La luz en el páramo [Segundo informe del doctor Watson] · I
~12 min · 2357 palabras
Baskerville Hall, 15 de octubre.
MI QUERIDO HOLMES:
Si me vi obligado a dejarle sin muchas noticias durante los primeros días de mi misión, debe reconocer que estoy recuperando el tiempo perdido y que los acontecimientos se precipitan ahora sobre nosotros en tropel. En mi último informe concluí con la escena de Barrymore junto a la ventana, y ahora dispongo ya de un caudal de noticias que, a menos que me equivoque de medio a medio, le causará considerable sorpresa. Las cosas han tomado un giro que no habría podido prever. En ciertos aspectos se han aclarado mucho en las últimas cuarenta y ocho horas y en otros se han vuelto más enrevesadas. Pero se lo referiré todo para que usted mismo juzgue.
Antes del desayuno, la mañana siguiente a mi aventura, recorrí el pasillo y examiné la habitación en la que había estado Barrymore la noche anterior. La ventana orientada a poniente por la que había mirado con tanta fijeza posee, según advertí, una peculiaridad sobre todas las demás ventanas de la casa: domina la vista más próxima sobre el páramo. Hay un claro entre dos árboles que permite desde este punto mirar directamente sobre él, mientras que desde todas las demás ventanas solo se obtiene una perspectiva lejana. Se sigue de ello, por tanto, que Barrymore, dado que solo esa ventana servía para su propósito, debía de estar al acecho de algo o de alguien en el páramo. La noche era muy oscura, de suerte que apenas puedo imaginar cómo esperaba divisar a nadie. Se me ocurrió que tal vez se tratase de alguna intriga amorosa. Eso explicaría sus pasos sigilosos y también la inquietud de su esposa. El hombre es de porte gallardo y bien dotado para robar el corazón de una campesina, por lo que esta teoría parecía tener algún asidero. La puerta que oí abrirse después de haber regresado a mi habitación podía significar que había salido a una cita clandestina. Así razonaba yo por la mañana, y le expongo el rumbo de mis sospechas por más que el resultado haya demostrado cuán infundadas eran.
Pero fuese cual fuese la verdadera explicación de los movimientos de Barrymore, sentí que la responsabilidad de guardármelos para mí solo hasta poder aclararlos era superior a mis fuerzas. Mantuve una entrevista con el baronet en su despacho después de desayunar y le referí cuanto había visto. Se mostró menos sorprendido de lo que yo esperaba.
—Sabía que Barrymore andaba por ahí de noche y tenía intención de hablarle de ello —dijo—. Dos o tres veces he oído sus pasos en el pasillo, yendo y viniendo, casi a la misma hora que usted menciona.
—Tal vez acuda todas las noches a esa ventana en particular —sugerí.
—Tal vez lo haga. En tal caso deberíamos seguirle la pista y ver qué se trae entre manos. Me pregunto qué haría su amigo Holmes si estuviera aquí.
—Creo que haría exactamente lo que usted acaba de proponer —respondí—. Seguiría a Barrymore y vería qué hace.
—Entonces lo haremos juntos.
—Pero seguramente nos oirá.
—El hombre es algo duro de oído y en todo caso debemos correr el riesgo. Nos quedaremos levantados en mi habitación esta noche y esperaremos a que pase. —Sir Henry se frotó las manos de contento, y fue evidente que acogía la aventura como un alivio a su existencia un tanto monótona en el páramo.
El baronet se ha puesto en contacto con el arquitecto que preparó los planos para sir Charles y con un contratista de Londres, de suerte que cabe esperar que pronto comiencen aquí grandes obras. Han venido decoradores y tapiceros de Plymouth, y es manifiesto que nuestro amigo tiene grandes ideas y no escatimará gastos ni desvelos para restaurar el esplendor de su familia. Cuando la casa esté renovada y amueblada de nuevo, todo lo que necesitará será una esposa para que la dicha sea completa. Entre nosotros, hay indicios bastante claros de que no faltará si la dama consiente, pues rara vez he visto a un hombre más encaprichado con una mujer de lo que él lo está con nuestra hermosa vecina, la señorita Stapleton. Y sin embargo el curso del verdadero amor no discurre con tanta placidez como cabría esperar en tales circunstancias. Hoy, por ejemplo, sus aguas se vieron agitadas por una marejada muy inesperada que ha causado a nuestro amigo considerable perplejidad y disgusto.
Tras la conversación que he citado acerca de Barrymore, sir Henry se puso el sombrero y se dispuso a salir. Como cosa natural, hice yo lo propio.
—¿Cómo, también viene usted, Watson? —preguntó mirándome de un modo curioso.
—Depende de si va usted al páramo —respondí.
—Sí, allá voy.
—Bueno, ya sabe cuáles son mis instrucciones. Siento entrometerme, pero usted mismo oyó con cuánta insistencia recalcó Holmes que no debía separarme de usted, y muy especialmente que no debía usted salir solo al páramo.
Sir Henry me puso la mano sobre el hombro con una sonrisa afable.
—Mi querido amigo —dijo—, Holmes, con toda su sabiduría, no previó ciertas cosas que han sucedido desde que estoy en el páramo. ¿Me comprende? Estoy seguro de que es usted el último hombre en el mundo que desearía ser un aguafiestas. Tengo que salir solo.
Aquello me colocó en la situación más incómoda. No sabía qué decir ni qué hacer, y antes de que me decidiera él tomó su bastón y se marchó.
Pero al reflexionar sobre el asunto mi conciencia me reprochó amargamente haber consentido, bajo cualquier pretexto, que se alejara de mi vista. Me imaginé cuáles serían mis sentimientos si tuviese que regresar junto a usted y confesarle que alguna desgracia había sobrevenido por desatender sus instrucciones. Le aseguro que me ardieron las mejillas al solo pensarlo. Podía no ser demasiado tarde aún para alcanzarle, de modo que me puse en marcha de inmediato en dirección a Merripit House.
Apresuré el paso por el camino a toda prisa sin divisar a sir Henry hasta llegar al punto donde se bifurca el sendero del páramo. Allí, temiendo haberme equivocado de dirección después de todo, subí a una colina desde la que dominaba el paisaje: la misma colina que tiene abierta la cantera sombría. Desde allí le divisé al instante. Se hallaba en el sendero del páramo, a cosa de un cuarto de milla de distancia, y a su lado caminaba una dama que no podía ser otra que la señorita Stapleton. Era evidente que ya existía un acuerdo entre ellos y que se habían citado de antemano. Caminaban despacio, enfrascados en profunda conversación, y la vi hacer vivos ademanes con las manos como si hablase con gran vehemencia, mientras él escuchaba con atención y en una o dos ocasiones sacudía la cabeza en enérgico desacuerdo. Me quedé entre las rocas contemplándolos, sumamente perplejo sobre lo que debía hacer a continuación. Seguirles e interrumpir su conversación íntima parecía un atropello, y sin embargo mi deber inexcusable era no perderle de vista ni un solo instante. Hacer de espía con un amigo era una tarea odiosa. Con todo, no hallé mejor solución que observarle desde la loma y descargar mi conciencia confesándole después lo que había hecho. Es verdad que si algún peligro repentino le hubiese amenazado me encontraba demasiado lejos para ser de utilidad; y sin embargo estoy seguro de que convendrá conmigo en que el trance era muy difícil y en que nada más cabía en mis manos.
Nuestro amigo sir Henry y la dama se habían detenido en el sendero y permanecían profundamente absortos en su plática cuando de pronto advertí que no era yo el único testigo de su entrevista. Una mancha verde flotando en el aire atrajo mi mirada, y una segunda ojeada me reveló que iba prendida en una vara empuñada por un hombre que avanzaba por el terreno quebrado. Era Stapleton con su cazamariposas. Se hallaba mucho más cerca de la pareja que yo y parecía dirigirse hacia ellos. En aquel instante sir Henry atrajo bruscamente a la señorita Stapleton hacia sí. La rodeaba con el brazo, pero me pareció que ella forcejeaba por apartarse con el rostro vuelto. Él inclinó la cabeza hacia la de ella y la joven alzó una mano como protestando. Al instante siguiente les vi separarse de un salto y volverse precipitadamente. Stapleton era la causa de la interrupción: corría desatentamente hacia ellos con su absurda red bamboleándose a la espalda. Gesticulaba y casi bailaba de excitación frente a los amantes. Qué significaba aquella escena no podía imaginarlo, pero me pareció que Stapleton increpaba a sir Henry, quien le ofrecía explicaciones que se tornaban más ásperas a medida que el otro se negaba a aceptarlas. La dama permanecía a un lado en altivo silencio. Por último Stapleton dio media vuelta e hizo un ademán perentorio a su hermana, quien, tras una vacilante mirada a sir Henry, echó a andar al lado de su hermano. Los ademanes coléricos del naturalista revelaron que la joven no quedaba excluida de su disgusto. El baronet permaneció un minuto mirándoles marchar y luego emprendió el regreso lentamente por donde había venido, con la cabeza gacha, fiel imagen del abatimiento.
Qué significaba todo aquello era incapaz de concebirlo, pero me avergonzaba hondamente haber presenciado una escena tan íntima a espaldas de mi amigo. Bajé, pues, corriendo la loma y me encontré con el baronet al pie de ella. Tenía el rostro encendido de ira y el ceño fruncido, como hombre que no sabe qué partido tomar.
—¡Hola, Watson! ¿De dónde ha caído usted? —dijo—. ¿No querrá decirme que me ha seguido a pesar de todo?
Se lo expliqué todo: cómo me había resultado imposible quedarme atrás, cómo le había seguido y cómo había presenciado cuanto aconteció. Por un instante sus ojos centellearon contra mí, pero mi franqueza desarmó su enojo y acabó por soltar una carcajada un tanto resignada.
—Cualquiera pensaría que el centro de este páramo era un sitio bastante seguro para estar a solas —dijo—, pero ¡por todos los demonios!, parece que toda la comarca se ha dado cita para verme hacer la corte... ¡y qué corte tan desastrosa! ¿Dónde se había colocado usted para ver la función?
—Estaba en aquella colina.
—En la última fila, ¿eh? Pero su hermano estaba en primerísima fila. ¿Le vio salirnos al paso?
—Sí, le vi.
—¿Le pareció alguna vez que estuviese loco... ese hermano suyo?
—No puedo decir que me lo haya parecido nunca.
—Ya me figuro que no. Siempre le tuve por bastante cuerdo hasta hoy; pero créame que o él o yo deberíamos llevar camisa de fuerza. ¿Qué me pasa a mí, a fin de cuentas? Usted ha vivido a mi lado unas cuantas semanas, Watson. ¡Dígame la verdad ahora mismo! ¿Hay algo en mí que me impida ser un buen marido para una mujer a la que ame?
—Diría que no.
—No puede poner reparos a mi posición social, de suerte que debe de ser a mi propia persona a lo que tiene ojeriza. ¿Qué tiene contra mí? Jamás he hecho daño a hombre ni a mujer en mi vida que yo sepa. Y sin embargo no me permitió ni rozar la punta de sus dedos.
—¿Se lo dijo así?
—Eso y mucho más. Le aseguro, Watson, que solo la conozco desde hace unas semanas, pero desde el primer instante sentí que estaba hecha para mí; y ella también... era feliz cuando estaba conmigo, de eso puedo responder. Hay una luz en los ojos de una mujer que habla más elocuentemente que las palabras. Pero él nunca nos ha permitido estar juntos y solo hoy vi por primera vez la ocasión de hablarle a solas unas cuantas palabras. Se alegró de encontrarse conmigo, pero en cuanto nos vimos no quiso hablar de amor y no me habría dejado hablar de ello si hubiese podido evitarlo. No hacía más que insistir en que este era un lugar de peligro y en que jamás sería feliz hasta que yo me marchase. Le contesté que desde que la había conocido no tenía ninguna prisa por irme, y que si de veras quería que me marchara la única forma de conseguirlo era disponerse a venir conmigo. Con eso le ofrecí abiertamente casarme con ella; pero antes de que pudiera responder apareció ese hermano suyo, corriendo hacia nosotros con cara de loco furioso. Estaba blanco de rabia y aquellos ojos claros suyos echaban chispas de cólera. ¿Qué hacía yo con la señorita? ¿Cómo me atrevía a importunarla con atenciones que le resultaban enojosas? ¿Acaso pensaba que por ser baronet podía hacer lo que me diera la gana? Si no llega a ser su hermano habría sabido contestarle como merecía. Tal como estaban las cosas le dije que mis sentimientos hacia su hermana eran de los que no tenía por qué avergonzarme y que confiaba en que ella me honrase convirtiéndose en mi esposa. Eso no pareció mejorar la situación, de modo que también yo perdí los estribos y le respondí con más acaloramiento del debido, tal vez, considerando que ella estaba delante. La cosa acabó con su marcha con ella, como usted vio, y aquí me tiene: tan desconcertado como cualquiera en este condado. Dígame qué significa todo esto, Watson, y le quedaré más agradecido de lo que jamás podré pagarle.
Ensayé una o dos explicaciones, pero ciertamente yo mismo me hallaba del todo perplejo. El título de nuestro amigo, su fortuna, su edad, su carácter y su presencia juegan enteramente a su favor, y nada sé en contra suya a no ser este negro destino que persigue a su linaje. Que sus pretensiones fuesen rechazadas con tal aspereza sin consultar los deseos de la dama y que la dama aceptase la situación sin protestar resultaba de lo más asombroso. Con todo, nuestras conjeturas quedaron zanjadas por una visita del propio Stapleton esa misma tarde. Había venido a presentar sus excusas por su grosería de la mañana, y tras una larga entrevista privada con sir Henry en su despacho el resultado de su conversación fue que la herida ha quedado del todo cicatrizada y que cenaremos en Merripit House el próximo viernes como muestra de reconciliación.
Fin del Episodio 16 · de 30
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