El sabueso de los Baskerville·Episodio 15

Primer informe del doctor Watson · II

~6 min · 1136 palabras

He conocido a otro vecino desde mi última carta. Se trata del señor Frankland, de Lafter Hall, que vive a unas cuatro millas al sur de nosotros. Es un anciano de rostro encendido, cabellos blancos y carácter colérico. Su pasión son las leyes británicas y ha dilapidado una cuantiosa fortuna en pleitos. Litiga por el mero placer de litigar y está igualmente dispuesto a defender uno u otro lado de una causa, de modo que no es de extrañar que le haya resultado una diversión sumamente costosa. A veces clausura una servidumbre de paso y desafía al municipio a obligarle a abrirla; en otras ocasiones derriba con sus propias manos la valla de algún vecino y asegura que por allí discurría un sendero desde tiempo inmemorial, desafiando al dueño a demandarle por allanamiento de morada. Es docto en antiguos fueros señoriales y derechos comunales, y aplica sus conocimientos unas veces a favor de los aldeanos de Fernworthy y otras en contra suya, de suerte que periódicamente o bien es paseado en triunfo por la calle del pueblo o bien quemado en efigie, según su última hazaña. Dicen que tiene unos siete pleitos entre manos en la actualidad, que probablemente se tragarán el resto de su hacienda, quitándole así el aguijón y dejándole inofensivo para el porvenir. Fuera de los pleitos parece un hombre bondadoso y afable, y solo le menciono porque usted insistió en que le enviase alguna descripción de las personas que nos rodean. Actualmente se dedica a una curiosa ocupación: aficionado a la astronomía, posee un telescopio excelente con el que se echa en el tejado de su casa y escudriña el páramo todo el día con la esperanza de avistar al penado evadido. Si limitase sus energías a esto todo iría bien, pero corren rumores de que pretende demandar al doctor Mortimer por profanación de sepultura sin consentimiento de los herederos, por haber desenterrado el cráneo neolítico del túmulo de Long Down. Contribuye a librar nuestra existencia de la monotonía y aporta un toque cómico donde tanta falta hace.

Y ahora, habiéndole puesto al día sobre el presidiario prófugo, los Stapleton, el doctor Mortimer y Frankland de Lafter Hall, permítame concluir con lo más importante y contarle más acerca de los Barrymore, y muy en particular sobre el sorprendente acontecimiento de anoche.

En primer término, acerca del telegrama de prueba que envió desde Londres para cerciorarse de que Barrymore se encontraba realmente aquí. Ya le he explicado que el testimonio del encargado de correos demuestra que la prueba no sirvió de nada y que no disponemos de certeza en ningún sentido. Le expuse a sir Henry cómo estaban las cosas, y él de inmediato, con su llaneza habitual, hizo comparecer a Barrymore y le preguntó si había recibido personalmente el telegrama. Barrymore respondió que sí.

—¿Le entregó el muchacho el telegrama en sus propias manos? —preguntó sir Henry.

Barrymore pareció sorprendido y reflexionó unos instantes.

—No —dijo—; me encontraba en el desván de los baúles en aquel momento y mi esposa me lo subió.

—¿Respondió usted mismo?

—No; le dije a mi esposa lo que debía contestar y ella bajó a redactarlo.

Por la noche él mismo volvió a sacar el tema por propia iniciativa.

—No comprendí muy bien el motivo de sus preguntas de esta mañana, sir Henry —dijo—. Confío en que no signifiquen que he hecho algo que me prive de su confianza.

Sir Henry tuvo que asegurarle que no era así y apaciguarlo regalándole una parte considerable de su ropa vieja, habiendo llegado ya todo su guardarropa de Londres.

La señora Barrymore me parece digna de atención. Es una mujer pesada y maciza, de miras muy estrechas, sumamente respetable y con inclinaciones puritanas. Difícilmente podría concebirse a una persona menos emotiva. Y sin embargo ya le conté cómo la primera noche aquí la oí sollozar amargamente, y desde entonces he observado más de una vez huellas de lágrimas en sus mejillas. Alguna profunda pesadumbre le roe constantemente el corazón. A veces me pregunto si no la atormentará algún recuerdo culpable, y a veces sospecho que Barrymore sea un tirano doméstico. Siempre sentí que había algo extraño y sospechoso en el carácter de este hombre, pero la aventura de anoche ha colmado todas mis sospechas.

Y sin embargo puede parecer una insignificancia en sí misma. Sabe usted que no tengo el sueño muy pesado, y desde que monto guardia en esta casa he dormido más ligero que nunca. Anoche, hacia las dos de la madrugada, me despertaron unos pasos cautelosos que pasaban ante mi puerta. Me levanté, entreabrí la puerta y atisbé hacia afuera. Una larga sombra negra se arrastraba por el corredor. La proyectaba un hombre que caminaba suavemente por el pasillo con una vela en la mano. Iba en camisa y pantalones, descalzo. Solo pude divisar su silueta, pero su estatura me indicó que era Barrymore. Caminaba muy despacio y con gran circunspección, y había algo indeciblemente culpable y furtivo en todo su porte.

Ya le he mencionado que el corredor queda interrumpido por la balaustrada que rodea el vestíbulo, pero que continúa en el lado opuesto. Esperé a que se perdiera de vista y luego le seguí. Cuando doblé la balaustrada había alcanzado el extremo del corredor opuesto, y por el resplandor de la luz a través de una puerta abierta pude ver que había entrado en una de las habitaciones. Ahora bien: todas esas habitaciones están desocupadas y sin amueblar, de suerte que su expedición resultaba más misteriosa que nunca. La luz brillaba inmóvil como si él permaneciera de pie sin moverse. Me deslicé por el pasillo con el menor ruido posible y asomé la cabeza por el quicio de la puerta.

Barrymore estaba agachado junto a la ventana, sosteniendo la vela contra el cristal. Su perfil quedaba medio vuelto hacia mí y su rostro parecía rígido de expectación mientras miraba fijamente hacia la negrura del páramo. Durante algunos minutos permaneció escudriñando con atención. Luego profirió un hondo gemido y con un ademán de impaciencia apagó la luz. En el acto emprendí el camino de regreso a mi habitación, y muy poco después se oyeron de nuevo los pasos sigilosos que regresaban. Mucho más tarde, cuando había conciliado un sueño ligero, oí girar una llave en alguna cerradura, pero no pude determinar de dónde procedía el ruido. Qué signifique todo esto no alcanzo a adivinarlo; pero alguna intriga secreta se urde en esta casa sombría a cuyo fondo llegaremos tarde o temprano. No le molesto con mis teorías, pues me pidió que le facilitase únicamente hechos. He mantenido una larga conversación con sir Henry esta mañana y hemos trazado un plan de acción fundado en mis observaciones de anoche. No le hablaré de ello ahora mismo, pero hará que mi próximo informe sea de lo más interesante.

Fin del Episodio 15 · de 30

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