Capítulo XVIII · II
~7 min · 1433 palabras
Ojalá pudiera amar —exclamó Dorian Gray con un hondo acento patético en la voz—. Pero me parece haber perdido la pasión y olvidado el deseo. Estoy demasiado concentrado en mí mismo. Mi propia personalidad se ha convertido en una carga para mí. Deseo escapar, marcharme lejos, olvidar. Fue una insensatez por mi parte venir aquí. Creo que pondré un telegrama a Harvey para que tenga listo el yate. En un yate uno se siente a salvo.
—¿A salvo de qué, Dorian? Te ocurre algo malo. ¿Por qué no me dices qué es? Sabes bien que te ayudaría.
—No puedo decírtelo, Harry —respondió con tristeza—. Y me imagino que solo es una aprensión mía. Este desdichado accidente me ha trastornado. Tengo el horrible presentimiento de que algo semejante va a ocurrirme a mí.
—¡Qué disparate!
—Ojalá lo sea, pero no puedo evitar sentirlo. ¡Ah! Aquí llega la duquesa, semejante a Artemisa con un vestido sastre. Ya ve que estamos de regreso, duquesa.
—Me he enterado de todo, señor Gray —respondió ella—. El pobre Geoffrey está desolado. Y según parece, usted le pidió que no disparase a la liebre. ¡Qué singular!
—Sí, fue muy singular. No sé qué me impulsó a decirlo. Un capricho repentino, supongo. Parecía la más encantadora de las pequeñas criaturas vivientes. Pero lamento que le hayan hablado del hombre. Es un asunto espantoso.
—Es un asunto fastidioso —terció lord Henry—. Carece de todo valor psicológico. Ahora bien, si Geoffrey hubiera hecho la cosa a propósito, ¡qué interesante resultaría! Me gustaría mucho conocer a alguien que hubiera cometido un asesinato de verdad.
—¡Qué crueldad la tuya, Harry! —exclamó la duquesa—. ¿Verdad que sí, señor Gray? ¡Harry, el señor Gray se siente indispuesto otra vez! Se va a desmayar.
Dorian se irguió con esfuerzo y sonrió. —No es nada, duquesa —murmuró—; mis nervios andan terriblemente descompuestos. Eso es todo. Me temo que he caminado demasiado esta mañana. No alcancé a oír lo que dijo Harry. ¿Fue algo muy terrible? Tendrá que contármelo en otra ocasión. Creo que debo retirarme a descansar. Me disculparán, ¿verdad?
Habían alcanzado la gran escalinata que conducía desde el invernadero a la terraza. Al cerrarse la puerta acristalada tras Dorian, lord Henry se volvió y miró a la duquesa con sus ojos adormilados. —¿Estás muy enamorada de él? —le preguntó.
Ella no respondió de inmediato, sino que se quedó contemplando el paisaje. —Ojalá lo supiera —dijo al cabo.
Él movió la cabeza. —Saberlo sería fatal. Es la incertidumbre lo que nos fascina. La niebla vuelve maravillosas las cosas.
—Uno puede extraviar el camino.
—Todos los caminos concluyen en el mismo punto, mi querida Gladys.
—¿Cuál es?
—El desengaño.
—Ese fue mi début en la vida —suspiró ella.
—Llegó a ti coronado de hojas de fresa.
—Estoy cansada de las hojas de fresa ducales.
—Te sientan admirablemente.
—Solo en público.
—Las echarías de menos —dijo lord Henry.
—No me desprendería de un solo pétalo.
—Monmouth tiene oídos.
—La vejez es dura de oído.
—¿Nunca ha tenido celos?
—Ojalá los hubiese tenido.
Lord Henry miró a su alrededor como si buscara algo. —¿Qué estás buscando? —inquirió ella.
—El botón de tu florete —respondió él—. Se te ha caído.
Ella rió. —Aún conservo la careta.
—Hace que tus ojos parezcan más bellos —fue la réplica.
Ella rió de nuevo. Sus dientes asomaron como semillas blancas en un fruto de púrpura escarlata.
Arriba, en su propia habitación, Dorian Gray yacía tendido en un sofá, con el pánico vibrando en cada fibra estremecida de su cuerpo. La vida se había transformado repentinamente en una carga demasiado espantosa para ser soportada. La horrible muerte del desventurado ojeador, abatido en la maleza como una fiera salvaje, se le antojaba la prefiguración de su propia muerte. Casi se había desvanecido ante lo que lord Henry dijera en un arrebato casual de cinismo burlón.
A las cinco en punto tiró del cordón de la campanilla para llamar a su ayuda de cámara y le ordenó preparar el equipaje para tomar el expreso nocturno rumbo a la ciudad, y disponer que el carruaje estuviera ante la puerta a las ocho y media. Estaba resuelto a no pasar una sola noche más en Selby Royal. Era una mansión maldita. La muerte se paseaba por ella a plena luz del sol. La hierba del bosque se había manchado de sangre humana.
Luego escribió unas líneas a lord Henry, avisándole de que partía hacia Londres para consultar a su médico y rogándole que atendiese a los invitados durante su ausencia. Mientras introducía la esquela en el sobre, llamaron a la puerta y su ayuda de cámara le anunció que el guarda mayor deseaba verle. Frunció el ceño y se mordió el labio. —Hazlo pasar —murmuró tras unos instantes de vacilación.
En cuanto el hombre entró, Dorian sacó su talonario de cheques de un cajón y lo abrió ante sí sobre la mesa.
—Supongo que viene usted por el desdichado accidente de esta mañana, Thornton —dijo tomando la pluma.
—Sí, señor —respondió el guardabosques.
—¿Estaba casado el pobre infeliz? ¿Tenía familia que dependiese de él? —preguntó Dorian con aire aburrido—. De ser así, no querría que quedasen en la indigencia, y les enviaré cualquier suma de dinero que usted considere oportuna.
—No sabemos quién es, señor. Eso es precisamente por lo que me tomé la libertad de venir a verle.
—¿Que no saben quién es? —dijo Dorian con desgana—. ¿Qué quiere usted decir? ¿Acaso no era uno de sus hombres?
—No, señor. No lo había visto jamás. Parece un marinero, señor.
La pluma se le cayó de la mano a Dorian Gray, y sintió como si su corazón se detuviera de repente. —¿Un marinero? —exclamó—. ¿Ha dicho usted un marinero?
—Sí, señor. Tiene toda la traza de haber sido una especie de marinero; lleva tatuajes en ambos brazos y cosas por el estilo.
—¿Se le encontró algo encima? —preguntó Dorian, inclinándose hacia adelante y mirando al hombre con ojos desencajados—. ¿Algún documento que revele su nombre?
—Algo de dinero, señor... no mucho, y un revólver de seis tiros. No había ningún nombre de ninguna clase. Un hombre de aspecto decente, señor, pero rudo. Una especie de marinero, pensamos.
Dorian se puso en pie de un salto. Una salvaje esperanza aleteó ante él. Se aferró a ella con frenesí. —¿Dónde está el cadáver? —exclamó—. ¡Rápido! Tengo que verlo de inmediato.
—Está en un establo vacío en la Granja Principal, señor. A la gente de campo no le gusta tener esa clase de cosas en sus casas. Dicen que un muerto trae mala suerte.
—¡La Granja Principal! Vaya allí de inmediato y espéreme. Ordene a uno de los mozos que ensille mi caballo. No. No importa. Iré yo mismo a las caballerizas. Se ganará tiempo.
En menos de un cuarto de hora, Dorian Gray galopaba avenida abajo a rienda suelta. Los árboles parecían desfilar a su lado en procesión espectral, y sombras salvajes se cruzaban a través de su camino. En una ocasión la yegua se asustó ante un poste blanco y casi lo descabalga. Le cruzó el cuello con la fusta. El animal hendió el aire sombrío como una flecha. Las piedras saltaban bajo sus cascos.
Por fin llegó a la Granja Principal. Dos hombres merodeaban por el patio. Saltó de la silla y arrojó las riendas a uno de ellos. En el establo más apartado brillaba una luz. Algo pareció decirle que el cuerpo estaba allí, y corrió hacia la puerta y posó la mano sobre el pestillo.
Allí se detuvo un instante, presintiendo que se hallaba en el umbral de un descubrimiento que salvaría o arruinaría su vida para siempre. Luego empujó la puerta y entró.
Sobre un montón de sacos en el rincón más alejado yacía el cadáver de un hombre vestido con una camisa basta y un pantalón azul de faena. Le habían cubierto el rostro con un pañuelo de topos. Una vela tosca, clavada en el cuello de una botella, chisporroteaba a su lado.
Dorian Gray se estremeció. Sintió que no podía ser su propia mano la que apartase el pañuelo, y llamó a gritos a uno de los peones para que se acercara.
—Quite eso de la cara. Deseo verla —dijo, asiéndose al quicio de la puerta para sostenerse.
Cuando el peón hubo retirado el pañuelo, Dorian dio un paso adelante. Un grito de júbilo brotó de sus labios. El hombre abatido de un disparo en la maleza era James Vane.
Permaneció allí durante varios minutos contemplando el cadáver. Cuando regresaba a caballo a su casa, sus ojos estaban anegados de lágrimas, pues sabía que estaba a salvo.
Fin del Episodio 38 · de 41
Capítulo XVIII · II
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