El sabueso de los Baskerville·Episodio 19

Fragmento del diario del doctor Watson · I

~10 min · 1996 palabras

Hasta aquí he podido reproducir los informes que remití durante estos primeros días a Sherlock Holmes. Ahora, sin embargo, he llegado a un punto de mi relato en que me veo precisado a abandonar este procedimiento y confiar de nuevo en mis recuerdos, auxiliado por el diario que llevé en aquella época. Unos cuantos extractos de este último me conducirán hasta aquellas escenas grabadas de modo indeleble en todos sus detalles en mi memoria. Prosigo, pues, a partir de la mañana que siguió a nuestra infructuosa persecución del presidiario y a nuestras otras extrañas vivencias en el páramo.

16 de octubre. —Día gris y brumoso con una llovizna persistente. La casa se halla cercada por un mar de nubes bajas que se alzan de cuando en cuando para dejar ver las lúgubres ondulaciones del páramo, con delgadas vetas plateadas en las faldas de las colinas y los peñascos lejanos reluciendo donde la luz incide sobre sus mojadas superficies. Reina la melancolía por dentro y por fuera. El baronet sufre una sombría reacción tras las emociones de la noche. Yo mismo experimento un peso en el corazón y el presentimiento de un peligro inminente: un peligro siempre presente que resulta tanto más aterrador cuanto que soy incapaz de definirlo.

¿Y acaso no tengo motivos para abrigar semejante sentimiento? Considérese la larga serie de incidentes que han apuntado todos hacia una siniestra influencia que opera en torno a nosotros. Está la muerte del último morador de la mansión, que cumplió con tanta exactitud las circunstancias de la leyenda familiar, y están las repetidas declaraciones de campesinos sobre la aparición de una extraña criatura en el páramo. Dos veces he oído con mis propios oídos aquel sonido semejante al aullido lejano de un sabueso. Es increíble, imposible, que se halle verdaderamente fuera de las leyes ordinarias de la naturaleza. Un perro espectral que deja pisadas materiales y llena el aire con sus aullidos resulta una concepción insostenible. Stapleton puede comulgar con semejante superstición, y Mortimer también; pero si una cualidad poseo sobre la tierra es el sentido común, y nada me inducirá a creer en tal patraña. Hacerlo supondría descender al nivel de estos pobres campesinos, que no se contentan con un simple perro infernal sino que necesitan describirlo arrojando fuego por la boca y por los ojos. Holmes no prestaría oídos a tales fantasías, y yo soy su agente. Pero los hechos son hechos, y por dos veces he oído este clamor en el páramo. Supongamos que de veras anduviese suelto por allí un enorme sabueso: eso bastaría para explicarlo casi todo. Pero ¿dónde podría ocultarse semejante animal, de dónde sacaba su comida, de dónde procedía, cómo era posible que nadie lo viese a la luz del día? Hay que confesar que la explicación natural ofrece casi tantas dificultades como la sobrenatural. Y siempre, aparte del sabueso, queda el hecho de la intervención humana en Londres: el hombre del coche de punto y la carta anónima que prevenía a sir Henry contra el páramo. Esto al menos era real, pero bien pudo ser obra de un amigo protector como de un enemigo. ¿Dónde se halla ese amigo o enemigo ahora? ¿Ha permanecido en Londres o nos ha seguido hasta aquí? ¿Acaso podría ser... podría ser el desconocido a quien divisé sobre el peñasco?

Es verdad que solo pude echarle una sola mirada y sin embargo hay ciertas cosas de las que estoy dispuesto a responder bajo juramento. No es nadie a quien yo haya visto por aquí, y ya conozco a todos los vecinos. La figura era mucho más alta que la de Stapleton y mucho más delgada que la de Frankland. Pudo ser Barrymore, tal vez, pero le habíamos dejado a nuestras espaldas y tengo la certeza de que no pudo habernos seguido. Un desconocido continúa, pues, siguiéndonos los pasos, exactamente igual que un desconocido nos los siguió en Londres. Jamás nos hemos desembarazado de él. Si pudiera echarle la mano encima a ese hombre, entonces al fin nos veríamos al término de todas nuestras dificultades. A este único propósito debo consagrar ahora todas mis energías.

Mi primer impulso fue revelar todos mis planes a sir Henry. Mi segundo y más prudente parecer es jugar mi propia partida y hablar lo menos posible con nadie. Él se muestra taciturno y distraído. Sus nervios se hallan hondamente quebrantados por aquel sonido del páramo. No diré nada que aumente sus angustias, pero daré mis propios pasos para alcanzar mi fin.

Tuvimos un pequeño incidente esta mañana después de desayunar. Barrymore solicitó hablar con sir Henry y permanecieron encerrados en el despacho algún tiempo. Estando en la sala de billar oí más de una vez voces alzadas y me formé una idea bastante clara del punto sometido a discusión. Al cabo de un rato el baronet abrió la puerta y me llamó. «Barrymore considera que tiene motivos de queja —dijo—. Cree que fue desleal por nuestra parte salir de cacería tras su cuñado cuando él, por su propia voluntad, nos había confiado el secreto».

El mayordomo se hallaba en pie delante de nosotros, muy pálido pero dueño de sí.

—Tal vez hablara con excesivo calor, señor —dijo él—, y si fue así le ruego sinceramente que me perdone. Al mismo tiempo quedé muy sorprendido cuando les oí regresar esta mañana y supe que habían estado persiguiendo a Selden. Bastante tiene el desventurado con lo que le ha caído encima sin que yo le eche más gente sobre su rastro.

—Si nos lo hubiera dicho espontáneamente habría sido cosa muy distinta —dijo el baronet—; pero solo nos lo dijo usted, o más bien solo nos lo dijo su mujer, cuando se vio forzado a ello y no pudo remediarlo.

—No pensé que se aprovecharía de ello, sir Henry; de veras que no lo pensé.

—El hombre es un peligro público. Hay casas solitarias esparcidas por el páramo y es un sujeto capaz de cualquier cosa. No hace falta más que mirarle la cara para convencerse. Vea la casa del señor Stapleton, por ejemplo, sin nadie para defenderla salvo él mismo. No habrá seguridad para nadie hasta que esté a buen recaudo.

—No asaltará ninguna casa, señor; le doy mi solemne palabra de honor. Y no volverá a molestar jamás a nadie en este país. Le aseguro, sir Henry, que dentro de muy pocos días se habrán concluido los arreglos necesarios y estará camino de Sudamérica. ¡Por el amor de Dios, señor, le suplico que no avise a la policía de que continúa en el páramo! Ya han desistido de buscarle por aquí y puede aguardar tranquilo hasta que el barco esté listo para zarpar. No pueden denunciarle sin buscarnos la ruina a mi esposa y a mí. Le ruego, señor, que no diga nada a la policía.

—¿Qué opina usted, Watson?

Me encogí de hombros. «Si estuviese sano y salvo fuera del país aliviaría de una carga a los contribuyentes».

—¿Pero qué hay del peligro de que asalte a alguien antes de marcharse?

—No cometería jamás una locura semejante, señor. Nosotros le hemos abastecido puntualmente de todo cuanto pueda necesitar. Cometer un nuevo delito en este momento equivaldría a revelar ante todos el lugar en que se oculta.

—Eso es verdad —dijo sir Henry—. Bien, Barrymore...

—¡Dios le bendiga, señor, y muchas gracias de todo corazón! Habría matado a mi pobre mujer que le apresaran de nuevo.

—Me figuro que estamos encubriendo un delito, ¿verdad, Watson? Pero después de lo que hemos oído no me siento con ánimos de entregar al hombre, de modo que asunto concluido. Muy bien, Barrymore; puede retirarse.

Con unas cuantas palabras balbucientes de gratitud el hombre dio media vuelta, pero vaciló y luego regresó sobre sus pasos.

—Ha sido usted tan bondadoso con nosotros, señor, que me gustaría hacer cuanto pueda por usted en agradecimiento. Sé algo, sir Henry, y tal vez debí decirlo antes, pero fue mucho después de la investigación judicial cuando lo descubrí. No he respirado una sola palabra sobre ello a ningún mortal hasta ahora. Es sobre la muerte del pobre sir Charles.

El baronet y yo nos pusimos en pie al unísono. «¿Sabe usted cómo murió?».

—No, señor; eso no lo sé.

—¿Qué sabe, entonces?

—Sé por qué se encontraba en la cancela a aquella hora: iba a encontrarse con una mujer.

—¡A encontrarse con una mujer! ¿Él?

—Sí, señor.

—¿Y el nombre de la mujer?

—No puedo darle el nombre, señor, pero sí las iniciales. Sus iniciales eran L. L.

—¿Cómo sabe usted esto, Barrymore?

—Vea usted, sir Henry: su tío recibió una carta aquella mañana. Recibía por lo común muchísimas cartas, pues era una figura pública célebre por su buen corazón, de modo que cualquiera que se hallaba en apuros acudía con gusto a él. Pero aquella mañana, por casualidad, solo llegó esa carta, por lo que me fijé más en ella. Procedía de Coombe Tracey y la dirección estaba trazada con letra de mujer.

—¿Y bien?

—Bueno, señor, no volví a pensar en el asunto y jamás lo habría hecho de no haber sido por mi mujer. Hace pocas semanas estaba limpiando el despacho de sir Charles —que no se había tocado desde su fallecimiento— y encontró las cenizas de una carta quemada al fondo de la chimenea. La mayor parte estaba reducida a carbonilla, pero un pedacito, el borde de una hoja, se mantenía entero y la letra se leía todavía, gris sobre fondo negro. Nos pareció ser una posdata al final de la carta y decía: «Por favor, por favor, si es usted un caballero, queme esta carta y esté en la cancela a las diez en punto». Debajo iban firmadas las iniciales L. L.

—¿Conserva usted ese trozo de papel?

—No, señor; se deshizo en cenizas en cuanto lo tocamos.

—¿Había recibido sir Charles otras cartas con la misma letra?

—Bueno, señor, no me fijaba en particular en su correspondencia. No habría reparado en esa de no haber venido completamente sola.

—¿Y no tiene la menor idea de quién pueda ser L. L.?

—No, señor; no más que ustedes. Pero me imagino que si lográsemos dar con esa dama sabríamos más acerca de la muerte de sir Charles.

—No alcanzo a comprender, Barrymore, cómo ha podido ocultar un dato de tanta importancia.

—Vea usted, señor: fue inmediatamente después cuando nos sobrevino nuestra propia desgracia. Y luego además, señor, los dos estábamos sumamente apegados a sir Charles, como es natural considerando todo lo que hizo por nosotros. Remover esto no podía ayudar a nuestro pobre señor, y conviene andarse con pies de plomo cuando hay una dama de por medio. Hasta los mejores de nosotros...

—¿Pensó que podría perjudicar su reputación?

—Bueno, señor, pensé que ningún bien podía salir de ello. Pero ahora ustedes han sido generosos con nosotros y siento que sería una deslealtad no contarles cuanto sé sobre el caso.

—Muy bien, Barrymore; puede retirarse. —Cuando el mayordomo nos hubo dejado, sir Henry se volvió hacia mí—. Bueno, Watson, ¿qué opina de esta nueva luz?

—Me parece que deja las tinieblas más negras todavía que antes.

—Eso pienso yo también. Pero si logramos dar con L. L. se aclarará todo el asunto. Eso al menos lo hemos ganado: sabemos que hay alguien que conoce los hechos si logramos encontrarla. ¿Qué cree que debemos hacer?

—Informar a Holmes de todo ello en el acto. Le proporcionará la pista que andaba buscando. Mucho me equivoco si esto no le decide a venir.

Fui de inmediato a mi habitación y redacté para Holmes mi informe de la conversación de la mañana. Me resultaba evidente que andaba sumamente atareado últimamente, pues las notas que recibía de Baker Street eran escasas y breves, sin comentarios a los datos que le suministraba y apenas con una mención a mi cometido. No cabe duda de que ese asunto de chantaje absorbe todas sus energías. Y sin embargo este nuevo factor atraerá forzosamente su atención y reavivará su interés. Ojalá estuviera aquí.

Fin del Episodio 19 · de 30

Fragmento del diario del doctor Watson · I

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