Primer informe del doctor Watson · I
~7 min · 1499 palabras
A partir de este punto seguiré el curso de los acontecimientos transcribiendo mis propias cartas al señor Sherlock Holmes, que tengo ahora ante mí sobre la mesa. Falta una página, pero en lo demás están exactamente como fueron escritas y reflejan mis impresiones y sospechas del momento con mayor fidelidad de la que mi memoria, por muy clara que sea respecto a estos trágicos sucesos, podría alcanzar jamás.
Baskerville Hall, 13 de octubre.
MI QUERIDO HOLMES:
Mis cartas y telegramas anteriores le han mantenido bastante al corriente de cuanto ha sucedido en este rincón tan apartado del mundo. Cuanto más tiempo pasa uno aquí, más se empapa el alma del espíritu del páramo: de su inmensidad y también de su tétrico encanto. Una vez que uno se adentra en su seno, deja tras de sí todo rastro de la Inglaterra moderna; pero, por otra parte, se hace consciente por doquier de las moradas y del trabajo de los pueblos prehistóricos. Por todos lados, conforme camina, se hallan las casas de esa gente olvidada, con sus túmulos sepulcrales y los descomunales monolitos que se supone marcaban sus templos. Al contemplar sus chozas de piedra gris sobre las laderas escarpadas, uno deja atrás su propia época, y si viese salir por la baja abertura a un hombre velludo y vestido con pieles ajustando una flecha de pedernal a la cuerda de su arco, sentiría que su presencia allí resulta más natural que la de uno mismo. Lo curioso es que hayan vivido tan densamente en lo que debió de ser siempre un suelo de lo más estéril. No soy arqueólogo, pero imagino que debieron de ser alguna tribu pacífica y acosada que se vio forzada a aceptar lo que nadie más quería ocupar.
Todo esto, no obstante, es ajeno a la misión para la que me envió y resultará sumamente aburrido para su mente rigurosamente práctica. Aún recuerdo su completa indiferencia acerca de si el sol giraba alrededor de la tierra o la tierra alrededor del sol. Permítame, pues, regresar a los hechos que conciernen a sir Henry Baskerville.
Si no ha tenido informe alguno en estos últimos días ha sido porque hasta hoy no había nada de importancia que relatar. Entonces sobrevino una circunstancia de lo más sorprendente que le referiré a su debido tiempo. Mas antes de nada debo ponerle al corriente de algunos de los otros factores de la situación.
Uno de ellos, del que poco le he hablado, es el presidiario evadido en el páramo. Hay poderosas razones para creer que ha logrado escapar lejos, lo cual supone un alivio considerable para los solitarios habitantes de este distrito. Ha transcurrido una quincena desde su fuga, durante la cual nadie le ha visto ni se ha sabido nada de él. Resulta a todas luces inverosímil que haya podido sostenerse en el páramo durante todo este tiempo. Desde luego, en lo que atañe a su ocultamiento no hay dificultad alguna: cualquiera de estas chozas de piedra le brindaría una guarida. Pero no hay nada que comer a menos que cace y degüelle alguna de las ovejas del páramo. Creemos, por consiguiente, que se ha marchado, y los granjeros de los alrededores duermen más tranquilos a causa de ello.
Nosotros somos cuatro hombres fornidos en esta casa, de modo que podemos defendernos perfectamente; pero confieso que he pasado momentos de inquietud al pensar en los Stapleton. Viven a muchas millas de cualquier auxilio. Son una doncella, un criado anciano, la hermana y el hermano, siendo este último un hombre de escasa fuerza física. Estarían indefensos en manos de un individuo desesperado como ese criminal de Notting Hill si lograse entrar en la casa. Tanto a sir Henry como a mí nos preocupó su situación y se propuso que el mozo de cuadra Perkins fuese a pernoctar allí, pero Stapleton no quiso ni oír hablar de ello.
El hecho es que nuestro amigo el baronet empieza a mostrar un interés considerable por nuestra hermosa vecina. No es de extrañar, pues el tiempo transcurre con pesadez en este paraje solitario para un hombre activo como él, y ella es una mujer sumamente hermosa y fascinante. Hay en ella algo exótico y tropical que contrasta singularmente con su hermano, frío y desprovisto de emoción. Y sin embargo él también da la impresión de ocultar fuegos soterrados. Ejerce ciertamente una influencia muy marcada sobre ella, pues la he visto mirarle de continuo mientras habla como buscando aprobación para sus palabras. Confío en que la trate bien. Hay un fulgor seco en sus ojos y un apretar firme en sus delgados labios que revelan un carácter autoritario y tal vez inflexible. Le encontraría usted muy interesante como objeto de estudio.
Vino a visitar a Baskerville el primer día, y a la mañana siguiente nos llevó a ambos a enseñarnos el paraje donde se originó, según dicen, la leyenda del malvado Hugo. Fue una excursión de varias millas por el páramo hasta un lugar tan lúgubre que bien pudo haber inspirado el relato. Encontramos un angosto valle entre riscos agrestes que conducía a un claro herboso salpicado de plantas de algodón blanco. En medio se alzaban dos grandes monolitos, desgastados y aguzados en su parte superior hasta semejar los colosales y carcomidos colmillos de alguna bestia monstruosa. Todo se correspondía fielmente con el escenario de la antigua tragedia. Sir Henry mostró gran interés y preguntó a Stapleton en más de una ocasión si realmente creía en la posibilidad de la intervención de lo sobrenatural en los asuntos humanos. Hablaba en tono ligero, pero saltaba a la vista que lo preguntaba muy en serio. Stapleton se mostró cauto en sus respuestas, pero resultaba fácil advertir que decía menos de lo que pensaba y que no expresaba su entera opinión por consideración a los sentimientos del baronet. Nos habló de casos semejantes, en los que ciertas familias habían padecido bajo una influencia funesta, y nos dejó la impresión de que compartía el parecer popular sobre el asunto.
De regreso nos detuvimos a almorzar en Merripit House, y fue allí donde sir Henry conoció a la señorita Stapleton. Desde el primer instante en que la vio pareció vivamente atraído por ella, y mucho me equivoco si el sentimiento no fue correspondido. Habló de ella una y otra vez durante nuestro paseo de regreso a casa, y desde entonces apenas ha pasado un día en que no nos hayamos visto con los dos hermanos. Cenan aquí esta noche y se ha hablado de que vayamos a su casa la semana próxima. Uno imaginaría que semejante enlace sería muy bien acogido por Stapleton, y sin embargo más de una vez he sorprendido en su rostro una mirada del más enérgico desagrado cuando sir Henry colmaba de atenciones a su hermana. No cabe duda de que le tiene mucho cariño y llevaría una vida solitaria sin ella; pero parecería el colmo del egoísmo oponerse a que contraiga un matrimonio tan brillante. Con todo, estoy seguro de que no desea que su intimidad desemboque en amor, y en varias ocasiones he observado que se toma grandes molestias para evitar que se queden a solas. Por cierto, sus instrucciones de no permitir jamás que sir Henry salga solo se volverán mucho más engorrosas si a nuestras demás dificultades se suma una intriga amorosa. Mi popularidad no tardaría en resentirse si tuviera que cumplir sus órdenes al pie de la letra.
El otro día —el jueves, para ser más exactos— el doctor Mortimer almorzó con nosotros. Ha estado haciendo excavaciones en un túmulo de Long Down y ha obtenido un cráneo prehistórico que le llena de júbilo. ¡Jamás hubo un entusiasta más absorto en su afición que él! Los Stapleton se presentaron después y el buen doctor nos condujo a todos a la alameda de tejos, a petición de sir Henry, para mostrarnos con exactitud cómo aconteció todo aquella noche fatal. Es un paseo largo y lúgubre la alameda de tejos, entre dos altos muros de seto recortado, con una angosta franja de hierba a cada lado. En el extremo opuesto hay un cenador viejo y destartalado. A mitad del recorrido se encuentra la cancela del páramo, donde el anciano caballero dejó caer la ceniza de su cigarro. Es una cancela blanca de madera provista de pestillo. Más allá se extiende el ancho páramo. Recordé su teoría sobre el caso e intenté representarme todo lo sucedido. Mientras el anciano permanecía allí, vio llegar algo a través del páramo: algo que le aterró de tal modo que perdió el juicio y corrió y corrió hasta morir de puro horror y agotamiento. Allí estaba el largo y sombrío túnel por el que huyó. ¿Y huyendo de qué? ¿De un perro de pastor del páramo? ¿O de un sabueso espectral, negro, silencioso y monstruoso? ¿Hubo mano humana en el suceso? ¿Acaso el pálido y vigilante Barrymore sabía más de lo que deseaba decir? Todo resultaba vago y nebuloso, pero detrás se proyectaba siempre la negra sombra del crimen.
Fin del Episodio 14 · de 30
Primer informe del doctor Watson · I
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