Una mirada retrospectiva · I
~12 min · 2491 palabras
Corrían los últimos días de noviembre, y Holmes y yo nos hallábamos sentados, durante una noche desapacible y brumosa, a uno y otro lado de una lumbre crepitante en nuestro cuarto de estar de Baker Street. Desde el trágico desenlace de nuestra visita a Devonshire, mi amigo se había ocupado en dos asuntos de suma trascendencia: en el primero de ellos había desenmascarado la atroz conducta del coronel Upwood en relación con el célebre escándalo de naipes del Nonpareil Club, mientras que en el segundo había asumido la defensa de la infortunada señora de Montpensier frente a la acusación de asesinato que pesaba sobre ella por la muerte de su hijastra, la señorita Carére, aquella joven que, como se recordará, fue descubierta seis meses después sana, salva y casada en Nueva York. Mi amigo se hallaba de un humor excelente gracias a la serie de triunfos que habían coronado casos tan difíciles como notorios, de modo que me vi en franquía para instarlo a desgranar los pormenores del misterio de los Baskerville. Había aguardado pacientemente la ocasión propicia, plenamente consciente de que jamás consentía que dos casos se solaparan y de que su mente lúcida y lógica se negaba a distraerse del trabajo presente para demorarse en evocaciones pretéritas. Sir Henry y el doctor Mortimer, no obstante, se encontraban por entonces en Londres, a punto de emprender aquella prolongada travesía marítima recomendada para reparar sus nervios maltrechos. Habían venido a hacernos una visita esa misma tarde, por lo que resultaba del todo natural que el tema saliera a relucir en nuestra conversación.
—Todo el curso de los acontecimientos —observó Holmes—, contemplado desde el punto de vista del individuo que se hacía llamar Stapleton, fue sencillo y directo, aunque a nosotros, que al principio carecíamos de medios para desentrañar los móviles de sus actos y apenas vislumbrábamos fragmentos aislados de la verdad, todo nos pareciese en extremo complejo. He tenido la fortuna de mantener dos largas conversaciones con la señora Stapleton, y el caso ha quedado ya tan cabalmente esclarecido que no creo que guarde ningún secreto para nosotros. Encontrará usted algunas notas sobre el asunto bajo la letra B en mi fichero temático de casos.
—Quizá tuviera usted la amabilidad de trazarme de memoria un bosquejo general de lo sucedido.
—Con mucho gusto, aunque no le garantizo retener todos los detalles con absoluta precisión en la memoria. Una intensa concentración mental posee la curiosa propiedad de borrar cuanto ya ha quedado atrás. El abogado que domina su causa a la perfección y es capaz de debatir con un especialista sobre su propia materia descubre que una o dos semanas de estrados bastan para expulsarlo todo nuevamente de su cabeza. De igual suerte, cada una de mis investigaciones desplaza a la anterior, y la señorita Carére ha difuminado mis recuerdos de Baskerville Hall. Mañana mismo acaso se someta a mi consideración cualquier otro pequeño problema que a su vez desbanque a la bella dama francesa y al infame coronel Upwood. Sin embargo, en lo relativo al misterio del sabueso, le expondré el encadenamiento de los hechos con la mayor fidelidad que me sea posible, y usted me apuntará cualquier detalle que yo haya podido pasar por alto.
»Mis pesquisas demuestran, fuera de toda duda, que el retrato familiar no mentía y que este individuo era en verdad un Baskerville de pura cepa. Era hijo de aquel Rodger Baskerville, el hermano menor de sir Charles, quien huyó con una siniestra reputación a Sudamérica, donde se decía que había fallecido soltero. En realidad contrajo matrimonio y tuvo un único vástago, este hombre, cuyo verdadero nombre era idéntico al de su progenitor. Se casó con Beryl García, una de las jóvenes más hermosas de Costa Rica, y, tras apoderarse de una cuantiosa suma de fondos públicos, mudó su apellido por el de Vandeleur y huyó rumbo a Inglaterra, donde fundó un colegio privado al este de Yorkshire. La razón que lo inclinó a probar fortuna en semejante ramo radicaba en que durante la travesía de regreso había trabado conocimiento con un preceptor tísico, valiéndose de la pericia pedagógica de este para sacar adelante la empresa. Fraser, el maestro, falleció sin embargo, y la escuela, que había comenzado con buen pie, se deslizó del descrédito a la infamia. Los Vandeleur juzgaron oportuno mudar nuevamente de apellido adoptando el de Stapleton, y él trasladó al sur de Inglaterra los despojos de su fortuna, sus planes para el porvenir y su marcada afición a la entomología. Supe en el Museo Británico que pasaba por ser una autoridad respetada en la materia, y que el nombre de Vandeleur ha quedado vinculado de forma permanente a cierta especie de polilla nocturna que él fue el primero en clasificar durante sus días en Yorkshire.
»Llegamos ahora a esa etapa de su vida que tan hondo interés ha revestido para nosotros. El sujeto había hecho averiguaciones, descubriendo que tan solo dos vidas se interponían entre su persona y una heredad de inmenso valor. Cuando marchó a Devonshire sus proyectos eran, a mi juicio, sumamente vagos; pero que abrigaba perversas intenciones desde el primer instante se desprende con claridad del hecho de llevarse consigo a su propia esposa haciéndola pasar por su hermana. La idea de emplearla como señuelo flotaba ya sin duda en su imaginación, aun cuando no tuviera todavía decidido cómo articular los pormenores de la trama. Su propósito final consistía en apoderarse de la finca solariega, y estaba resuelto a servirse de cualquier instrumento o afrontar cualquier contingencia para lograrlo. Su primer paso consistió en afincarse lo más cerca posible de la mansión de sus antepasados, y el segundo fue granjearse la amistad de sir Charles Baskerville y de los hacendados vecinos.
»Fue el propio baronet quien le refirió la leyenda del sabueso familiar, allanando de ese modo el camino hacia su propia destrucción. Stapleton, pues continuaré dándole ese nombre, sabía que el anciano padecía del corazón y que cualquier emoción violenta podía acarrearle la muerte instantánea: tales pormenores se los había sonsacado al doctor Mortimer. Supo asimismo que sir Charles era supersticioso y que se tomaba aquella tétrica tradición muy a pecho. Su mente despiadada concibió en el acto un método para arrebatarle la vida al anciano sin que fuera humanamente posible imputar el crimen al verdadero autor.
»Una vez madurada la idea, procedió a ejecutarla con no poca destreza. Un maquinador común y corriente se habría conformado con utilizar un perro feroz. El empleo de artificios para conferir al animal una apariencia diabólica constituyó un verdadero rasgo de ingenio diabólico por su parte. Compró el perro en Londres a los tratantes Ross y Mangles, establecidos en Fulham Road: era el ejemplar más corpulento y bravío que tenían en su poder. Lo transportó por la línea del norte de Devon y caminó una dilatada distancia a través del páramo para introducirlo en su casa sin despertar sospechas ni comentarios. En sus cacerías de insectos había aprendido ya a internarse en la ciénaga de Grimpen, descubriendo allí un escondite seguro para la fiera. Allí la recluyó y se dispuso a aguardar su oportunidad.
»Mas la ocasión tardaba en presentarse. El anciano caballero no se dejaba tentar para aventurarse fuera de sus dominios al caer la noche. Varias veces merodeó Stapleton con su sabueso por los contornos, pero en vano. Fue durante estas infructuosas incursiones cuando él, o más bien su cómplice de cuatro patas, fue avistado por los campesinos, con lo que la leyenda del perro infernal cobró nuevo brío. Había confiado en que su esposa sedujera a sir Charles conduciéndolo a la perdición, pero en este punto ella demostró una independencia imprevista. Se negó en redondo a enredar al anciano en una intriga amorosa que lo entregase atado de pies y manos a su enemigo. Ni las amenazas ni tampoco los golpes —pues lamento decir que los hubo— consiguieron doblegarla. Se negó a colaborar en semejante vileza, y durante algún tiempo Stapleton se vio en un auténtico callejón sin salida.
»Halló una salida a sus dificultades merced a la circunstancia fortuita de que sir Charles, que le había cobrado gran aprecio, lo nombró intermediario de sus obras de beneficencia en favor de aquella desdichada mujer, la señora Laura Lyons. Al fingirse soltero adquirió un dominio absoluto sobre ella, dándole a entender que contraería matrimonio con ella tan pronto como obtuviese el divorcio de su marido. Sus planes se precipitaron de súbito al enterarse de que sir Charles pensaba abandonar la mansión siguiendo el consejo del doctor Mortimer, parecer con el que él mismo aparentó coincidir. Debía actuar de inmediato, pues de lo contrario su víctima escaparía a su alcance. Ejerció entonces presión sobre la señora Lyons para que redactara aquella carta, implorando al anciano una entrevista en la víspera de su partida hacia Londres. Luego, mediante un pretexto capcioso, le impidió acudir a la cita, obteniendo así la oportunidad que tanto tiempo llevaba aguardando.
»Al regresar al anochecer desde Coombe Tracey dispuso de tiempo holgado para recoger a su sabueso, untarlo con su ungüento fosforescente y conducir a la fiera hasta la cancela donde tenía sobrados motivos para aguardar al anciano. El perro, azuzado por su amo, saltó por encima de la empalizada y persiguió al infortunado baronet, quien echó a correr despavorido a lo largo del sendero de los tejos. En aquel túnel sombrío debió de constituir en verdad una visión horripilante contemplar a aquel monstruo negro y gigantesco, con las fauces encendidas y los ojos llameantes, saltando tras las pisadas de su víctima. Sir Charles cayó fulminado al término de la alameda, víctima de su lesión cardíaca y de un espanto atroz. El sabueso había avanzado por el borde herboso mientras el anciano corría por la grava, de suerte que no quedó visible ninguna huella excepto las del hombre. Al verlo tendido e inmóvil, el animal se aproximó probablemente a olfatearlo; pero, advirtiendo que estaba sin vida, dio media vuelta. Fue entonces cuando estampó aquella pisada que más tarde descubrió el doctor Mortimer. El perro fue llamado a silbato y retirado a toda prisa a su guarida en la ciénaga de Grimpen, dejando tras de sí un misterio impenetrable que desconcertó a las autoridades, aterrorizó a toda la comarca y acabó por situar el caso bajo el foco de nuestra atención.
»Hasta aquí cuanto atañe a la muerte de sir Charles Baskerville. Advertirá usted la diabólica astucia del plan, pues resultaba prácticamente imposible fundamentar una acusación formal contra el verdadero asesino. Su único cómplice era un ser incapaz de delatarlo jamás, y la naturaleza grotesca e inconcebible del artificio no hacía sino acrecentar su eficacia. Las dos mujeres involucradas en el drama, la señora Stapleton y la señora Laura Lyons, se quedaron albergando vehementes sospechas contra él. La señora Stapleton conocía sus siniestros designios contra el anciano y no ignoraba la existencia del perro. La señora Lyons desconocía ambos extremos, pero le causó honda impresión que la muerte sobreviniera justo a la hora de una cita que no había sido anulada y que solo él conocía. Sin embargo, ambas se hallaban sometidas a su influjo, por lo que nada tenía que temer de ellas. La primera mitad de su empresa había culminado con éxito, pero la parte más ardua quedaba todavía por resolver.
»Es muy posible que Stapleton ignorase al principio la existencia de un heredero en el Canadá. En cualquier caso, no tardó en enterarse por conducto de su amigo el doctor Mortimer, quien le comunicó todos los detalles relativos a la llegada inminente de sir Henry Baskerville. El primer designio de Stapleton consistió en suprimir a este joven forastero recién llegado del Canadá en el propio Londres, sin darle ocasión de viajar a Devonshire. Desconfiaba de su esposa desde que esta se negara a colaborar en tender una trampa al anciano, y no se atrevía a perderla de vista por temor a que menguara su dominio sobre ella. Por este motivo se la llevó consigo a la capital. Se alojaron, según he averiguado, en el hotel privado Mexborough de Craven Street, precisamente uno de los establecimientos visitados por mi agente en busca de pesquisas. Allí mantuvo a su mujer encerrada en su alcoba mientras él, tocado con una barba postiza, seguía los pasos del doctor Mortimer hasta Baker Street, y luego hasta la estación y el hotel Northumberland. Su esposa sospechaba vagamente sus propósitos; pero profesaba a su marido un pavor tan invencible, cimentado en crueles malos tratos, que no se atrevió a escribir abiertamente para alertar al hombre a quien sabía en peligro de muerte. De haber caído la misiva en poder de Stapleton, su propia vida habría corrido gravísimo riesgo. Al fin, como bien sabemos, recurrió al arbitrio de recortar los vocablos impresos que integraban el mensaje y poner las señas con una caligrafía disimulada. La carta llegó a manos del baronet, constituyendo la primera advertencia sobre el riesgo que corría.
»Resultaba de todo punto indispensable para Stapleton apoderarse de alguna prenda personal de sir Henry a fin de que, en caso de verse precisado a emplear el perro, contase con los medios idóneos para ponerlo sobre su rastro. Con su audacia y presteza habituales puso manos a la obra sin vacilar, y no cabe la menor duda de que sobornó espléndidamente al limpiabotas o a la doncella del hotel para secundar su propósito. Por azar, no obstante, el primer calzado que le consiguieron era flamante y, en consecuencia, carecía de valor para sus fines. Hizo que lo devolvieran y se procuró otro usado: un detalle en extremo instructivo, pues demostró a mi entendimiento, de forma concluyente, que nos enfrentábamos a un sabueso de carne y hueso, ya que ninguna otra hipótesis podía explicar semejante empeño en conseguir una bota vieja y tal indiferencia ante un par nuevo. Cuanto más insólito y estrafalario resulta un indicio, con mayor detenimiento merece ser analizado; y el factor mismo que a primera vista parece enredar una trama es, cuando se examina con rigor y método científico, el que con mayor probabilidad la esclarece.
»Al día siguiente recibimos la visita de nuestros amigos, vigilados en todo momento por Stapleton desde el carruaje. Por el conocimiento que demostró tener de nuestras habitaciones y de mi propia fisonomía, así como por su proceder general, me inclino a sospechar que la trayectoria criminal de Stapleton no se circunscribió en modo alguno a este exclusivo asunto de los Baskerville. Resulta harto significativo que en los últimos tres años se hayan perpetrado cuatro robos de cuantía en la región occidental de Inglaterra, sin que en ninguno de ellos se lograra capturar a los culpables. El último, cometido en Folkestone Court durante el pasado mes de mayo, se distinguió por el disparo a quemarropa contra el paje que sorprendió al ladrón solitario y enmascarado. No abrigo la menor duda de que Stapleton reponía sus mermados recursos financieros por ese procedimiento, y de que llevaba varios años siendo un facineroso peligroso y sin escrúpulos.
Fin del Episodio 29 · de 30
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