Los Stapleton de Merripit House · I
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La fresca belleza de la mañana siguiente contribuyó en parte a borrar de nuestro ánimo la sombría y gris impresión que a ambos nos había causado nuestra primera experiencia en Baskerville Hall. Mientras sir Henry y yo desayunábamos, la luz del sol entraba a raudales por las altas ventanas con parteluces, proyectando irisadas manchas de color procedentes de los escudos heráldicos que las adornaban. El oscuro artesonado resplandecía como el bronce bajo los rayos dorados, y costaba trabajo imaginar que aquella fuese la misma estancia que tanta pesadumbre nos había infundido la noche anterior.
—¡Me figuro que a nosotros mismos y no a la casa es a quien debemos culpar! —dijo el baronet—. Estábamos fatigados por el viaje y ateridos por el trayecto en coche, de modo que lo vimos todo de color gris. Ahora estamos descansados y con fuerzas, y todo vuelve a parecer risueño.
—Y sin embargo, no fue del todo cuestión de imaginación —respondí—. ¿Oyó usted por ventura sollozar a alguien, a una mujer según creo, durante la noche?
—Es curioso, porque medio dormido me pareció percibir algo por el estilo. Aguardé bastante tiempo, pero no se repitió, así que concluí que todo había sido un sueño.
—Yo lo oí con toda claridad, y estoy seguro de que se trataba en efecto del llanto de una mujer.
—Tendremos que preguntar por esto de inmediato. —Tocó la campanilla y preguntó a Barrymore si podía dar alguna explicación de lo sucedido. Me pareció que las pálidas facciones del mayordomo perdían un tono más de color al escuchar la pregunta de su señor.
—Solo hay dos mujeres en la casa, sir Henry —respondió él—. Una es la fregona, que duerme en la otra ala. La otra es mi esposa, y puedo responder de que el sonido no procedía de ella.
Y sin embargo mentía al decirlo, pues dio la casualidad de que después del desayuno me encontré con la señora Barrymore en el largo corredor con el sol dándole de lleno en el rostro. Era una mujer corpulenta, impasible, de facciones pesadas y boca de expresión adusta y apretada. Pero sus ojos delatores estaban enrojecidos y me miraron entre párpados hinchados. Era ella, pues, quien había llorado en la noche, y si lo había hecho su marido debía saberlo necesariamente. No obstante, él había corrido el evidente riesgo de ser descubierto al afirmar que no era así. ¿Por qué había obrado de ese modo? ¿Y por qué lloraba ella con tanta amargura? Ya en torno a este hombre pálido, apuesto y de barba negra se iba espesando una atmósfera de misterio y desasosiego. Había sido él el primero en descubrir el cadáver de sir Charles, y solo teníamos su palabra sobre todas las circunstancias que condujeron a la muerte del anciano. ¿Acaso era posible que fuese Barrymore, después de todo, a quien habíamos visto en el coche en Regent Street? La barba muy bien podía ser la misma. El cochero había descrito a un hombre algo más bajo, pero semejante impresión podía haber sido errónea. ¿Cómo zanjar la cuestión para siempre? Evidentemente, lo primero que convenía hacer era ver al administrador de correos de Grimpen y averiguar si el telegrama de prueba había sido puesto en propias manos de Barrymore. Fuese cual fuese la respuesta, tendría al menos algo concreto que comunicar a Sherlock Holmes.
Sir Henry tenía numerosos papeles que examinar después del desayuno, de modo que el momento resultaba propicio para mi excursión. Fue una agradable caminata de cuatro millas bordeando el páramo, que me condujo al fin hasta una pequeña aldea gris en la que dos edificios de mayor tamaño, que resultaron ser la posada y la casa del doctor Mortimer, descollaban sobre el resto. El jefe de correos, que era asimismo el tendero del pueblo, recordaba con precisión el telegrama.
—Desde luego, señor —dijo—; hice entregar el telegrama al señor Barrymore exactamente según las instrucciones.
—¿Quién lo entregó?
—Mi muchacho aquí presente. James, tú entregaste ese telegrama al señor Barrymore en la mansión la semana pasada, ¿verdad?
—Sí, padre; yo lo entregué.
—¿En sus propias manos? —pregunté.
—Bueno, él estaba arriba en el desván en aquel momento, de modo que no pude ponérselo en su propia mano; pero se lo di a la señora Barrymore y ella prometió entregárselo en el acto.
—¿Vio usted al señor Barrymore?
—No, señor; ya le digo que estaba en el desván.
—Si no lo vio, ¿cómo sabe que estaba en el desván?
—Bueno, es de suponer que su propia esposa sabrá dónde está —dijo el tendero con aspereza—. ¿Acaso no recibió el telegrama? Si ha habido algún error le corresponde al propio señor Barrymore quejarse.
Parecía inútil continuar con las indagaciones, pero resultaba evidente que a pesar de la estratagema de Holmes no teníamos prueba alguna de que Barrymore no hubiese estado en Londres todo el tiempo. Supongamos que fuese así; supongamos que el mismo hombre hubiese sido el último en ver vivo a sir Charles y el primero en seguir la pista al nuevo heredero en cuanto regresó a Inglaterra. ¿Qué significaba eso? ¿Era el agente de otros o abrigaba algún siniestro propósito personal? ¿Qué interés podía tener en perseguir a la familia Baskerville? Pensé en la extraña advertencia recortada del artículo editorial del Times. ¿Había sido obra suya o era tal vez obra de alguien empeñado en desbaratar sus planes? El único móvil concebible era el sugerido por sir Henry: que si lograban ahuyentar a la familia, los Barrymore tendrían asegurada una morada cómoda y permanente. Pero desde luego semejante explicación resultaba del todo insuficiente para dar cuenta de la profunda y sutil intriga que parecía tejer una red invisible en torno al joven baronet. El propio Holmes había manifestado que ningún caso más complejo se le había presentado en toda la dilatada serie de sus sensacionales investigaciones. Rogué para mis adentros, mientras recorría el camino gris y solitario de regreso, que mi amigo se viese pronto libre de sus ocupaciones y pudiera bajar a quitar de mis hombros este pesado fardo de responsabilidad.
De pronto mis cavilaciones se vieron interrumpidas por el ruido de unos pasos que corrían a mi espalda y por una voz que me llamaba por mi nombre. Me volví esperando ver al doctor Mortimer, pero con gran sorpresa mía descubrí que era un desconocido quien me seguía. Se trataba de un hombre menudo, delgado, completamente afeitado, de rostro relamido, cabello rubio lacio y mandíbula fina, de entre treinta y cuarenta años de edad, vestido con traje gris y con un sombrero de paja. Una caja de hojalata para muestras botánicas colgaba de su hombro y llevaba una cazamariposas verde en una mano.
—Disculpará usted, estoy seguro, mi atrevimiento, doctor Watson —dijo acercándose jadeante a donde yo estaba—. Aquí en el páramo somos gente llana y no esperamos presentaciones formales. Quizá haya oído mi nombre de labios de nuestro amigo común, Mortimer. Soy Stapleton, de Merripit House.
—Su red y su caja de muestras me lo habrían revelado —dije—, pues sabía que el señor Stapleton era naturalista. Pero ¿cómo me reconoció usted?
—Estuve visitando a Mortimer, y él me señaló su figura desde la ventana de su consulta cuando pasaba usted por allí. Como nuestro camino llevaba la misma dirección, pensé en alcanzarle y presentarme. Confío en que sir Henry no se resienta de su viaje.
—Se encuentra muy bien, gracias.
—Todos temíamos un poco que tras la triste muerte de sir Charles el nuevo baronet se negase a instalarse aquí. Es exigir mucho de un hombre acaudalado que venga a sepultarse en un rincón como este; pero no necesito decirle que significa muchísimo para la comarca. Supongo que sir Henry no abrigará temores supersticiosos sobre el asunto.
—No creo que sea probable.
—Por supuesto conocerá la leyenda del perro infernal que persigue a la familia.
—La he oído mencionar.
—¡Es increíble lo crédulos que son los campesinos por aquí! Un sinfín de ellos están dispuestos a jurar que han visto semejante criatura en el páramo. —Habló con una sonrisa, pero me pareció leer en sus ojos que se tomaba el asunto más en serio—. La leyenda caló muy hondo en la imaginación de sir Charles, y no me cabe duda de que influyó en su trágico desenlace.
—¿Pero de qué modo?
—Tenía los nervios tan desquiciados que la aparición de cualquier perro habría tenido un efecto fatal sobre su corazón enfermo. Me figuro que vio realmente algo de esa clase aquella última noche en la alameda de tejos. Temí que sobreviniese algún desastre, pues le tenía un gran afecto al anciano y sabía lo débil que estaba su corazón.
—¿Cómo supo usted eso?
—Me lo dijo mi amigo Mortimer.
—¿Cree usted, entonces, que algún perro persiguió a sir Charles y que él murió del espanto consiguiente?
—¿Tiene usted una explicación mejor?
—No he llegado a ninguna conclusión.
—¿Y el señor Sherlock Holmes?
Aquellas palabras me cortaron la respiración por un instante, pero una ojeada al semblante apacible y a los ojos fijos de mi interlocutor demostró que no pretendía dar una sorpresa.
—Es inútil que finjamos que no le conocemos, doctor Watson —dijo él—. Las hazañas de su detective han llegado hasta nosotros, y usted no podía celebrarlo a él sin darse a conocer a sí mismo. Cuando Mortimer me dijo su nombre no pudo negar su identidad. Si usted se encuentra aquí, se sigue de ello que el señor Sherlock Holmes se interesa por el asunto, y siento una curiosidad natural por saber qué opinión le merece.
—Temo no poder contestar a esa pregunta.
—¿Puedo preguntar si nos honrará con una visita en persona?
—No puede salir de Londres por el momento. Tiene otros casos que absorben su atención.
—¡Qué lástima! Podría arrojar alguna luz sobre lo que tan oscuro resulta para nosotros. Pero en cuanto a sus propias pesquisas, si en algo puedo serle de utilidad le ruego que disponga de mí. Si tuviera alguna indicación sobre la naturaleza de sus sospechas o sobre cómo se propone investigar el caso, tal vez pudiera darle ahora mismo alguna ayuda o consejo.
—Le aseguro que me encuentro aquí sencillamente de visita con mi amigo sir Henry y que no necesito ayuda de ninguna clase.
—¡Excelente! —dijo Stapleton—. Hace usted muy bien en ser precavido y discreto. Me merezco el reproche por lo que reconozco que fue una indiscreta intromisión, y le prometo que no volveré a tocar el tema.
Habíamos llegado a un punto en que un sendero estrecho y herboso se desviaba del camino y serpenteaba a través del páramo. A la derecha se alzaba una ladera empinada y pedregosa que en tiempos remotos había sido explotada como cantera de granito. La pared que daba hacia nosotros formaba un escarpe sombrío con helechos y zarzas brotando de sus hendiduras. Por encima de una loma lejana flotaba una columna gris de humo.
—Un paseo moderado por este sendero del páramo nos conduce a Merripit House —dijo él—. Tal vez disponga de una hora para que tenga el placer de presentarle a mi hermana.
Mi primer pensamiento fue que debía permanecer al lado de sir Henry. Pero luego recordé la pila de papeles y facturas de que estaba repleto su escritorio. Era seguro que no podía ayudarle en aquello. Y Holmes me había encargado expresamente estudiar a los vecinos del páramo. Acepté la invitación de Stapleton y echamos a andar juntos por el sendero.
—Es un lugar maravilloso, el páramo —dijo contemplando las colinas onduladas, largas olas verdes coronadas por crestas de granito dentado que semejaban un oleaje fantástico—. Uno nunca se cansa del páramo. No puede imaginarse los asombrosos secretos que encierra. Es tan vasto, tan estéril y tan misterioso...
—¿Lo conoce usted bien, entonces?
—Solo llevo dos años aquí. Los habitantes del lugar me considerarían un recién llegado. Nos instalamos poco después de que sir Charles fijase aquí su residencia. Pero mis aficiones me empujaron a explorar cada rincón de la comarca, y creo que pocos hombres la conocen mejor que yo.
—¿Es difícil de conocer?
—Dificilísimo. Vea usted, por ejemplo, esa gran llanura que se abre al norte con esas extrañas colinas que descuellan sobre ella. ¿Observa algo singular en ese paraje?
—Sería un sitio magnífico para galopar.
—Eso pensaría cualquiera por instinto, y esa idea le ha costado la vida a más de uno. ¿Repara en esas manchas de un verde brillante tan densamente esparcidas por ella?
—Sí; parecen más fértiles que el resto.
Stapleton se echó a reír. «Esa es la gran ciénaga de Grimpen», dijo. «Un paso en falso allí dentro significa la muerte para hombres y animales. Ayer mismo vi a uno de los ponis del páramo internarse en ella. Nunca volvió a salir. Vi su cabeza asomar durante largo rato por el hoyo de fango, pero la ciénaga acabó por tragárselo. Hasta en las épocas secas es peligroso cruzarla, mas tras estas lluvias otoñales es un lugar aterrador. Y sin embargo, puedo llegar hasta su mismísimo corazón y regresar con vida. ¡Por todos los santos, ahí va otro de esos desdichados ponis!».
Un bulto pardo se debatía y revolcaba entre los juncos verdes. De pronto un cuello largo, retorcido en la agonía, se alzó en el aire y un grito horrendo resonó en el páramo. Se me heló la sangre de horror, pero los nervios de mi compañero parecían más templados que los míos.
—¡Se acabó! —dijo—. El fango lo ha atrapado. Dos en dos días, y muchos más probablemente, porque se acostumbran a pastar allí en la estación seca y no notan la diferencia hasta que la ciénaga los tiene entre sus garras. Es un paraje traicionero la gran ciénaga de Grimpen.
—¿Y dice usted que es capaz de cruzarla?
—Sí; hay uno o dos senderos que un hombre muy ágil puede seguir. Yo los he descubierto.
—¿Pero qué motivo puede tener para aventurarse en un lugar tan espantoso?
—Bueno, ¿ve usted las colinas del fondo? Son verdaderas islas rodeadas por todos lados por la ciénaga infranqueable, que las ha ido cercando al cabo de los años. Allí es donde se encuentran las plantas raras y las mariposas, si se tiene el ingenio necesario para llegar hasta ellas.
—Algún día probaré suerte.
Me miró con expresión asombrada. «¡Por el amor de Dios, quítese esa idea de la cabeza!», exclamó. «Su muerte pesaría sobre mi conciencia. Le aseguro que no tendría la menor posibilidad de regresar con vida. Solo recordando determinados puntos de referencia sumamente complejos soy capaz de hacerlo».
—¡Hola! —exclamé—. ¿Qué es eso?
Un gemido largo y apagado, de una tristeza indecible, recorrió el páramo. Inundó todo el aire y, sin embargo, resultaba imposible determinar de dónde provenía. De un rumor sordo fue creciendo hasta convertirse en un bramido profundo, para luego descender de nuevo hasta un murmullo melancólico y palpitante. Stapleton me miró con una extraña expresión en el rostro.
—¡Un lugar singular el páramo! —dijo.
—¿Pero qué es eso?
—Los campesinos dicen que es el sabueso de los Baskerville que reclama a su presa. Lo he oído una o dos veces antes, pero nunca con tanta fuerza.
Miré a mi alrededor, con un escalofrío de temor en el corazón, aquella inmensa llanura ondulada sembrada de manchas verdes de juncos. Nada se movía en la vasta extensión salvo una pareja de cuervos que graznaban con fuerza desde una peña a nuestra espalda.
—Usted es un hombre ilustrado. ¿No creerá semejantes patrañas? —dije—. ¿Cuál cree que es la causa de tan extraño sonido?
—Las ciénagas emiten ruidos extraños a veces. Es el lodo al asentarse, o el agua que sube, o algo parecido.
—No, no; eso era una voz viva.
—Bueno, tal vez lo fuera. ¿Ha oído alguna vez el bramido de un avetoro?
—No, jamás.
—Es un ave muy rara, prácticamente extinguida en Inglaterra hoy día; pero todo es posible en el páramo. Sí; no me extrañaría saber que lo que hemos oído es el grito del último de los avetoros.
—Es lo más sobrecogedor y extraño que jamás he oído en mi vida.
—Sí, es un lugar bastante siniestro en conjunto. Mire la ladera de enfrente. ¿Qué opina de eso?
Fin del Episodio 12 · de 30
Los Stapleton de Merripit House · I
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