Una mirada retrospectiva · II
~8 min · 1621 palabras
Tuvimos una prueba elocuente de sus muchos recursos aquella mañana en que logró escabullirse de nosotros con tanta destreza, así como de su descarada osadía al remitirme mi propia identidad por mediación del cochero. A partir de aquel instante comprendió que yo había tomado las riendas del caso en Londres, y que por tanto no le quedaba margen de maniobra en la capital. Regresó a Dartmoor y aguardó allí la llegada del baronet.
—¡Un momento! —intervine—. Ha descrito usted el encadenamiento de los hechos con indudable exactitud, pero queda un punto que no ha explicado todavía: ¿qué fue del sabueso mientras su amo permanecía en Londres?
—He dedicado bastante atención a ese extremo, y reviste sin duda suma importancia. Resulta indiscutible que Stapleton contaba con un confidente, aunque es poco probable que se pusiera enteramente en sus manos revelándole la totalidad de sus proyectos. Había en Merripit House un criado anciano llamado Anthony. Su relación de servicio con los Stapleton se remonta a varios años atrás, hasta la época de la escuela privada, por lo que no podía ignorar que sus amos eran en realidad marido y mujer. Este individuo se ha esfumado, huyendo fuera del país. Resulta muy sugerente reparar en que Anthony no es un nombre frecuente en Inglaterra, mientras que Antonio abunda en España y en Hispanoamérica. Aquel hombre, al igual que la propia señora Stapleton, hablaba un inglés correcto, pero con un singular ceceo característico. Yo mismo vi a este anciano cruzar la ciénaga de Grimpen por la senda balizada por Stapleton. Es muy probable, por ende, que durante la ausencia de su amo fuese él quien alimentara y cuidara al sabueso, aunque quizá jamás llegase a sospechar con qué siniestros fines se utilizaba a la fiera.
»Los Stapleton regresaron entonces a Devonshire, adonde poco después los siguieron sir Henry y usted. Conviene que aclare ahora cuál era mi propia postura en aquel momento. Recordará usted tal vez que al examinar la cuartilla en la que iban pegadas las palabras impresas busqué con minucia la filigrana del papel. Al hacerlo me la acerqué a escasas pulgadas de los ojos y percibí una leve fragancia del aroma conocido como jazmín blanco. Existen setenta y cinco perfumes que un perito criminalista debe ser capaz de distinguir sin vacilar, y en más de una ocasión la resolución de un caso ha dependido en mi carrera del reconocimiento certero de una esencia. Aquel perfume denotaba la intervención de una mujer, y mis sospechas comenzaron a orientarse hacia el círculo de los Stapleton. De este modo, antes de trasladarnos al oeste del país, ya había adquirido la certidumbre de la existencia del sabueso y conjeturado la identidad del culpable.
»Mi plan exigía vigilar a Stapleton de cerca. Resultaba evidente, empero, que no podía llevarlo a cabo permaneciendo a su lado, pues él habría redoblado su cautela. Engañé por consiguiente a todo el mundo, incluido usted mismo, y me trasladé en secreto a la comarca cuando todos me suponían en Londres. Mis penalidades no fueron tan penosas como usted se imaginaba, aun cuando semejantes contingencias jamás deben estorbar el curso de una investigación. Residí la mayor parte del tiempo en Coombe Tracey, utilizando la choza del páramo tan solo cuando precisaba hallarme sobre el teatro mismo de los acontecimientos. Cartwright había bajado conmigo y, disfrazado de muchacho campesino, me prestó una ayuda inestimable proveyéndome de víveres y ropa limpia. Mientras yo vigilaba a Stapleton, Cartwright le seguía a menudo los pasos a usted, permitiéndome tener todos los hilos bien sujetos en mi mano.
»Ya le he dicho que sus informes me llegaban con presteza, pues eran reexpedidos al instante desde Baker Street hasta Coombe Tracey. Me prestaron un servicio soberbio, y en especial aquel retazo biográfico involuntariamente verídico acerca del pasado de Stapleton. Gracias a él pude fijar la verdadera identidad del hombre y de la mujer, sabiendo con precisión a qué atenerme. El asunto se había complicado bastante a raíz del presidiario evadido y de los lazos que lo unían a los Barrymore; pero también este enigma lo desentrañó usted con notable lucidez, si bien yo había alcanzado idéntica conclusión merced a mis propias observaciones.
»Para cuando usted me descubrió en el páramo, yo dominaba el caso en todos sus aspectos, pero carecía de pruebas concluyentes que presentar ante un tribunal de justicia. Ni siquiera la tentativa homicida perpetrada por Stapleton contra sir Henry aquella noche, que culminó con la muerte del desdichado presidiario, nos servía de mucho para incriminar a nuestro hombre por asesinato. No quedaba más camino que atraparlo con las manos en la masa y, para conseguirlo, fue forzoso emplear a sir Henry, a solas y en apariencia desamparado, como cebo indispensable. Así lo hicimos, y a expensas de una conmoción violenta para nuestro cliente logramos completar la acusación y empujar a Stapleton a su propia ruina. Que sir Henry se viera expuesto a semejante trance constituye, debo admitirlo, un baldón para mi dirección de la causa; pero carecíamos de medios para prever el espectáculo espeluznante y paralizador que ofrecería aquella fiera, ni podíamos predecir la niebla que le permitió abalanzarse sobre nosotros con tan escaso margen de aviso. Conseguimos nuestro objetivo con un quebranto que, según me aseguran el especialista y el doctor Mortimer, no pasará de ser pasajero. Un largo viaje permitirá a nuestro amigo reponerse no solo del quebranto de sus nervios, sino también de sus heridas sentimentales. Su amor por aquella dama era hondo y sincero, y la faceta más dolorosa de toda esta siniestra trama estribó para él en haber sido burlado por ella.
»Resta tan solo precisar el papel que ella desempeñó a lo largo de los acontecimientos. No cabe duda de que Stapleton ejercía sobre su ánimo un dominio que pudo haber sido amor o pudo haber sido miedo, o muy probablemente ambas cosas, pues no son en absoluto sentimientos incompatibles. En todo caso, resultaba enteramente eficaz. A requerimiento de su marido consintió en hacerse pasar por su hermana, si bien él topó con los límites de su poder al pretender convertirla en cómplice directa de un asesinato. Estaba dispuesta a poner sobre aviso a sir Henry en la medida en que pudiera hacerlo sin delatar a su esposo, e intentó alertarlo una y otra vez. El propio Stapleton parecía capaz de albergar celos y, al ver que el baronet cortejaba a la dama, aun cuando ello formaba parte de su propia estratagema, no pudo contener un arrebato de cólera que reveló el temperamento fogoso que sus modales contenidos disimulaban con tanta destreza. Al alentar aquella intimidad se aseguraba de que sir Henry frecuentara Merripit House, brindándole tarde o temprano la codiciada oportunidad. En el día culminante, no obstante, su esposa se rebeló abiertamente contra él. Se había enterado de la muerte del presidiario y sabía que el sabueso aguardaba en el cobertizo la noche en que sir Henry vendría a cenar. Echó en cara a su marido su criminal propósito, desatándose una escena violenta en la que él le reveló por vez primera que tenía una rival en sus afectos. Su devoción se trocó en un instante en odio enconado, y él comprendió que ella lo traicionaría. La ató, por consiguiente, para arrebatarle toda posibilidad de prevenir a sir Henry, confiando sin duda en que, cuando toda la comarca atribuyese la muerte del baronet a la maldición familiar, como sin duda sucedería, lograría aplacar a su esposa para que aceptase los hechos consumados y guardara silencio sobre lo ocurrido. En esto imagino que calculó muy mal y que, aun si no hubiésemos intervenido nosotros, su ruina habría quedado igualmente sellada. Una mujer de sangre española no perdona semejante afrenta con tanta ligereza. Y ahora, mi querido Watson, sin consultar mis cuadernos de notas, no puedo ofrecerle un relato más minucioso de este curioso asunto. No creo que ningún extremo de importancia haya quedado sin explicar.
—No podía abrigar la esperanza de matar de espanto a sir Henry como había hecho con su anciano tío mediante su perro fantasmal.
—La fiera era salvaje y estaba medio hambrienta. Si su aspecto no mataba de terror a la víctima, paralizaría al menos cualquier conato de resistencia que pudiera oponer.
—Sin duda. Mas tan solo resta una dificultad. Si Stapleton entraba en posesión de la herencia, ¿cómo explicaría que él, el heredero legítimo, hubiese residido de incógnito y bajo otro apellido tan cerca de la propiedad? ¿Cómo reclamarla sin suscitar sospechas e indagaciones?
—Es un obstáculo formidable, y me temo que me pide usted demasiado si espera que lo resuelva. El pasado y el presente caen de lleno en el campo de mis investigaciones, pero lo que un individuo pueda tramar de cara al porvenir resulta difícil de asegurar. La señora Stapleton oyó a su marido discutir esa disyuntiva en diversas ocasiones. Se le abrían tres caminos posibles: podía reclamar los bienes desde Sudamérica, acreditar allí su filiación ante las autoridades consulares británicas y percibir la fortuna sin necesidad de pisar Inglaterra jamás; o bien recurrir a una caracterización esmerada durante la breve temporada en que necesitara personarse en Londres; o tal vez proveer a un testaferro con los documentos y testimonios pertinentes, presentándolo como heredero y reservándose para sí una participación sustancial en las rentas. Por lo que sabemos de su temple, no cabe dudar de que habría hallado una salida airosa al dilema. Y ahora, mi querido Watson, tras varias semanas de ardua faena, creo que durante una velada podemos encauzar nuestros pensamientos hacia derroteros más placenteros. Dispongo de un palco para Los Hugonotes. ¿Ha escuchado usted a los hermanos De Reszke? ¿Le molestaría estar listo dentro de media hora para que podamos cenar algo de paso en Marcini?
FIN DE LA HISTORIA
Fin del Episodio 30 · de 30
Una mirada retrospectiva · II
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.
Para seguir leyendo

Estudio en escarlata
Tras ser herido en la guerra de Afganistán, el doctor John Watson regresa a Londres buscando rehacer su vida. La necesidad de compartir piso lo conduce al 221B de Baker Street y a su excéntrico inquilino: Sherlock Holmes, el primer detective consultor del mundo. Su incipiente alianza se pone a prueba cuando Scotland Yard solicita su ayuda ante un cadáver hallado en una mansión abandonada, sin heridas visibles y con la palabra «venganza» escrita con sangre en la pared. Un enigma fascinante que desentraña una oscura historia de fanatismo, amor y justicia a través de continentes.