El sabueso de los Baskerville·Episodio 18

La luz en el páramo [Segundo informe del doctor Watson] · III

~7 min · 1492 palabras

—¡Santo Dios, qué es eso, Watson?

—No lo sé. Es un sonido característico del páramo. Ya lo oí en otra ocasión.

El alarido se extinguió y un silencio sepulcral se cerró sobre nosotros. Permanecimos aguzando el oído, pero nada más se oyó.

—Watson —dijo el baronet—, era el aullido de un sabueso.

Se me heló la sangre en las venas, pues había en su voz una quiebra que revelaba el repentino espanto que se había apoderado de él.

—¿Cómo llaman a este sonido? —preguntó.

—¿Quiénes?

—Los campesinos de la comarca.

—Oh, son gentes ignorantes. ¿Qué le importa a usted cómo lo llamen?

—Dígamelo, Watson. ¿Qué dicen de él?

Vacilé, pero no pude esquivar la pregunta.

—Dicen que es el aullido del sabueso de los Baskerville.

Gimió y permaneció en silencio durante unos momentos.

—Un sabueso era —dijo al fin—, pero parecía venir de millas de distancia, por allá a lo lejos, creo yo.

—Resultaba difícil precisar de dónde procedía.

—Subía y bajaba con el viento. ¿No es aquella la dirección de la gran ciénaga de Grimpen?

—Sí, lo es.

—Pues venía de allí. Vamos, Watson, ¿no pensó usted mismo que era el aullido de un perro? No soy ningún niño; no tema decirme la verdad.

—Stapleton estaba conmigo cuando lo oí la última vez. Dijo que tal vez fuese el grito de un ave extraña.

—No, no; era un sabueso. ¡Dios mío! ¿Acaso habrá algo de verdad en todas esas leyendas? ¿Es posible que me encuentre verdaderamente en peligro por una causa tan tenebrosa? Usted no lo cree, ¿verdad, Watson?

—No, no.

—Y sin embargo una cosa era reírse de ello en Londres y otra muy distinta es hallarse aquí en medio de las tinieblas del páramo y oír semejante alarido. ¡Y mi tío! Allí estaba la huella del perro junto a su cadáver. Todo encaja. No creo ser ningún cobarde, Watson, pero ese sonido me ha helado la sangre. ¡Tóqueme la mano!

Estaba tan fría como un bloque de mármol.

—Mañana se sentirá mejor.

—No creo que logre quitarme ese alarido de la cabeza. ¿Qué me aconseja que hagamos ahora?

—¿Regresamos?

—¡No, por todos los diablos! Hemos salido a capturar a nuestro hombre y lo capturaremos. Nosotros tras el prófugo, y un sabueso del infierno, muy probablemente, tras nosotros. ¡Adelante! Iremos hasta el final aunque todos los demonios del abismo anden sueltos por el páramo.

Avanzamos tropezando lentamente en la oscuridad, rodeados por la mole negra de los cerros peñascosos, con el punto amarillo de luz ardiendo inmóvil frente a nosotros. No hay nada tan engañoso como la distancia de una luz en una noche de oscuridad absoluta: unas veces el resplandor parecía hallarse en el confín del horizonte y otras parecía estar a unos pocos pasos de nosotros. Mas al fin pudimos ver de dónde provenía y comprendimos que estábamos muy cerca. Una vela chorreante estaba hincada en una hendidura de las rocas, que la resguardaban por ambos lados impidiendo que el viento la apagase y evitando a la vez que fuese visible salvo en dirección a Baskerville Hall. Un peñasco de granito ocultaba nuestra aproximación, y agachados detrás de él miramos por encima hacia la luz de la señal. Resultaba extraño ver aquella solitaria vela ardiendo en mitad del páramo sin señal de vida en derredor: solo la llama amarilla y el brillo de la roca a cada lado.

—¿Qué hacemos ahora? —susurró sir Henry.

—Esperar aquí. Debe de andar cerca de su luz. Veamos si logramos vislumbrarle.

Apenas habían salido las palabras de mi boca cuando ambos le vimos. Por encima de las rocas en cuya hendidura ardía la vela asomó un rostro amarillo y perverso, una faz salvaje de alimaña, surcada y marcada por las más bajas pasiones. Cubierta de barro, con barba hirsuta y mechones de pelo enmarañado, bien hubiera podido pertenecer a uno de aquellos antiguos salvajes que habitaban en las madrigueras de las laderas. La luz que tenía debajo se reflejaba en sus ojos pequeños y astutos, que atisbaban ferozmente a derecha e izquierda a través de las tinieblas como fiera acorralada que ha oído los pasos de los cazadores.

Algo había despertado evidentemente sus sospechas. Bien pudo ser que Barrymore tuviese alguna señal privada que nosotros habíamos omitido dar, o el individuo pudo haber tenido algún otro motivo para sospechar que algo no iba bien; pero pude leer el recelo en su semblante criminal. En cualquier momento podía apagar la luz y desvanecerse en las sombras. Me abalancé hacia delante, pues, y sir Henry hizo lo mismo. En aquel mismo instante el presidiario soltó una maldición y nos arrojó una piedra que se hizo añicos contra el peñasco que nos había servido de parapeto. Pude vislumbrar su figura rechoncha, fornida y maciza cuando se puso en pie de un salto y echó a correr. Al mismo tiempo, por una afortunada coincidencia, la luna asomó entre las nubes. Coronamos la cumbre de la loma y allí estaba nuestro hombre descendiendo a gran velocidad por la vertiente opuesta, saltando sobre las piedras de su camino con la agilidad de una cabra montés. Un disparo afortunado de mi revólver tal vez le habría lisiado, pero solo lo había llevado para defenderme en caso de ataque y no para disparar contra un hombre desarmado que huía.

Éramos ambos buenos corredores y estábamos en razonable forma física, pero pronto comprobamos que no teníamos posibilidad alguna de alcanzarle. Le vimos durante largo rato bajo la luz de la luna hasta que quedó reducido a un punto diminuto que se movía velozmente entre los riscos por la falda de una colina lejana. Corrimos y corrimos hasta quedarnos completamente sin aliento, pero la distancia entre nosotros no hacía sino aumentar. Por último nos detuvimos y nos sentamos jadeantes sobre dos rocas, mientras le veíamos perderse en la lejanía.

Y fue en este instante cuando sobrevino la cosa más extraña e inesperada. Nos habíamos levantado de las rocas y nos disponíamos a regresar a casa tras haber abandonado la persecución infructuosa. La luna colgaba baja a nuestra derecha y el pico dentado de un peñasco de granito se recortaba contra la curva inferior de su disco de plata. Allí, perfilada tan negra como una estatua de ébano sobre aquel fondo reluciente, divisé la figura de un hombre sobre el risco. No vaya a creer que fue una ilusión, Holmes. Le aseguro que jamás en mi vida he visto nada con mayor nitidez. Por lo que pude colegir, la silueta correspondía a un hombre alto y delgado. Permanecía con las piernas algo separadas, los brazos cruzados y la cabeza gacha, como si contemplase meditabundo aquella inmensa soledad de turba y granito que se extendía a sus pies. Bien hubiera podido ser el mismísimo genio de aquel paraje terrible. No era el presidiario. Este hombre se hallaba muy lejos del lugar donde el prófugo había desaparecido. Además, era un hombre mucho más alto. Con un grito de asombro se lo señalé al baronet; pero en el instante en que me volví para asirle del brazo la figura se había esfumado. Allí seguía el pico agudo de granito cortando el borde inferior de la luna, pero en su cumbre no quedaba el menor rastro de aquella presencia silenciosa e inmóvil.

Quise marchar en aquella dirección y registrar el risco, pero se hallaba a considerable distancia. Los nervios del baronet vibraban aún por el impacto de aquel aullido que le recordaba la negra historia de su estirpe, y no se hallaba de humor para nuevas aventuras. No había visto a aquel hombre solitario sobre el peñasco y no podía experimentar la honda impresión que su extraña presencia y su porte dominante me habían producido. «Un carcelero, sin duda —dijo—. El páramo está plagado de ellos desde que este sujeto se escapó». Bueno, tal vez su explicación sea la acertada, pero me gustaría tener alguna prueba más concluyente. Hoy nos proponemos comunicar a las autoridades de Princetown dónde deben buscar a su hombre desaparecido, si bien resulta un desencanto no habernos apuntado el triunfo de traerlo de regreso como prisionero nuestro. Tales fueron las aventuras de anoche, y convendrá usted conmigo, mi querido Holmes, en que le he servido cumplidamente en lo que a mi informe se refiere. Mucho de lo que le cuento resulta sin duda secundario, pero aun así juzgo preferible facilitarle todos los hechos y dejar que usted mismo seleccione los que le resulten de mayor utilidad para llegar a sus conclusiones. Ciertamente estamos haciendo algún progreso. Por lo que respecta a los Barrymore hemos descubierto el móvil de su proceder, y eso ha despejado bastante el panorama. Pero el páramo, con sus misterios y sus extraños habitantes, continúa resultando tan indescifrable como siempre. Tal vez en mi próxima carta pueda arrojar alguna luz sobre este punto también. Lo mejor de todo sería que viniese usted a reunirse con nosotros. En cualquier caso tendrá nuevas noticias mías en el curso de los próximos días.

Fin del Episodio 18 · de 30

La luz en el páramo [Segundo informe del doctor Watson] · III

Siguiente Episodio 19~10 minFragmento del diario del doctor Watson · I“Es increíble, imposible, que se halle verdaderamente fuera de las leyes ordinarias de la naturaleza.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.