El retrato de Dorian Gray·Episodio 04

Capítulo II · II

~11 min · 2121 palabras

El muchacho se sobresaltó y retrocedió. Hallábase con la cabeza descubierta, y las hojas habían alborotado sus rizos rebeldes enredando todas sus hebras doradas. Había una expresión de temor en sus ojos, cual la que tienen las gentes cuando son despertadas de improviso. Sus aletas de la nariz finamente esculpidas temblaban, y algún nervio oculto estremecía el carmín de sus labios dejándolos trémulos.

—Sí —prosiguió lord Henry—; ese es uno de los grandes secretos de la vida: curar el alma por medio de los sentidos, y los sentidos por medio del alma. Sois una criatura maravillosa: sabéis más de lo que creéis saber, al igual que sabéis menos de lo que deseáis saber.

Dorian Gray frunció el ceño y desvió la mirada. No podía evitar que le agradara aquel joven esbelto y garboso apostado a su lado: su rostro romántico de tez aceitunada y su expresión ajada despertaban su interés. Había algo en su voz grave y lánguida que resultaba absolutamente fascinante; sus manos pálidas, frías y semejantes a flores, poseían incluso un encanto singular: movíanse al hablar como música, y parecían gozar de un lenguaje propio. Sentía, empero, temor de él, y vergüenza de sentir temor. ¿Por qué había correspondido a un extraño revelarlo ante sí mismo? Hacía meses que conocía a Basil Hallward, mas la amistad entre ambos jamás lo había transformado. De pronto había salido a su paso alguien que parecía haberle desvelado el misterio mismo de la existencia. Y sin embargo, ¿qué había que temer? No era un colegial ni una doncella: era absurdo amedrentarse.

—Vayamos a sentarnos a la sombra —dijo lord Henry—. Parker ha sacado las bebidas, y si permanecéis más tiempo bajo este resplandor quedaréis arruinado por entero, y Basil jamás volverá a pintaros. En verdad no debéis permitiros tostaros al sol: os sentaría fatal.

—¿Qué puede importar eso? —exclamó riendo Dorian Gray, al tiempo que se sentaba en el banco al fondo del jardín.

—Debiera importároslo todo, señor Gray.

—¿Por qué?

—Porque poseéis la juventud más maravillosa, y la juventud es la única cosa que vale la pena poseer.

—Yo no siento tal cosa, lord Henry.

—No: no lo sentís ahora. Algún día, cuando seáis viejo, rugoso y feo, cuando el pensamiento haya surcado vuestra frente con sus arrugas y la pasión haya marcado vuestros labios con sus fuegos horrendos, lo sentiréis: lo sentiréis terriblemente. Ahora, dondequiera que vais, encandiláis al mundo: ¿será siempre así?... Tenéis un rostro maravillosamente hermoso, señor Gray. No frunzáis el ceño: lo tenéis. Y la belleza es una forma de genio; más excelsa, en verdad, que el genio, pues no precisa de explicación alguna. Figura entre las magnas realidades del mundo, como la luz del sol, o la primavera, o el reflejo en las aguas sombrías de esa concha plateada que llamamos luna: no puede ser puesta en tela de juicio; ostenta su derecho divino de soberanía; convierte en príncipes a quienes la poseen. ¿Sonreís? ¡Ah, cuando la hayáis perdido no sonreiréis!... Las gentes afirman a veces que la belleza es meramente superficial: bien puede ser; mas al menos no es tan superficial como lo es el pensamiento. Para mí la belleza es el prodigio de los prodigios: solo las gentes superficiales no juzgan por las apariencias; el verdadero misterio del mundo es lo visible, no lo invisible... Sí, señor Gray: los dioses han sido generosos con vos; pero lo que los dioses otorgan lo arrebatan con presteza. Apenas disponéis de unos pocos años para vivir de verdad, perfecta y plenamente. Cuando vuestra juventud se extinga, vuestra belleza se extinguirá con ella; y entonces descubriréis de improviso que no os restan victorias, o habréis de conformaros con esos mezquinos triunfos que el recuerdo de vuestro pasado volverá más amargos que derrotas. Cada mes que mengua os aproxima a algo espantoso: el Tiempo siente celos de vos y guerrea contra vuestros lirios y vuestras rosas; os tornaréis cetrino, de mejillas hundidas y mirada apagada: sufriréis horriblemente... ¡Ah, aprovechad vuestra juventud mientras la tengáis! No dilapidéis el oro de vuestros días escuchando a gentes tediosas, intentando enmendar fracasos sin remedio o entregando vuestra vida a los ignorantes, a los mediocres y a los vulgares: tales son los afanes enfermizos, los falsos ideales de nuestra época. ¡Vivid! ¡Vivid la maravillosa existencia que alienta en vos! Que nada se pierda para vuestra sensibilidad: estad siempre a la búsqueda de nuevas sensaciones; no temáis nada... Un nuevo Hedonismo: eso es lo que nuestro siglo reclama, y vos podríais ser su símbolo visible. Con vuestra personalidad no hay nada que no pudieseis lograr: el mundo os pertenece por una temporada... Desde el momento en que os conocí advertí que erais del todo inconsciente de lo que verdaderamente sois, de lo que verdaderamente podríais ser. Había tanto en vos que me embelesaba que sentí la imperiosa necesidad de revelaros algo acerca de vos mismo: pensé cuán trágico resultaría que os malograseis, pues es tan poco el tiempo que dura vuestra juventud... tan poco tiempo. Las humildes flores de las colinas se marchitan, pero florecen de nuevo; el laburno será tan dorado el próximo junio como lo es ahora; dentro de un mes asomarán estrellas de púrpura en la clemátide, y año tras año la verde noche de sus hojas acogerá sus estrellas purpúreas; pero nosotros jamás recobramos nuestra juventud. El latido de júbilo que palpita en nosotros a los veinte años se vuelve perezoso; nuestros miembros flaquean, nuestros sentidos se embotan: degeneramos en grotescas marionetas atormentadas por el recuerdo de las pasiones que nos dieron demasiado miedo y de las exquisitas tentaciones ante las cuales no tuvimos el coraje de sucumbir. ¡Juventud! ¡Juventud! ¡No hay absolutamente nada en el mundo salvo la juventud!

Dorian Gray escuchaba con los ojos desmesuradamente abiertos y absorto de estupor. El ramo de lilas se le cayó de las manos sobre la grava. Una abeja velluda acudió y zumbó a su alrededor durante unos instantes; luego comenzó a trepar afanosamente por el globo ovalado y estrellado de las diminutas florecillas. La contempló con aquel extraño interés por las pequeñeces que procuramos cultivar cuando las cosas de hondo calado nos amedrentan, o cuando nos hallamos turbados por alguna emoción inédita para la cual no encontramos palabras, o cuando algún pensamiento que nos aterra asedia repentinamente el cerebro exigiéndonos la rendición. Al cabo de un rato la abeja echó a volar: la vio deslizarse en el cáliz teñido de una convolvulácea de Tiro; la flor pareció estremecerse y luego osciló suavemente de acá para allá.

De pronto el pintor asomó a la puerta del estudio haciéndoles señas entrecortadas para que entrasen. Se miraron mutuamente y sonrieron.

—¡Estoy esperando! —gritó—. Entrad, os lo ruego: la luz es enteramente perfecta y podéis llevaros las bebidas.

Se levantaron y recorrieron juntos el sendero. Dos mariposas de alas verdes y blancas revolotearon a su lado, y en el peral del rincón del jardín un zorzal rompió a cantar.

—Os alegráis de haberme conocido, señor Gray —dijo lord Henry, mirándolo.

—Sí: me alegro ahora. ¿Me pregunto si me alegraré siempre?

—¡Siempre! Esa es una palabra terrible: me hace estremecer cuando la escucho. Las mujeres son tan propensas a usarla: echan a perder todo idilio pretendiendo que dure para siempre. Además, es una palabra carente de sentido: la única diferencia entre un capricho y una pasión para toda la vida estriba en que el capricho dura un poco más.

Al franquear la entrada del estudio, Dorian Gray posó la mano sobre el brazo de lord Henry: —En ese caso, que nuestra amistad sea un capricho —murmuró, ruborizándose ante su propio atrevimiento; y luego subió a la tarima y recobró la pose.

Lord Henry se acomodó en un amplio sillón de mimbre y lo contempló. El roce ágil y certero del pincel sobre el lienzo constituía el único rumor que rasgaba el silencio, salvo cuando, de tarde en tarde, Hallward retrocedía para contemplar su obra desde la distancia. En los haces oblicuos de luz que cruzaban por la puerta abierta el polvo danzaba con destellos de oro. El denso aroma de las rosas parecía planear sobre todas las cosas.

Al cabo de cerca de un cuarto de hora, Hallward cesó de pintar, contempló largamente a Dorian Gray y luego largamente el retrato, mordisqueando el extremo de uno de sus gruesos pinceles y frunciendo el ceño. —Está completamente terminado —exclamó al fin; y agachándose, estampó su firma con largos trazos bermellones en la esquina izquierda del lienzo.

Lord Henry se acercó a examinar el cuadro: era ciertamente una prodigiosa obra de arte, y un parecido asombroso asimismo.

—Mi querido amigo, te felicito con el más vivo entusiasmo —dijo—. Es el retrato más primoroso de los tiempos modernos. Señor Gray, acercaos a contemplaros.

El muchacho se sobresaltó, cual si despertase de algún sueño.

—¿Está verdaderamente terminado? —murmuró, descendiendo de la tarima.

—Completamente terminado —dijo el pintor—. Y has posado de maravilla hoy: te quedo sumamente agradecido.

—Eso se debe por entero a mí —terció lord Henry—. ¿No es verdad, señor Gray?

Dorian no respondió, sino que pasó indolente por delante de su retrato y se volvió hacia él. Al contemplarlo retrocedió, y sus mejillas se encendieron por un instante de placer. Una mirada de júbilo asomó a sus ojos, cual si se reconociera a sí mismo por primera vez. Permaneció allí inmóvil y extasiado, vagamente consciente de que Hallward le hablaba, pero sin captar el significado de sus palabras. La conciencia de su propia belleza se abatió sobre él cual una revelación: jamás la había sentido antes. Los elogios de Basil Hallward se le habían antojado meras exageraciones encantadoras propias de la amistad: los había escuchado, habíase reído de ellos, los había olvidado; no habían hecho mella en su temperamento. Luego había llegado lord Henry Wotton con su extraño panegírico de la juventud y su terrible advertencia de su brevedad: aquello lo había conmovido en el momento, y ahora, mientras permanecía contemplando la sombra de su propia hermosura, la entera realidad de la advertencia cruzó ante él como un relámpago. Sí: llegaría un día en que su rostro se cubriría de arrugas y se marchitaría, sus ojos se apagarían perdiendo el color, y la gracia de su talle quedaría rota y deformada. El escarlata abandonaría sus labios y el oro se extinguiría de sus cabellos. La vida llamada a forjar su alma desfiguraría su cuerpo: se tornaría espantoso, deforme y abominable.

Al pensar en ello, una aguda punzada de dolor lo atravesó cual cuchillada e hizo temblar cada delicada fibra de su ser. Sus ojos se oscurecieron tornándose color amatista, y tras ellos asomó una nube de lágrimas. Sintió cual si una mano de hielo se hubiera posado sobre su corazón.

—¿No te agrada? —exclamó al cabo Hallward, herido en su amor propio ante el silencio del muchacho, sin comprender qué significaba.

—Por supuesto que le agrada —dijo lord Henry—. ¿A quién no habría de agradarle? Es una de las cosas más magnas del arte moderno: te daré cuanto se te antoje pedir por él; tengo que conseguirlo.

—No es de mi propiedad, Harry.

—¿De quién es propiedad entonces?

—De Dorian, por supuesto —respondió el pintor.

—Es un muchacho verdaderamente afortunado.

—¡Qué triste resulta! —murmuró Dorian Gray sin apartar los ojos de su propio retrato—. ¡Qué triste resulta! Yo me volveré viejo, horrendo y espantoso; mas este cuadro permanecerá siempre joven: jamás envejecerá más allá de este día particular de junio... ¡Si tan solo fuese al revés! ¡Si fuese yo quien permaneciese siempre joven, y fuese el retrato el que envejeciera! ¡Por eso... por eso lo daría todo! ¡Sí: no hay nada en el mundo entero que no daría! ¡Daría mi propia alma por eso!

—Difícilmente te agradaría semejante componenda, Basil —exclamó riendo lord Henry—. Resultaría un trato bastante desapacible para tu obra.

—Me opondría tajantemente, Harry —dijo Hallward.

Dorian Gray se volvió a mirarlo: —Creo que lo harías, Basil: quieres más a tu arte que a tus amigos. Yo no soy más para ti que una figurilla de bronce verdoso; apenas tanto, me atrevería a decir.

El pintor lo miró asombrado: era tan impropio de Dorian hablar de semejante modo... ¿Qué había acontecido? Parecía verdaderamente airado: su rostro estaba encendido y sus mejillas ardían.

—Sí —prosiguió—: soy menos para ti que tu Hermes de marfil o tu Fauno de plata. A ellos los querrás siempre. ¿Cuánto tiempo me querrás a mí? Hasta que me salga la primera arruga, supongo. Sé muy bien ahora que cuando uno pierde la belleza, sea cual fuere, lo pierde todo: tu cuadro me lo ha enseñado. Lord Henry Wotton tiene toda la razón: la juventud es la única cosa que vale la pena poseer. ¡Cuando descubra que me estoy volviendo viejo, me quitaré la vida!

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