El retrato de Dorian Gray·Episodio 37

Capítulo XVIII · I

~9 min · 1891 palabras

Al día siguiente no salió de la casa y, en verdad, pasó la mayor parte del tiempo en su propia habitación, enfermo de un terror salvaje a morir y, sin embargo, indiferente a la vida misma. La conciencia de sentirse acosado, acorralado y perseguido había comenzado a dominarlo por entero. Con solo temblar el tapiz por el viento, él se estremecía. Las hojas muertas que el vendaval arrojaba contra los cristales emplomados se le antojaban semejantes a sus propios propósitos truncados y a sus vanos remordimientos. Cuando cerraba los ojos, volvía a ver el rostro del marinero atisbándolo a través del vidrio empañado, y el horror parecía posar una vez más su garra sobre su corazón.

Pero tal vez hubiese sido únicamente su fantasía lo que había convocado la venganza de la noche y puesto ante sus ojos las espantosas formas del castigo. La vida real era un caos, pero había algo terriblemente lógico en la imaginación. Era la imaginación la que ponía al remordimiento tras los talones del pecado. Era la imaginación la que hacía que cada crimen engendrara su estirpe monstruosa. En el mundo común de los hechos los malvados no recibían castigo, ni los virtuosos recompensa alguna. El triunfo correspondía al fuerte, la derrota se imponía al débil. Eso era todo. Además, si algún forastero hubiese estado merodeando en torno a la casa, habría sido visto por los criados o por los guardabosques. Si se hubiesen encontrado huellas sobre los canteros de flores, los jardineros habrían dado parte de ello. Sí, no había sido más que una quimera. El hermano de Sibyl Vane no había regresado para matarlo. Se había hecho a la vela en su navío para zozobrar en algún mar invernal. De él, a todas luces, estaba a salvo. ¡Pero si aquel hombre ni siquiera sabía quién era él, ni podía saber quién era! La máscara de la juventud lo había salvado.

Y con todo, aun si no hubiera sido más que una ilusión, ¡qué atroz resultaba pensar que la conciencia pudiera suscitar fantasmas tan aterradores, darles forma visible y hacerlos moverse ante uno! ¿Qué clase de vida sería la suya si, día y noche, las sombras de su crimen hubieran de atisbarlo desde rincones silenciosos, burlarse de él desde escondrijos secretos, susurrarle al oído mientras presidía un banquete o despertarlo con dedos helados mientras dormía en su lecho? A medida que semejante pensamiento se deslizaba por su cerebro, palidecía de espanto, y el aire circundante se le antojaba haberse vuelto repentinamente más frío. ¡Ah, en qué hora salvaje de locura había asesinado a su amigo! ¡Qué pavoroso resultaba el mero recuerdo de aquella escena! Lo contemplaba todo de nuevo. Cada espantoso pormenor volvía a su memoria revestido de un horror renovado. Del negro abismo del tiempo, terrible y amortajado en escarlata, se alzaba el espectro de su pecado. Cuando lord Henry entró a las seis, lo encontró llorando como un hombre a quien se le parte el corazón.

No fue sino hasta el tercer día cuando se aventuró a salir al exterior. Había algo en el aire puro y balsámico de aquella mañana invernal, con su fragancia de pinos, que pareció devolverle su jovialidad y su ardor por la vida. Pero no fueron únicamente las condiciones físicas del ambiente las causantes de semejante transformación. Su propia naturaleza se había rebelado contra el exceso de angustia que pretendía mutilar y enturbiar la perfección de su sosiego. Con los temperamentos sutiles y primorosamente labrados ocurre siempre así. Sus pasiones poderosas han de doblegarse o quebrarse. O bien aniquilan al hombre, o bien mueren ellas mismas. Los pesares vanos y los amores superficiales perduran; los grandes amores y los grandes dolores perecen víctimas de su propia plenitud. Además, se había persuadido a sí mismo de haber sido víctima de una imaginación desbocada por el pánico, y contemplaba ahora sus antiguos temores con algo de lástima y no poco desdén.

Después del desayuno paseó durante una hora con la duquesa por el jardín, y luego cruzó el parque en carruaje para unirse a la partida de caza. La escarcha crujiente yacía como sal sobre la hierba. El cielo era una copa invertida de metal azulado. Una delgada película de hielo ribeteaba el lago inmóvil y cubierto de juncos.

En el linde del pinar divisó a sir Geoffrey Clouston, el hermano de la duquesa, expulsando dos cartuchos gastados de su escopeta. Dorian saltó de la calesa y, tras ordenar al palafrenero que llevara la yegua a las caballerizas, avanzó hacia su invitado a través de los helechos marchitos y la maleza agreste.

—¿Ha habido buena caza, Geoffrey? —preguntó.

—No muy buena, Dorian. Me parece que la mayor parte de las piezas se ha marchado al campo abierto. Imagino que mejorará después del almuerzo, cuando pasemos a terreno nuevo.

Dorian caminó despacio a su lado. El aire penetrante y aromático, los destellos ocres y rojizos que brillaban en el bosque, los gritos roncos de los ojeadores resonando de vez en cuando y los secos disparos de las escopetas que los sucedían, lo fascinaban y lo colmaban de una deliciosa sensación de libertad. Se sentía dominado por la indolencia de la felicidad, por la soberana indiferencia de la dicha.

De pronto, de una mata apelmazada de hierba seca a unas veinte yardas delante de ellos, con las orejas de puntas negras tiesas y las largas patas traseras impulsándola hacia adelante, saltó una liebre. Huyó a la carrera hacia un soto de alisos. Sir Geoffrey se encaró la escopeta, pero había algo en la gracia del movimiento del animal que cautivó de forma singular a Dorian Gray, y gritó en el acto: —¡No le dispares, Geoffrey! Déjala con vida.

—¡Qué tontería, Dorian! —rió su acompañante, y cuando la liebre penetraba de un salto en la espesura, apretó el gatillo. Se oyeron dos chillidos: el alarido de una liebre herida, que resulta espantoso, y el grito de agonía de un hombre, que es aún peor.

—¡Santo cielo! ¡Le he acertado a un ojeador! —exclamó sir Geoffrey—. ¡Qué estúpido meterse delante de las escopetas! ¡Cesad el fuego allá abajo! —gritó con todas sus fuerzas—. ¡Hay un hombre herido!

El guarda mayor acudió corriendo con un bastón en la mano.

—¿Dónde, señor? ¿Dónde está? —gritó. Al mismo tiempo cesaron los disparos a lo largo de toda la línea de caza.

—Aquí —respondió sir Geoffrey irritado, apresurándose hacia el matorral—. ¿Por qué diablos no mantienes a tus hombres detrás? Me ha estropeado la tirada del día.

Dorian los observó internarse en el grupo de alisos, apartando las ramas flexibles y oscilantes. Unos momentos después reaparecieron, arrastrando un cuerpo tras de sí hacia la luz del sol. Él apartó la mirada con horror. Se le antojaba que la desgracia lo perseguía allá donde fuera. Oyó a sir Geoffrey preguntar si el hombre estaba muerto en verdad, y la respuesta afirmativa del guarda. El bosque pareció poblarse repentinamente de rostros vivos. Hubo un tropel de pasos y un sordo rumor de voces. Un gran faisán de pecho cobrizo cruzó batiendo las alas por encima de sus cabezas.

Pasados unos instantes —que a él, en su estado de angustia, se le antojaron interminables horas de dolor—, sintió una mano posarse sobre su hombro. Se sobresaltó y miró en torno a sí.

—Dorian —dijo lord Henry—, más vale que les diga que se suspende la cacería por hoy. No estaría bien continuar.

—Ojalá se suspendiera para siempre, Harry —respondió con amargura—. Todo esto es atroz y despiadado. ¿El hombre...?

No pudo terminar la frase.

—Me temo que sí —repuso lord Henry—. Recibió toda la perdigonada en el pecho. Debe de haber muerto casi en el acto. Ven; volvamos a casa.

Caminaron juntos en dirección a la avenida durante cerca de cincuenta yardas sin pronunciar palabra. Luego Dorian miró a lord Henry y dijo, con un pesado suspiro: —Es un mal agüero, Harry, un pésimo agüero.

—¿Qué cosa? —preguntó lord Henry—. ¡Ah! Este accidente, supongo. Querido mío, no tiene remedio. Ha sido culpa del propio hombre. ¿Por qué se metió delante de las escopetas? Además, nada tiene que ver con nosotros. Resulta algo desagradable para Geoffrey, desde luego. No está bien acribillar a los ojeadores; hace pensar a la gente que uno dispara a tontas y a locas. Y Geoffrey no lo hace; tiene una puntería excelente. Pero de nada sirve seguir hablando del asunto.

Dorian sacudió la cabeza. —Es un mal agüero, Harry. Siento como si algo horrible fuese a sucedernos a alguno de nosotros. A mí mismo, tal vez —añadió, pasándose la mano por los ojos con un ademán de dolor.

El hombre maduro se echó a reír. —La única cosa verdaderamente horrible en el mundo es el ennui, Dorian. Ese es el único pecado para el que no existe perdón. Pero no es probable que lo padezcamos a menos que estos caballeros se empeñen en charlar sobre esto durante la cena. Tendré que advertirles de que el tema queda proscrito. En cuanto a los agüeros, no existen tales cosas. El destino no nos envía heraldos. Es demasiado sabio o demasiado cruel para eso. Además, ¿qué diablos podría ocurrirte a ti, Dorian? Tienes todo cuanto un hombre puede desear en este mundo. No hay nadie que no estuviera encantado de cambiar de lugar contigo.

—No hay nadie con quien yo no cambiara gustoso mi lugar, Harry. No te rías de ese modo. Te estoy diciendo la pura verdad. El desdichado aldeano que acaba de morir es más afortunado que yo. No le tengo miedo a la muerte. Es la llegada de la muerte lo que me aterroriza. Sus alas monstruosas parecen revolotear en torno a mí en este aire de plomo. ¡Dios del cielo! ¿No ves a un hombre moviéndose entre los árboles allá enfrente, vigilándome, aguardándome?

Lord Henry miró en la dirección que señalaba la mano enguantada y temblorosa. —Sí —dijo sonriendo—; veo al jardinero esperándote. Supongo que querrá preguntarte qué flores deseas tener sobre la mesa esta noche. ¡Qué absurdamente nervioso estás, mi querido amigo! Tendrás que venir a consultar a mi médico en cuanto regresemos a la ciudad.

Dorian exhaló un suspiro de alivio al ver acercarse al jardinero. El hombre se tocó el ala del sombrero, miró por un momento a lord Henry con ademán vacilante y luego extrajo una carta que entregó a su señor. —Su Excelencia me ordenó aguardar una respuesta —murmuró.

Dorian se guardó la carta en el bolsillo. —Dile a su Excelencia que voy enseguida —dijo con frialdad. El criado dio media vuelta y echó a andar apresuradamente hacia la casa.

—¡Qué afición tienen las mujeres a hacer cosas peligrosas! —rió lord Henry—. Es una de las cualidades que más admiro en ellas. Una mujer coqueteará con cualquiera en el mundo siempre que haya testigos delante.

—¡Qué afición tienes tú a decir cosas peligrosas, Harry! En este caso vas totalmente desencaminado. La duquesa me agrada muchísimo, pero no la amo.

—Y la duquesa te ama con locura, pero le agradas menos; de modo que hacéis una pareja primorosa.

—Estás fomentando habladurías, Harry, y jamás existe fundamento alguno para las habladurías.

—El fundamento de todo escándalo es una certeza inmoral —dijo lord Henry encendiendo un cigarrillo.

—Serías capaz de sacrificar a cualquiera, Harry, por el brillo de un epigrama.

—El mundo acude al altar del sacrificio por su propia voluntad —fue la respuesta.

Fin del Episodio 37 · de 41

Capítulo XVIII · I

Siguiente Episodio 38~7 minCapítulo XVIII · II“—Ojalá pudiera amar —exclamó Dorian Gray con un hondo acento patético en la voz.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.