Fragmento del diario del doctor Watson · II
~7 min · 1495 palabras
17 de octubre. —Llovió a cántaros durante todo el día de hoy, repiqueteando en la hiedra y goteando de los aleros. Pensé en el presidiario allá afuera, en el páramo inhóspito, frío y desabrigado. ¡Pobre diablo! Fueren cuales fuesen sus crímenes, bastante ha sufrido ya para expiarlos. Y luego pensé en aquel otro: el rostro en el coche, la figura recortada contra la luna. ¿Estaría también bajo aquel diluvio... el vigilante invisible, el hombre de las tinieblas? Al atardecer me puse el impermeable y caminé un buen trecho por el páramo anegado, con el alma repleta de negros presentimientos, la lluvia azotándome el rostro y el viento silbando en torno a mis oídos. ¡Dios ampare a quienes se internen en la gran ciénaga en estos momentos, pues hasta los altos firmes se están convirtiendo en un cenagal! Encontré el peñasco negro sobre el cual había divisado al solitario acechador y desde su agreste cumbre miré yo mismo hacia las melancólicas lomas. Ráfagas de lluvia barrían su superficie pardusca y pesados nubarrones de color plomizo colgaban sobre el paisaje, arrastrándose en jirones grises por las faldas de los cerros fantásticos. En la hondonada lejana de la izquierda, medio ocultas por la niebla, las dos esbeltas torres de Baskerville Hall se erguían sobre los árboles. Eran las únicas señales de vida humana visibles, con la sola excepción de aquellas chozas prehistóricas esparcidas densamente por las pendientes. Por ninguna parte había rastro alguno de aquel hombre solitario a quien dos noches antes había visto en aquel mismo sitio.
Al regresar me alcanzó el doctor Mortimer, que guiaba su charret por un camino accidentado del páramo procedente de la apartada granja de Foulmire. Se ha mostrado muy atento con nosotros y apenas ha pasado un día sin que visite la mansión para interesarse por nuestra marcha. Insistió en que subiera a su vehículo y me llevó de vuelta a casa. Le encontré muy afligido por la desaparición de su pequeño spaniel: se había internado en el páramo y nunca más había vuelto. Le ofrecí el consuelo que pude, pero pensé en el poni de la ciénaga de Grimpen y no creo que vuelva a ver a su perrito.
—A propósito, Mortimer —dije mientras traqueteábamos por el escabroso camino—: supongo que habrá pocas personas viviendo en el radio de acción de su coche a quienes usted no conozca.
—Casi ninguna, creo yo.
—¿Podría darme el nombre de alguna mujer cuyas iniciales sean L. L.?
Reflexionó durante unos instantes.
—No —respondió—. Hay unas cuantas familias de gitanos y jornaleros por quienes no puedo responder, pero entre los hacendados y la hidalguía no hay nadie con tales iniciales. Espere un momento, sin embargo —añadió tras una pausa—. Está Laura Lyons... sus iniciales son L. L., pero vive en Coombe Tracey.
—¿Quién es ella? —pregunté.
—Es la hija de Frankland.
—¡Cómo! ¿Del viejo Frankland el chiflado?
—Exactamente. Se casó con un pintor llamado Lyons que vino a hacer bocetos al páramo. Resultó ser un canalla y la abandonó. La culpa, por lo que he oído, tal vez no recayese enteramente en una de las partes. Su padre se negó a tener trato alguno con ella porque se había casado sin su consentimiento y tal vez por una o dos razones más. De suerte que entre el pecador viejo y el pecador joven la muchacha lo ha pasado bastante mal.
—¿De qué vive?
—Me figuro que el viejo Frankland le pasa una limosna, pero no puede ser mucho porque sus propios negocios andan bastante embrollados. Fuere lo que fuese lo que ella mereciese, no se podía consentir que cayese irremediablemente en la miseria. Su historia se conoció y varias personas de por aquí aportaron algo para permitirle ganarse honradamente la vida. Stapleton ayudó, y sir Charles también. Yo mismo di una modesta suma. Fue para montarle un negocio de mecanografía.
Quiso saber el objeto de mis pesquisas, pero me las compuse para satisfacer su curiosidad sin revelarle demasiado, pues no hay motivo para hacer confidencias a nadie. Mañana por la mañana marcharé a Coombe Tracey, y si logro ver a esta señora Laura Lyons, de reputación dudosa, habremos dado un gran paso hacia el esclarecimiento de un episodio de esta cadena de misterios. Ciertamente voy desarrollando la prudencia de la serpiente, pues cuando Mortimer apretó sus preguntas hasta un punto incómodo le pregunté con aire despreocupado a qué tipo pertenecía el cráneo de Frankland, y no oí otra cosa que craneología durante el resto del trayecto. No he convivido durante años con Sherlock Holmes para nada.
Solo tengo otro incidente que consignar sobre esta jornada tempestuosa y melancólica. Ha sido mi conversación de hace unos instantes con Barrymore, que me proporciona una nueva baza sólida para jugarla en el momento oportuno.
Mortimer se había quedado a cenar y él y el baronet estuvieron jugando al écarté después. El mayordomo me subió el café a la biblioteca y aproveché la ocasión para formularle unas cuantas preguntas.
—Bueno —dije—, ¿se ha marchado ya ese precioso pariente suyo o sigue rondando por allá afuera?
—No lo sé, señor. ¡Dios quiera que se haya ido, pues no ha traído más que disgustos a esta casa! No he vuelto a saber de él desde que le dejé comida por última vez, y de eso hace tres días.
—¿Le vio usted entonces?
—No, señor; pero la comida había desaparecido cuando volví a pasar por allí.
—¿Entonces estaba allí con certeza?
—Eso pensaría cualquiera, señor, a menos que fuese el otro hombre quien se la llevó.
Me quedé con la taza de café a medio camino de los labios y miré fijamente a Barrymore.
—¿Sabe usted entonces que hay otro hombre?
—Sí, señor; hay otro hombre en el páramo.
—¿Le ha visto usted?
—No, señor.
—¿Cómo sabe de él, entonces?
—Selden me habló de él, señor, hace una semana o más. También anda escondido, pero no es ningún presidiario por lo que he podido colegir. No me gusta nada, doctor Watson... se lo digo con franqueza, señor: no me gusta nada. —Habló con una súbita vehemencia de convicción.
—¡Ahora escúcheme, Barrymore! No tengo otro interés en este asunto que el de su señor. No he venido aquí con otro propósito que el de ayudarle. Dígame con franqueza qué es lo que no le gusta.
Barrymore vaciló por un instante, como si lamentase su desahogo o le costase expresar sus propios sentimientos con palabras.
—Son todas estas cosas raras que pasan, señor —exclamó al fin, señalando con la mano hacia la ventana azotada por la lluvia que daba al páramo—. ¡Hay una mano negra en alguna parte y se está cociendo una villanía muy turbia, de eso respondo yo! ¡Muy contento me sentiría, señor, de ver a sir Henry camino de Londres otra vez!
—¿Pero qué es lo que le alarma?
—¡Mire la muerte de sir Charles! Bastante siniestra fue, por más que dijese el juez forense. Mire esos ruidos en el páramo por la noche: no hay un hombre que lo cruce después de la puesta del sol ni por todo el oro del mundo. ¡Mire a ese desconocido escondido allá afuera, vigilando y esperando! ¿Qué espera? ¿Qué significa? No significa nada bueno para nadie que lleve el apellido Baskerville, y muy contento me sentiré de quedar libre de todo esto el día en que la nueva servidumbre de sir Henry esté lista para hacerse cargo de la mansión.
—Pero respecto a ese desconocido —dije yo—, ¿puede decirme algo sobre él? ¿Qué dijo Selden? ¿Averiguó dónde se escondía o qué hacía?
—Le vio una o dos veces, pero es hombre reservado y no suelta prenda. Al principio pensó que era de la policía, pero pronto descubrió que andaba en algún asunto propio. Una especie de caballero parecía ser, por lo que pudo distinguir; pero qué se proponía no logró averiguarlo.
—¿Y dónde dijo que vivía?
—Entre las ruinas antiguas de la ladera: las chozas de piedra donde habitaban los pueblos primitivos.
—¿Y respecto a su comida?
—Selden descubrió que tiene a un muchacho que le ayuda y le sube cuanto necesita. Me figuro que va a Coombe Tracey a buscar las provisiones.
—Muy bien, Barrymore. Ya hablaremos más despacio de esto en otra ocasión. —Cuando el mayordomo se hubo marchado me acerqué a la ventana oscura y contemplé a través del cristal empañado las nubes que corrían y las siluetas agitadas de los árboles azotados por el viento. Es una noche bravía dentro de una casa, ¡y qué no será dentro de una choza de piedra en medio del páramo! ¡Qué pasión de odio impulsará a un hombre a acechar en semejante paraje en semejante época del año! ¡Y qué designio tan hondo y firme albergará que requiera semejante sacrificio! Allí, en esa choza del páramo, parece encontrarse el mismísimo corazón del enigma que tan penosamente me atormenta. Juro que no pasará otro día sin que haya hecho cuanto esté al alcance de un hombre para llegar al fondo del misterio.
Fin del Episodio 20 · de 30
Fragmento del diario del doctor Watson · II
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