El retrato de Dorian Gray·Episodio 08

Capítulo IV · I

~13 min · 2616 palabras

Una tarde, un mes más tarde, Dorian Gray descansaba en un lujoso sillón, en la pequeña biblioteca de la casa de lord Henry en Mayfair. Era, a su modo, una habitación muy encantadora, con su alto artesonado de roble teñido de aceituna, su friso color crema y su techo de yesería en relieve, y su alfombra de fieltro de color ladrillo sobre la que reposaban alfombras persas de seda con largos flecos. Sobre una mesita de madera satinada se erguía una estatuilla de Clodion, y a su lado descansaba un ejemplar de Les Cent Nouvelles, encuadernado para Margarita de Valois por Clovis Eve y salpicado de las margaritas doradas que la reina había elegido por emblema. Unos grandes jarrones de porcelana azul y tulipanes papagayo se alineaban sobre la repisa de la chimenea, y a través de los pequeños cristales emplomados de la ventana entraba a raudales la luz color albaricoque de un día de verano en Londres.

Lord Henry aún no había regresado. Llegaba tarde por principio, siendo su principio que la puntualidad es la ladrona del tiempo. De modo que el muchacho parecía algo huraño mientras hojeaba con dedos indolentes las páginas de una edición primorosamente ilustrada de Manon Lescaut que había hallado en una de las librerías. El tictac formal y monótono del reloj Luis XIV le fastidiaba. Una o dos veces pensó en marcharse.

Al fin oyó pasos fuera y la puerta se abrió. «¡Qué tarde llegas, Harry!», murmuró.

—Me temo que no es Harry, señor Gray —respondió una voz chillona.

Él miró vivamente a su alrededor y se puso de pie. «Le pido perdón. Creí que...».

—Creyó usted que era mi marido. Es solo su esposa. Debe permitirme que me presente. Lo conozco muy bien por sus fotografías. Creo que mi marido tiene diecisiete de ellas.

—¿No diecisiete, lady Henry?

—Bueno, dieciocho, entonces. Y lo vi con él la otra noche en la ópera —rió nerviosamente mientras hablaba, y lo observó con sus vagos ojos de nomeolvides. Era una mujer curiosa, cuyos vestidos siempre parecían haber sido diseñados en un arrebato de furia y puestos en medio de una tempestad. Solía estar enamorada de alguien y, como su pasión jamás era correspondida, había conservado todas sus ilusiones. Procuraba lucir pintoresca, pero solo lograba verse desaliñada. Se llamaba Victoria y sentía una auténtica manía por acudir a la iglesia.

—¿Fue en Lohengrin, lady Henry, creo yo?

—Sí; fue en el querido Lohengrin. La música de Wagner me gusta más que la de ningún otro. Es tan ruidosa que una puede charlar todo el tiempo sin que los demás oigan lo que una dice. Es una gran ventaja, ¿no le parece, señor Gray?

La misma risa nerviosa y entrecortada brotó de sus delgados labios, y sus dedos comenzaron a juguetear con un largo abrecartas de carey.

Dorian sonrió y sacudió la cabeza: «Me temo que no opino lo mismo, lady Henry. Jamás hablo durante la música... al menos, durante la buena música. Si se oye mala música, es deber de uno ahogarla en conversación».

—¡Ah! Esa es una de las opiniones de Harry, ¿verdad, señor Gray? Siempre me entero de las opiniones de Harry por medio de sus amigos. Es el único modo en que llego a conocerlas. Pero no vaya a creer que no me gusta la buena música. La adoro, pero le tengo miedo. Me vuelve demasiado romántica. He idolatrado a pianistas... a dos a la vez, a veces, según me dice Harry. No sé qué tienen. Tal vez sea que son extranjeros. Todos lo son, ¿no es verdad? Incluso los nacidos en Inglaterra se vuelven extranjeros al cabo de un tiempo, ¿no es así? Es tan inteligente de su parte, y un cumplido tan grande para el arte. Lo vuelve todo tan cosmopolita, ¿verdad? Nunca ha venido a ninguna de mis reuniones, ¿verdad, señor Gray? Tiene que venir. No puedo costearme orquídeas, pero no escatimo en extranjeros. Hacen que los salones luzcan tan pintorescos. ¡Pero aquí está Harry! Harry, vine a buscarte para preguntarte algo... olvidé qué era... y me encontré aquí con el señor Gray. Tuvimos una charla sumamente agradable sobre música. Tenemos exactamente las mismas ideas. No; creo que nuestras ideas son del todo distintas. Pero ha sido de lo más agradable. Me alegro tanto de haberlo visto.

—Estoy encantado, querida, del todo encantado —dijo lord Henry, arqueando sus oscuras cejas en forma de media luna y mirándolos a ambos con una sonrisa divertida—. Siento mucho llegar tarde, Dorian. Fui a buscar una pieza de brocado antiguo en Wardour Street y tuve que regatear durante horas. Hoy en día la gente conoce el precio de todo y el valor de nada.

—Me temo que debo marcharme —exclamó lady Henry, rompiendo un incómodo silencio con su risa repentina y tonta—. Le prometí a la duquesa salir en coche con ella. Adiós, señor Gray. Adiós, Harry. ¿Cenas fuera, supongo? Yo también. Quizás te vea en casa de lady Thornbury.

—Es probable, querida —dijo lord Henry, cerrando la puerta tras ella mientras la dama, que parecía un ave del paraíso que hubiera pasado toda la noche bajo la lluvia, salía flotando del aposento dejando un leve aroma a frangipani. Luego encendió un cigarrillo y se dejó caer en el sofá.

—Jamás te cases con una mujer de cabellos pajizos, Dorian —dijo tras unas cuantas caladas.

—¿Por qué, Harry?

—Porque son sumamente sentimentales.

—Pero a mí me agrada la gente sentimental.

—No te cases jamás, Dorian. Los hombres se casan por cansancio; las mujeres, por curiosidad: ambos quedan decepcionados.

—No creo que sea probable que me case, Harry. Estoy demasiado enamorado. Ese es uno de tus aforismos. Lo estoy poniendo en práctica, como todo lo que dices.

—¿De quién estás enamorado? —preguntó lord Henry tras una pausa.

—De una actriz —dijo Dorian Gray, ruborizándose.

Lord Henry se encogió de hombros. «Ese es un debut bastante común».

—No dirías eso si la vieras, Harry.

—¿Quién es ella?

—Su nombre es Sibyl Vane.

—Jamás oí hablar de ella.

—Nadie lo ha hecho. Pero lo harán algún día. Es un genio.

—Mi querido muchacho, ninguna mujer es un genio. Las mujeres son un sexo decorativo. Jamás tienen nada que decir, pero lo dicen de un modo encantador. Las mujeres representan el triunfo de la materia sobre la inteligencia, del mismo modo que los hombres representan el triunfo de la inteligencia sobre la moral.

—Harry, ¿cómo puedes decir eso?

—Mi querido Dorian, es la pura verdad. Estoy analizando a las mujeres en este momento, así que debería saberlo. El tema no es tan abstruso como creí. Descubro que, en el fondo, solo hay dos clases de mujeres: las sencillas y las maquilladas. Las mujeres sencillas son muy útiles. Si deseas labrarte una reputación de respetabilidad, no tienes más que llevarlas a cenar. Las otras mujeres son muy encantadoras. Cometen un error, sin embargo: se pintan para intentar parecer jóvenes. Nuestras abuelas se pintaban para intentar hablar de manera brillante. El afeite y el ingenio solían ir de la mano. Todo eso terminó. Mientras una mujer pueda parecer diez años más joven que su propia hija, está plenamente satisfecha. En cuanto a la conversación, en Londres solo hay cinco mujeres con las que valga la pena hablar, y a dos de ellas no se las puede admitir en la sociedad decente. Sin embargo, háblame de tu genio. ¿Cuánto tiempo hace que la conoces?

—¡Ah, Harry, tus opiniones me aterran!

—No le des importancia a eso. ¿Cuánto hace que la conoces?

—Unas tres semanas.

—¿Y dónde diste con ella?

—Te lo diré, Harry, pero no debes mostrarte despectivo al respecto. Después de todo, jamás habría sucedido si no te hubiera conocido a ti. Tú me llenaste de un deseo desmedido de conocerlo todo sobre la vida. Durante días enteros después de nuestro encuentro, algo parecía latir en mis venas. Cuando holgazaneaba en el parque o paseaba por Piccadilly, solía observar a todos los que pasaban a mi lado y me preguntaba, con una curiosidad demencial, qué clase de vidas llevaban. Algunos me fascinaban. Otros me infundían terror. Flotaba un veneno exquisito en el aire. Sentía pasión por las sensaciones... Bueno, una tarde, hacia las siete, decidí salir en busca de alguna aventura. Sentía que este Londres gris y monstruoso, con sus miríadas de almas, sus sórdidos pecadores y sus espléndidos pecados, como tú lo expresaste en una ocasión, debía guardarme algo reservado. Imaginé mil cosas. El mero peligro me producía una sensación de deleite. Recordé lo que me habías dicho en aquella velada maravillosa cuando cenamos juntos por primera vez: que la búsqueda de la belleza era el auténtico secreto de la vida. No sé qué esperaba, pero salí y vagué hacia el este, perdiéndome pronto en un laberinto de calles mugrientas y plazas sombrías desprovistas de hierba. Hacia las ocho y media pasé frente a un teatrillo absurdo, con grandes llamaradas de gas y carteles llamativos. Un judío odioso, con el chaleco más asombroso que he contemplado en mi vida, estaba de pie a la entrada, fumando un puro infecto. Tenía tirabuzones grasientos y un enorme diamante relumbraba en medio de una camisa sucia. «¿Desea un palco, milord?», me dijo cuando me vio, y se quitó el sombrero con un aire de fastuosa servidumbre. Había algo en él, Harry, que me divirtió. Era un monstruo semejante... Te reirás de mí, lo sé, pero realmente entré y pagué una guinea entera por el palco de proscenio. Hasta el día de hoy no logro explicarme por qué lo hice; y, sin embargo, si no lo hubiera hecho... mi querido Harry, si no lo hubiera hecho, me habría perdido el romance más grande de mi vida. Ya veo que te estás riendo. ¡Es horrible de tu parte!

—No me estoy riendo, Dorian; al menos no me río de ti. Pero no deberías decir el romance más grande de tu vida. Deberías decir el primer romance de tu vida. Siempre serás amado, y siempre estarás enamorado del amor. Una grande passion es el privilegio de la gente que no tiene nada que hacer. Esa es la única utilidad de las clases ociosas de un país. No temas. Hay cosas exquisitas reservadas para ti. Esto es apenas el comienzo.

—¿Crees que mi naturaleza es tan superficial? —exclamó Dorian Gray indignado.

—No; creo que tu naturaleza es hondísima.

—¿Qué quieres decir?

—Mi querido muchacho, las personas que aman una sola vez en la vida son las verdaderamente superficiales. A lo que ellos llaman su lealtad y su fidelidad, yo lo llamo o bien el letargo de la costumbre o bien su falta de imaginación. La fidelidad es para la vida emocional lo que la coherencia es para la vida intelectual: un simple testimonio del fracaso. ¡La fidelidad! Debo analizarla algún día. El afán de propiedad interviene en ella. Hay muchas cosas que arrojaríamos lejos si no temiéramos que otros pudieran recogerlas. Pero no deseo interrumpirte. Continúa con tu relato.

—Bueno, me encontré sentado en un horrible y pequeño palco privado, con un vulgar telón de boca mirándome de frente. Me asomé por detrás de la cortina y contemplé la sala. Era un espectáculo chillón, todo cupidos y corucopias, como una tarta de bodas de tercera categoría. El paraíso y el patio de butacas estaban bastante concurridos, pero las dos filas de plateas deslucidas se hallaban del todo vacías, y apenas había un alma en lo que supongo llamaban el anfiteatro. Había mujeres que iban de un lado a otro con naranjas y cerveza de jengibre, y se consumía una cantidad pavorosa de frutos secos.

—Debía de ser exactamente como en los días dorados del teatro británico.

—Idéntico, supongo, y muy deprimente. Empecé a preguntarme qué demonios iba a hacer allí cuando divisé el programa. ¿Qué obra crees que representaban, Harry?

—Supongo que El muchacho idiota o Mudo pero inocente. A nuestros padres les gustaba esa clase de piezas, según creo. Cuanto más vivo, Dorian, más profundamente siento que todo lo que fue bastante bueno para nuestros padres no es bastante bueno para nosotros. En el arte, como en la política, les grands-pères ont toujours tort.

—Esta obra era bastante buena para nosotros, Harry. Era Romeo y Julieta. Debo admitir que me molestó un poco la idea de presenciar a Shakespeare representado en un antro semejante. Aun así, me sentí intrigado, en cierto modo. De cualquier forma, decidí aguardar hasta el primer acto. Había una orquesta espantosa, dirigida por un joven hebreo sentado a un piano destartalado, que casi me hace huir; pero al fin se alzó el telón y comenzó la función. Romeo era un caballero corpulento y entrado en años, con las cejas tiznadas de corcho, una ronca voz de tragedia y una figura que recordaba a un tonel de cerveza. Mercucio era casi tan malo como él: lo interpretaba el actor cómico de baja estofa, que había introducido chistes propios y se hallaba en los términos más cordiales con el patio de butacas. Ambos resultaban tan grotescos como el decorado, que parecía salido de un tenderete ambulante de feria. ¡Pero Julieta! Harry, imagina a una muchacha de apenas diecisiete años, con un rostro menudo como una flor, una pequeña cabeza griega ceñida por trenzas de cabello castaño oscuro, ojos que eran pozos de violeta rebosantes de pasión, labios que semejaban los pétalos de una rosa. Era la criatura más primorosa que jamás había visto en mi vida. Me dijiste una vez que el patetismo te dejaba impasible, pero que la belleza, la pura belleza, podía llenarte los ojos de lágrimas. Te aseguro, Harry, que apenas podía ver a esa muchacha tras la niebla de lágrimas que me nublaba la vista. Y su voz... Jamás escuché una voz semejante. Era muy suave al principio, con notas graves y melodiosas que parecían acariciar el oído una a una. Luego se tornaba un poco más sonora y resonaba como una flauta o un lejano oboe. En la escena del jardín tenía todo el éxtasis tembloroso que se percibe justo antes del amanecer, cuando cantan los ruiseñores. Hubo instantes, más adelante, en que tuvo la pasión desaforada de los violines. Tú sabes cómo puede conmover una voz. Tu voz y la voz de Sibyl Vane son dos cosas que jamás podré olvidar. Cuando cierro los ojos las escucho, y cada una de ellas dice algo diferente. No sé a cuál seguir. ¿Por qué no debería amarla? Harry, la amo de verdad. Ella lo es todo para mí en la vida. Noche tras noche voy a verla actuar. Una noche es Rosalinda, y a la siguiente es Imogen. La he visto morir en la penumbra de una tumba italiana, absorbiendo el veneno de los labios de su amado. La he contemplado vagar por el bosque de Arden, disfrazada de apuesto mancebo con calzas, jubón y un coqueto bonete. Ha estado loca y ha comparecido ante un rey culpable para darle ruda que lucir y hierbas amargas que saborear. Ha sido inocente, y las manos negras de los celos han estrangulado su garganta de cañaveral. La he visto en todas las épocas y con todos los atuendos. Las mujeres ordinarias jamás despiertan la imaginación de uno. Están limitadas a su siglo. Ningún fulgor las transfigura jamás. Uno conoce sus mentes con la misma facilidad con que conoce sus sombreros. Uno siempre puede dar con ellas. No hay misterio en ninguna. Pasean a caballo por el parque por la mañana y parlotean en recepciones de té por la tarde. Tienen su sonrisa estereotipada y sus modales a la moda. Son del todo predecibles. ¡Pero una actriz! ¡Cuán distinta es una actriz! ¡Harry, por qué no me dijiste que la única criatura digna de ser amada es una actriz!

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