El sabueso de los Baskerville·Episodio 27

El sabueso de los Baskerville · I

~12 min · 2436 palabras

Uno de los defectos de Sherlock Holmes —si en verdad puede llamarse defecto— estribaba en su extremada renuencia a comunicar sus planes a nadie hasta el instante mismo de su ejecución. Ello obedecía en parte, sin duda, a su propia naturaleza dominante, a la que complacía gobernar y sorprender a cuantos lo rodeaban. Pero también nacía de su cautela profesional, que le ordenaba no dejar jamás nada al azar. El resultado, no obstante, resultaba sumamente exasperante para quienes actuábamos como sus colaboradores o agentes. Yo lo había padecido a menudo, pero nunca con tanta intensidad como durante aquel prolongado trayecto en la oscuridad. La prueba decisiva se alzaba ante nosotros; por fin estábamos a punto de emprender el esfuerzo supremo, y sin embargo Holmes no había soltado prenda, obligándome a meras conjeturas acerca de cuál sería su línea de conducta. Mis nervios vibraban de expectación cuando al fin el viento helado en el rostro y la oscura inmensidad vacía a ambos lados del estrecho camino nos advirtieron que pisábamos de nuevo el páramo. Cada tranco de los caballos y cada giro de las ruedas nos aproximaba más a nuestro lance definitivo.

Nuestra conversación se vio entorpecida por la presencia del cochero del carruaje alquilado, lo que nos obligó a hablar de asuntos intrascendentes mientras nuestros nervios se hallaban en máxima tensión a causa de la emoción y la incertidumbre. Resultó para mí un verdadero alivio, tras semejante contención forzada, dejar atrás por fin la casa de Frankland y saber que nos acercábamos a la mansión y al verdadero escenario de la acción. No llegamos en coche hasta la puerta principal, sino que nos apeamos cerca de la cancela de la avenida. Se pagó al cochero ordenándole que regresara de inmediato a Coombe Tracey, mientras nosotros emprendíamos la marcha a pie en dirección a Merripit House.

—¿Va usted armado, Lestrade?

El menudo detective sonrió. —Mientras lleve puestos los pantalones tendré bolsillo trasero, y mientras tenga bolsillo trasero llevaré algo contundente dentro de él.

—¡Bien! Mi amigo y yo también estamos preparados para cualquier emergencia.

—Guarda usted un sigilo tremendo sobre este asunto, señor Holmes. ¿Cuál es la jugada ahora?

—Una partida de espera.

—Palabra de honor que este sitio no parece nada acogedor —dijo el detective con un estremecimiento, paseando la mirada en torno por las laderas sombrías de la colina y por el inmenso lago de niebla que cubría la ciénaga de Grimpen—. Diviso las luces de una casa más adelante.

—Esa es Merripit House y el término de nuestro viaje. Debo rogarles que caminen de puntillas y no hablen más que en voz muy baja.

Avanzamos con cautela por el sendero como si nos dirigiéramos a la vivienda, pero Holmes nos detuvo cuando nos hallábamos a unas doscientas yardas de ella.

—Aquí bastará —dijo—. Esas rocas de la derecha nos proporcionarán una pantalla magnífica.

—¿Hemos de aguardar aquí?

—Sí, aquí prepararemos nuestra pequeña emboscada. Ocúltese en esta hondonada, Lestrade. Usted ha estado dentro de la casa, ¿no es cierto, Watson? ¿Sabría decirme la distribución de las habitaciones? ¿Qué son esas ventanas enrejadas en este extremo?

—Creo que corresponden a la cocina.

—¿Y aquella otra que brilla con tanta intensidad?

—Esa es con certeza el comedor.

—Las cortinas están levantadas. Usted conoce el terreno mejor que nadie. Acérquese a gatas sin hacer ruido y observe qué hacen... ¡pero por el amor del cielo, que no sospechen que están vigilados!

Bajé de puntillas por el sendero y me agaché tras el murete que rodeaba el huerto malhadado. Deslizándome al amparo de su sombra alcancé un punto desde el que podía atisbar de lleno a través de la ventana sin cortinas.

En la estancia no había más que dos hombres: sir Henry y Stapleton. Se hallaban sentados de perfil hacia mí a ambos lados de una mesa redonda. Los dos fumaban cigarros puros, y delante tenían jarras de vino y tazas de café. Stapleton hablaba con vehemente animación, pero el baronet presentaba un aspecto pálido y abstraído. Quizá el pensamiento de aquel regreso a solas por el temible páramo pesaba con inquietud sobre su ánimo.

Mientras los observaba, Stapleton se puso en pie y abandonó la estancia, al tiempo que sir Henry volvía a llenar su copa y se recostaba en la butaca echando bocanadas de humo. Oí el chirrido de una puerta y el crujido seco de unas botas sobre la gravilla. Los pasos avanzaron a lo largo del camino por el lado opuesto de la pared tras la cual me hallaba agazapado. Al asomarme por encima del muro, vi al naturalista detenerse ante la puerta de un cobertizo situado en la esquina del huerto. Una llave giró en la cerradura, y en cuanto él entró se percibió un extraño ruido de forcejeo y arañazos en el interior. Permaneció dentro apenas un minuto o dos; luego escuché girar de nuevo la llave y lo vi pasar junto a mí de vuelta a la casa. Lo vi reunirse otra vez con su huésped, y me retiré sigilosamente hasta el lugar donde aguardaban mis compañeros para relatarles cuanto acababa de presenciar.

—¿Dice usted, Watson, que la dama no se encuentra allí? —preguntó Holmes en cuanto hube concluido mi informe.

—No, no está.

—¿Dónde puede hallarse, entonces, dado que no hay luz en ninguna otra estancia salvo en la cocina?

—No alcanzo a imaginar dónde pueda estar.

Ya he mencionado que sobre la gran ciénaga de Grimpen se cernía una niebla blanca y densa. Flotaba despacio en dirección hacia nosotros, acumulándose a un lado como una muralla baja pero tupida y de bordes bien definidos. La luna bañaba su superficie, semejante a un inmenso campo de hielo refulgente, sobre el cual las cimas de las colinas lejanas asomaban como peñascos solitarios. Holmes tenía el rostro vuelto hacia ella, y murmuraba con impaciencia al observar su lento avance.

—Avanza hacia nosotros, Watson.

—¿Es grave eso?

—Sumamente grave, a fe mía; lo único en el mundo que podía desbaratar mis planes. No puede demorarse mucho más. Son ya las diez de la noche. Nuestro triunfo, e incluso su propia vida, dependen de que salga antes de que la niebla invada el sendero.

La noche se mostraba despejada y serena sobre nuestras cabezas. Las estrellas brillaban con una frialdad centelleante, mientras una media luna bañaba todo el paraje en una luz suave e incierta. Ante nosotros reposaba la mole oscura del edificio, con su tejado dentado y sus chimeneas erizadas perfilándose con dureza contra el cielo salpicado de plata. Anchas fajas de luz dorada brotaban de las ventanas inferiores cruzando el huerto y el páramo. De pronto una de ellas se extinguió. Los criados habían apagado la cocina. Tan solo restaba encendida la lámpara del comedor, donde aquellos dos hombres, el anfitrión homicida y el huésped inocente, proseguían su charla saboreando sus cigarros.

A cada minuto que pasaba, aquella llanura algodonosa y blanquecina que anegaba la mitad del páramo se aproximaba más y más a la vivienda. Las primeras briznas vaporosas ya se arremolinaban cruzando el cuadro de oro de la ventana iluminada. La tapia más distante del huerto se había tornado invisible, y las copas de los árboles sobresalían entre una marea de vapor lechoso. Mientras contemplábamos la escena, las volutas de niebla rodearon ambas esquinas de la casa fundiéndose con lentitud en un banco compacto, sobre el cual el piso superior y el tejado parecían flotar a modo de navío espectral en un mar tenebroso. Holmes asestó un golpe rabioso contra la roca que teníamos delante y pateó el suelo con crispada impaciencia.

—Si no sale en un cuarto de hora, el sendero quedará completamente cubierto. Y en media hora no podremos distinguirnos ni las manos a dos palmos de distancia.

—¿Nos retiramos más arriba hacia terreno elevado?

—Sí, me parece lo más acertado.

De modo que, conforme la masa de niebla avanzaba, fuimos retrocediendo ante ella hasta situarnos a media milla de la vivienda; y todavía aquel espeso océano blanco, con la luna plateando su cresta superior, avanzaba lenta e inexorablemente.

—Nos estamos alejando demasiado —dijo Holmes—. No podemos arriesgarnos a que lo alcancen antes de que consiga llegar hasta nosotros. Cueste lo que cueste, mantengámonos firmes donde estamos. —Cayó de rodillas y pegó el oído a la tierra—. ¡Gracias a Dios, creo que lo oigo acercarse!

El chasquido de unos pasos presurosos rompió el silencio sobrecogedor del páramo. Agazapados entre los riscos, clavamos la vista fijamente en el banco vaporoso orlado de plata frente a nosotros. Las pisadas aumentaron de intensidad y, cruzando la niebla como si atravesara un cortinaje espeso, surgió por fin el hombre a quien aguardábamos. Miró a su alrededor con perplejidad al desembocar bajo la noche estrellada y límpida. Luego aceleró el paso por el sendero, pasó muy cerca de nuestro escondite y prosiguió cuesta arriba por la larga pendiente a nuestras espaldas. Mientras caminaba volvía la cabeza sin cesar a uno y otro lado, como quien no se siente en paz consigo mismo.

—¡Chist! —susurró Holmes, y oí el chasquido seco de un gatillo al amartillarse—. ¡Cuidado! ¡Ya viene!

Un golpeteo rítmico, seco, continuo y rápido resonó desde las entrañas mismas de aquel banco reptante. La nube se hallaba ya a cincuenta yardas de donde estábamos apostados, y los tres la mirábamos fijamente, sobrecogidos ante el horror ignorado que estaba a punto de irrumpir de su seno. Yo me encontraba al codo de Holmes y miré un instante su semblante: estaba pálido y triunfante, con los ojos brillando intensamente a la luz de la luna. Mas de súbito se dilataron en una mirada fija y rígida de espanto, y sus labios se entreabrieron con infinita estupefacción. En ese mismo instante Lestrade profirió un grito de pavor y se arrojó de bruces contra el suelo. Yo me puse en pie de un brinco con la mano crispada empuñando el revólver, la mente paralizada por la silueta pavorosa que acababa de brotar hacia nosotros desde las sombras de la niebla. Era un perro, un sabueso descomunal, negro como el carbón, pero un sabueso como jamás habían contemplado ojos mortales. Fuego brotaba de su boca abierta, sus ojos fulguraban con un resplandor ardiente, y su hocico, sus fauces y su papada aparecían ribeteados por una llama titilante y espectral. Jamás en el delirio más desatado de una mente perturbada pudo concebirse nada más salvaje, espantoso y diabólico que aquella forma siniestra y aquella testa infernal que acababan de romper la cortina de niebla.

A grandes saltos, la bestia gigantesca avanzaba por la vereda siguiendo muy de cerca las huellas de nuestro amigo. Tan pasmados nos dejó la aparición que dejamos que nos sobrepasara antes de recuperar el dominio sobre nuestros propios nervios. Entonces Holmes y yo disparamos a un tiempo, y la criatura lanzó un alarido espantoso que demostró que al menos una bala había hecho blanco en su cuerpo. Sin embargo, no se detuvo, sino que siguió brincando hacia adelante. A lo lejos divisamos a sir Henry volviéndose hacia atrás, con el semblante lívido bajo la luna y los brazos alzados de puro horror, contemplando desamparado la cosa pavorosa que le daba caza. Pero aquel aullido de dolor del monstruo aventó todos nuestros temores. Si sangraba era vulnerable, y si podíamos herirlo podíamos matarlo. Jamás en mi vida vi correr a un hombre como corrió Holmes aquella noche. Me precian de ser ligero de piernas, pero él me aventajó con tanta holgura como yo dejé atrás al menudo agente de policía. Ante nosotros, mientras volábamos sendero arriba, oímos los alaridos desgarradores de sir Henry y el rugido cavernoso del sabueso. Llegué a tiempo de ver a la fiera arrojarse sobre su víctima, derribarla al suelo y arremeter furiosamente contra su garganta. Mas al segundo siguiente Holmes había vaciado los cinco proyectiles de su revólver en el flanco de la bestia. Con un postrer aullido de agonía y una dentellada en el vacío, el animal rodó sobre su lomo, pataleó con rabia en el aire y luego cayó inerte sobre un costado. Me incliné jadeante, apoyando el cañón de mi arma contra aquella cabeza fosforescente y aterradora, pero era inútil apretar el gatillo: el sabueso gigante yacía muerto.

Sir Henry yacía privado de sentido en el sitio donde había caído. Le desabrochamos el cuello de la camisa de un tirón, y Holmes murmuró una plegaria de gratitud al comprobar que no había rastro de mordeduras y que el auxilio había llegado a tiempo. Los párpados de nuestro amigo ya temblaban, ensayando un débil ademán para incorporarse. Lestrade deslizó su petaca de coñac entre los dientes del baronet, y dos ojos aterrorizados nos contemplaron desde el suelo.

—¡Dios mío! —susurró—. ¿Qué era eso? ¿Qué era eso, por el amor del cielo?

—Sea lo que fuese, ha muerto —dijo Holmes—. Hemos acabado con el fantasma de la familia de una vez y para siempre.

Por su descomunal corpulencia y su fuerza, era un monstruo aterrador el que yacía tendido frente a nosotros. No era un sabueso puro ni tampoco un mastín de pura raza; parecía más bien un cruce de ambos: descarnado, salvaje y tan grande como una leona joven. Incluso ahora, en la quietud de la muerte, sus inmensas mandíbulas parecían gotear una llama azulada, y sus ojos pequeños, hundidos y feroces conservaban un cerco de fuego. Toqué aquel hocico fosforescente con la mano, y al alzar los dedos vi que emitían un resplandor humeante en medio de las tinieblas.

—Fósforo —dije.

—Una hábil preparación química —observó Holmes, oliendo al animal muerto—. No desprende olor alguno que pudiera perturbar su fino olfato. Le debemos una sincera disculpa, sir Henry, por haberlo expuesto a semejante espanto. Yo estaba preparado para un perro, pero no para un engendro de este calibre. Y la niebla nos concedió muy escaso margen para salirle al paso.

—Me ha salvado usted la vida.

—Tras haberla puesto en grave peligro primero. ¿Se siente con ánimos de ponerse en pie?

—Deme otro buen trago de ese coñac y estaré listo para lo que sea. ¡Así! Ahora, si me ayudan a levantarme... ¿Qué piensan hacer a continuación?

—Dejarlo a usted aquí. No se halla en condiciones de correr más aventuras esta noche. Si nos aguarda, uno u otro regresará con usted a la mansión.

Intentó incorporarse tambaleándose, pero aún estaba mortalmente pálido y le temblaban todos los miembros. Lo ayudamos a sentarse sobre una roca, donde permaneció aterido con el rostro sepultado entre las manos.

—Debemos dejarlo ahora —dijo Holmes—. Hay que ultimar el resto de la tarea, y cada instante resulta crucial. Tenemos armado nuestro caso, y ya tan solo nos falta capturar a nuestro hombre.

Fin del Episodio 27 · de 30

El sabueso de los Baskerville · I

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