El sabueso de los Baskerville·Episodio 17

La luz en el páramo [Segundo informe del doctor Watson] · II

~12 min · 2386 palabras

No digo ahora que no esté loco —dijo sir Henry—; no puedo olvidar la mirada de sus ojos cuando corrió hacia mí esta mañana, pero tengo que admitir que ningún hombre podría presentar una disculpa más caballerosa de lo que él lo ha hecho.

—¿Dio alguna explicación de su conducta?

—Su hermana lo es todo en su vida, según dice. Eso es bastante natural y me alegro de que comprenda su valía. Siempre han vivido juntos y, a juzgar por su relato, él ha sido un hombre sumamente solitario sin otra compañía que la de ella, de modo que la idea de perderla le resultaba verdaderamente atroz. No había comprendido, dijo, que yo comenzara a cobrarle afecto, pero cuando vio con sus propios ojos que era así en verdad y que podían arrebatársela, le produjo tal conmoción que durante unos momentos no fue dueño de lo que decía ni hacía. Lamentaba muchísimo cuanto había sucedido y reconocía cuán insensato y egoísta resultaba imaginar que podría retener a una mujer tan hermosa como su hermana a su lado durante toda la vida. Si ella tenía que dejarle, prefería que fuese al lado de un vecino como yo antes que con ningún otro. Pero en todo caso era un golpe duro para él y necesitaría algún tiempo para hacerse a la idea. Retiraría toda oposición por su parte si yo prometía dejar el asunto en reposo durante tres meses y contentarme con cultivar la amistad de la dama durante ese plazo sin aspirar a su amor. Yo se lo prometí y así han quedado las cosas.

De modo que ahí tenemos aclarado uno de nuestros pequeños misterios. Ya es algo haber hecho pie en algún punto de este barrizal en el que nos debatimos. Sabemos ahora por qué Stapleton miraba con malos ojos al pretendiente de su hermana, aun cuando ese pretendiente era un partido tan ventajoso como sir Henry. Y ahora paso a otro cabo que he desenredado de la madeja: el misterio de los sollozos en la noche, del rostro bañado en lágrimas de la señora Barrymore y de las incursiones secretas del mayordomo hasta la ventana de celosía del ala de poniente. Felicíteme, mi querido Holmes, y dígame que no le he decepcionado como agente, que no lamenta la confianza que depositó en mí al enviarme aquí. Todas estas cosas han quedado enteramente esclarecidas gracias al trabajo de una sola noche.

He dicho «gracias al trabajo de una sola noche», pero en verdad fue gracias a dos noches de trabajo, pues en la primera nos quedamos completamente en blanco. Pasé la noche con sir Henry en sus habitaciones hasta casi las tres de la madrugada, pero no oímos ruido alguno fuera de las campanadas del reloj de la escalera. Fue una vigilia sumamente melancólica que concluyó quedándonos ambos dormidos en las butacas. Por fortuna no nos desanimamos y resolvimos intentarlo de nuevo. La noche siguiente bajamos la mecha de la lámpara y nos sentamos a fumar cigarrillos sin hacer el menor ruido. Resultaba increíble con cuánta lentitud transcurrían las horas; y sin embargo nos sostenía la misma clase de paciente expectación que debe de sentir el cazador que acecha la trampa en la que espera que caiga la pieza. Sonó la una, y las dos, y ya casi nos disponíamos por segunda vez a desistir desesperanzados cuando de pronto ambos nos incorporamos de golpe en nuestras butacas con todos nuestros sentidos embotados puestos en tensión al instante. Habíamos oído el crujido de un paso en el corredor.

Muy cautelosamente le oímos avanzar hasta apagarse en la distancia. Entonces el baronet abrió con sigilo su puerta y emprendimos la persecución. Nuestro hombre había doblado ya la galería y el corredor se hallaba sumido en tinieblas. Nos deslizamos suavemente hasta llegar a la otra ala. Estuvimos justo a tiempo de vislumbrar la alta figura de barba negra, con los hombros encorvados mientras caminaba de puntillas por el pasillo. Luego cruzó la misma puerta que en la ocasión anterior y la luz de la vela la recortó en la oscuridad, proyectando un único rayo amarillento a través de la penumbra del corredor. Avanzamos cautelosamente hacia ella, tanteando cada tabla antes de atrevernos a descargar todo nuestro peso sobre ella. Habíamos tomado la precaución de descalzarnos, pero aun así las viejas tablas chasqueaban y crujían bajo nuestras pisadas. A ratos parecía imposible que no oyese nuestra aproximación. Por fortuna el hombre es bastante duro de oído y se hallaba enteramente absorto en lo que hacía. Cuando al fin alcanzamos la puerta y atisbamos por la abertura le encontramos agachado junto a la ventana, vela en mano, con su rostro pálido y tenso pegado al cristal, exactamente igual que le había visto dos noches atrás.

No habíamos concertado ningún plan de acción, pero el baronet es un hombre para quien el camino más directo es siempre el más natural. Entró resueltamente en la habitación y al hacerlo Barrymore se incorporó de un salto con un sordo ahogo y se quedó, lívido y tembloroso, frente a nosotros. Sus ojos oscuros, desorbitados en la máscara blanca de su rostro, estaban llenos de horror y asombro mientras miraba alternativamente de sir Henry a mí.

—¿Qué hace usted aquí, Barrymore?

—Nada, señor. —Su agitación era tan intensa que apenas podía hablar, y las sombras bailaban arriba y abajo por el temblor de su vela—. Era la ventana, señor. Hago una ronda por la noche para comprobar que están cerradas.

—¿En el segundo piso?

—Sí, señor; todas las ventanas.

—Mire, Barrymore —dijo sir Henry con severidad—: estamos decididos a averiguar la verdad por boca de usted, de modo que se ahorrará sinsabores diciéndola más pronto que tarde. ¡Vamos! ¡Nada de embustes! ¿Qué hacía usted en esa ventana?

El individuo nos miró con desamparo y se retorció las manos como quien se halla en el colmo de la zozobra y la desesperación.

—No hacía nada malo, señor. Estaba sosteniendo una vela contra la ventana.

—¿Y por qué sostenía una vela contra la ventana?

—¡No me lo pregunte, sir Henry, no me lo pregunte! Le doy mi palabra, señor, de que no es secreto mío y de que no puedo revelarlo. Si no concerniese a nadie más que a mí no intentaría ocultárselo.

Una idea repentina me cruzó por la mente y tomé la vela de la mano temblorosa del mayordomo.

—Debía de sostenerla como señal —dije—. Veamos si hay alguna respuesta. —La sostuve como él había hecho y miré hacia las tinieblas de la noche. Vagamente alcanzaba a distinguir la masa oscura de los árboles y la extensión más clara del páramo, pues la luna se ocultaba tras las nubes. Y de pronto lancé un grito de júbilo, pues una diminuta mota de luz amarilla acababa de traspasar el velo oscuro, brillando inmóvil en el centro del cuadro negro recortado por la ventana.

—¡Ahí está! —exclamé.

—¡No, no, señor; no es nada, nada en absoluto! —interrumpió el mayordomo—. Le aseguro, señor...

—¡Mueva la luz a través de la ventana, Watson! —gritó el baronet—. ¡Mire, la otra también se mueve! Y ahora, bribón, ¿niega que se trate de una señal? ¡Vamos, hable! ¿Quién es su cómplice allá afuera y qué conspiración se trama aquí?

El rostro del hombre se volvió abiertamente desafiante. «Es asunto mío y no de ustedes. No diré una palabra».

—Entonces abandona mi servicio ahora mismo.

—Muy bien, señor. Si no hay más remedio, que así sea.

—Y se marcha deshonrado. ¡Por todos los demonios, bien puede avergonzarse de sí mismo! Su familia ha vivido con la mía más de cien años bajo este techo, y aquí le encuentro metido de lleno en alguna siniestra trama contra mí.

—¡No, no, señor; no contra usted! —Era la voz de una mujer, y la señora Barrymore, más pálida y aterrada aún que su marido, se hallaba en el umbral de la puerta. Su abultada figura envuelta en un chal y una falda habría resultado cómica de no ser por la desgarradora congoja de su rostro.

—Tenemos que marcharnos, Eliza. Se acabó. Puedes preparar nuestros bultos —dijo el mayordomo.

—¡Ay, John, John, a esto te he arrastrado! Es culpa mía, sir Henry; toda mía. Él no ha hecho nada salvo por complacerme a mí y porque yo se lo pedí.

—¡Hable entonces! ¿Qué significa esto?

—Mi desventurado hermano se está muriendo de hambre en el páramo. No podemos dejarle perecer a las mismas puertas de nuestra casa. La luz es una señal para indicarle que la comida está lista, y su luz allá afuera es para señalar el sitio donde debemos llevársela.

—¿Entonces su hermano es...?

—El presidiario fugado, señor: Selden, el criminal.

—Esa es la verdad, señor —dijo Barrymore—. Ya le dije que no era secreto mío y que no podía revelárselo. Pero ahora ya lo han oído y verán que si había una confabulación no era contra usted.

Esta era, pues, la explicación de las sigilosas incursiones nocturnas y de la luz en la ventana. Sir Henry y yo nos quedamos mirando a la mujer con asombro. ¿Era posible que aquella persona tan formal y respetable fuese de la misma sangre que uno de los criminales más sanguinarios del país?

—Sí, señor; mi apellido de soltera era Selden y él es mi hermano menor. Le consentimos demasiado cuando era muchacho y le dejamos hacer siempre su santa voluntad hasta que se convenció de que el mundo estaba hecho para su capricho y que podía hacer en él cuanto le viniese en gana. Luego, al crecer, dio con malas compañías y el diablo se apoderó de él hasta romper el corazón de mi madre y arrastrar nuestro apellido por el fango. De crimen en crimen fue cayendo más y más hondo hasta que solo la misericordia de Dios le libró del patíbulo; pero para mí, señor, siempre fue el niñito de pelo rizado a quien cuidé y con quien jugué como hermana mayor. Por eso se fugó del penal, señor: sabía que yo estaba aquí y que no podríamos negarle nuestro amparo. Cuando llegó arrastrándose una noche, extenuado y hambriento, con los carceleros pisándole los talones, ¿qué podíamos hacer? Le acogimos, le dimos de comer y cuidamos de él. Luego regresó usted, señor, y mi hermano pensó que estaría más seguro en el páramo que en ninguna otra parte hasta que amainase la persecución, de suerte que se quedó escondido allí. Pero cada dos noches comprobábamos si aún seguía en su puesto poniendo una luz en la ventana, y si había respuesta mi marido le llevaba pan y carne. Todos los días rezábamos para que hubiese huido, pero mientras siguiera allí no podíamos desampararle. Esa es toda la verdad, tan cierto como que soy una mujer cristiana y honrada; y comprenderá que si hay culpa en este asunto no recae sobre mi marido, sino sobre mí, por cuyo amor ha hecho él cuanto ha hecho.

Las palabras de la mujer brotaron con una seriedad tan honda que llevaban en sí la marca de la convicción.

—¿Es esto cierto, Barrymore?

—Sí, sir Henry; palabra por palabra.

—Bien; no puedo culparle por ponerse de parte de su propia esposa. Olviden lo que he dicho. Vayan a su habitación los dos y hablaremos más despacio de esto por la mañana.

Cuando se hubieron marchado miramos de nuevo por la ventana. Sir Henry la había abierto de par en par y el viento frío de la noche nos azotaba el rostro. A lo lejos, en la negra lontananza, brillaba todavía aquella diminuta mota de luz amarilla.

—Me admira que se atreva —dijo sir Henry.

—Estará dispuesta de modo que solo sea visible desde aquí.

—Muy probablemente. ¿A qué distancia calcula que se encuentra?

—Cerca del Peñasco Hendido, me parece.

—A no más de una o dos millas.

—Apenas eso.

—Bueno, no puede estar lejos si Barrymore tenía que llevarle la comida a pie. Y ahí está esperando, ese canalla, junto a la vela. ¡Por todos los diablos, Watson, salgo ahora mismo a capturar a ese hombre!

El mismo pensamiento me había cruzado por la cabeza. No era como si los Barrymore nos hubiesen confiado voluntariamente su secreto: se lo habíamos arrancado a la fuerza. Aquel individuo era un peligro público, un criminal sin entrañas para quien no cabía piedad ni excusa. No hacíamos sino cumplir con nuestro deber aprovechando la oportunidad de encerrarlo de nuevo donde no pudiera dañar a nadie. Con su natural feroz y despiadado, otros habrían de pagar las consecuencias si nosotros nos cruzábamos de brazos. Cualquier noche, por ejemplo, nuestros vecinos los Stapleton podían verse asaltados por él, y tal vez fuese la consideración de esto lo que volvía a sir Henry tan resuelto a emprender la aventura.

—Le acompaño —dije.

—Entonces coja su revólver y póngase las botas. Cuanto antes salgamos, mejor, pues el sujeto puede apagar la luz y marcharse.

En cinco minutos estábamos fuera de la casa, iniciando nuestra expedición. Cruzamos a paso vivo la oscura arboleda en medio del sordo gemido del viento otoñal y del susurro de las hojas que caían. El aire nocturno estaba cargado de olor a humedad y a hojas podridas. De vez en cuando la luna asomaba un instante, pero espesas nubes corrían por el cielo y, justo cuando salíamos a terreno descubierto en el páramo, una llovizna fina comenzó a caer. La luz continuaba ardiendo inmóvil frente a nosotros.

—¿Va armado? —pregunté.

—Llevo una fusta de caza.

—Tendremos que caer sobre él con rapidez, pues dicen que es un sujeto desesperado. Le cogeremos por sorpresa y le tendremos a nuestra merced antes de que pueda oponer resistencia.

—Dígame, Watson —dijo el baronet—, ¿qué diría Holmes de esto? ¿Qué hay de aquella hora de tinieblas en que los poderes del mal se hallan en su apogeo?

Como respondiendo a sus palabras brotó de pronto de la inmensa lobreguez del páramo aquel extraño alarido que ya había escuchado yo en los linderos de la gran ciénaga de Grimpen. Llegó con el viento a través del silencio de la noche: un murmullo largo y profundo, luego un aullido ascendente y por último el gemido desolado en que fue apagándose. Una y otra vez resonó, haciendo palpitar el aire entero: estridente, salvaje y amenazador. El baronet me aferró de la manga y su rostro se tornó blanco en la oscuridad.

Fin del Episodio 17 · de 30

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