El hombre en el peñasco · II
~9 min · 1889 palabras
—¿En qué sentido? —pregunté.
El anciano adoptó una expresión sumamente avisada. «Porque podría revelarles lo que se mueren por averiguar; pero nada en el mundo me inducirá a prestar la menor ayuda a esos bergantes».
Había estado buscando algún pretexto para librarme de sus habladurías, pero ahora comencé a desear oír más. Conocía ya bastante bien el carácter quisquilloso del viejo litigante para comprender que cualquier muestra viva de interés sería la forma más segura de cortar sus confidencias.
—Algún asunto de caza furtiva, sin duda —dije con aire indiferente.
—¡Ja, ja, amigo mío! ¡Un asunto muchísimo más importante que eso! ¿Qué me dice del presidiario del páramo?
Me quedé mirándole fijamente. «¿No querrá decir que sabe dónde se encuentra?», pregunté.
—Puede que no sepa con exactitud el sitio donde se halla, pero estoy seguro de que podría ayudar a la policía a echarle el guante. ¿Nunca se le ha ocurrido que la manera de atrapar a ese hombre es descubrir de dónde saca la comida y seguir la pista a través de ella?
Ciertamente parecía aproximarse de modo alarmante a la verdad. «Sin duda —dije—; pero ¿cómo sabe que se halla todavía en el páramo?».
—Lo sé porque he visto con mis propios ojos al mensajero que le lleva el sustento.
Se me encogió el corazón por los Barrymore. Era un trance grave estar a merced de aquel viejo entrometido y rencoroso. Pero su siguiente observación me quitó un peso de encima.
—Le sorprenderá saber que la comida se la lleva un muchacho. Lo veo todos los días a través de mi telescopio en el tejado. Sigue el mismo sendero a la misma hora, ¿y adónde va a dirigirse sino a ver al prófugo?
¡Aquello sí que era una suerte inesperada! Y sin embargo disimulé toda muestra de interés. ¡Un muchacho! Barrymore había dicho que a nuestro desconocido le abastecía un muchacho. Era sobre su pista, y no sobre la del presidiario, sobre la que Frankland había tropezado. Si lograba aprovechar sus datos me ahorraría una búsqueda larga y penosa. Pero la incredulidad y la indiferencia eran evidentemente mis mejores cartas.
—Diría que resulta mucho más probable que se trate del hijo de algún pastor del páramo que lleva el almuerzo a su padre.
La menor sombra de oposición hacía saltar chispas del viejo autócrata. Sus ojos me miraron con encono y sus patillas grises se erizaron como las de un gato furioso.
—¡De veras, caballero! —dijo señalando hacia el ancho páramo—. ¿Ve aquel Peñasco Negro allá a lo lejos? Bien; ¿ve la loma baja que queda más allá con el espino encima? Es la zona más pedregosa de todo el páramo. ¿Acaso es ese un paraje donde un pastor fuera a apostar su rebaño? Su suposición, caballero, resulta del todo disparatada.
Contesté con humildad que había hablado sin conocer todos los detalles. Mi sumisión le agradó y le animó a hacerme nuevas confidencias.
—Tenga por seguro, señor, que dispongo de motivos sobrados antes de formarme una opinión. He visto al muchacho una y otra vez con su hatillo. Todos los días, y a veces dos veces al día, he podido... pero espere un instante, doctor Watson. ¿Me engañan los ojos o en este mismo instante hay algo moviéndose sobre aquella ladera?
Se hallaba a varias millas de distancia, pero pude distinguir con claridad un pequeño punto oscuro recortado contra el pardo verdor y el gris.
—¡Venga, señor, venga! —exclamó Frankland subiendo la escalera a toda prisa—. Verá con sus propios ojos y juzgará por sí mismo.
El telescopio, un instrumento imponente montado sobre un trípode, se hallaba en la azotea plana de la casa. Frankland aplicó el ojo al ocular y lanzó un grito de satisfacción.
—¡Rápido, doctor Watson, rápido, antes de que corone la colina!
Allí estaba, en efecto: un pilluelo con un hatillo al hombro que subía fatigosamente por la pendiente. Al alcanzar la cresta vi su figura andrajosa y desgarbada recortarse por un instante contra el frío cielo azul. Miró a su alrededor con aire furtivo y cauteloso, como quien teme ser perseguido. Luego desapareció tras la colina.
—¿Y bien? ¿Tenía razón o no?
—Ciertamente hay allí un muchacho que parece llevar algún encargo secreto.
—Y de qué encargo se trata hasta un guardia rural sabría adivinarlo. Pero ni una sola palabra obtendrán de mí, y le exijo secreto absoluto a usted también, doctor Watson. ¡Ni una palabra! ¿Comprendido?
—Como usted guste.
—Me han tratado con una bajeza infame... infame. Cuando salgan a relucir los hechos en el proceso Frankland contra la Corona me atrevo a creer que un escalofrío de indignación recorrerá el país entero. Nada en el mundo me induciría a ayudar a la policía en lo más mínimo. Por lo que a ellos les importaba bien habría podido ser yo en persona, en vez de mi efigie, a quien esos bribones quemaron en la hoguera. ¡Seguro que no se marcha todavía! ¡Me ayudará a vaciar la botella en honor de este gran día!
Pero me resistí a todas sus insistencias y logré disuadirle de su anunciado propósito de acompañarme a pie hasta casa. Me mantuve en la carretera mientras sus ojos estuvieron puestos en mí y luego me desvié campo a través enfilando hacia la colina pedregosa tras la cual había desaparecido el muchacho. Todo marchaba a mi favor y juré que no sería por falta de energía o constancia por lo que desaprovechase la oportunidad que la fortuna ponía en mis manos.
El sol declinaba ya cuando alcancé la cumbre de la colina, y las largas pendientes a mis pies eran todas de un verde dorado por un lado y de gris penumbra por el otro. Una bruma baja flotaba en el lejano horizonte, sobre la que despuntaban las fantásticas siluetas de Belliver y Vixen Tor. Sobre la inmensa extensión no había sonido ni movimiento alguno. Una gran ave gris, gaviota o zarapito, surcaba las alturas en el cielo azul. Aquella ave y yo parecíamos los únicos seres vivos entre la bóveda del cielo y el desierto extendido a sus pies. El paisaje estéril, la sensación de soledad y el misterio y urgencia de mi tarea infundieron un frío desasosiego en mi corazón. El muchacho no se divisaba por ninguna parte. Mas allá abajo, en una hendidura entre los cerros, se extendía un corro de viejas chozas de piedra, y en medio de ellas había una que conservaba techo suficiente para servir de reparo contra la intemperie. El corazón me dio un vuelco al verla. Aquella debía de ser la madriguera donde acechaba el desconocido. Al fin mi pie se posaba en el umbral de su escondite: su secreto estaba al alcance de mi mano.
Al aproximarme a la choza, caminando con tanta cautela como Stapleton cuando avanza con la red en ristre hacia la mariposa posada, comprobé que el lugar había sido en efecto utilizado como vivienda. Un sendero difuso entre los peñascos conducía a la abertura ruinosa que servía de puerta. Todo permanecía en silencio en el interior. El desconocido podía estar acechando dentro o bien merodeando por el páramo. Mis nervios vibraban con la emoción de la aventura. Arrojando el cigarrillo, aferré la culata de mi revólver y, avanzando con paso firme hasta la entrada, miré hacia adentro. La estancia estaba vacía.
Pero sobraban los indicios de que no iba desencaminado. Allí era indudablemente donde vivía aquel hombre. Unas mantas enrolladas en un impermeable descansaban sobre la misma losa de piedra en la que antaño durmiera el hombre neolítico. Las cenizas de una fogata se amontonaban en un hogar tosco. A su lado se hallaban algunos utensilios de cocina y un cubo mediado de agua. Una dispersión de latas vacías demostraba que el lugar llevaba algún tiempo habitado, y al acostumbrarse mis ojos a la penumbra divisé un cacillo de hojalata y una botella de licor mediada en un rincón. En medio de la choza una piedra plana servía de mesa, y sobre ella descansaba un pequeño hatillo de tela: el mismo, sin duda, que había visto a través del telescopio sobre el hombro del muchacho. Contenía una hogaza de pan, una lata de lengua escabechada y dos botes de melocotones en conserva. Al dejarlo sobre la mesa tras haberlo examinado, el corazón me dio un salto al descubrir que debajo yacía una cuartilla con algo escrito. La levanté, y esto fue lo que leí, garabateado toscamente a lápiz: «El doctor Watson se ha marchado a Coombe Tracey».
Durante un minuto permanecí allí con el papel en la mano reflexionando sobre el significado de aquel escueto mensaje. Era a mí, pues, y no a sir Henry, a quien aquel misterioso individuo seguía los pasos. No me había seguido en persona, sino que había puesto a un agente —al muchacho, probablemente— tras mi rastro, y este era su parte. Muy posiblemente no había dado yo un solo paso desde mi llegada al páramo que no hubiese sido observado y comunicado. Siempre planeaba aquella sensación de una fuerza invisible, de una tupida red tendida a nuestro alrededor con infinita destreza y delicadeza, sujetándonos con tanta suavidad que solo en los momentos decisivos advertía uno que se hallaba verdaderamente atrapado en sus mallas.
Si había un parte bien podía haber otros, de modo que registré la choza en busca de ellos. No hallé rastro alguno de nada parecido, ni pude descubrir indicio que revelase el carácter o las intenciones del hombre que habitaba en aquel singular paraje, fuera de que debía ser de costumbres espartanas y de poco apego a las comodidades de la vida. Al pensar en las lluvias torrenciales y mirar aquel techo abierto comprendí cuán firme e inquebrantable debía de ser el propósito que le retenía en aquella morada inhóspita. ¿Se trataba de un enemigo implacable o era por ventura un ángel custodio? Juré que no abandonaría la choza hasta averiguarlo.
Afuera el sol se ponía y el poniente ardía en oro y escarlata. Su resplandor se reflejaba en manchas rojizas en las lejanas charcas dispersas por la gran ciénaga de Grimpen. Allí estaban las dos torres de Baskerville Hall y allí el borrón lejano de humo que señalaba la aldea de Grimpen. Entre ambos puntos, tras la loma, se alzaba la casa de los Stapleton. Todo aparecía dulce, sosegado y en calma a la luz dorada del atardecer; y sin embargo, al contemplarlo mi alma no participaba de la paz de la Naturaleza, sino que temblaba ante la incertidumbre y el misterio de aquella entrevista que cada minuto aproximaba más. Con los sentidos en tensión pero con propósito resuelto, me senté en el rincón más oscuro de la choza y aguardé con sombría paciencia la llegada de su morador.
Y al fin le oí. Muy a lo lejos resonó el chasquido seco de una bota golpeando contra una piedra. Luego otro y otro más, cada vez más próximos. Me acurruqué en el rincón más oscuro y amartillé el revólver en mi bolsillo, resuelto a no delatarme hasta haber tenido ocasión de examinar al desconocido. Hubo una larga pausa que demostró que se había detenido. Luego de nuevo los pasos se aproximaron y una sombra se proyectó a través de la abertura de la choza.
—Hace una hermosa tarde, mi querido Watson —dijo una voz bien conocida—. Creo sinceramente que estará usted más cómodo fuera que dentro.
Fin del Episodio 22 · de 30
El hombre en el peñasco · II
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