El sabueso de los Baskerville·Episodio 05

El problema · II

~6 min · 1214 palabras

—¿Sale usted, Watson?

—A menos que pueda ayudarle.

—No, mi querido amigo; es en la hora de la acción cuando acudo a usted en busca de auxilio. Pero este caso es espléndido, verdaderamente único desde ciertos puntos de vista. Al pasar junto a la tienda de Bradley, ¿tendría la amabilidad de pedirle que me mande una libra del tabaco picado más fuerte? Gracias. Convendría también que no regresara usted antes del anochecer. Para entonces me complacerá en extremo confrontar impresiones acerca de este interesantísimo problema que nos ha sido expuesto esta mañana.

Sabía que el aislamiento y la soledad eran sumamente necesarios para mi amigo en aquellas horas de intensa concentración mental en que sopesaba cada brizna de evidencia, construía teorías alternativas, contrastaba una con otra y decidía qué puntos eran esenciales y cuáles accesorios. Pasé, pues, el día en mi club y no regresé a Baker Street hasta el anochecer. Eran cerca de las nueve cuando me encontré de nuevo en la sala de estar.

Mi primera impresión al abrir la puerta fue que se había declarado un incendio, pues la habitación estaba tan inundada de humo que la luz de la lámpara sobre la mesa apenas se distinguía. Al entrar, sin embargo, se disiparon mis temores, pues eran las emanaciones acres de un tabaco fuerte y ordinario lo que me atenazó la garganta haciéndome toser. A través de la niebla alcancé a vislumbrar confusamente a Holmes en bata, ovillado en una butaca con su pipa negra de arcilla entre los labios. A su alrededor había varios rollos de papel.

—¿Se ha resfriado, Watson? —dijo.

—No; es esta atmósfera pestilente.

—Supongo que está algo cargada, ahora que lo menciona.

—¿Cargada? Es intolerable.

—¡Abra la ventana, entonces! Veo que se ha pasado todo el día en el club.

—¡Mi querido Holmes!

—¿He acertado?

—Ciertamente, ¿pero cómo lo supo?

Se rio de mi expresión atónita. «Hay en usted una frescura encantadora, Watson, que convierte en un placer ejercitar mis pequeñas facultades a su costa. Un caballero sale a la calle en un día de chubascos y barro. Regresa inmaculado por la tarde, con el lustre impecable en el sombrero y en las botas. Por consiguiente, ha permanecido en un sitio fijo todo el día. No es hombre que tenga amistades íntimas. ¿Dónde, pues, podía haber estado? ¿No es evidente?».

—Bueno, es bastante evidente.

—El mundo está lleno de cosas evidentes en las que nadie por casualidad repara jamás. ¿Dónde cree usted que he estado yo?

—También inmóvil.

—Al contrario; he estado en Devonshire.

—¿En espíritu?

—Exacto. Mi cuerpo ha permanecido en esta butaca y ha consumido en su ausencia, lamento observarlo, dos grandes jarras de café y una cantidad inverosímil de tabaco. Después de que saliera envié a pedir a Stamford el mapa topográfico de esa parte del páramo, y mi espíritu ha sobrevolado el terreno todo el día. Me jacto de ser capaz de orientarme por allí.

—Un mapa a gran escala, supongo.

—A grandísima escala.

Desenrolló una sección y la sostuvo sobre su rodilla. «Aquí tiene el distrito concreto que nos concierne. Eso de en medio es Baskerville Hall».

—¿Con un bosque alrededor?

—Exacto. Me imagino que la alameda de tejos, aunque no señalada con ese nombre, debe extenderse a lo largo de esta línea, con el páramo, como observa, a su derecha. Este pequeño grupo de edificaciones de aquí es la aldea de Grimpen, donde nuestro amigo el doctor Mortimer tiene su cuartel general. En un radio de cinco millas apenas hay, como ve, unas pocas viviendas dispersas. Aquí está Lafter Hall, mencionada en el relato. Hay una casa señalada aquí que puede ser la residencia del naturalista; Stapleton, si mal no recuerdo, era su nombre. Aquí hay dos granjas del páramo: High Tor y Foulmire. Luego, a catorce millas de distancia, la gran penitenciaría de Princetown. Entre estos puntos aislados y a su alrededor se extiende el desolado e inerte páramo. Este es, pues, el escenario en el que se ha representado la tragedia, y en el que nosotros tal vez contribuyamos a representarla de nuevo».

—Debe de ser un paraje bravío.

—Sí, el marco es adecuado. Si el diablo deseara intervenir en los asuntos de los hombres...

—Entonces usted mismo se inclina hacia la explicación sobrenatural.

—Los agentes del demonio pueden ser de carne y hueso, ¿no le parece? Dos preguntas nos aguardan de entrada. La primera es si se ha cometido algún delito; la segunda, cuál es ese delito y cómo se cometió. Desde luego, si la conjetura del doctor Mortimer fuese correcta y nos hallásemos ante fuerzas ajenas a las leyes ordinarias de la Naturaleza, nuestras investigaciones habrían tocado a su fin. Pero tenemos el deber de agotar todas las demás hipótesis antes de refugiarnos en esa. Creo que cerraremos de nuevo esa ventana, si no le importa. Es curioso, pero compruebo que una atmósfera densa ayuda a la concentración del pensamiento. No he llegado al extremo de meterme en una caja para pensar, pero esa sería la consecuencia lógica de mis convicciones. ¿Le ha dado vueltas al caso en su cabeza?

—Sí, he pensado mucho en él a lo largo del día.

—¿Qué conclusión saca?

—Resulta de lo más desconcertante.

—Tiene ciertamente un sello propio. Hay en él rasgos distintivos. Ese cambio en las huellas, por ejemplo. ¿Qué deduce usted de eso?

—Mortimer dijo que el hombre había caminado de puntillas por ese tramo de la alameda.

—No hizo más que repetir lo que dijo algún imbécil en la investigación judicial. ¿Por qué iba un hombre a caminar de puntillas por una alameda?

—¿Qué hacía entonces?

—Iba corriendo, Watson; corriendo desesperadamente, corriendo por salvar la vida, corriendo hasta que se le reventó el corazón y cayó muerto de bruces.

—¿Huyendo de qué?

—Ahí radica nuestro problema. Hay indicios de que el hombre estaba enloquecido de terror antes siquiera de echar a correr.

—¿Por qué asegura eso?

—Supongo que la causa de sus temores llegó a él desde el páramo. Si fue así, y parece lo más probable, solo un hombre que hubiera perdido el juicio habría corrido alejándose de la casa en lugar de huir hacia ella. Si el testimonio del gitano es verídico, corrió pidiendo auxilio a gritos en la dirección donde era menos probable encontrar ayuda. Y luego, además, ¿a quién esperaba esa noche, y por qué lo esperaba en la alameda de tejos en lugar de recibirlo en su propia casa?

—¿Cree usted que esperaba a alguien?

—El hombre era anciano y estaba enfermo. Se comprende que diese un paseo vespertino, pero el suelo estaba húmedo y la noche inclemente. ¿Es natural que permaneciese de pie cinco o diez minutos, como dedujo el doctor Mortimer de la ceniza del puro, con mayor sentido práctico del que yo le habría atribuido?

—Pero salía todas las noches.

—Me parece improbable que aguardase junto a la cancela del páramo todas las noches. Al contrario, las pruebas indican que rehuía el páramo. Aquella noche esperó allí. Era la noche anterior a su partida hacia Londres. El asunto va cobrando forma, Watson. Empieza a tener coherencia. ¿Podría pedirle que me alcance el violín? Aplazaremos toda reflexión adicional sobre este negocio hasta que mañana por la mañana tengamos la ventaja de conocer al doctor Mortimer y a sir Henry Baskerville.

Fin del Episodio 5 · de 30

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