El sabueso de los Baskerville·Episodio 23

Muerte en el páramo · I

~14 min · 2740 palabras

Durante unos instantes permanecí sin aliento, apenas dando crédito a mis oídos. Luego recobré los sentidos y el uso de la voz, al tiempo que un peso aplastante de responsabilidad parecía aligerarse de golpe de mi alma. Aquella voz fría, incisiva e irónica solo podía pertenecer a un hombre en todo el mundo.

—¡Holmes! —exclamé—. ¡Holmes!

—Salga —dijo él—, y tenga la bondad de llevar cuidado con el revólver.

Me agaché bajo el tosco dintel y allí estaba él, sentado sobre una piedra afuera, con sus ojos grises chispeantes de regocijo al posarse sobre mis rasgos estupefactos. Estaba delgado y demacrado, pero lúcido y alerta, con su rostro enérgico tostado por el sol y curtido por el viento. Con su traje de tweed y su gorra de paño parecía un turista cualquiera en el páramo; y se las había ingeniado, con ese felino apego a la pulcritud personal que formaba uno de sus rasgos característicos, para que su barbilla estuviese tan bien afeitada y su camisa tan limpia como si se encontrara en Baker Street.

—Jamás en mi vida me he alegrado tanto de ver a nadie —dije estrechándole la mano con efusión.

—¿Ni se ha quedado más asombrado, eh?

—Bueno, tengo que confesarlo.

—La sorpresa no ha sido de un solo lado, se lo aseguro. No tenía la menor idea de que hubiese descubierto mi refugio ocasional, y mucho menos de que estuviese dentro, hasta que me hallé a veinte pasos de la puerta.

—¿Por mis pisadas, supongo?

—No, Watson; me temo que no me comprometería a reconocer sus pisadas entre todas las huellas del mundo. Si desea seriamente engañarme tendrá que cambiar de estanco; pues cuando veo la colilla de un cigarrillo con la marca Bradley, de Oxford Street, sé que mi amigo Watson anda por los alrededores. La verá ahí junto al sendero. La arrojó, sin duda, en aquel momento supremo en que asaltó la choza vacía.

—Exactamente.

—Ya me lo figuraba... y conociendo su admirable tenacidad estaba convencido de que se hallaba emboscado dentro, con el arma al alcance de la mano, aguardando el regreso del inquilino. ¿De modo que llegó a creer que yo era el criminal?

—No sabía quién era usted, pero estaba resuelto a averiguarlo.

—¡Excelente, Watson! ¿Y cómo me localizó? ¿Me vio tal vez la noche de la cacería del presidiario, cuando cometí la imprudencia de dejar que la luna asomara a mi espalda?

—Sí; le vi entonces.

—¿Y registró sin duda todas las chozas hasta dar con esta?

—No; alguien observó a su muchacho y eso me dio la pista de dónde buscar.

—El anciano caballero del telescopio, sin duda. No logré comprenderlo cuando vi por primera vez el destello de la luz sobre la lente. —Se levantó y miró dentro de la choza—. ¡Ajá! Veo que Cartwright ha traído provisiones. ¿Qué papel es este? Conque ha estado usted en Coombe Tracey, ¿eh?

—Sí.

—¿A ver a la señora Laura Lyons?

—Exactamente.

—¡Bien hecho! Nuestras pesquisas han marchado por vías paralelas y cuando unamos nuestros resultados creo que dispondremos de un conocimiento bastante completo del caso.

—Pues me alegro de todo corazón de que esté usted aquí, pues ciertamente la responsabilidad y el misterio estaban empezando a desquiciar mis nervios. Pero ¿cómo demonios vino a dar aquí y qué ha estado haciendo? Creí que se hallaba en Baker Street trabajando en aquel caso de chantaje.

—Eso era lo que deseaba que usted pensara.

—¡Entonces se sirve de mí y sin embargo no confía en mí! —exclamé con cierta amargura—. Creo haber merecido un trato mejor de su parte, Holmes.

—Mi querido amigo, me ha resultado inapreciable en este caso como en tantos otros, y le ruego que me perdone si le ha parecido que le jugaba una mala pasada. En verdad, lo hice en parte por su propio bien, y fue mi valoración del peligro que corría lo que me movió a venir a examinar el asunto por mí mismo. Si hubiese estado con sir Henry y con usted no cabe duda de que mi punto de vista habría sido el mismo que el suyo, y mi presencia habría prevenido a nuestros formidables adversarios para que se pusiesen en guardia. Tal como están las cosas he podido moverme de un modo que me habría resultado de todo punto imposible viviendo en la mansión, y sigo siendo un factor desconocido en el negocio, listo para hacer sentir todo mi peso en un momento crítico.

—¿Pero por qué tenerme a oscuras?

—Que usted lo supiera no nos habría ayudado y muy bien pudo haber conducido a que me descubrieran. Habría querido decirme algo, o con su bondad natural me habría traído alguna comodidad o refrigerio, y de ese modo habríamos corrido un riesgo innecesario. Me traje a Cartwright conmigo —recordará al chiquillo de la oficina de mensajeros— y él ha atendido a mis sencillas necesidades: una hogaza de pan y un cuello limpio. ¿Qué más puede desear un hombre? Me ha proporcionado un par de ojos suplementarios montados sobre un par de pies muy ágiles, y ambos me han resultado inapreciables.

—¡Entonces todos mis informes han sido papel mojado! —Mi voz tembló al recordar el esmero y el orgullo con que los había redactado.

Holmes extrajo un fajo de papeles de su bolsillo.

—Aquí están sus informes, mi querido amigo, y muy manoseados, se lo aseguro. Tomé excelentes disposiciones y solo han sufrido un retraso de un día en el camino. Debo felicitarle con el mayor entusiasmo por el celo y la inteligencia que ha demostrado en un caso extraordinariamente difícil.

Sentía todavía cierto escozor por el engaño de que había sido víctima, pero la calidez de los elogios de Holmes aventó mi irritación. Sentí asimismo en mi corazón que tenía razón en cuanto decía y que ciertamente era lo mejor para nuestros propósitos que yo no hubiese sabido que se hallaba en el páramo.

—Eso está mejor —dijo al ver disiparse la nube de mi frente—. Y ahora cuénteme el resultado de su visita a la señora Laura Lyons... no me fue difícil adivinar que había ido a verla a ella, pues ya sabía que es la única persona en Coombe Tracey que podría resultarnos de utilidad en este asunto. De hecho, si usted no hubiera ido hoy es sumamente probable que hubiera acudido yo mañana.

El sol se había puesto y el crepúsculo se cernía sobre el páramo. El aire se había vuelto frío y nos retiramos a la choza en busca de calor. Allí, sentados juntos en la penumbra, referí a Holmes mi conversación con la dama. Tan interesado se mostró que tuve que repetir algunas partes dos veces antes de que se diera por satisfecho.

—Esto es de la máxima importancia —dijo cuando concluí—. Colma una laguna que no había logrado salvar en este complejísimo asunto. ¿Sabe usted, acaso, que existe una estrecha intimidad entre esta dama y el tal Stapleton?

—No sabía que existiese una estrecha intimidad.

—No cabe la menor duda sobre el particular. Se ven, se escriben, reina entre ellos un completo acuerdo. Ahora bien, esto pone un arma poderosísima en nuestras manos. Si tan solo pudiera utilizarla para desvincular a su esposa...

—¿A su esposa?

—Le doy ahora una información a cambio de todo lo que usted me ha facilitado: la dama que pasa aquí por la señorita Stapleton es en realidad su esposa.

—¡Santo cielo, Holmes! ¿Está seguro de lo que dice? ¿Cómo pudo consentir que sir Henry se enamorase de ella?

—El enamoramiento de sir Henry no podía perjudicar a nadie salvo a sir Henry. Él se cuidó muy bien de que sir Henry no le hiciera el amor a ella, como usted mismo ha observado. Le repito que la dama es su esposa y no su hermana.

—¿Pero a qué viene tan complicado engaño?

—Porque previó que ella le sería muchísimo más útil pasando por una mujer libre.

Todos mis instintos callados, mis vagas sospechas, tomaron de pronto cuerpo y se concentraron en el naturalista. En aquel hombre impasible y descolorido, con su sombrero de paja y su cazamariposas, me pareció ver a un ser terrible: una criatura de paciencia y astucia infinitas, con rostro risueño y corazón de asesino.

—¿Es él, pues, nuestro enemigo? ¿Es él quien nos siguió los pasos en Londres?

—Así descifro yo el enigma.

—¡Y la advertencia... debió de proceder de ella!

—Exactamente.

El perfil de una monstruosa villanía, entrevisto a medias y a medias conjeturado, surgió a través de las tinieblas que tanto tiempo me habían cercado.

—¿Pero está seguro de esto, Holmes? ¿Cómo sabe que la mujer es su esposa?

—Porque incurrió en la torpeza de facilitarle un fragmento verídico de su propia biografía en la ocasión en que se conocieron, y me atrevería a decir que se ha arrepentido de ello muchas veces desde entonces. Fue maestro de escuela en el norte de Inglaterra. Ahora bien, no hay nadie más fácil de rastrear que un maestro de escuela: existen agencias docentes mediante las cuales se puede identificar a cualquier hombre que haya ejercido la profesión. Una pequeña indagación me reveló que un colegio se había venido abajo en circunstancias atroces y que el hombre que lo regentaba —el apellido era distinto— había desaparecido con su esposa. Las descripciones coincidían. Cuando me enteré de que el desaparecido era aficionado a la entomología la identificación fue completa.

La oscuridad crecía por momentos, pero mucho permanecía oculto aún en las sombras.

—Si esa mujer es en verdad su esposa, ¿qué papel desempeña la señora Laura Lyons? —pregunté.

—Ese es uno de los puntos sobre los que sus propias investigaciones han arrojado luz. Su entrevista con la dama ha aclarado mucho la situación. Yo ignoraba que mediase un proyecto de divorcio entre ella y su marido. En tal caso, considerando a Stapleton un hombre soltero, contaba sin duda con convertirse en su esposa.

—¿Y cuando se desengañe?

—Bueno, entonces la dama podrá resultarnos de gran utilidad. Nuestro primer deber consistirá en verla —ambos juntos— mañana. ¿No le parece, Watson, que lleva usted demasiado tiempo lejos de su protegido? Su sitio debería estar en Baskerville Hall.

Los últimos jirones rojizos se habían borrado en el oeste y la noche se había cerrado sobre el páramo. Unas cuantas estrellas titilaban pálidas en un cielo violeta.

—Una última pregunta, Holmes —dije levantándome—. Ciertamente no hay necesidad de secretos entre usted y yo. ¿Cuál es el significado de todo esto? ¿Qué pretende él?

La voz de Holmes se apagó hasta un susurro al contestar:

—Se trata de un asesinato, Watson: un asesinato refinado, frío y deliberado. No me pida pormenores. Mis redes se cierran sobre él, lo mismo que las suyas sobre sir Henry, y con su ayuda se halla ya casi a mi merced. Solo hay un peligro que nos amenaza: que ataque antes de que estemos listos para impedirlo. Un día más —dos a lo sumo— y tendré el caso completo; pero hasta entonces vigile a su protegido tan estrechamente como una madre cariñosa cuidaría a su hijo enfermo. Su misión de hoy se ha justificado plenamente, y sin embargo casi desearía que no se hubiese apartado de su lado. ¡Escuche!

Un alarido espantoso —un prolongado alarido de horror y agonía— brotó del silencio del páramo. Aquel grito aterrador me heló la sangre en las venas.

—¡Dios mío! —jadeé—. ¿Qué es eso? ¿Qué significa?

Holmes se había puesto en pie de un salto y divisé su silueta atlética y oscura en la entrada de la choza, con los hombros encorvados, la cabeza adelantada y los ojos escudriñando las tinieblas.

—¡Chitón! —susurró—. ¡Silencio!

El grito había sido potente por su vehemencia, pero había resonado en algún punto lejano de la planicie en sombras. Ahora volvió a estallar en nuestros oídos: más próximo, más fuerte, más desgarrador que antes.

—¿Dónde es? —susurró Holmes; y comprendí por el temblor de su voz que aquel hombre de hierro estaba conmovido hasta el fondo del alma—. ¿Dónde es, Watson?

—Allí, creo yo. —Señalé hacia la oscuridad.

—¡No, allí!

De nuevo el alarido agónico recorrió la noche silenciosa, más sonoro y mucho más cercano que nunca. Y un nuevo sonido se mezcló con él: un murmullo profundo y ahogado, musical y a la vez amenazador, que subía y bajaba como el rumor bajo y constante del mar.

—¡El sabueso! —exclamó Holmes—. ¡Venga, Watson, venga! ¡Santo cielo, si llegamos demasiado tarde!

Había echado a correr a toda prisa por el páramo y yo le seguía pegado a sus talones. Pero de pronto, desde algún punto del terreno quebrado situado inmediatamente frente a nosotros, llegó un último alarido desesperado y luego un golpe seco y pesado. Nos detuvimos y aguzamos el oído. Ni un solo sonido turbó ya el denso silencio de la noche sin viento.

Vi a Holmes llevarse la mano a la frente como un loco. Pateó el suelo con rabia.

—Nos ha ganado la partida, Watson. Llegamos demasiado tarde.

—¡No, no; seguro que no!

—¡Qué insensato fui al contenerme! ¡Y usted, Watson, vea lo que resulta de desamparar a su protegido! Pero, ¡por el cielo!, si ha ocurrido lo peor, ¡le vengaremos!

Corrimos a ciegas en la oscuridad, tropezando con las rocas, abriéndonos paso entre las matas de gualda, subiendo colinas jadeantes y precipitándonos laderas abajo, siempre en la dirección de donde habían provenido aquellos ruidos espantosos. A cada loma Holmes miraba con avidez a su alrededor, pero las sombras eran densas en el páramo y nada se movía sobre su faz desolada.

—¿Alcanza a ver algo?

—Nada.

—Pero, ¡escuche!, ¿qué es eso?

Un débil gemido acababa de llegar a nuestros oídos. ¡Allí sonaba otra vez, a nuestra izquierda! Por aquel lado una cresta de rocas concluía en un escarpe que dominaba una pendiente sembrada de piedras. Sobre su superficie quebrada yacía derrengado un bulto oscuro e informe. Conforme corríamos hacia él la silueta confusa fue cobrando forma precisa. Era un hombre tendido de bruces contra el suelo, con la cabeza doblada debajo del cuerpo en un ángulo espantoso, los hombros curvados y el tronco encogido como si fuera a dar una voltereta. Tan grotesca resultaba la postura que no pude asimilar en el acto que aquel gemido hubiese sido la exhalación de su alma. Ni un susurro, ni una brizna de respiración se alzaba ya del oscuro cuerpo sobre el que nos inclinábamos. Holmes posó la mano sobre él y la retiró en el acto con una exclamación de espanto. El fósforo que encendió brilló sobre sus dedos empapados y sobre el charco atroz que se ensanchaba lentamente desde el cráneo machacado de la víctima. Y brilló sobre algo más que nos llenó el corazón de náusea y desmayo: ¡el cadáver de sir Henry Baskerville!

No había posibilidad de que ninguno de los dos olvidase aquel traje de tweed rojizo: el mismísimo que llevaba puesto la primera mañana que le vimos en Baker Street. Le echamos una sola y nítida mirada y luego la cerilla parpadeó y se extinguió, del mismo modo que se había extinguido toda esperanza de nuestras almas. Holmes gimió y su semblante brilló blanco en medio de las tinieblas.

—¡Canalla! ¡Miserable! —exclamé con los puños apretados—. ¡Ay, Holmes, jamás me perdonaré haberle abandonado a su suerte!

—Más culpable soy yo que usted, Watson. Por querer redondear y completar mi caso he arrojado la vida de mi cliente al vacío. Es el golpe más duro que me ha sobrevenido en toda mi carrera. Pero ¿cómo iba a saber... cómo podía saber que arriesgaría su vida solo en el páramo a despecho de todas mis advertencias?

—¡Haber oído sus gritos... Dios mío, aquellos gritos!... y habernos visto impotentes para salvarle! ¿Dónde está esa bestia de sabueso que le arrojó a la muerte? Puede que esté acechando entre estas rocas en este mismo instante. ¿Y Stapleton? ¿Dónde está? Responderá por esta infamia.

—Responderá; de eso me encargaré yo. Tío y sobrino han sido asesinados: el uno aterrado de muerte por la mera contemplación de una fiera que creyó sobrenatural; el otro empujado a su perdición en su loca huida para escapar de ella. Pero ahora tenemos que probar la relación entre el hombre y la bestia. Salvo por lo que oímos, ni siquiera podemos jurar la existencia de esta última, puesto que sir Henry ha muerto a todas luces a consecuencia de la caída. ¡Pero, por el cielo, astuto como es, ese individuo estará en mi poder antes de que transcurra otro día!

Fin del Episodio 23 · de 30

Muerte en el páramo · I

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