El sabueso de los Baskerville·Episodio 04

El problema · I

~8 min · 1598 palabras

Confieso que ante aquellas palabras me recorrió un escalofrío. Había en la voz del doctor un temblor que demostraba que él mismo estaba hondamente conmovido por lo que nos relataba. Holmes se inclinó hacia delante en su excitación, y en sus ojos brilló aquel fulgor duro y seco que aparecía cuando algo despertaba vivamente su interés.

—¿Vio usted eso?

—Tan claramente como lo veo a usted.

—¿Y no dijo nada?

—¿De qué habría servido?

—¿Cómo es que nadie más lo vio?

—Las marcas estaban a unas veinte yardas del cuerpo y nadie se fijó en ellas. No creo que yo mismo las hubiera advertido de no haber conocido la leyenda.

—¿Hay muchos perros de pastor en el páramo?

—Sin duda, pero este no era ningún perro de pastor.

—¿Dice usted que era grande?

—Enorme.

—¿Pero no se había acercado al cadáver?

—No.

—¿Qué clase de noche hacía?

—Húmeda y fría.

—¿Pero no llovía en aquel momento?

—No.

—¿Cómo es la alameda?

—Son dos hileras de viejos tejos, de doce pies de altura e impenetrables. El sendero del centro tiene unos ocho pies de ancho.

—¿Hay algo entre los setos y el camino?

—Sí, una franja de hierba de unos seis pies de ancho a cada lado.

—Tengo entendido que el seto de tejos está interrumpido en un punto por una cancela.

—Sí, la cancela de madera que da al páramo.

—¿Hay alguna otra abertura?

—Ninguna.

—De modo que para llegar a la alameda de tejos hay que bajar a ella desde la casa o bien entrar por la cancela del páramo.

—Hay una salida a través de un cenador en el extremo opuesto.

—¿Había llegado sir Charles hasta allí?

—No; yacía a unas cincuenta yardas del pabellón.

—Ahora dígame, doctor Mortimer —y esto es importante—: las marcas que usted vio, ¿estaban en el sendero o en la hierba?

—En la hierba no habría quedado marca alguna.

—¿Estaban en el mismo lado del sendero que la cancela del páramo?

—Sí; estaban en el borde del sendero, en el mismo lado que la cancela.

—Me interesa usted sobremanera. Otro detalle. ¿Estaba cerrada la cancela?

—Cerrada y con candado.

—¿Qué altura tenía?

—Unos cuatro pies.

—¿Cualquiera habría podido saltarla?

—Sí.

—¿Y qué señales vio usted junto a la cancela?

—Ninguna en particular.

—¡Santo cielo! ¿Nadie examinó el lugar?

—Sí, lo examiné yo mismo.

—¿Y no encontró nada?

—Todo estaba muy confuso. Era evidente que sir Charles había permanecido allí durante cinco o diez minutos.

—¿Cómo sabe eso?

—Porque la ceniza de su cigarro había caído dos veces.

—¡Excelente! Este es un colega, Watson, según nuestros propios deseos. ¿Y las huellas?

—Él había dejado sus propias marcas por todo aquel pequeño pedazo de grava. No pude distinguir otras.

Sherlock Holmes se golpeó la rodilla con la mano en un ademán de impaciencia.

—¡Si hubiera estado yo allí! —exclamó—. Es a todas luces un caso de extraordinario interés y que brindaba inmensas oportunidades a un perito científico. Esa página de grava en la que yo habría podido leer tanto hace mucho que fue borrada por la lluvia y pisoteada por los zuecos de campesinos curiosos. ¡Ay, doctor Mortimer, doctor Mortimer, pensar que no me llamó de inmediato! Ciertamente tiene usted mucho de qué responder.

—No podía llamarlo, señor Holmes, sin divulgar estos hechos al mundo entero, y ya he dado mis razones para no querer hacerlo. Además... además...

—¿Por qué titubea?

—Hay un dominio en el que el más perspicaz y experimentado de los detectives se encuentra impotente.

—¿Se refiere a que el asunto es sobrenatural?

—No lo he afirmado categóricamente.

—No, pero evidentemente lo piensa.

—Desde la tragedia, señor Holmes, han llegado a mis oídos varios sucesos difíciles de conciliar con el orden establecido de la naturaleza.

—¿Por ejemplo?

—He descubierto que antes de que ocurriese el terrible desenlace varias personas habían visto en el páramo una criatura que se corresponde con el demonio de los Baskerville y que de ningún modo podía ser un animal conocido por la ciencia. Todos coincidieron en que era un ser descomunal, luminoso, fantasmal y espectral. He interrogado a estos hombres: uno de ellos un campesino sensato, otro un herrador y el tercero un granjero del páramo, y todos cuentan la misma historia sobre esta espantosa aparición, que coincide exactamente con el sabueso infernal de la leyenda. Le aseguro que reina un auténtico terror en la comarca y que hay que ser muy temerario para cruzar el páramo de noche.

—¿Y usted, hombre instruido en la ciencia, cree que se trata de algo sobrenatural?

—No sé qué creer.

Holmes se encogió de hombros. «Hasta ahora he circunscrito mis investigaciones a este mundo terrenal», dijo. «Modestamente he combatido el mal, pero enfrentarme al mismísimo Padre del Mal sería, tal vez, una empresa excesivamente ambiciosa. Sin embargo, tendrá que admitir que la huella era material».

—El sabueso de la leyenda original era lo bastante material como para desgarrar la garganta de un hombre, y aun así era diabólico.

—Veo que se ha pasado por completo al bando de los partidarios de lo sobrenatural. Pero ahora, doctor Mortimer, dígame una cosa: si sostiene tales puntos de vista, ¿por qué ha venido a consultarme? Me dice a un mismo tiempo que es inútil investigar la muerte de sir Charles y que desea que yo lo haga.

—No he dicho que desee que usted la investigue.

—Entonces, ¿en qué puedo ayudarle?

—Aconsejándome qué debo hacer con sir Henry Baskerville, que llega a la estación de Waterloo —el doctor Mortimer consultó su reloj— dentro de una hora y cuarto exactamente.

—¿Siendo él el heredero?

—Sí. A la muerte de sir Charles indagamos el paradero de este joven caballero y descubrimos que se dedicaba a la agricultura en el Canadá. A juzgar por los informes que hemos recibido, es un excelente muchacho en todos los sentidos. Le hablo ahora no como médico, sino como albacea y administrador testamentario de sir Charles.

—Supongo que no hay ningún otro pretendiente a la herencia.

—Ninguno. El único otro pariente a quien logramos seguir la pista fue Rodger Baskerville, el menor de tres hermanos de los cuales el pobre sir Charles era el mayor. El segundo hermano, que falleció joven, es el padre de este muchacho Henry. El tercero, Rodger, era la oveja negra de la familia. Descendía de la antigua cepa despótica de los Baskerville y era la viva imagen, según me dicen, del retrato familiar del viejo Hugo. Calentó tanto la tierra bajo sus pies que tuvo que huir a Centroamérica, donde murió de fiebre amarilla en 1876. Henry es el último de los Baskerville. Dentro de una hora y cinco minutos me reuniré con él en la estación de Waterloo. He recibido un telegrama comunicándome que llegó esta mañana a Southampton. Y ahora, señor Holmes, ¿qué me aconseja que haga con él?

—¿Por qué no habría de ir a la casa de sus antepasados?

—Parece lo natural, ¿verdad? Y sin embargo, considere que todo Baskerville que va allí sufre una suerte aciaga. Tengo la certeza de que si sir Charles hubiera podido hablar conmigo antes de morir me habría prevenido contra llevar a ese lugar mortal al último de la vieja estirpe y heredero de una inmensa fortuna. Y sin embargo no se puede negar que la prosperidad de toda esa comarca pobre y desolada depende de su presencia. Toda la benefactora labor emprendida por sir Charles se vendrá abajo si la mansión carece de dueño. Temo dejarme llevar demasiado por mi propio e indiscutible interés en el asunto, y por eso presento el caso ante usted y le pido consejo.

Holmes reflexionó durante unos instantes.

—Puesto en palabras llanas, el asunto es este —dijo—: en su opinión hay una fuerza diabólica que convierte Dartmoor en una morada peligrosa para un Baskerville... ¿es esa su opinión?

—Al menos me atrevería a decir que existen ciertos indicios de que pueda ser así.

—Exacto. Pero a buen seguro, si su teoría sobrenatural es correcta, esa fuerza podría causar daño al joven en Londres con tanta facilidad como en Devonshire. Un demonio con facultades meramente parroquiales, circunscrito como una junta de vecinos, resultaría una concepción inconcebible.

—Trata usted el asunto con más ligereza, señor Holmes, de la que probablemente mostraría si entrase en contacto personal con estas cosas. Su consejo, entonces, tal como lo entiendo, es que el joven estará tan seguro en Devonshire como en Londres. Llega dentro de cincuenta minutos. ¿Qué me recomienda?

—Le recomiendo, señor, que tome un coche de punto, llame a su spaniel, que está rascando en mi puerta, y marche a Waterloo para encontrarse con sir Henry Baskerville.

—¿Y luego?

—Y luego no le dirá absolutamente nada hasta que yo me haya formado un juicio sobre el asunto.

—¿Cuánto tiempo tardará en formarse ese juicio?

—Veinticuatro horas. A las diez de la mañana de mañana, doctor Mortimer, le agradeceré mucho que me visite aquí, y será de gran ayuda para mis planes futuros que traiga consigo a sir Henry Baskerville.

—Así lo haré, señor Holmes. —Anotó la cita en el puño de su camisa y se marchó a toda prisa con su andar extraño, miope y distraído. Holmes lo detuvo en lo alto de la escalera.

—Solo una pregunta más, doctor Mortimer. ¿Dice usted que antes de la muerte de sir Charles Baskerville varias personas vieron esa aparición en el páramo?

—Tres personas la vieron.

—¿La vio alguien después?

—No he tenido noticia de nadie.

—Gracias. Buenos días.

Holmes volvió a su asiento con ese aire sereno de íntima satisfacción que revelaba que tenía ante sí una tarea de su agrado.

Fin del Episodio 4 · de 30

El problema · I

Siguiente Episodio 5~6 minEl problema · II“—No, mi querido amigo; es en la hora de la acción cuando acudo a usted en busca de auxilio.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.