El retrato de Dorian Gray·Episodio 03

Capítulo II · I

~10 min · 2042 palabras

Al entrar vieron a Dorian Gray. Hallábase sentado al piano, de espaldas a ellos, hojeando las páginas de un volumen de las «Escenas del bosque» de Schumann. —Tienes que prestarme estas partituras, Basil —exclamó—. Quiero aprenderlas: son absolutamente deliciosas.

—Eso dependerá por entero de cómo poses hoy, Dorian.

—¡Oh, estoy harto de posar, y no deseo un retrato mío de cuerpo entero! —respondió el muchacho, dando media vuelta sobre la banqueta del piano con ademán caprichoso y petulante. Al vislumbrar a lord Henry, un leve rubor tiñó sus mejillas por un instante y se puso en pie de un salto—. Os ruego me perdonéis, Basil: no sabía que tenías visita.

—Este es lord Henry Wotton, Dorian, un viejo amigo mío de Oxford. Acababa de decirle qué modelo extraordinario eras, y ahora lo has echado todo a perder.

—No habéis echado a perder mi placer al conoceros, señor Gray —dijo lord Henry, adelantándose y tendiéndole la mano—. Mi tía me ha hablado muy a menudo de vos: sois uno de sus favoritos y, mucho me temo, una de sus víctimas también.

—Me hallo en la lista negra de lady Agatha en estos momentos —respondió Dorian con una cómica expresión de penitencia—. Le prometí acompañarla a un club de Whitechapel el martes pasado, y en verdad lo olvidé por completo. Íbamos a tocar un dúo juntos... tres dúos, creo. No sé qué me dirá: tengo demasiado miedo para ir a visitarla.

—Oh, yo haré las paces con mi tía en vuestro nombre: os tiene devoción. Y no creo que importe realmente que no hayáis estado allí: el público probablemente se imaginó que era un dúo. Cuando tía Agatha se sienta al piano, hace ruido suficiente para dos personas.

—Eso es muy cruel para con ella, y no muy cortés para conmigo —respondió Dorian riendo.

Lord Henry lo contempló. Sí: era en verdad maravillosamente apuesto, con sus labios escarlata de fino contorno, sus límpidos ojos azules y sus ensortijados cabellos de oro. Había algo en su semblante que inspiraba una confianza inmediata: toda la ingenuidad de la juventud hallábase allí, así como toda la apasionada pureza de la juventud. Daba la impresión de haberse conservado incontaminado del mundo. No era de extrañar que Basil Hallward lo idolatrase.

—Sois demasiado encantador para consagraros a la filantropía, señor Gray: demasiado encantador con mucho. —Y lord Henry se dejó caer sobre el diván y abrió su pitillera.

El pintor habíase afanado en mezclar sus colores y disponer sus pinceles. Mostrábase preocupado, y al oír la última observación de lord Henry, lo miró de soslayo, vaciló un instante y luego dijo: —Harry, deseo concluir este cuadro hoy. ¿Te parecería una grosería imperdonable si te pidiese que te marcharas?

Lord Henry sonrió y miró a Dorian Gray: —¿Debo marcharme, señor Gray? —preguntó.

—¡Oh, por favor, no lo hagáis, lord Henry! Veo que Basil se encuentra en uno de sus arranques de mal humor, y no lo soporto cuando se pone huraño. Además, quiero que me expliquéis por qué motivo no debo consagrarme a la filantropía.

—No sé si os diré eso, señor Gray: es un tema tan tedioso que requeriría hablar con formalidad. Pero ciertamente no huiré ahora que me habéis pedido que me quede. ¿No te importa de veras, verdad, Basil? A menudo me has dicho que te agrada que tus modelos tengan a alguien con quien charlar.

Hallward se mordió los labios. —Si Dorian lo desea, desde luego debes quedarte: los caprichos de Dorian son ley para todo el mundo, salvo para él mismo.

Lord Henry tomó su sombrero y sus guantes. —Eres muy apremiante, Basil, pero temo que debo marcharme: he prometido encontrarme con un conocido en el Orleans. Adiós, señor Gray. Venid a verme alguna tarde a Curzon Street: casi siempre estoy en casa a las cinco. Escribidme cuando penséis venir: lamentaría perderme vuestra visita.

—¡Basil! —exclamó Dorian Gray—. Si lord Henry Wotton se marcha, me marcharé yo también. Jamás despegas los labios mientras pintas, y resulta horriblemente aburrido permanecer de pie sobre una tarima procurando poner cara agradable. Pídele que se quede: insisto en ello.

—Quédate, Harry, por complacer a Dorian y por complacerme a mí —dijo Hallward, contemplando con fijeza su lienzo—. Es muy cierto que jamás hablo cuando trabajo, y tampoco escucho, lo cual debe de ser espantosamente tedioso para mis desdichados modelos. Te suplico que te quedes.

—Pero ¿y qué hay de mi cita en el Orleans?

El pintor echó a reír: —No creo que haya dificultad alguna al respecto. Siéntate de nuevo, Harry. Y ahora, Dorian, sube a la tarima y no te muevas demasiado, ni prestes atención a cuanto diga lord Henry: ejerce una influencia nefasta sobre todos sus amigos, con la sola excepción de mí mismo.

Dorian Gray subió al estrado con el porte de un joven mártir griego y le hizo un mohín de disgusto a lord Henry, hacia quien sentía una viva simpatía. Era tan distinto de Basil: formaban un contraste delicioso. Y poseía una voz tan hermosa... Al cabo de unos instantes le preguntó: —¿Ejercéis en verdad una influencia tan nefasta, lord Henry? ¿Tan nefasta como asegura Basil?

—No existe tal cosa como una buena influencia, señor Gray: toda influencia es inmoral; inmoral desde el punto de vista científico.

—¿Por qué?

—Porque influir en una persona es transferirle la propia alma: ya no piensa sus pensamientos naturales ni arde con sus pasiones naturales. Sus virtudes no son reales para ella; sus pecados, si es que existen tales cosas como pecados, son prestados. Se convierte en el eco de la música de algún otro, en el actor de un papel que no fue escrito para él. La meta de la vida es el pleno desarrollo de uno mismo: desplegar la propia naturaleza cabalmente; para eso estamos aquí cada uno de nosotros. Las gentes sienten miedo de sí mismas hoy en día: han olvidado el más alto de todos los deberes, el deber que cada cual se debe a sí mismo. Por supuesto, son caritativas: alimentan al hambriento y visten al mendigo; mas sus propias almas desfallecen de inanición y andan desnudas. El coraje ha abandonado a nuestra raza; acaso jamás lo hayamos tenido de veras. El terror a la sociedad, que constituye la base de la moral, y el terror a Dios, que constituye el secreto de la religión: tales son las dos fuerzas que nos gobiernan. Y sin embargo...

—Gira la cabeza un poco más a la derecha, Dorian, muchacho —dijo el pintor, absorto en su labor y consciente solo de que una expresión que jamás había advertido en él asomaba al rostro del muchacho.

—Y sin embargo —prosiguió lord Henry, con su voz grave y melodiosa, y con aquel grácil ademán de la mano que le era tan característico desde sus días en Eton—, creo que si un solo hombre viviese su vida de forma plena y completa, si diese forma a cada sentimiento, expresión a cada pensamiento y realidad a cada ensueño... creo que el mundo cobraría un impulso de dicha tan renovado que olvidaríamos todas las dolencias del medievo y regresaríamos al ideal helénico; a algo acaso más sutil y opulento que el ideal helénico. Pero el más bravo entre nosotros siente pavor de sí mismo: la mutilación del salvaje pervive trágicamente en la abnegación que malogra nuestras vidas. Somos castigados por nuestras renuncias. Cada impulso que pugnamos por sofocar se incuba en el entendimiento y nos emponzoña. El cuerpo peca una vez y concluye con su pecado, pues la acción es una forma de purificación: nada resta luego sino el recuerdo de un deleite o el lujo de un remordimiento. El único medio de librarse de una tentación es ceder ante ella: resistidla, y vuestra alma enfermará de nostalgia por aquello que se ha vedado a sí misma, con apetencia de lo que sus monstruosas leyes han trocado en monstruoso e ilícito. Se ha dicho que los grandes acontecimientos del mundo se verifican en el cerebro: es en el cerebro, y solo en el cerebro, donde se verifican también los grandes pecados del mundo. Vos mismo, señor Gray, con vuestra juventud sonrosada y vuestra adolescencia inmaculada, habéis albergado pasiones que os han atemorizado, pensamientos que os han colmado de espanto, ensoñaciones y visiones nocturnas cuyo mero recuerdo bien pudiera teñir vuestras mejillas de vergüenza...

—¡Basta! —balbuceó Dorian Gray—. ¡Basta! Me confundís: no sé qué decir. Debe de haber una respuesta para vos, pero no logro hallarla. No habléis: dejadme pensar; o más bien, dejadme intentar no pensar.

Durante cerca de diez minutos permaneció allí inmóvil, con los labios entreabiertos y los ojos extrañamente relucientes. Era vagamente consciente de que influencias enteramente nuevas bullían en su interior; y sin embargo le parecían brotadas en verdad de sí mismo. Las pocas palabras que el amigo de Basil le había dirigido —palabras pronunciadas al azar, sin duda, y preñadas de deliberada paradoja— habían pulsado una cuerda secreta jamás tocada antes, pero que sentía vibrar y palpitar ahora con extraños latidos.

La música lo había conmovido de semejante suerte: la música lo había turbado en muchas ocasiones; mas la música no era articulada: no era un mundo nuevo, sino más bien otro caos lo que engendraba en nosotros. ¡Palabras! ¡Meras palabras! ¡Cuán terribles eran! ¡Cuán nítidas, vivas y crueles! No era posible escapar de ellas. Y sin embargo, ¡qué magia tan sutil encerraban! Parecían capaces de conferir forma plástica a las cosas informes y poseer una música propia tan dulce como la del laúd o la viola. ¡Meras palabras! ¿Había acaso algo tan real como las palabras?

Sí: había habido cosas en su adolescencia que no había comprendido; ahora las comprendía. La vida cobró de pronto para él un tinte flamígero: se le antojó que había caminado entre las llamas. ¿Por qué no lo había sabido antes?

Con su sutil sonrisa, lord Henry lo contemplaba: conocía el instante psicológico preciso en que era prudente callar. Se sentía vivamente interesado: hallábase maravillado por la repentina impresión que sus palabras habían producido y, rememorando un libro que había leído a los dieciséis años —un libro que le había desvelado mucho de lo que antes ignoraba—, se preguntó si Dorian Gray estaría atravesando por una experiencia semejante. No había hecho sino disparar una flecha al aire: ¿había acertado en la diana? ¡Qué muchacho tan fascinante era!

Hallward continuaba pintando con aquel trazo suyo maravillosamente audaz, dotado de la verdadera distinción y la perfecta delicadeza que en el arte, al menos, brotan tan solo de la fuerza. Era ajeno al silencio.

—Basil, estoy cansado de estar de pie —exclamó Dorian Gray de repente—. Tengo que salir al jardín a sentarme: aquí el aire es sofocante.

—Mi querido amigo, ¡cuánto lo lamento! Cuando pinto, soy incapaz de pensar en otra cosa. Pero jamás has posado mejor: has estado enteramente quieto. Y he captado el efecto que buscaba: los labios entreabiertos y la mirada reluciente en los ojos. No sé qué te habrá estado diciendo Harry, pero ciertamente ha logrado arrancarte la expresión más prodigiosa. Supongo que te habrá colmado de cumplidos: no debes creer ni una sola palabra de cuanto dice.

—Ciertamente no me ha dedicado cumplidos; acaso sea esa la razón por la que no creo nada de cuanto me ha dicho.

—Bien sabes que lo crees todo —dijo lord Henry, contemplándolo con sus ojos lánguidos y soñadores—. Saldré al jardín con vos: hace un calor espantoso en el estudio. Basil, que nos sirvan algo helado para beber; algo que lleve fresas.

—Por supuesto, Harry: toca el timbre, y cuando venga Parker le diré lo que queréis. Tengo que retocar este fondo, de modo que me uniré a vosotros más tarde. No retengas a Dorian demasiado tiempo: jamás me he encontrado en mejor forma para pintar que hoy; esta va a ser mi obra maestra: es ya mi obra maestra tal como está.

Lord Henry salió al jardín y encontró a Dorian Gray hundiendo el rostro en los grandes y frescos racimos de lilas, bebiendo febrilmente su perfume como si fuese vino. Se le acercó y le puso la mano sobre el hombro: —Hacéis muy bien en hacer eso —murmuró—. Nada puede curar el alma salvo los sentidos, del mismo modo que nada puede curar los sentidos salvo el alma.

Fin del Episodio 3 · de 41

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