El retrato de Dorian Gray·Episodio 41

Capítulo XX

~10 min · 1949 palabras

Era una noche deliciosa, tan tibia que llevaba el abrigo sobre el brazo y ni siquiera se había anudado la bufanda de seda al cuello. Mientras regresaba a pie a su casa fumando un cigarrillo, dos jóvenes de etiqueta pasaron a su lado. Oyó a uno de ellos susurrar al otro: «Ese es Dorian Gray». Recordó cuán complacido solía sentirse antaño cuando era señalado con el dedo, contemplado con fijeza o comentado por doquier. Ahora estaba cansado de escuchar su propio nombre. La mitad del encanto de aquella pequeña aldea donde había pasado tanto tiempo últimamente estribaba en que nadie sabía quién era. A menudo le había dicho a la muchacha a quien había seducido que era pobre, y ella le había creído. Le había confesado una vez que era malvado, y ella se había echado a reír asegurándole que la gente malvada era siempre muy vieja y muy fea. ¡Qué risa tan clara tenía!... exactamente semejante al trinar de un zorzal. ¡Y qué hermosa estaba con sus vestidos de percal y sus grandes sombreros de paja! No sabía nada del mundo, pero poseía todo cuanto él había perdido.

Al llegar a su casa, encontró a su ayuda de cámara esperándolo despierto. Lo mandó a acostarse, se dejó caer en el sofá de la biblioteca y comenzó a cavilar sobre algunas de las cosas que lord Henry le había dicho.

¿Sería verdaderamente cierto que uno jamás podía cambiar? Sentía una salvaje añoranza por la pureza inmaculada de su mocedad... su juventud blanca y rosada, como lord Henry la llamara una vez. Sabía que se había mancillado a sí mismo, que había colmado su espíritu de corrupción y dotado de horror a su imaginación; que había ejercido una influencia nefasta sobre los demás, experimentando un deleite atroz al hacerlo; y que de todas las vidas que se habían cruzado con la suya, habían sido las más nobles y las más colmadas de promesas las que había arrastrado a la ignominia. Pero ¿acaso era todo irremediable? ¿No existía ninguna esperanza para él?

¡Ah, en qué instante monstruoso de soberbia y desenfreno había suplicado que el retrato cargara con el fardo de sus días mientras él conservaba el esplendor inmaculado de la eterna juventud! Toda su ruina había obedecido a ese deseo. Mejor habría sido para él que cada pecado de su existencia hubiese acarreado su pronto y certero castigo. Había purificación en el castigo. No «perdona nuestros pecados», sino «hiérenos por nuestras iniquidades» debiera ser la oración del hombre dirigida a un Dios infinitamente justo.

El espejo primorosamente tallado que lord Henry le había regalado hacía tantos años se alzaba sobre la mesa, y los cupidos de blancos miembros reían en torno a su marco como en los viejos tiempos. Lo tomó en sus manos, tal como hiciera en aquella noche de horror en que advirtió por primera vez la transformación del fatídico lienzo, y con ojos desorbitados y empañados en lágrimas contempló su bruñida luna. En cierta ocasión, alguien que lo había amado con pasión desoladora le había escrito una carta frenética que concluía con estas palabras de idolatría: «El mundo se ha transformado porque estás hecho de marfil y oro. Las curvas de tus labios reescriben la historia». Las frases volvieron a su memoria y las repitió una y otra vez en voz baja. Entonces sintió un asco profundo de su propia belleza y, arrojando el espejo contra el suelo, lo trituró bajo el tacón en mil astillas de plata. Había sido su belleza lo que lo había arruinado: su belleza y la juventud que había implorado. De no haber mediado esas dos cosas, su vida habría podido permanecer limpia de toda mancha. Su hermosura no había sido para él sino una máscara; su juventud, tan solo una burla. ¿Qué era la juventud en el mejor de los casos? Un tiempo inmaduro y verde, una estación de ánimos veleidosos y pensamientos enfermizos. ¿Por qué había llevado su librea? La juventud lo había corrompido.

Era mejor no pensar en el pasado. Nada podía alterarlo. Era en sí mismo y en su propio porvenir en lo que debía pensar. James Vane yacía oculto en una fosa anónima en el cementerio de Selby. Alan Campbell se había descerrajado un tiro una noche en su laboratorio, pero no había revelado el secreto que se vio forzado a conocer. La conmoción provocada por la desaparición de Basil Hallward no tardaría en disiparse. Ya comenzaba a languidecer. En ese aspecto se hallaba a salvo. Ni siquiera era la muerte de Basil Hallward lo que más pesaba sobre su ánimo. Era la muerte en vida de su propia alma lo que lo atormentaba. Basil había pintado el retrato que había arruinado su existencia. No podía perdonarle aquello. Había sido el cuadro el causante de todo. Basil le había dicho cosas que eran insoportables y que él, sin embargo, había tolerado con paciencia. El asesinato no había sido más que la locura de un instante. En cuanto a Alan Campbell, su suicidio había sido un acto propio. Él había elegido hacerlo. Nada tenía que ver con él.

¡Una nueva vida! Eso era lo que deseaba. Eso era lo que estaba esperando. A buen seguro ya la había comenzado. Había tenido piedad de una criatura inocente, al menos. Jamás volvería a tentar a la inocencia. Sería bueno.

Al pensar en Hetty Merton, empezó a preguntarse si el retrato en la habitación cerrada con llave habría cambiado. ¿Acaso no continuaría siendo tan espantoso como antes? Tal vez si su vida se volvía pura lograría expulsar del rostro del cuadro todo signo de pasión perversa. Quizá las huellas del mal ya hubiesen desaparecido. Iría a comprobarlo.

Tomó la lámpara de la mesa y subió sigilosamente la escalera. Al desatrancar la puerta, una sonrisa de júbilo cruzó por su rostro de insólita juventud y demoró un instante en sus labios. Sí, sería bueno, y aquella cosa monstruosa que había ocultado dejaría de ser un terror para él. Sintió como si el peso se hubiese disipado ya de sus hombros.

Entró sin hacer ruido, cerrando la puerta con llave a sus espaldas según su costumbre, y apartó la colgadura de púrpura del retrato. Un grito de dolor y de indignación brotó de su garganta. No logró advertir cambio alguno, salvo que en los ojos brillaba una mirada de astucia y en la boca se dibujaba la arruga sinuosa del hipócrita. Aquello seguía siendo repugnante... más repugnante, si cabía, que antes; y el rocío escarlata que salpicaba la mano parecía más brillante y más semejante a sangre recién vertida. Entonces se puso a temblar. ¿Había sido mera vanidad lo que le impulsó a realizar su única buena acción? ¿O el afán de una nueva sensación, como lord Henry insinuara con su risa burlona? ¿O esa pasión por representar un papel que a veces nos empuja a hacer cosas más nobles de lo que nosotros mismos somos? ¿O, quizá, todas esas cosas juntas? ¿Y por qué la mancha roja era más ancha de lo que había sido? Parecía haberse propagado como una plaga espantosa sobre los dedos arrugados. Había sangre sobre los pies pintados, como si la tela hubiese goteado... sangre incluso sobre la mano que no había empuñado el cuchillo. ¿Confesar? ¿Acaso significaba que debía entregarse y confesar? ¿Entregarse a la justicia y ser condenado a muerte? Rió. Sintió que la idea resultaba monstruosa. Además, aun si confesara, ¿quién le creería? No quedaba el menor rastro del asesinado en ninguna parte. Todo cuanto le pertenecía había quedado destruido. Él mismo había quemado cuanto había en el piso de abajo. El mundo se limitaría a decir que estaba loco. Lo encerrarían si persistía en semejante relato... Y sin embargo, era su deber confesar, sufrir la vergüenza pública y expiar públicamente su crimen. Había un Dios que exigía a los hombres confesar sus pecados ante la tierra tanto como ante el cielo. Nada de cuanto hiciera lograría purificarlo mientras no hubiera revelado su propio pecado. ¿Su pecado? Se encogió de hombros. La muerte de Basil Hallward se le antojaba una fruslería. Pensaba en Hetty Merton. Pues era un espejo injusto, aquel espejo de su alma que estaba contemplando. ¿Vanidad? ¿Curiosidad? ¿Hipocresía? ¿Acaso no había habido nada más en su renuncia que todo eso? Había habido algo más. Al menos así lo creía. Pero ¿quién podía saberlo?... No. No había habido nada más. Por pura vanidad la había respetado. Con hipocresía se había calzado la careta de la virtud. Por simple curiosidad había probado la abnegación de sí mismo. Lo reconocía ahora.

Pero este asesinato... ¿iba a perseguirlo a lo largo de toda su vida? ¿Tendría que soportar siempre el fardo abrumador de su pasado? ¿Debía confesar en verdad? Jamás. Solo quedaba una sola prueba contra él: el cuadro mismo. Esa era la única prueba fehaciente. Lo destruiría. ¿Por qué lo había conservado tanto tiempo? Antaño le proporcionaba deleite contemplarlo mudar y envejecer. Últimamente ya no experimentaba semejante placer. Le quitaba el sueño por las noches. Cuando estaba lejos, se consumía en terrores de que otros ojos lo contemplasen. Había arrojado la melancolía sobre sus pasiones. Su mero recuerdo había ensombrecido innumerables horas de gozo. Había sido como su conciencia. Sí: había sido su conciencia viva. Acabaría con él.

Paseó la mirada en torno y divisó el cuchillo con que había apuñalado a Basil Hallward. Lo había limpiado infinidad de veces, hasta borrar cualquier vestigio de sangre. Estaba limpio y relucía. Del mismo modo que había matado al pintor, mataría la obra del pintor y todo cuanto ella significaba. Mataría el pasado, y una vez muerto este, él sería libre. Mataría aquella monstruosa vida del alma y, libre de sus horrendas advertencias, hallaría la paz. Agarró el arma y la clavó con furia en el lienzo.

Se escuchó un alarido desgarrador y un golpe sordo. El grito fue tan atroz en su agonía que los criados, aterrados, despertaron y salieron sigilosamente de sus dormitorios. Dos caballeros que cruzaban por la plaza de abajo se detuvieron y alzaron la vista hacia la gran mansión. Caminaron hasta encontrarse con un policía y lo trajeron consigo. El agente tiró del cordón de la campanilla varias veces, pero no obtuvo respuesta. Salvo por una luz que ardía en una de las ventanas del piso más alto, la casa entera permanecía a oscuras. Al cabo de unos minutos, el policía se retiró a vigilar bajo un soportal contiguo.

—¿De quién es esa casa, agente? —preguntó el mayor de los dos caballeros.

—Del señor Dorian Gray, señor —respondió el guardia.

Ambos se miraron mientras se alejaban y sonrieron con desdén. Uno de ellos era tío de sir Henry Ashton.

Dentro, en la zona de servicio de la mansión, los criados a medio vestir cuchicheaban entre sí con temor. La anciana señora Leaf lloraba retorciéndose las manos. Francis estaba pálido como un cadáver.

Al cabo de un cuarto de hora, el criado reunió al cochero y a uno de los lacayos y subieron con cautela la escalera. Llamaron a la puerta, pero nadie contestó. Dieron voces. Todo permanecía en calma sepulcral. Finalmente, tras intentar forzar la cerradura en vano, subieron al tejado y descendieron al balcón. Las ventanas cedieron con facilidad: los cerrojos eran viejos.

Al penetrar en la estancia, encontraron colgado de la pared un retrato espléndido de su señor tal como lo habían visto por última vez, en todo el prodigio de su exquisita juventud y hermosura. Tendido en el suelo yacía un hombre muerto, de rigurosa etiqueta, con un cuchillo clavado en el corazón. Era un cuerpo decrépito, lleno de arrugas y de rostro repugnante. No fue sino después de haberle examinado los anillos cuando lograron reconocer quién era.

FIN

Fin del Episodio 41 · de 41

Capítulo XX

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