La maldición de los Baskerville · II
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Los hechos del caso son sencillos. Sir Charles Baskerville tenía la costumbre, cada noche antes de acostarse, de dar un paseo por la famosa alameda de tejos de Baskerville Hall. La declaración de los Barrymore demuestra que esta era su costumbre inveterada. El cuatro de mayo, sir Charles había manifestado su intención de partir al día siguiente rumbo a Londres, y había ordenado a Barrymore que preparase su equipaje. Aquella noche salió como de costumbre a dar su paseo nocturno, en el curso del cual solía fumar un cigarro puro. Nunca regresó. A las doce de la noche, Barrymore, viendo que la puerta de la entrada continuaba abierta, se alarmó y, encendiendo un farol, salió en busca de su amo. El día había sido lluvioso, y las huellas de sir Charles se distinguían con facilidad a lo largo del sendero. A mitad de esta alameda hay una cancela que da al páramo. Había señales de que sir Charles se había detenido allí durante unos minutos. Luego prosiguió sendero abajo, y fue en el extremo opuesto donde se descubrió su cadáver. Un hecho que no ha podido explicarse es la afirmación de Barrymore de que las huellas de su amo cambiaron de aspecto a partir del momento en que pasó la cancela del páramo, y que desde allí en adelante parecía haber caminado de puntillas. Cierto Murphy, un tratante de caballos gitano, se hallaba en el páramo no lejos de allí en aquel momento, pero según su propia confesión se encontraba bastante bebido. Afirma haber oído gritos, pero es incapaz de precisar de qué dirección procedían. No se descubrieron signos de violencia en el cuerpo de sir Charles, y aunque el informe médico señaló una distorsión facial casi increíble —tan espantosa que el doctor Mortimer se negó al principio a creer que se tratase en efecto de su amigo y paciente—, se explicó que tal síntoma no resulta infrecuente en casos de disnea y fallecimiento por fallo cardíaco. Esta explicación se vio confirmada por la autopsia, que reveló una afección orgánica de larga data, y el jurado forense emitió un veredicto de conformidad con el dictamen médico. Es muy de agradecer que así haya sido, pues resulta de suma importancia que el heredero de sir Charles se instale en la mansión y continúe las benéficas obras tan tristemente interrumpidas. De no haber puesto fin el sobrio dictamen del juez a las leyendas románticas que circulaban en relación con el suceso, habría sido difícil encontrar un ocupante para Baskerville Hall. Se tiene entendido que el pariente más próximo es el señor Henry Baskerville, hijo del hermano menor de sir Charles, si es que aún vive. La última noticia que se tenía del joven era que residía en América, y se han iniciado averiguaciones con el propósito de ponerlo al corriente de su buena fortuna».
El doctor Mortimer volvió a doblar el periódico y se lo guardó en el bolsillo. «Esos son los hechos públicos, señor Holmes, relacionados con la muerte de sir Charles Baskerville».
—Debo agradecerle —dijo Sherlock Holmes— que haya llamado mi atención hacia un caso que ciertamente presenta rasgos de notable interés. Había observado algún comentario en la prensa por aquellas fechas, pero me hallaba sumamente ocupado con aquel asuntillo de los camafeos del Vaticano, y en mi afán por complacer al Papa perdí contacto con varios casos ingleses de interés. ¿Dice usted que este artículo contiene todos los hechos de dominio público?
—En efecto.
—Entonces reláteme los privados. —Se recostó en la butaca, juntó las puntas de los dedos y adoptó su expresión más impasible y severa.
—Al hacerlo —dijo el doctor Mortimer, que comenzaba a dar muestras de intensa emoción—, revelo lo que no he confiado a nadie. Mi motivo para ocultarlo en la investigación forense fue que un hombre de ciencia rehúye situarse en la postura pública de respaldar una superstición popular. Tuve además la razón de que Baskerville Hall, como indica el diario, quedaría ciertamente deshabitada si se añadía algo a su reputación ya de por sí bastante siniestra. Por ambas razones juzgué justificado decir menos de lo que sabía, pues ningún bien práctico podía derivarse de ello; pero ante usted no hay motivo alguno para que no sea absolutamente franco.
—El páramo está muy poco poblado, y quienes viven próximos entre sí se ven empujados a una estrecha relación. Por esta razón traté mucho a sir Charles Baskerville. Con la excepción del señor Frankland, de Lafter Hall, y del señor Stapleton, el naturalista, no hay otras personas instruidas en muchas millas a la redonda. Sir Charles era un hombre reservado, pero la circunstancia de su enfermedad nos aproximó, y una comunidad de aficiones científicas nos mantuvo unidos. Había traído consigo abundante información científica de Sudáfrica, y pasamos juntos muchas veladas admirables debatiendo sobre la anatomía comparada del bosquimano y del hotentote.
—En el curso de los últimos meses se me hizo cada vez más evidente que el sistema nervioso de sir Charles estaba sometido a una tensión insoportable. Se había tomado tan a pecho la leyenda que acabo de leerles que, aunque se paseaba por sus propias tierras, nada en el mundo le habría inducido a adentrarse en el páramo de noche. Por increíble que le parezca, señor Holmes, estaba sinceramente convencido de que un destino atroz se cernía sobre su familia, y desde luego los antecedentes que podía aportar sobre sus antepasados no eran muy alentadores. La obsesión de una presencia espantosa lo acosaba constantemente, y en más de una ocasión me preguntó si en mis visitas médicas nocturnas había visto alguna extraña criatura o había oído los aullidos de un sabueso. Esta última pregunta me la formuló repetidas veces, y siempre con una voz temblorosa de agitación.
—Recuerdo muy bien que una tarde, unas tres semanas antes del suceso fatal, llegué en coche a su casa. El azar quiso que él estuviese a la puerta principal. Yo acababa de apearme del pescante y me hallaba frente a él cuando vi que sus ojos se clavaban por encima de mi hombro y miraban fijamente a mi espalda con una expresión del más indecible espanto. Me di la vuelta en redondo y apenas tuve tiempo de vislumbrar algo que tomé por un gran ternero negro cruzando al principio de la avenida arbolada. Tan excitado y aterrado estaba sir Charles que me vi precisado a ir hasta el lugar donde había estado el animal para buscarlo por los alrededores. Sin embargo, había desaparecido, y el incidente pareció causarle la peor impresión en el ánimo. Permanecí con él toda la velada, y fue en aquella ocasión, para explicar la turbación que había manifestado, cuando puso en mis manos el manuscrito que les leí al llegar. Menciono este pequeño episodio porque adquiere cierta importancia a la luz de la tragedia subsiguiente, pero en aquel momento estaba convencido de que se trataba de una minucia y de que su inquietud carecía de fundamento.
—Fue por consejo mío por lo que sir Charles se disponía a viajar a Londres. Sabía que su corazón estaba resentido, y la constante angustia en que vivía, por quimérica que fuese su causa, surtía a las claras un efecto funesto en su salud. Pensé que unos meses en medio de las distracciones de la capital le devolverían la lozanía. El señor Stapleton, un amigo común a quien preocupaba vivamente su salud, compartía la misma opinión. Y en el último instante sobrevino esta catástrofe espantosa.
—La noche de la muerte de sir Charles, el mayordomo Barrymore, que descubrió el cadáver, me envió a caballo al mozo de cuadra Perkins, y como yo me había quedado levantado hasta tarde pude llegar a Baskerville Hall a menos de una hora del suceso. Comprobé y corroboré todos los hechos expuestos en la vista judicial. Seguí las huellas a lo largo de la alameda de tejos, vi el lugar junto a la cancela del páramo donde parecía haberse detenido, advertí la alteración en la forma de las pisadas a partir de aquel punto, comprobé que no había otras huellas salvo las de Barrymore sobre la grava blanda y, por último, examiné minuciosamente el cadáver, que no había sido tocado hasta mi llegada. Sir Charles yacía boca abajo, con los brazos extendidos, los dedos clavados en la tierra y los rasgos desencajados por una emoción tan violenta que casi no habría podido jurar que fuese él. Ciertamente no había lesión física de ninguna clase. Pero Barrymore incurrió en una declaración falsa ante el jurado forense. Dijo que no había huellas en el suelo alrededor del cuerpo. Él no vio ninguna. Pero yo sí: a poca distancia de allí, pero frescas y nítidas.
—¿Pisadas?
—Pisadas.
—¿De hombre o de mujer?
El doctor Mortimer nos miró de un modo extraño durante un instante, y su voz bajó casi hasta un susurro al responder.
—¡Señor Holmes, eran las huellas de un sabueso gigantesco!
Fin del Episodio 3 · de 30
La maldición de los Baskerville · II
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