esas cosas —dijo—, pero me da la impresión de que nos hemos apartado un poco de la pista en lo que concierne a esa nota.
—Al contrario; creo que estamos sobre una pista muy caliente, sir Henry. Watson aquí presente conoce mis métodos mejor que usted, pero temo que ni siquiera él haya captado aún el alcance de esta frase.
—No; confieso que no veo relación alguna.
—Y sin embargo, mi querido Watson, hay una relación tan íntima que la una ha salido de la otra. «Si», «aprecia», «su», «vida», «razón», «manténgase», «alejado», «del». ¿No ve ahora de dónde se han extraído esas palabras?
—¡Por todos los demonios, tiene razón! ¡Caramba, qué agudeza! —exclamó sir Henry.
—Por si quedase alguna duda, la disipa el hecho de que «manténgase alejado» y «del» están recortadas en una sola pieza.
—¡Pues es verdad! ¡Así es!
—Realmente, señor Holmes, esto sobrepasa cuanto yo habría podido imaginar —dijo el doctor Mortimer, contemplando a mi amigo con asombro—. Comprendería que cualquiera afirmase que las palabras salieron de un periódico; pero que usted precise de cuál y añada que proceden del artículo editorial es una de las cosas más extraordinarias que jamás he visto. ¿Cómo lo hizo?
—Supongo, doctor, que usted sabría distinguir el cráneo de un negro del de un esquimal.
—Ciertamente.
—¿Pero cómo?
—Porque esa es mi especialidad. Las diferencias son evidentes. La cresta supraorbitaria, el ángulo facial, la curvatura maxilar...
—Pues esta es mi especialidad, y las diferencias son igualmente evidentes. Hay tanta diferencia a mis ojos entre los tipos de imprenta burgueses e interlineados de un artículo del Times y la tosca impresión de un periódico vespertino de medio penique como la que usted encuentra entre su negro y su esquimal. La identificación de tipos es una de las ramas más elementales del conocimiento para el perito criminal, aunque confieso que en cierta ocasión, siendo muy joven, confundí el Leeds Mercury con el Western Morning News. Pero un editorial del Times es inconfundible, y estas palabras no podían haber sido tomadas de ningún otro diario. Como la nota se compuso ayer, había una altísima probabilidad de que encontrásemos las palabras en el número de ayer.
—Según le voy entendiendo, señor Holmes —dijo sir Henry Baskerville—, alguien recortó este mensaje con unas tijeras...
—Tijeras de uñas —dijo Holmes—. Puede apreciar que eran de hoja muy corta, ya que quien las cortó tuvo que dar dos tijeretazos para «manténgase alejado».
—Así es. Alguien, pues, recortó el mensaje con tijeras de hoja corta y lo pegó con cola...
—Goma —corrigió Holmes.
—Con goma sobre el papel. Pero desearía saber por qué la palabra «páramo» se escribió a mano.
—Porque no pudo encontrarla impresa. Las otras palabras eran sencillas y podían hallarse en cualquier ejemplar, pero «páramo» era menos común.
—Desde luego, eso lo explica. ¿Ha descubierto algo más en ese mensaje, señor Holmes?
—Hay uno o dos indicios, y sin embargo se han tomado las mayores precauciones para borrar toda pista. La dirección, como observa, está escrita con toscos caracteres de imprenta. Pero el Times es un periódico que rara vez se halla en manos de personas que no posean una educación esmerada. Podemos colegir, por consiguiente, que la carta fue redactada por un hombre instruido que deseaba fingir ignorancia, y su esfuerzo por ocultar su propia letra sugiere que esa caligrafía podría ser conocida por usted o llegar a serlo. Además, observará que las palabras no están pegadas en una línea perfecta, sino que algunas quedan mucho más altas que otras. «Vida», por ejemplo, está muy fuera de su sitio. Eso puede indicar descuido, o bien agitación y prisa por parte de quien cortaba. En general me inclino por esta última hipótesis, ya que el asunto era a todas luces importante y es inverosímil que el autor de semejante misiva fuese descuidado. Si tenía prisa, surge la interesante cuestión de por qué la tenía, puesto que cualquier carta echada al correo a primera hora de la mañana habría llegado a manos de sir Henry antes de que abandonara su hotel. ¿Temía el remitente una interrupción? ¿Y de parte de quién?
—Nos adentramos ahora en el terreno de las suposiciones —dijo el doctor Mortimer.
—Diga más bien en el terreno donde sopesamos probabilidades y escogemos la más plausible. Es el empleo científico de la imaginación, pero siempre contamos con una base material para iniciar nuestras conjeturas. Ahora bien, usted lo llamará suposición, sin duda, pero estoy casi seguro de que esta dirección fue escrita en un hotel.
—¿Cómo demonios puede saber eso?
—Si la examina atentamente verá que tanto la pluma como la tinta han dado problemas al que escribía. La pluma ha chisporroteado dos veces en una misma palabra y se ha quedado seca tres veces en una dirección tan breve, lo cual demuestra que quedaba muy poca tinta en el tintero. Ahora bien, una pluma o un tintero privados rara vez se dejan en semejante estado, y la combinación de ambos percances resulta muy infrecuente. Pero usted conoce la tinta de los hoteles y las plumas de los hoteles, donde lo raro es encontrar algo mejor. Sí; apenas vacilo en afirmar que si pudiéramos examinar las papeleras de los hoteles situados en los alrededores de Charing Cross hasta dar con los restos del mutilado editorial del Times, pondríamos la mano encima a la persona que envió este singular mensaje. ¡Hola, hola! ¿Qué es esto?
Estaba examinando detenidamente la cuartilla sobre la que se habían pegado las palabras, sosteniéndola a solo una o dos pulgadas de sus ojos.
—¿Y bien?
—Nada —dijo, arrojándola sobre la mesa—. Es una media cuartilla en blanco, sin siquiera una filigrana. Creo que hemos sacado cuanto podíamos de esta curiosa carta; y ahora, sir Henry, ¿le ha sucedido alguna otra cosa de interés desde que se encuentra en Londres?
—Pues no, señor Holmes. Creo que no.
—¿No ha advertido que alguien le siguiera o vigilara?
—Me parece haber entrado de lleno en una novela de folletín —dijo nuestro visitante—. ¿Por qué demonios iba nadie a seguirme o vigilarme?
—A eso vamos. ¿No tiene nada más que comunicarnos antes de adentrarnos en este asunto?
—Bueno, depende de lo que usted considere digno de mencionarse.
—Considero digno de mencionarse cualquier cosa que se salga de la rutina ordinaria de la vida.
Sir Henry sonrió. «Apenas conozco todavía la vida británica, pues he pasado casi todo mi tiempo en los Estados Unidos y en el Canadá. Pero confío en que perder una bota no forme parte de la rutina habitual por estos pagos».
—¿Ha perdido usted una de sus botas?
—¡Mi querido señor! —exclamó el doctor Mortimer—. Solo se habrá extraviado. La encontrará cuando regrese al hotel. ¿De qué sirve molestar al señor Holmes con pequeñeces de esta clase?
—Bueno, él me preguntó por cualquier cosa que se saliese de lo corriente.
—Exactamente —dijo Holmes—, por ridículo que el incidente pueda parecer. ¿Ha perdido una de sus botas, dice?
—Bueno, la he extraviado, en cualquier caso. Dejé las dos fuera de mi habitación anoche y por la mañana solo había una. No pude sacar nada en limpio del mozo que las limpia. Lo peor del caso es que compré el par anoche mismo en el Strand y ni siquiera había llegado a estrenarlas.
—Si nunca las había llevado puestas, ¿por qué las sacó para que las limpiaran?
—Eran botas de cuero claro y nunca las habían embadurnado con betún. Por eso las saqué.
—¿Entonces entiendo que a su llegada a Londres ayer salió usted de inmediato y compró un par de botas?
—Hice bastantes compras. El doctor Mortimer me acompañó. Ya ve usted, si he de ejercer de señor feudal por allá abajo debo vestir con arreglo a mi condición, y es posible que me haya descuidado un poco en mi modo de vestir en el Oeste. Entre otras cosas compré estas botas castañas —pagué seis dólares por ellas— y me robaron una antes de habérmelas calzado.
—Parece una cosa singularmente inútil de robar —dijo Sherlock Holmes—. Confieso que comparto la opinión del doctor Mortimer de que no tardará mucho en aparecer la bota extraviada.
—Y ahora, caballeros —dijo el baronet con determinación—, me parece que he hablado más que suficiente sobre lo poco que sé. Es hora de que cumplan su promesa y me expliquen con detalle a qué viene todo esto.
—Su petición es sumamente razonable —respondió Holmes—. Doctor Mortimer, creo que lo mejor que puede hacer es relatar su historia tal como nos la contó a nosotros.
Animado de tal suerte, nuestro docto amigo extrajo los papeles del bolsillo y expuso el caso por entero exactamente como lo había hecho la mañana precedente. Sir Henry Baskerville escuchó con la más profunda atención y con alguna que otra exclamación de asombro.
—Bien, parece que he recibido una herencia con propina —dijo cuando concluyó la larga relación—. Desde luego, he oído hablar del sabueso desde que estaba en la cuna. Es el cuento predilecto de la familia, aunque nunca se me ocurrió tomarlo en serio hasta ahora. Pero en lo tocante a la muerte de mi tío... bueno, todo me bulle en la cabeza y aún no logro aclararme. No parecen haber decidido si este es un asunto para un policía o para un clérigo.
Fin del Episodio 6 · de 30
Sir Henry Baskerville · I
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