Capítulo III · II
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Estamos hablando del pobre Dartmoor, lord Henry —exclamó la duquesa, haciéndole una inclinación afable desde el otro lado de la mesa—. ¿Cree usted que realmente se casará con esa joven tan fascinante?
—Creo que ella está decidida a pedirle matrimonio a él, duquesa.
—¡Qué espanto! —exclamó lady Agatha—. De verdad, alguien debería intervenir.
—Me han asegurado, de fuentes fidedignas, que su padre regenta unos grandes almacenes en América —dijo sir Thomas Burdon con aire desdeñoso.
—Mi tío ya sugirió que envasaban carne de cerdo, sir Thomas.
—¡Almacenes! ¿Qué mercancías venden en esos almacenes americanos? —preguntó la duquesa, alzando las manos con asombro y recalcando el verbo.
—Novelas americanas —respondió lord Henry, sirviéndose una codorniz.
La duquesa pareció desconcertada.
—No le haga caso, querida —susurró lady Agatha—. Jamás dice nada en serio.
—Cuando se descubrió América... —comenzó el diputado radical, desgranando una serie de datos fatigosos. Como todos los que intentan agotar un tema, acabó por agotar a sus oyentes. La duquesa suspiró y recurrió a su privilegio de interrumpir—. ¡Ojalá no la hubieran descubierto jamás! —exclamó—. Realmente, nuestras muchachas no tienen ninguna oportunidad hoy en día. Es profundamente injusto.
—Tal vez, después de todo, América nunca haya sido descubierta —apuntó el señor Erskine—; yo más bien diría que fue meramente detectada.
—¡Oh!, pero yo he visto ejemplares de sus habitantes —respondió la duquesa con vaguedad—. Debo confesar que la mayoría son sumamente hermosas. Y visten bien, además. Compran todos sus vestidos en París. Ojalá yo pudiera permitirme hacer lo mismo.
—Dicen que los buenos americanos, cuando mueren, van a París —rió entre dientes sir Thomas, que poseía un extenso guardarropa de chistes pasados de moda.
—¡Vaya! ¿Y adónde van los malos americanos cuando mueren? —inquirió la duquesa.
—Van a América —murmuró lord Henry.
Sir Thomas frunció el ceño. «Temo que su sobrino tenga ciertos prejuicios contra ese gran país», le dijo a lady Agatha. «Lo he recorrido entero en vagones privados puestos a mi disposición por los directores, quienes, en tales menesteres, son en extremo atentos. Le aseguro que visitarlo es toda una lección».
—¿Pero de verdad debemos conocer Chicago para estar educados? —preguntó quejumbroso el señor Erskine—. No me siento con ánimos para semejante viaje.
Sir Thomas agitó una mano. «El señor Erskine de Treadley tiene el mundo entero en sus estantes. A los hombres prácticos nos gusta contemplar las cosas, no leer sobre ellas. Los americanos son un pueblo sumamente interesante. Son absolutamente razonables. Creo que ese es su rasgo distintivo. Sí, señor Erskine, un pueblo absolutamente razonable. Le aseguro que en América no hay cabida para tonterías».
—¡Qué horror! —exclamó lord Henry—. Puedo soportar la fuerza bruta, pero la razón bruta resulta insoportable. Hay algo de desleal en su empleo: es golpear por debajo del intelecto.
—No le comprendo a usted —dijo sir Thomas, poniéndose algo colorado.
—Yo sí, lord Henry —murmuró el señor Erskine con una sonrisa.
—Las paradojas están muy bien a su manera... —replicó el baronet.
—¿Era una paradoja? —preguntó el señor Erskine—. No me lo pareció. Quizás lo fuera. En fin, el sendero de las paradojas es el camino hacia la verdad. Para poner a prueba la realidad debemos contemplarla sobre la cuerda floja. Solo cuando las verdades se tornan acróbatas podemos juzgarlas.
—¡Santo cielo! —exclamó lady Agatha—. ¡Cómo discuten ustedes los hombres! Jamás logro entender de qué están hablando. ¡Ay, Harry, estoy muy enfadada contigo! ¿Por qué intentas persuadir a nuestro buen señor Dorian Gray de que abandone el East End? Te aseguro que sería sumamente valioso; adorarían cómo toca el piano.
—Quiero que toque para mí —exclamó lord Henry sonriendo, y miró a lo largo de la mesa, encontrando una mirada vivaz en respuesta.
—Pero en Whitechapel son tan desdichados... —continuó lady Agatha.
—Puedo compadecerme de todo, excepto del sufrimiento —dijo lord Henry encogiéndose de hombros—. No puedo simpatizar con él. Es demasiado feo, demasiado espantoso, demasiado angustioso. Hay algo terriblemente mórbido en la moderna devoción por el dolor. Uno debería simpatizar con el color, la belleza, la dicha de vivir. Cuanto menos se hable de las llagas de la vida, mucho mejor.
—Aun así, el East End es un problema de suma importancia —observó sir Thomas con un grave movimiento de cabeza.
—Por supuesto —respondió el joven noble—. Es el problema de la esclavitud, y tratamos de resolverlo entreteniendo a los esclavos.
El político lo miró con agudeza. «¿Qué cambio propone usted, entonces?», preguntó.
Lord Henry echó a reír. «No deseo cambiar nada en Inglaterra, salvo el clima», respondió. «Me basta y me sobra con la contemplación filosófica. Pero, dado que el siglo diecinueve ha quebrado por un gasto desmedido de compasión, sugeriría que recurriéramos a la ciencia para enderezarnos. La ventaja de las emociones estriba en que nos descarrían; la ventaja de la ciencia, en que carece de emoción alguna».
—Pero tenemos responsabilidades tan graves... —se aventuró a señalar tímidamente la señora Vandeleur.
—Terriblemente graves —hizo eco lady Agatha.
Lord Henry miró hacia el señor Erskine. «La humanidad se toma demasiado en serio. Es el pecado original del mundo. Si el hombre de las cavernas hubiera sabido reír, la historia habría sido muy distinta».
—Es usted un verdadero consuelo —gorjeó la duquesa—. Siempre me sentía algo culpable cuando venía a ver a su querida tía, pues el East End no me interesa en lo más mínimo. En adelante podré mirarla a la cara sin sonrojarme.
—Un rubor resulta sumamente favorecedor, duquesa —comentó lord Henry.
—Solo cuando una es joven —respondió ella—. Cuando una anciana como yo se sonroja, es muy mala señal. ¡Ah, lord Henry! Ojalá me dijera usted cómo volver a ser joven.
Él reflexionó un instante. «¿Recuerda algún gran error que cometiera usted en sus primeros años, duquesa?», preguntó, mirándola a través de la mesa.
—Muchísimos, me temo —exclamó ella.
—Pues vuelva a cometerlos —dijo él con gravedad—. Para recobrar la juventud, no hay más que repetir las propias insensateces.
—¡Qué teoría tan deliciosa! —exclamó ella—. Debo ponerla en práctica.
—¡Una teoría peligrosa! —salió de los apretados labios de sir Thomas. Lady Agatha sacudió la cabeza, pero no pudo evitar divertirse. El señor Erskine escuchaba con atención.
—Sí —prosiguió él—; ese es uno de los grandes secretos de la existencia. Hoy en día la mayoría de la gente muere de una especie de sigiloso sentido común, y descubre cuando ya es tarde que las únicas cosas de las que uno jamás se arrepiente son las equivocaciones.
Una risa recorrió la mesa.
Lord Henry jugó con la idea y se volvió audaz; la lanzó al aire y la transformó; la dejó escapar y la recuperó; la tornó tornasolada de fantasía y le dio alas de paradoja. El elogio de la insensatez, a medida que hablaba, se elevó hasta convertirse en filosofía, y la filosofía misma rejuveneció, y contagiándose de la loca música del placer, vistiendo, podría imaginarse, su túnica manchada de vino y su corona de hiedra, danzó como una bacante por las colinas de la vida, burlándose de la sobriedad del pausado Sileno. Los hechos huían ante ella como asustadas criaturas del bosque. Sus blancos pies hollaron el inmenso lagar donde se sienta el sabio Omar, hasta que el mosto bullente subió alrededor de sus miembros desnudos en oleadas de burbujas purpúreas, o reptó en roja espuma por los costados negros, húmedos y declives de la cuba. Fue una improvisación extraordinaria. Sentía que los ojos de Dorian Gray estaban fijos en él, y la conciencia de que entre su público había alguien a cuyo temperamento deseaba fascinar pareció afilar su ingenio y prestar color a su fantasía. Estuvo brillante, fantástico, irresponsable. Sedujo a sus oyentes arrancándolos de sí mismos, y ellos siguieron el compás de su flauta, riendo. Dorian Gray jamás apartó la mirada de él; permanecía como hechizado, con sonrisas persiguiéndose unas a otras en sus labios y un asombro que se volvía grave en sus ojos oscurecidos.
Al fin, con la librea de la época, la realidad penetró en el salón bajo la forma de un criado para anunciar a la duquesa que su carruaje esperaba. Ella se retorció las manos en un simulacro de desesperación. «¡Qué molestia!», exclamó. «Debo marcharme. Tengo que pasar a buscar a mi marido por el club para llevarlo a una absurda reunión en Willis’s Rooms, donde le toca presidir. Si llego tarde se pondrá furioso, y no podría soportar una escena con este sombrero. Es demasiado frágil. Una palabra áspera bastaría para arruinarlo. No, debo marcharme, querida Agatha. Adiós, lord Henry; es usted del todo encantador y espantosamente desmoralizador. Le aseguro que no sé qué pensar de sus opiniones. Tiene que venir a cenar con nosotros una noche. ¿El martes? ¿Está libre el martes?».
—Por usted daría de lado a cualquiera, duquesa —dijo lord Henry inclinándose.
—¡Ah, eso es sumamente amable y sumamente indebido de su parte! —exclamó ella—; así que no deje de venir —y salió apresuradamente del salón, seguida por lady Agatha y las demás damas.
Cuando lord Henry volvió a sentarse, el señor Erskine se acercó y, tomando una silla junto a él, le puso una mano sobre el brazo.
—Habla usted como si fuera un libro —dijo—; ¿por qué no escribe uno?
—Soy demasiado aficionado a leer libros para preocuparme por escribirlos, señor Erskine. Me gustaría escribir una novela, desde luego: una novela tan hermosa como una alfombra persa y tan irreal como ella. Pero en Inglaterra no existe público literario para nada que no sean periódicos, manuales y enciclopedias. De todos los pueblos del mundo, los ingleses son quienes menos sentido tienen para la belleza de la literatura.
—Temo que tenga usted razón —respondió el señor Erskine—. Yo mismo solía abrigar ambiciones literarias, pero renuncié a ellas hace ya mucho. Y ahora, mi querido y joven amigo, si me permite llamarlo así, ¿puedo preguntarle si decía sinceramente todo lo que nos soltó durante el almuerzo?
—He olvidado por completo lo que dije —sonrió lord Henry—. ¿Fue todo muy malo?
—Muy malo, en verdad. De hecho, lo considero a usted sumamente peligroso, y si algo le ocurre a nuestra buena duquesa, todos lo consideraremos a usted el principal responsable. Pero me gustaría hablar con usted sobre la vida. La generación en la que nací era tediosa. Algún día, cuando se canse de Londres, baje a Treadley y expóngame su filosofía del placer ante un Borgoña admirable que tengo la fortuna de poseer.
—Será un placer. Una visita a Treadley sería un gran privilegio. Tiene un anfitrión perfecto y una biblioteca insuperable.
—Usted la completará —respondió el anciano caballero con una cortés reverencia—. Y ahora debo despedirme de su excelente tía. Debo acudir al Athenaeum. Es la hora en que dormimos allí.
—¿Todos ustedes, señor Erskine?
—Cuarenta de nosotros, en cuarenta sillones. Estamos practicando para una Academia Inglesa de las Letras.
Lord Henry rió y se puso en pie. «Me voy al parque», exclamó.
Cuando cruzaba el umbral, Dorian Gray le tocó el brazo. «Permítame acompañarle», murmuró.
—Pero creí que le había prometido a Basil Hallward que iría a verle —respondió lord Henry.
—Prefiero ir con usted; sí, siento que debo ir con usted. Por favor, permítamelo. ¿Y me promete que me hablará todo el camino? Nadie habla de manera tan maravillosa como usted.
—¡Ah! Ya he hablado bastante por hoy —dijo lord Henry sonriendo—. Todo lo que deseo ahora es contemplar la vida. Puede venir a contemplarla conmigo, si le apetece.
Fin del Episodio 7 · de 41
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