El sabueso de los Baskerville · II
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Hay mil probabilidades contra una de que lo encontremos en la casa —prosiguió mientras desandábamos a toda prisa nuestros pasos por el sendero—. Esos disparos le habrán advertido que la partida ha terminado para él.
—Estábamos a cierta distancia, y esta densa niebla pudo haber amortiguado las detonaciones.
—Siguió al sabueso de cerca para sujetarlo a tiempo, de eso puede estar seguro. ¡No, no; a estas horas ya habrá huido! Con todo, registraremos la casa para cerciorarnos.
La puerta principal se hallaba abierta de par en par, de suerte que irrumpimos en tropel recorriendo estancia tras estancia ante el pasmo de un anciano criado achacoso que nos salió al paso en el pasillo. Salvo en el comedor no brillaba luz alguna, pero Holmes cogió la lámpara y no dejó rincón del edificio sin explorar. No hallamos la menor traza del individuo al que perseguíamos. Sin embargo, en el piso superior, la puerta de una de las alcobas estaba cerrada con llave.
—¡Hay alguien aquí dentro! —gritó Lestrade—. Oigo ruido de movimientos. ¡Abran esta puerta!
Desde el interior se percibieron unos gemidos apagados y un leve crujido. Holmes asestó una patada con la planta del pie justo encima de la cerradura, y la puerta cedió de golpe. Con el revólver empuñado, los tres nos precipitamos en la estancia.
Mas no había allí rastro alguno del canalla desafiante y desesperado a quien esperábamos encontrar. Por el contrario, nos topamos con un espectáculo tan insólito e inesperado que permanecimos un instante clavados en el sitio, contemplándolo perplejos.
La estancia había sido dispuesta a modo de pequeño museo, y las paredes se hallaban cubiertas por numerosas vitrinas repletas de aquella colección de mariposas y polillas cuya preparación había constituido el solaz de este hombre tan complejo como peligroso. En el centro de la habitación se alzaba un poste vertical de madera, colocado en cierta época para apuntalar la vieja viga carcomida que sostenía la techumbre. A este madero aparecía atada una figura humana, tan envuelta y amortajada entre las sábanas con que la habían sujetado que en un primer momento no resultaba posible discernir si se trataba de un hombre o de una mujer. Una toalla le rodeaba el cuello anudada fuertemente tras el pilar; otra le cubría la parte inferior del rostro, y por encima de ella dos ojos oscuros, rebosantes de dolor, de humillación y de una interrogación desgarradora, nos miraban fijamente. En menos de un minuto le arrancamos la mordaza, desatamos las ligaduras y la señora Stapleton cayó de rodillas al suelo frente a nosotros. Al desplomarse su hermosa cabeza sobre el pecho, divisé en su garganta el nítido cardenal rojo dejado por el trallazo de un látigo.
—¡Maldito salvaje! —exclamó Holmes—. ¡Pronto, Lestrade, su frasco de licor! ¡Acomódenla en la butaca! Se ha desmayado a causa de los malos tratos y el agotamiento.
Ella volvió a abrir los ojos despacio.
—¿Está a salvo? —preguntó—. ¿Ha logrado escapar?
—No podrá escapársenos, señora.
—No, no me refería a mi marido. ¿Y sir Henry? ¿Se encuentra a salvo?
—Sí.
—¿Y el sabueso?
—Ha muerto.
Exhaló un hondo suspiro de infinito alivio.
—¡Alabado sea Dios! ¡Bendito sea Dios! ¡Ay, qué monstruo tan perverso! ¡Miren cómo me ha tratado! —Retiró las mangas descubriéndose los brazos, y vimos con horror que estaban cubiertos de moretones y magulladuras—. ¡Pero esto no es nada, nada en comparación! Ha sido mi alma y mi entendimiento lo que ha martirizado y envilecido. Habría soportado cualquier cosa: los rigores, la soledad, una vida de mentiras, todo, mientras conservase la esperanza de que me amaba; mas ahora sé que también en eso fui tan solo su víctima y su instrumento. —Rompió en amargos e incontenibles sollozos mientras hablaba.
—No le guarda usted afecto alguno, señora —dijo Holmes—. Díganos, pues, dónde podremos dar con él. Si alguna vez lo ayudó en el mal, ayúdenos ahora y repare así sus culpas.
—Tan solo hay un lugar adonde haya podido refugiarse —respondió—. Hay una antigua mina de estaño en una isla situada en el corazón mismo del cenagal. Era allí donde guardaba a su sabueso, y allí había preparado provisiones para disponer de un escondite seguro. Es hacia allí donde habrá huido.
El manto de niebla se apretaba como una masa de lana blanca contra los cristales. Holmes acercó la lámpara a la ventana.
—Miren —dijo él—. Nadie con vida lograría orientarse en la ciénaga de Grimpen esta noche.
Ella rompió a reír batiendo palmas, con los ojos y los dientes reluciendo con un destello de feroz júbilo.
—¡Podrá entrar, pero jamás salir con vida! —gritó—. ¿Cómo va a distinguir las estacas de guía esta noche? Las clavamos entre los dos, él y yo, para balizar el sendero a través del fango. ¡Ay, si hubiera podido arrancarlas hoy mismo! ¡Entonces sí que lo tendrían enteramente a su merced!
Para nosotros resultaba evidente que toda persecución resultaría inútil hasta que la niebla se disipase. Entretanto dejamos a Lestrade a cargo de la casa mientras Holmes y yo regresábamos a Baskerville Hall escoltando al baronet. Ya no era posible ocultarle la verdadera historia de los Stapleton, y encajó el golpe con entereza al conocer la verdad sobre la mujer a la que había amado. Sin embargo, la violenta conmoción de las aventuras de aquella noche le había destrozado los nervios, y antes del amanecer yacía presa de un delirio febril bajo la atenta vigilancia del doctor Mortimer. Ambos estaban destinados a emprender juntos un viaje alrededor del mundo antes de que sir Henry volviera a ser el hombre robusto y animoso de antaño, antes de convertirse en señor de aquella heredad maldita.
Llego ya con premura al desenlace de este singular relato, en el que he intentado hacer partícipe al lector de aquellos oscuros temores y vagas sospechas que ensombrecieron nuestras vidas durante tanto tiempo y que concluyeron de un modo tan trágico. A la mañana siguiente de la muerte del sabueso la niebla se había disipado, y fuimos guiados por la señora Stapleton hasta el punto exacto donde ellos habían trazado un camino entre los fangales. Nos ayudó a comprender el espanto en que había transcurrido la vida de aquella mujer el observar el afán y la viva satisfacción con que nos puso sobre la pista de su marido. La dejamos aguardando en la estrecha lengua de turba firme que se internaba en el inmenso tremedal. Desde su extremo, una hilera de pequeñas estacas clavadas aquí y allá señalaba el sendero en zigzag de mata en mata de juncos, entre pozas cubiertas de verdín y ciénagas pestilentes que cerraban el paso a cualquier extraño. Cañas ásperas y una vegetación acuática densa y viscosa despedían un hedor a podredumbre y un vaho miasmático y pesado que nos golpeaba el rostro, mientras que un paso en falso nos hundió en más de una ocasión hasta los muslos en el fango negruzco y tembloroso, que ondulaba a varias yardas a nuestro alrededor. Su agarre tenaz nos tiraba de los talones al andar, y al hundirnos parecía como si una mano maligna pretendiera arrastrarnos hacia aquellas profundidades inmundas, tal era la fuerza obstinada con que nos aprisionaba. Una sola vez divisamos un indicio de que alguien se hubiese aventurado por aquel paso peligroso antes que nosotros. En medio de una mata de hierba algodonosa que sobresalía del légamo, asomaba un objeto oscuro. Holmes se hundió hasta la cintura al apartarse del sendero para alcanzarlo, y de no haber estado allí para rescatarlo, jamás habría vuelto a poner pie sobre tierra firme. Sostuvo en alto una bota negra y vieja. «Meyers, Toronto», se leía grabado en el interior del cuero.
—Bien ha valido un baño de barro —dijo él—. Es la bota perdida de nuestro amigo sir Henry.
—Arrojada aquí por Stapleton durante su huida.
—Exactamente. La conservó en la mano tras valerse de ella para poner al sabueso sobre el rastro. Huyó en cuanto supo que la partida estaba perdida, llevándola aún consigo, y la tiró en este punto de su carrera. Sabemos al menos que llegó indemne hasta aquí.
Pero nada más nos fue dado averiguar, por mucho que nos sobraran motivos para conjeturarlo. No había posibilidad alguna de descubrir huellas en el fango, pues el lodo rezumaba de inmediato tapando cualquier pisada; mas al pisar al fin tierra firme al otro lado del pantano, todos las buscamos con ansiedad. Sin embargo, ni el menor vestigio se ofreció a nuestros ojos. Si la tierra daba fiel testimonio de la verdad, Stapleton jamás alcanzó aquella isla que debía servirle de refugio, hacia la cual forcejeó a través de la niebla en aquella última noche. En algún lugar en las entrañas de la gran ciénaga de Grimpen, en el limo nauseabundo del tremedal que lo devoró, yace sepultado para siempre aquel hombre de corazón frío y despiadado.
Muchos rastros suyos hallamos en la isla cercada de fangales donde había mantenido oculto a su feroz cómplice. Una enorme rueda motriz y un pozo medio colmado de cascotes señalaban el emplazamiento de una mina abandonada. A su vera se alzaban los muros ruinosos de las cabañas de los mineros, ahuyentados sin duda por las miasmas pestilentes del pantano circundante. En una de ellas, una argolla y una cadena con abundantes huesos roídos indicaban dónde había estado encerrada la fiera. Entre los escombros yacía un esqueleto cubierto aún por un mechón de pelo castaño ensortijado.
—¡Un perro! —exclamó Holmes—. ¡Por Júpiter, un spaniel de pelo rizado! El pobre Mortimer no volverá a ver a su mascota. Bien, no sé si este lugar guarda algún secreto que no hayamos descifrado todavía. Podía esconder a su sabueso, pero no acallar sus aullidos, y de ahí nacían aquellos quejidos que ni a la luz del día resultaban agradables de escuchar. En caso de apuro podía cobijar a la fiera en el cobertizo de Merripit, aunque siempre representaba un riesgo, y solo en el día decisivo, que él consideraba la culminación de todos sus esfuerzos, se atrevió a dar ese paso. Esta pasta de la lata es sin duda el ungüento fosforescente con el que untaba al animal. Se lo sugirió, naturalmente, la leyenda del sabueso infernal de la estirpe, sumada al propósito de matar de espanto al anciano sir Charles. No me extraña que el infeliz presidiario corriera y gritara desesperado, tal como hizo nuestro amigo y como habríamos hecho nosotros mismos, al contemplar semejante engendro saltando tras sus pasos en la oscuridad del páramo. Fue una estratagema diabólica y sutil, pues, aparte de la probabilidad de provocar la muerte de la víctima por puro terror, ¿qué campesino se habría atrevido a examinar de cerca a una criatura así si llegaba a divisarla en el páramo, como en efecto hicieron varios de ellos? Lo dije en Londres, Watson, y lo repito ahora: jamás en nuestra vida hemos ayudado a dar caza a un hombre más peligroso que el que yace sepultado allí. —Y extendió su largo brazo señalando la inmensa extensión cenagosa moteada de verde que se dilataba hasta perderse en las rojizas laderas del páramo.
Fin del Episodio 28 · de 30
El sabueso de los Baskerville · II
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