Tendiendo las redes · II
~8 min · 1561 palabras
En ese caso, así lo haré.
—Y si aprecia su vida, no cruce el páramo en ninguna otra dirección que no sea el sendero directo que conduce desde Merripit House hasta el camino de Grimpen, que es su ruta natural a casa.
—Haré exactamente lo que usted me ordene.
—Muy bien. Me gustaría partir cuanto antes tras el desayuno, para estar en Londres a primera hora de la tarde.
Aquel plan me causó un asombro mayúsculo, si bien recordaba que Holmes le había comentado a Stapleton la noche anterior que su visita concluiría al día siguiente. No obstante, jamás se me había pasado por la imaginación que deseara llevarme consigo, ni lograba comprender cómo podíamos ausentarnos ambos en un trance que él mismo calificaba de crítico. Con todo, no quedaba más remedio que obedecer ciegamente; de modo que nos despedimos de nuestro compungido amigo y un par de horas más tarde nos encontrábamos en la estación de Coombe Tracey, habiendo despachado ya el carruaje de vuelta a casa. Un muchachito nos aguardaba de pie sobre el andén.
—¿Alguna orden, señor?
—Tomarás este tren hacia la capital, Cartwright. En cuanto llegues, enviarás un telegrama a sir Henry Baskerville a mi nombre diciendo que, si encuentra la libreta de notas que he extraviado, tenga la bondad de remitirla por correo certificado a Baker Street.
—Sí, señor.
—Y pregunta en la estafeta de la estación si ha llegado algún mensaje para mí.
El muchacho regresó trayendo consigo un telegrama, que Holmes me tendió en el acto. Decía textualmente:
Telegrama recibido. Salgo hacia allí con orden de arresto sin firmar. Llego cinco y cuarenta. Lestrade.
—Esa es la contestación a mi telegrama de esta mañana. Creo que es el más hábil de los profesionales de plantilla, y es probable que precisemos de su ayuda. Ahora, Watson, me parece que no podemos emplear mejor nuestro tiempo que visitando a su conocida, la señora Laura Lyons.
Su plan de operaciones comenzaba a dibujarse con entera claridad. Utilizaría al baronet para convencer a los Stapleton de que nos habíamos marchado de verdad, cuando en realidad regresaríamos justo en el instante preciso en que nuestra presencia fuese indispensable. Aquel telegrama procedente de Londres, en caso de ser mencionado por sir Henry a los Stapleton, disiparía hasta el último resquicio de sospecha en sus mentes. Ya me parecía ver nuestras redes estrechándose implacables alrededor de aquel voraz lucio de mandíbulas huesudas.
La señora Laura Lyons se hallaba en su despacho, y Sherlock Holmes dio inicio a la entrevista con una franqueza y una desenvoltura tan tajantes que la dejaron perpleja.
—Estoy investigando las circunstancias que rodearon la trágica muerte del difunto sir Charles Baskerville —declaró él—. Mi amigo aquí presente, el doctor Watson, me ha puesto al corriente tanto de lo que usted le comunicó como de lo que prefirió callar en relación con dicho suceso.
—¿Qué es lo que he callado? —inquirió ella en tono desafiante.
—Ha confesado usted que le pidió a sir Charles que acudiera a la cancela a las diez en punto de la noche. Sabemos a ciencia cierta que ese fue el lugar y la hora exacta de su muerte. Lo que ha ocultado es qué conexión existe entre ambos hechos.
—No existe conexión alguna.
—En tal caso, la coincidencia debe de ser en verdad extraordinaria. No obstante, creo que al final lograremos establecer ese vínculo sin ninguna duda. Deseo ser enteramente sincero con usted, señora Lyons. Consideramos que este asunto constituye un claro asesinato, y las pruebas pueden incriminar no solo a su amigo el señor Stapleton, sino también a su esposa.
La dama se levantó de un salto de su silla.
—¡Su esposa! —exclamó aterrada.
—Ese hecho ha dejado de ser un secreto. La persona que se ha hecho pasar por su hermana es en realidad su legítima mujer.
La señora Lyons se había dejado caer de nuevo sobre el asiento. Tenía las manos fuertemente aferradas a los brazos de la butaca, y pude advertir que sus uñas rosadas palidecían por la violencia de la presión.
—¡Su esposa! —repitió—. ¡Su esposa! No es un hombre casado, no puede serlo.
Sherlock Holmes se encogió de hombros con serenidad.
—¡Demuéstremelo! ¡Pruébemelo de inmediato! Y si es capaz de hacerlo...
El destello colérico de sus ojos expresaba más que cualquier torrente de palabras.
—He venido debidamente preparado para ello —dijo Holmes, sacando varios documentos del bolsillo—. Aquí tiene una fotografía del matrimonio tomada en York hace cuatro años. Lleva la inscripción «Señor y señora Vandeleur», pero no le costará reconocerlo a él, ni tampoco a ella si la conoce de vista. Aquí tiene además tres descripciones por escrito de testigos fidedignos sobre el señor y la señora Vandeleur, quienes por entonces regentaban la escuela privada de Saint Oliver. Léalas y compruebe si le cabe alguna duda sobre la identidad de estas personas.
Les echó una ojeada rápida y luego alzó la vista hacia nosotros con el semblante pétreo y descompuesto de una mujer desesperada.
—Señor Holmes —dijo ella—, este hombre me había prometido matrimonio con la condición previa de que obtuviese el divorcio de mi marido. Me ha engañado, el muy canalla, de todas las formas imaginables. Jamás me dijo una sola palabra de verdad. ¿Y por qué, por qué razón? Me imaginé que todo lo hacía por mi propio bien. Mas ahora comprendo que nunca fui para él otra cosa que un instrumento ciego entre sus manos. ¿Por qué razón habría de guardarle lealtad a quien jamás la tuvo conmigo? ¿Por qué habría de intentar escudarlo frente a las consecuencias de sus propios actos perversos? Pregúntenme cuanto deseen, pues no guardaré silencio sobre nada. Tan solo una cosa les juro, y es que cuando redacté aquella carta jamás sospeché ni en sueños el menor daño para el anciano caballero, que había sido mi protector más bondadoso y desinteresado.
—Le creo plenamente, señora —repuso Sherlock Holmes—. La evocación de estos recuerdos debe de serle en extremo dolorosa, y acaso resulte más sencillo si yo le resumo lo acaecido para que usted me corrija si cometo algún error sustancial. ¿Fue Stapleton quien le sugirió el envío de esa carta?
—Él me la dictó personalmente.
—Presumo que el motivo alegado fue que recibiría ayuda económica de sir Charles para costear los gastos legales del proceso de divorcio.
—Exactamente.
—¿Y después de enviada la carta la disuadió a usted de acudir a la cita convenida?
—Me aseguró que ofendería su amor propio que cualquier otro hombre proveyera el dinero para semejante fin, y que, aun siendo él mismo pobre, dedicaría hasta su último penique a derribar los obstáculos que nos separaban.
—Demuestra ser un personaje muy consecuente. ¿Y no supo usted nada más hasta leer la noticia de la muerte en el periódico?
—Nada más.
—¿Y le hizo jurar que no diría ni una palabra sobre su cita con sir Charles?
—Así fue. Alegó que la muerte estaba rodeada de misterio y que sin duda sospecharían de mí si salía a la luz lo ocurrido. Me atemorizó hasta obligarme a guardar silencio.
—Comprendo. Pero ¿albergaba usted sus sospechas?
Ella vaciló un instante y bajó la mirada.
—Lo conocía demasiado bien —dijo—. Pero si él hubiese mantenido su lealtad hacia mí, yo jamás lo habría traicionado a él.
—Considero que, bien mirado, ha escapado usted de un peligro inmenso —sentenció Sherlock Holmes—. Lo ha tenido en sus manos y él era plenamente consciente de ello; y, sin embargo, sigue con vida. Ha estado caminando durante varios meses muy cerca del borde mismo de un precipicio. Debemos desearle los buenos días ahora, señora Lyons, y es muy probable que vuelva a tener noticias nuestras en breve.
—Nuestro caso se va redondeando, y las dificultades se desvanecen una tras otra ante nuestros pasos —dijo Holmes mientras aguardábamos la llegada del tren expreso de la capital—. Pronto estaré en condiciones de exponer en un solo relato trabado uno de los crímenes más singulares y sensacionales de los tiempos modernos. Quienes estudien criminología recordarán sin duda incidentes análogos acaecidos en Godno, en la Pequeña Rusia, allá por el año 66; y por supuesto están los asesinatos cometidos por Anderson en Carolina del Norte; pero este caso presenta ciertos rasgos que le pertenecen por entero. Incluso a estas alturas carecemos de una acusación indiscutible contra un individuo tan taimado. Con todo, me llevaría una mayúscula sorpresa si el asunto no quedase plenamente despejado antes de que nos vayamos a la cama esta misma noche.
El expreso de Londres entró rugiendo en la estación, y un hombre menudo y enjuto, con trazas de perro dogo, saltó ágilmente de un vagón de primera clase. Nos estrechamos los tres la mano, y advertí al instante, por la actitud reverente con que Lestrade miraba a mi compañero, cuánto había aprendido desde aquellos días lejanos en que comenzaron a colaborar juntos. Recordaba a la perfección el desdén que las teorías del analista solían despertar entonces en el hombre práctico y apegado a la rutina.
—¿Algo importante? —preguntó.
—Lo más colosal que he visto en muchos años —repuso Holmes—. Disponemos de dos horas antes de ponernos en camino. Pienso que haríamos bien en aprovecharlas cenando algo, y luego, Lestrade, le limpiaremos la niebla londinense de la garganta haciéndole respirar el aire puro y nocturno de Dartmoor. ¿No ha estado nunca allí? Ah, bueno, no creo que olvide jamás su primera visita.
Fin del Episodio 26 · de 30
Tendiendo las redes · II
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