El sabueso de los Baskerville·Episodio 13

Los Stapleton de Merripit House · II

~10 min · 2074 palabras

Toda la empinada cuesta estaba salpicada de anillos circulares de piedra gris, una veintena de ellos al menos.

—¿Qué son? ¿Corrales de ovejas?

—No; son las moradas de nuestros venerables antepasados. El hombre prehistórico pobló densamente el páramo, y como nadie en particular ha vivido aquí desde entonces encontramos todas sus pequeñas instalaciones exactamente como él las dejó. Estas son sus chozas desprovistas de techo. Incluso puede ver su hogar y su lecho si tiene la curiosidad de entrar.

—Pero es un verdadero poblado. ¿Cuándo estuvo habitado?

—Por el hombre neolítico; sin fecha fija.

—¿A qué se dedicaba?

—Apacentaba su ganado en estas laderas y aprendió a extraer estaño cuando la espada de bronce comenzó a sustituir al hacha de piedra. Mire la gran zanja en la colina de enfrente: esa es su huella. Sí, encontrará detalles muy singulares en el páramo, doctor Watson. ¡Ah, perdóneme un instante! ¡A buen seguro es una Cyclopides!

Una pequeña mariposa o polilla había cruzado nuestro sendero y en un instante Stapleton se lanzó en su persecución con una energía y una velocidad extraordinarias. Con consternación mía, el insecto voló derecho hacia la gran ciénaga, y mi conocido no vaciló un solo instante, saltando de mata en mata tras él con la red verde agitándose en el aire. Sus ropas grises y su avance desmañado, en zigzag y a sacudidas, le hacían semejarse a una polilla gigante él mismo. Me hallaba contemplando su carrera con una mezcla de admiración ante su extraordinaria agilidad y de temor a que diese un paso en falso en el traicionero fango, cuando oí el rumor de unos pasos y, volviéndome, descubrí a una mujer cerca de mí sobre el sendero. Procedía de la dirección en que la columna de humo señalaba el emplazamiento de Merripit House, pero la hondonada del terreno la había ocultado hasta que estuvo muy próxima.

No dudé de que fuese la señorita Stapleton de quien me habían hablado, ya que las damas de cualquier condición debían escasear en el páramo, y recordé que alguien me la había descrito como una mujer hermosa. La que se me acercaba lo era sin duda alguna, y de un tipo verdaderamente insólito. No cabía mayor contraste entre hermano y hermana, pues mientras Stapleton era de tez descolorida, pelo claro y ojos grises, ella era más morena que cualquier mujer que yo hubiera visto en Inglaterra: esbelta, elegante y alta. Tenía un rostro altivo y de facciones finas, tan regulares que habrían parecido impasibles de no ser por una boca sensible y unos hermosos ojos negros y apasionados. Con su figura perfecta y su elegante atuendo resultaba, en verdad, una extraña aparición en un sendero solitario del páramo. Sus ojos estaban clavados en su hermano cuando me volví, y luego apresuró el paso hacia mí. Me quité el sombrero y me disponía a hacer alguna observación aclaratoria cuando sus propias palabras desviaron todos mis pensamientos hacia un nuevo cauce.

—¡Márchese! —dijo—. ¡Regrese inmediatamente a Londres, ahora mismo!

Solo pude mirarla con muda estupefacción. Sus ojos echaban chispas y golpeaba el suelo con el pie en un ademán de impaciencia.

—¿Por qué he de regresar? —pregunté.

—No puedo explicárselo. —Hablaba con voz baja y vehemente, con un leve y curioso ceceo al pronunciar—. Pero por el amor de Dios haga lo que le pido. Regrese y no vuelva a poner los pies en el páramo jamás.

—Pero si acabo de llegar.

—¡Hombre de Dios! —exclamó ella—. ¿No sabe distinguir cuándo una advertencia es por su propio bien? ¡Regrese a Londres! ¡Parta esta misma noche! ¡Aléjese de este lugar a toda costa! ¡Chitón, viene mi hermano! Ni una palabra de lo que he dicho. ¿Le importaría alcanzarme esa orquídea de entre los juncos de allá? Somos muy ricos en orquídeas en el páramo, aunque desde luego llega usted algo tarde para contemplar las bellezas del lugar.

Stapleton había abandonado la caza y regresaba hacia nosotros jadeante y con el rostro acalorado por el esfuerzo.

—¡Hola, Beryl! —dijo, y me pareció que el tono de su saludo no era del todo cordial.

—Vaya, Jack, vienes muy sofocado.

—Sí, estaba persiguiendo una Cyclopides. Es muy rara y difícilmente se la encuentra a finales de otoño. ¡Qué lástima habérmela perdido! —Hablaba con indiferencia, pero sus ojillos claros miraban incesantemente de la joven a mí.

—Ya veo que se han presentado.

—Sí. Le decía a sir Henry que llegaba un poco tarde para apreciar las verdaderas bellezas del páramo.

—¡Cómo! ¿Quién cree usted que es este caballero?

—Me imagino que debe de ser sir Henry Baskerville.

—No, no —dije yo—. Solo un humilde ciudadano particular, pero amigo suyo. Me llamo doctor Watson.

Un vivo rubor de contrariedad tiñó su expresivo rostro. «Hemos estado hablando de cosas distintas», dijo ella.

—Vaya, pues no habrán tenido mucho tiempo para hablar —observó su hermano con la misma mirada inquisitiva.

—Hablé como si el doctor Watson fuese un vecino del lugar en vez de un simple visitante —dijo ella—. Poco puede importarle si es pronto o tarde para las orquídeas. Pero vendrán, ¿verdad?, a conocer Merripit House.

Una breve caminata nos llevó hasta allí: una casa destemplada en medio del páramo, que antaño fue la granja de algún hacendado en los viejos tiempos de prosperidad, pero ahora reparada y convertida en vivienda moderna. Un huerto la rodeaba, pero los árboles, como suele ocurrir en el páramo, eran achaparrados y raquíticos, y el efecto de conjunto resultaba pobre y melancólico. Nos abrió la puerta un criado anciano, enjuto y descolorido, con ropas raídas, que encajaba perfectamente con la casa. Por dentro, sin embargo, había aposentos amplios amueblados con una elegancia en la que me pareció reconocer el buen gusto de la dama. Al mirar desde sus ventanas el interminable páramo jaspeado de granito que se extendía sin interrupción hasta el lejano horizonte, no pude menos de maravillarme de qué habría podido inducir a aquel hombre tan instruido y a aquella hermosa mujer a vivir en semejante lugar.

—Un rincón extraño para elegirlo, ¿verdad? —dijo él como respondiendo a mi pensamiento—. Y sin embargo nos las arreglamos para ser bastante felices, ¿no es así, Beryl?

—Muy felices —dijo ella, pero no había ningún acento de convicción en sus palabras.

—Yo dirigía un colegio —dijo Stapleton—. Estaba en el norte del país. Aquel trabajo, para un hombre de mi temperamento, resultaba mecánico y poco estimulante; pero el privilegio de convivir con la juventud, de contribuir a moldear aquellas mentes jóvenes y de inculcarles el propio carácter e ideales me era sumamente grato. Sin embargo, el destino se volvió en nuestra contra. Se declaró una grave epidemia en la escuela y tres muchachos fallecieron. El colegio no se repuso del golpe y buena parte de mi capital quedó irremediablemente perdida. Y sin embargo, si no fuese por la pérdida de la encantadora compañía de los muchachos, casi me alegraría de mi desgracia, pues con mi viva inclinación por la botánica y la zoología encuentro aquí un campo inagotable de estudio, y mi hermana es tan apasionada de la Naturaleza como yo. Todo esto, doctor Watson, se lo ha buscado usted por la expresión con que contemplaba el páramo desde nuestra ventana.

—Ciertamente me cruzó por la mente la idea de que pudiera resultar un poco monótono... menos para usted, tal vez, que para su hermana.

—No, no; nunca me aburro —dijo ella apresuradamente.

—Tenemos libros, tenemos nuestros estudios y tenemos vecinos interesantes. El doctor Mortimer es un hombre muy docto en su especialidad. El pobre sir Charles era asimismo un compañero admirable. Le tratamos mucho y le echamos de menos más de lo que puedo expresar. ¿Cree que sería una indiscreción si me acercase esta tarde a saludar y hacer el conocimiento de sir Henry?

—Estoy seguro de que se sentirá encantado.

—Entonces quizá tenga la amabilidad de anunciarle mi visita. En nuestra humilde medida tal vez podamos contribuir a facilitarle las cosas hasta que se habitúe a su nuevo entorno. ¿Quiere subir al piso de arriba, doctor Watson, y examinar mi colección de lepidópteros? Creo que es la más completa de todo el suroeste de Inglaterra. Para cuando haya terminado de verla el almuerzo estará casi a punto.

Pero yo ardía en deseos de regresar junto a mi protegido. La melancolía del páramo, la muerte del desventurado poni, el sonido pavoroso asociado a la tétrica leyenda de los Baskerville: todo teñía mis reflexiones de tristeza. Y sobre estas impresiones más o menos vagas había caído la advertencia taxativa y perentoria de la señorita Stapleton, formulada con una seriedad tan honda que no podía dudar de que obedecía a un motivo muy grave y profundo. Resistí toda insistencia para quedarme a almorzar y emprendí de inmediato el regreso siguiendo el sendero cubierto de hierba por el que habíamos venido.

Parece, no obstante, que debía existir algún atajo para quienes conocían el terreno, pues antes de llegar al camino real me quedé atónito al ver a la señorita Stapleton sentada sobre una roca junto a la vereda. Tenía el rostro bellamente encendido por la carrera y se llevaba la mano al costado.

—He venido corriendo todo el camino para cortarle el paso, doctor Watson —dijo—. Ni siquiera tuve tiempo de ponerme el sombrero. No puedo detenerme o mi hermano me echará de menos. Deseaba decirle cuánto lamento la estúpida equivocación en que incurrí al tomarle a usted por sir Henry. Le ruego que olvide las palabras que le dije, que no tienen aplicación alguna para usted.

—Pero no puedo olvidarlas, señorita Stapleton —dije yo—. Soy amigo de sir Henry y su bienestar me preocupa de manera muy directa. Dígame por qué tenía tanto empeño en que sir Henry regresase a Londres.

—Un capricho de mujer, doctor Watson. Cuando me conozca mejor comprenderá que no siempre puedo dar razones de lo que digo o hago.

—No, no; recuerdo el temblor de su voz. Recuerdo la mirada de sus ojos. Por favor, sea franca conmigo, señorita Stapleton, pues desde que llegué aquí tengo la sensación de que las sombras me rodean. La vida se ha vuelto como esa gran ciénaga de Grimpen, con pequeñas manchas verdes por todas partes en las que uno puede hundirse sin guía que señale el sendero. Dígame qué quiso decir y le prometo transmitir su advertencia a sir Henry.

Una expresión de vacilación cruzó por su semblante durante un instante, mas sus ojos volvieron a endurecerse al responderme.

—Le da usted demasiada importancia, doctor Watson —dijo ella—. Mi hermano y yo nos sentimos hondamente impresionados por la muerte de sir Charles. Lo conocíamos íntimamente, pues su paseo predilecto era a través del páramo hasta nuestra casa. La maldición que pesaba sobre su familia le causaba una honda impresión, y cuando sobrevino la tragedia sentí con naturalidad que debía de haber algún fundamento para los temores que él manifestaba. Me angustió, pues, que otro miembro de la familia viniese a radicarse aquí, y sentí que debía advertírsele del peligro que correría. Eso era todo cuanto pretendía comunicarle.

—¿Pero cuál es ese peligro?

—¿Conoce la historia del sabueso?

—No creo en semejantes tonterías.

—Pues yo sí creo. Si tiene alguna influencia sobre sir Henry, lléveselo de este lugar que siempre ha resultado fatal para su estirpe. El mundo es muy ancho. ¿Por qué empeñarse en vivir en un sitio peligroso?

—Porque es el lugar del peligro. Así es el temperamento de sir Henry. Temo que a menos que pueda facilitarme alguna información más precisa que esta me resulte imposible convencerlo de que se marche.

—No puedo decir nada más preciso, porque nada más preciso sé.

—Le formularía una sola pregunta más, señorita Stapleton. Si no se refería más que a eso cuando me habló al principio, ¿por qué no quería que su hermano escuchara lo que decía? No hay nada en ello a lo que él ni nadie pudiera oponer reparo alguno.

—Mi hermano tiene sumo interés en que la mansión esté habitada, porque considera que es para el bien de los pobres del páramo. Se enojaría muchísimo si supiera que he dicho algo capaz de inducir a sir Henry a marcharse. Pero ya he cumplido con mi deber y no diré una sola palabra más. Debo regresar, o me echará en falta y sospechará que le he visto. ¡Adiós! —Dio media vuelta y en pocos minutos desapareció entre los riscos esparcidos, mientras yo, con el alma henchida de temores indefinidos, reanudaba el camino hacia Baskerville Hall.

Fin del Episodio 13 · de 30

Los Stapleton de Merripit House · II

Siguiente Episodio 14~7 minPrimer informe del doctor Watson · I“Todo esto, no obstante, es ajeno a la misión para la que me envió y resultará sumamente aburrido para su mente rigurosamente práctica.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.