Capítulo III · I
~13 min · 2572 palabras
A las doce y media del día siguiente lord Henry Wotton paseó desde Curzon Street hasta The Albany para visitar a su tío, lord Fermor, un solterón bondadoso aunque de modales algo ásperos, a quien el mundo exterior tachaba de egoísta por no obtener provecho alguno de él, pero a quien la Sociedad juzgaba generoso porque agasajaba con opíparos manjares a quienes lo divertían. Su padre había sido embajador en Madrid cuando Isabel era joven y de Prim nadie hablaba aún, habiéndose retirado del cuerpo diplomático en un caprichoso arrebato de enojo al no ofrecérsele la embajada en París, destino al que se creía con pleno derecho en virtud de su cuna, de su indolencia, del buen inglés de sus despachos y de su desmedida pasión por el placer. El hijo, que había ejercido de secretario de su padre, dimitió al unísono con su jefe, con bastante imprudencia según se juzgó por entonces, y al heredar el título unos meses más tarde consagróse al concienzudo estudio del gran arte aristocrático de no hacer absolutamente nada. Poseía dos grandes mansiones urbanas, pero prefería residir en apartamentos por ahorrarse molestias, y tomaba casi todas sus comidas en el club. Dedicaba cierta atención a la administración de sus minas de carbón en los condados centrales, disculpándose de semejante tacha mercantil con el pretexto de que la única ventaja de poseer carbón estribaba en permitir a un caballero el decoro de quemar leña en su propia chimenea. En política militaba entre los tories, excepto cuando los tories se hallaban en el poder, época durante la cual los denostaba abiertamente tachándolos de ser una gavilla de radicales. Era un héroe para su ayuda de cámara, que lo tiranizaba, y un terror para la mayor parte de sus parientes, a quienes él tiranizaba a su vez. Solo Inglaterra podía haberlo engendrado, y siempre repetía que el país se iba a la ruina. Sus principios estaban pasados de moda, mas había mucho que decir en favor de sus prejuicios.
Cuando lord Henry entró en la estancia, encontró a su tío ataviado con una tosca chaqueta de caza, fumando un cigarro y refunfuñando sobre las páginas de The Times. —Bien, Harry —dijo el viejo caballero—, ¿qué te trae por aquí tan temprano? Creí que vosotros los petimetres jamás os levantabais antes de las dos ni erais visibles antes de las cinco.
—Puro afecto de familia, te lo aseguro, tío George: quiero sacarte algo.
—Dinero, me imagino —dijo lord Fermor, torciendo el gesto—. Bueno, siéntate y cuéntamelo todo: los jóvenes de hoy en día os figuráis que el dinero lo es todo.
—Sí —murmuró lord Henry, ajustándose la flor de la solapa—; y cuando se hacen viejos, comprueban que lo es. Pero no deseo dinero: solo la gente que paga sus facturas necesita eso, tío George, y yo jamás pago las mías. El crédito es el patrimonio de un segundón, y se vive de él primorosamente. Además, siempre compro en los mismos comercios que Dartmoor y, en consecuencia, jamás me importunan. Lo que busco es información; no información útil, por supuesto: información inútil.
—Pues bien, puedo decirte cualquier cosa que figure en un Libro Azul británico, Harry, aunque esos tipos hoy en día escriben un sinfín de disparates. Cuando yo estaba en la carrera diplomática las cosas marchaban mucho mejor. Pero he oído que ahora ingresan por oposición: ¿qué se puede esperar? Las oposiciones, caballero, son una soberana patraña de principio a fin: si un hombre es un caballero, ya sabe lo suficiente; y si no es un caballero, cuanto sabe no hace sino perjudicarle.
—El señor Dorian Gray no figura en los Libros Azules, tío George —dijo lord Henry con languidez.
—¿El señor Dorian Gray? ¿Quién es él? —preguntó lord Fermor, enarcando sus pobladas cejas blancas.
—Eso es lo que he venido a averiguar, tío George; o más bien, sé quién es: es el nieto del difunto lord Kelso. Su madre era una Devereux, lady Margaret Devereux. Quiero que me hables de su madre: ¿cómo era ella?, ¿con quién se casó? Has conocido a casi todo el mundo en tus tiempos, de modo que debiste de haberla conocido. Tengo un vivo interés en el señor Gray en estos momentos: acabo de conocerlo.
—¡El nieto de Kelso! —repitió el anciano caballero—. ¡El nieto de Kelso!... Por supuesto... Conocí íntimamente a su madre: creo que estuve en su bautizo. Era una muchacha extraordinariamente hermosa, Margaret Devereux, e hizo enloquecer a todos los hombres fugándose con un joven sin blanca: un don nadie, caballero, un subalterno en un regimiento de infantería o algo por el estilo. Ciertamente: recuerdo todo el asunto como si hubiese acontecido ayer. Al pobre muchacho lo mataron en un duelo en Spa unos meses después del matrimonio: corrió una historia muy fea al respecto. Decían que Kelso pagó a un aventurero rufián, un bruto belga, para que insultase a su yerno en público —le pagó, caballero, para que lo hiciera, le pagó—, y el tipo ensartó a su hombre cual si hubiese sido un pichón. El escándalo se acalló, pero, ¡por vida mía!, Kelso comió su chuleta solo en el club durante una buena temporada después. Se trajo a su hija consigo, según supe, y ella jamás volvió a dirigirle la palabra. ¡Oh, sí: fue un asunto turbio! La muchacha murió también, murió antes de cumplirse el año. De modo que dejó un hijo, ¿eh? Lo había olvidado. ¿Qué clase de muchacho es? Si se parece a su madre, debe de ser un joven bien parecido.
—Es muy bien parecido —asintió lord Henry.
—Espero que caiga en buenas manos —prosiguió el anciano—. Debe de aguardarle un buen caudal si Kelso obró rectamente con él. Su madre tenía dinero también: toda la hacienda de Selby pasó a ella por vía de su abuelo. Su abuelo aborrecía a Kelso: lo consideraba un perro miserable; y lo era, en verdad. Vino a Madrid en cierta ocasión, hallándome yo allí: ¡por vida mía que sentí vergüenza de él! La reina solía preguntarme por aquel noble inglés que andaba siempre a la gresca con los cocheros de punto por las tarifas: hicieron toda una leyenda del asunto; no me atreví a asomar la cara por la Corte durante un mes. Espero que haya tratado a su nieto mejor de lo que trató a los cocheros.
—No lo sé —respondió lord Henry—. Me figuro que el muchacho gozará de buena posición: aún no es mayor de edad. Posee Selby, lo sé bien: él mismo me lo dijo. Y... ¿su madre era muy hermosa?
—Margaret Devereux era una de las criaturas más adorables que vi en mi vida, Harry. Qué diablos la indujo a conducirse de semejante guisa, jamás pude comprenderlo: pudo haberse casado con quien se le antojara; Carlington andaba loco tras sus pasos. Era romántica, no obstante: todas las mujeres de aquella estirpe lo eran. Los varones eran poca cosa, pero ¡por vida mía!, las mujeres eran maravillosas. Carlington cayó de rodillas a sus plantas: él mismo me lo confió. Ella se echó a reír en sus barbas, y no había una sola muchacha en Londres por entonces que no anduviese detrás de él. Y a propósito, Harry, hablando de enlaces disparatados: ¿qué patraña es esa que me cuenta tu padre de que Dartmoor pretende casarse con una americana? ¿Acaso no son las muchachas inglesas bastante buenas para él?
—Está bastante de moda casarse con americanas hoy en día, tío George.
—¡Yo apuesto por las inglesas contra el mundo entero, Harry! —dijo lord Fermor, dando un puñetazo sobre la mesa.
—Las apuestas se inclinan por las americanas.
—No duran, según me dicen —murmuró su tío.
—Un compromiso largo las agota, pero son admirables en las carreras de obstáculos: toman las cosas al vuelo. No creo que Dartmoor tenga la menor probabilidad.
—¿Y quiénes son los suyos? —gruñó el viejo caballero—. ¿Tiene familia acaso?
Lord Henry sacudió la cabeza. —Las muchachas americanas son tan diestras ocultando a sus progenitores como las inglesas ocultando su pasado —dijo, poniéndose en pie para marcharse.
—¿Se dedican al envasado de tocino, supongo?
—Eso espero, tío George, por el bien de Dartmoor: me han dicho que el envasado de tocino es la profesión más lucrativa de América, después de la política.
—¿Es bonita?
—Se comporta como si fuese hermosa: casi todas las americanas lo hacen; es el secreto de su encanto.
—¿Por qué no se quedan esas americanas en su propio país? Siempre nos andan diciendo que es el paraíso de las mujeres.
—Lo es: esa es la razón por la cual, cual nuevas Evas, sienten un empeño tan desmedido por salir de él —dijo lord Henry—. Adiós, tío George: llegaré tarde al almuerzo si me demoro más. Gracias por haberme facilitado la información que deseaba: siempre me gusta saberlo todo acerca de mis nuevos amigos, y nada acerca de los antiguos.
—¿Dónde almuerzas, Harry?
—En casa de tía Agatha: me he invitado a mí mismo y al señor Gray; es su más reciente protegido.
—¡Uf! Dile a tu tía Agatha, Harry, que no me importune más con sus peticiones de caridad: estoy harto de ellas. ¡Válgame Dios, si la buena mujer se figura que no tengo otra cosa que hacer que firmar cheques para sus absurdas manías!
—Muy bien, tío George, se lo diré; pero no surtirá efecto alguno: las gentes filantrópicas pierden todo sentido de la humanidad; es su rasgo distintivo.
El viejo caballero gruñó en señal de aprobación y tocó la campanilla llamando a su criado. Lord Henry cruzó la arcada baja hacia Burlington Street y encaminó sus pasos en dirección a Berkeley Square.
De modo que esa era la historia de los orígenes de Dorian Gray. Por toscamente que se le hubiese referido, lo había conmovido, no obstante, con su sugerencia de un drama extraño y casi moderno: una mujer hermosa arriesgándolo todo por una pasión insensata; unas pocas semanas de arrebatada ventura truncadas por un crimen atroz y alevoso; meses de muda angustia, y luego un vástago nacido en el dolor; la madre arrebatada por la muerte y el niño abandonado a la soledad y a la tiranía de un anciano desprovisto de amor... Sí: era un trasfondo fascinante; encuadraba al muchacho, volviéndolo más perfecto, por así decirlo. Detrás de cada cosa exquisita que existía latía algo trágico: mundos enteros debían sufrir dolores de parto para que la flor más humilde pudiese abrirse... ¡Y qué encantador se había mostrado durante la cena de la noche anterior, cuando con ojos azorados y labios entreabiertos de medroso deleite habíase sentado frente a él en el club, mientras las pantallas rojas de las velas teñían de un rosa más vivo el asombro naciente de su rostro! Hablar con él era como tocar un primoroso violín: respondía a cada roce y vibración del arco... Había algo terriblemente cautivador en el ejercicio de la influencia: ninguna otra actividad se le asemejaba. Proyectar la propia alma sobre una forma garbosa y dejarla reposar allí un instante; escuchar las propias concepciones intelectuales devueltas como un eco enriquecido con toda la música añadida de la pasión y de la juventud; trasvasar el propio temperamento a otro como si fuese un fluido sutil o un aroma peregrino: había un deleite genuino en ello; acaso el goce más colmado que nos resta en una época tan mezquina y vulgar como la nuestra, una época groseramente carnal en sus placeres y groseramente pedestre en sus miras... Era un ejemplar prodigioso, además, aquel muchacho a quien por tan curioso azar había conocido en el estudio de Basil; o al menos podía ser modelado como un ejemplar prodigioso: suya era la gracia, y la blanca pureza de la mocedad, y una belleza como la que los viejos mármoles griegos han conservado para nosotros. No había nada que no pudiese hacerse con él: podía convertirse en un titán o en un juguete. ¡Qué lástima que semejante hermosura estuviese destinada a marchitarse!... ¿Y Basil? Desde un punto de vista psicológico, ¡qué interesante resultaba! Aquella nueva manera en el arte, aquel modo inédito de contemplar la existencia sugerido de modo tan singular por la mera presencia visible de alguien ajeno por entero a todo ello; el espíritu silencioso que moraba en los bosques sombríos y caminaba invisible por los campos abiertos, mostrándose de improviso cual dríade intrépida porque en el alma de quien la buscaba se había despertado aquella visión prodigiosa a la cual tan solo se desvelan las cosas prodigiosas; las meras formas y figuras del mundo volviéndose sutiles, por así decirlo, y conquistando una suerte de valor simbólico cual si fuesen los patrones mismos de alguna otra forma más perfecta cuya sombra convertían en realidad: ¡qué extraño era todo aquello! Recordaba algo semejante en la historia: ¿no había sido Platón, aquel artista del pensamiento, quien primero lo había analizado?, ¿no había sido Buonarroti quien lo había cincelado en los mármoles irisados de una serie de sonetos? Mas en nuestro propio siglo resultaba insólito... Sí: intentaría ser para Dorian Gray lo que, sin saberlo, el muchacho había sido para el pintor que había forjado aquel retrato maravilloso; procuraría dominarlo; en verdad, ya lo había logrado a medias: haría de aquel espíritu extraordinario cosa propia. Había algo verdaderamente fascinante en aquel hijo del amor y de la muerte.
De pronto se detuvo y alzó la vista hacia las fachadas: descubrió que había dejado atrás la casa de su tía por cierta distancia y, sonriendo para sus adentros, desanduvo lo andado. Al entrar en el vestíbulo un tanto umbrío, el mayordomo le anunció que habían pasado ya al comedor. Entregó su sombrero y su bastón a uno de los lacayos y pasó al comedor.
—Tarde como de costumbre, Harry —exclamó su tía, sacudiendo la cabeza con reproche.
Improvisó una disculpa airosa y, tomando asiento en el lugar vacante a su lado, miró a su alrededor para ver quiénes estaban allí. Dorian le dedicó una tímida reverencia desde el otro extremo de la mesa, con un rubor de placer asomando a sus mejillas. Enfrente hallábase la duquesa de Harley, dama de admirable bonhomía y excelente humor, sumamente apreciada por cuantos la conocían y dotada de aquellas amplias proporciones arquitectónicas que en las mujeres que no son duquesas los cronistas coetáneos suelen calificar de obesidad. A su vera, a su derecha, sentábase sir Thomas Burdon, parlamentario radical que seguía a su jefe de filas en la vida pública y a los mejores cocineros en la vida privada, cenando con los tories y pensando con los liberales con arreglo a una sabia y consagrada máxima. El puesto a su izquierda estaba ocupado por el señor Erskine de Treadley, anciano caballero de notable encanto y cultura que había contraído, no obstante, el mal hábito del silencio, tras haber dicho, según confió una vez a lady Agatha, todo lo que tenía que decir antes de cumplir los treinta años. Su propia vecina de mesa era la señora Vandeleur, una de las amigas más antiguas de su tía: una santa consumada entre las mujeres, pero tan espantosamente desaliñada que traía a la memoria un devocionario mal encuadernado. Por fortuna para él, la dama tenía al otro lado a lord Faudel, mediocridad sumamente inteligente de mediana edad, tan calvo como una declaración ministerial en la Cámara de los Comunes, con quien conversaba con aquella gravedad intensísima que constituye el único error imperdonable en que caen todas las personas verdaderamente buenas y del cual ninguna logra librarse jamás por completo.
Fin del Episodio 6 · de 41
Capítulo III · I
¿Te cautivó este episodio?
Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.