El sabueso de los Baskerville·Episodio 21

El hombre en el peñasco · I

~13 min · 2516 palabras

El fragmento de mi diario particular que constituye el capítulo precedente ha conducido mi narración hasta el dieciocho de octubre, fecha en que estos extraños acontecimientos comenzaron a precipitarse velozmente hacia su terrible desenlace. Los sucesos de los días inmediatos quedaron grabados de modo imborrable en mi memoria y puedo relatarlos sin necesidad de acudir a las notas tomadas en su momento. Comienzo, pues, a partir del día siguiente a aquel en que establecí dos hechos de gran importancia: el primero, que la señora Laura Lyons, de Coombe Tracey, había escrito a sir Charles Baskerville concertando una cita con él en el mismo lugar y a la misma hora en que halló la muerte; el segundo, que el hombre que acechaba en el páramo debía encontrarse entre las chozas de piedra de la ladera. En posesión de estos dos datos sentí que o mi inteligencia o mi valor debían de ser muy deficientes si no lograba arrojar alguna luz sobre aquellas oscuridades.

No tuve ocasión de comunicar al baronet lo que había averiguado acerca de la señora Lyons la noche precedente, pues el doctor Mortimer permaneció jugando a las cartas con él hasta muy tarde. En el desayuno, sin embargo, le puse al corriente de mi hallazgo y le pregunté si desearía acompañarme a Coombe Tracey. Al principio mostró muchos deseos de venir, pero pensándolo mejor nos pareció a ambos que si yo iba solo los resultados podrían ser más favorables. Cuanto más formal hiciésemos la visita, menos información lograríamos obtener. Dejé atrás a sir Henry, por consiguiente, no sin ciertos remordimientos de conciencia, y partí en mi carruaje hacia mi nueva pesquisa.

Al llegar a Coombe Tracey ordené a Perkins que guardase los caballos e indagué por las señas de la dama a quien me proponía interrogar. No tuve dificultad alguna en dar con sus habitaciones, que eran céntricas y estaban bien dispuestas. Una doncella me franqueó la entrada sin cumplidos, y al penetrar en la sala de estar una dama que se hallaba sentada ante una máquina de escribir Remington se levantó con una sonrisa cordial de bienvenida. Su expresión decayó, sin embargo, al advertir que yo era un desconocido, y volvió a sentarse preguntándome el objeto de mi visita.

La primera impresión que producía la señora Lyons era de extraordinaria hermosura. Sus ojos y sus cabellos eran del mismo cálido color castaño avellana, y sus mejillas, aunque bastante pecosas, lucían el exquisito sonrosado de las morenas: ese delicado rubor que anida en el fondo de la rosa azufrada. La admiración fue, repito, la primera impresión. Pero la segunda fue el examen crítico. Había algo sutilmente defectuoso en aquel rostro: cierta vulgaridad en la expresión, cierta dureza tal vez en la mirada, cierta flacidez en los labios que empañaba su belleza perfecta. Pero todas estas reflexiones fueron, desde luego, posteriores. En aquel momento solo fui consciente de que me hallaba ante una mujer muy hermosa que me preguntaba el motivo de mi presencia. No había comprendido del todo hasta aquel instante cuán delicada era mi misión.

—Tengo el gusto —dije— de conocer a su padre.

Fue una presentación desmañada y la dama me lo hizo notar. «No hay nada en común entre mi padre y yo», dijo. «Nada le debo y sus amigos no son los míos. De no haber sido por el difunto sir Charles Baskerville y otros corazones generosos, bien me habría podido morir de hambre sin que a mi padre le importara lo más mínimo».

—Es a propósito del difunto sir Charles Baskerville por lo que he venido a verla.

Las pecas resaltaron vivamente sobre el rostro de la dama.

—¿Qué puedo decirle yo acerca de él? —preguntó, mientras sus dedos tamborileaban con nerviosismo sobre el teclado de la máquina.

—Le conocía usted, ¿verdad?

—Ya he dicho que le debo muchísimo a su generosidad. Si puedo ganarme el sustento se debe en gran medida al interés que se tomó por mi desdichada situación.

—¿Mantenía correspondencia con él?

La dama levantó la vista con presteza, con un destello colérico en sus ojos castaños.

—¿Cuál es el propósito de estas preguntas? —inquirió con sequedad.

—El propósito es evitar un escándalo público. Más vale que se las formule yo aquí a que el asunto escape a nuestro control.

Guardó silencio y su rostro permaneció intensamente pálido. Al fin alzó la mirada con una expresión resuelta y desafiante.

—Bien; contestaré —dijo—. ¿Cuáles son sus preguntas?

—¿Se escribía usted con sir Charles?

—Le escribí ciertamente una o dos veces para agradecerle su delicadeza y su generosidad.

—¿Conserva las fechas de esas cartas?

—No.

—¿Llegó a entrevistarse con él?

—Sí, una o dos veces, cuando él venía a Coombe Tracey. Era un hombre muy reservado y prefería hacer el bien en secreto.

—Pero si le veía tan rara vez y le escribía tan de tarde en tarde, ¿cómo supo él lo bastante sobre sus asuntos para poder ayudarla, como afirma que hizo?

Salió al paso de mi dificultad con la mayor desenvoltura.

—Hubo varios caballeros que conocían mi triste historia y se unieron para prestarme auxilio. Uno fue el señor Stapleton, vecino e íntimo amigo de sir Charles. Fue extraordinariamente bondadoso y por su conducto se enteró sir Charles de mi situación.

Ya sabía yo que sir Charles Baskerville se había servido de Stapleton como limosnero en varias ocasiones, por lo que las palabras de la dama llevaban el sello de la verdad.

—¿Le escribió alguna vez a sir Charles pidiéndole una cita? —proseguí.

La señora Lyons volvió a encenderse de indignación. «En verdad, caballero, esta es una pregunta sumamente insólita».

—Lo lamento, señora, pero me veo precisado a repetirla.

—Entonces le respondo que ciertamente no.

—¿Tampoco el mismo día de la muerte de sir Charles?

El rubor desapareció en un instante y fue un rostro cadavérico lo que tuve ante mí. Sus labios secos apenas pudieron musitar el «no» que más bien adiviné que escuché.

—Sin duda su memoria le es infiel —dije—. Incluso podría citarle un fragmento de su carta. Decía así: «Por favor, por favor, si es usted un caballero, queme esta carta y esté en la cancela a las diez en punto».

Pensé que iba a desmayarse, pero logró serenarse con un esfuerzo supremo.

—¿Es que ya no quedan caballeros en el mundo? —balbuceó.

—Es usted injusta con sir Charles: él quemó la carta. Pero a veces una carta quemada puede seguir siendo legible. ¿Reconoce ahora que la escribió?

—Sí, yo la escribí —exclamó desahogando su corazón en un torrente de palabras—. Yo la escribí. ¿Por qué habría de negarlo? No tengo motivos para avergonzarme de ello. Deseaba que me ayudase. Confiaba en que si obtenía una entrevista lograría su auxilio, y por eso le pedí que nos viésemos.

—¿Pero por qué a semejante hora?

—Porque acababa de enterarme de que marchaba a Londres al día siguiente y de que podía permanecer ausente durante meses. Había motivos que me impedían llegar antes allí.

—¿Pero por qué una cita en el jardín en vez de una visita a la casa?

—¿Cree que una mujer honrada podía acudir a solas a semejante hora a la casa de un solterón?

—Bien; ¿y qué ocurrió cuando llegó usted allí?

—Nunca fui.

—¡Señora Lyons!

—No; se lo juro por cuanto considero sagrado. Jamás fui. Surgió un impedimento que me impidió acudir.

—¿Qué impedimento fue ese?

—Es un asunto privado. No puedo revelarlo.

—Reconoce, pues, que concertó una cita con sir Charles en el mismo lugar y a la misma hora en que halló la muerte, pero niega haber acudido al encuentro.

—Esa es la pura verdad.

Una y otra vez la sometí a un riguroso interrogatorio, pero no logré pasar de aquel punto.

—Señora Lyons —dije levantándome al término de aquella larga e infructuosa entrevista—, asume usted una gravísima responsabilidad y se coloca en una falsa posición al negarse a confesar con entera sinceridad cuanto sabe. Si me veo forzado a recurrir a la policía verá usted cuán seriamente comprometida queda. Si su proceder fue inocente, ¿por qué negó en primer término haber escrito a sir Charles en esa fecha?

—Porque temí que se extrajese alguna deducción equivocada de ello y que me viese envuelta en un escándalo.

—¿Y por qué tanta insistencia en que sir Charles destruyese su carta?

—Si ha leído la carta ya lo sabrá.

—No he dicho que haya leído toda la carta.

—Citó una parte de ella.

—Cité la posdata. La carta, como dije, fue quemada y no todo era legible. Le pregunto una vez más por qué insistió tanto en que sir Charles destruyese esa misiva que recibió el mismo día de su muerte.

—El asunto es de carácter sumamente reservado.

—Con mayor motivo para que desee evitar una investigación pública.

—Se lo diré, entonces. Si ha oído algo de mi desdichada historia sabrá que contraje un matrimonio imprudente del que tuve sobrados motivos para arrepentirme.

—He oído lo bastante.

—Mi vida ha sido una persecución incesante por parte de un marido a quien detesto. La ley está de su parte y cada día me enfrento a la amenaza de que me obligue a vivir con él. En la época en que escribí esa carta a sir Charles me enteré de que existían perspectivas de recuperar mi libertad si podía hacer frente a ciertos gastos judiciales. Aquello lo era todo para mí: paz de espíritu, felicidad, dignidad personal... todo. Conocía la generosidad de sir Charles y pensé que si escuchaba la historia de mis propios labios me ayudaría.

—¿Cómo es que no acudió a la cita entonces?

—Porque entre tanto recibí auxilio de otra procedencia.

—¿Por qué no escribió a sir Charles explicándoselo?

—Así lo habría hecho de no haber leído su muerte en el periódico a la mañana siguiente.

El relato de la mujer resultaba coherente en todas sus partes y mis preguntas no lograron conmoverlo. Solo cabía comprobarlo averiguando si había iniciado realmente trámites de divorcio contra su marido en las fechas de la tragedia.

Era inverosímil que se atreviese a afirmar que no había estado en Baskerville Hall de haber acudido realmente, pues habría necesitado un coche para trasladarse allí y no habría podido regresar a Coombe Tracey hasta avanzadas horas de la madrugada. Semejante viaje no podía mantenerse en secreto. Las probabilidades apuntaban, pues, a que decía la verdad, o al menos una parte de la verdad. Me alejé desconcertado y abatido. Una vez más tropezaba con aquel muro infranqueable que parecía cerrarme el paso cada vez que intentaba alcanzar el objeto de mi misión. Y sin embargo, cuanto más recordaba el rostro y los modales de aquella dama, más seguro estaba de que me ocultaba algo. ¿Por qué palideció con tal intensidad? ¿Por qué se resistió a cada confesión hasta que se la arranqué a viva fuerza? ¿Por qué se mostró tan reservada en el momento de la tragedia? Ciertamente la explicación de todo esto no podía ser tan inocente como ella pretendía hacerme creer. Por el momento no cabía avanzar más en aquella dirección y debía volverme hacia la otra pista: la que debía buscarse entre las chozas de piedra del páramo.

Y era una indicación sumamente vaga. Lo comprendí mientras regresaba en coche y advertía cómo colina tras colina mostraba huellas de las antiguas tribus. La única seña facilitada por Barrymore era que el desconocido habitaba en una de aquellas chozas abandonadas, y centenares de ellas se hallan esparcidas a lo largo y ancho del páramo. Pero contaba con mi propia experiencia como guía, ya que me había mostrado al hombre mismo sobre la cumbre del Peñasco Negro. Aquel debía ser, pues, el punto central de mi búsqueda. A partir de allí exploraría cada choza del páramo hasta topar con la acertada. Si el hombre se hallaba dentro le obligaría a decirme de sus propios labios, a punta de revólver si fuese preciso, quién era y por qué nos seguía los pasos desde hacía tanto tiempo. Podía eludirme entre el gentío de Regent Street, pero le resultaría difícil hacerlo en la soledad del páramo. Por otra parte, si encontraba la choza y su morador no estaba dentro, permanecería allí, por prolongada que fuese la vigilia, hasta que regresase. Holmes le había perdido la pista en Londres: sería ciertamente un triunfo para mí darle caza allí donde mi maestro había fracasado.

La fortuna nos había sido esquiva una y otra vez en esta investigación, mas ahora por fin acudía en mi auxilio. Y el mensajero de la buena suerte no fue otro que el señor Frankland, quien se hallaba de pie, con sus patillas grises y su rostro encendido, ante la cancela de su jardín que daba a la carretera por la que transitaba.

—¡Buenos días, doctor Watson! —gritó con desusado buen humor—. Debería dar un respiro a sus caballos y entrar a beberse una copa de vino y darme la enhorabuena.

Mis sentimientos hacia él distaban mucho de ser cordiales tras lo que había oído sobre el trato dispensado a su hija; pero deseaba enviar a Perkins y la tartana de regreso a casa y la ocasión se presentaba propicia. Me apeé y envié un recado a sir Henry diciéndole que regresaría a pie a tiempo para cenar. Luego seguí a Frankland hasta su comedor.

—Es un gran día para mí, caballero; uno de los días más memorables de mi vida —exclamó entre risotadas—. Me he apuntado un doble triunfo. Pienso enseñarles por estos pagos que la ley es la ley y que hay aquí un hombre que no vacila en invocarla. He establecido una servidumbre de paso que cruza el centro mismo del parque del viejo Middleton, en línea recta, caballero, a menos de cien yardas de su puerta principal. ¿Qué le parece? Les enseñaremos a estos caciques que no pueden pisotear los derechos de los ciudadanos, ¡malditos sean! Y he clausurado el bosque donde la gente de Fernworthy solía ir de merienda. Esos insolentes parecen creer que no existe la propiedad privada y que pueden invadirlo todo con sus papeles y sus botellas. Ambos casos resueltos, doctor Watson, y ambos a mi favor. No había tenido un día semejante desde que empapelé a sir John Morland por allanamiento porque disparó a las liebres en su propio coto.

—¿Cómo demonios consiguió hacer eso?

—Búsquelo en la jurisprudencia, caballero; vale la pena leerlo: Frankland contra Morland, Tribunal del Banco de la Reina. Me costó doscientas libras, pero conseguí mi sentencia.

—¿Y sacó algún provecho de ello?

—Ninguno, caballero; ninguno. Me enorgullezco de afirmar que no tenía ningún interés particular en el asunto. Obre enteramente por sentido del deber cívico. No me cabe duda, por ejemplo, de que la gente de Fernworthy me quemará en efigie esta noche. Ya le advertí a la policía la última vez que debían impedir semejantes desmanes. La guardia provincial está en un estado escandaloso, señor, y no me ha dispensado la protección a que tengo derecho. El proceso Frankland contra la Corona someterá el caso a la atención pública. Les advertí que tendrían motivos para arrepentirse del modo en que me han tratado, y ya se han cumplido mis palabras.

Fin del Episodio 21 · de 30

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