El retrato de Dorian Gray·Episodio 35

Capítulo XVI · II

~7 min · 1380 palabras

Quizá.

—Buenas noches, entonces.

—Buenas noches —respondió el joven, subiendo los peldaños y secándose la boca reseca con un pañuelo.

Dorian caminó hacia la puerta con un rictus de dolor en el rostro. Al descorrer la cortina, una horrenda carcajada brotó de los labios pintarrajeados de la mujer que había tomado su dinero. —¡Ahí va el pacto con el diablo! —hipó con voz ronca.

—¡Maldita seas! —respondió él—. No me llames así.

Ella chasqueó los dedos. —Príncipe Azul es como te gusta que te llamen, ¿no es verdad? —chilló tras él.

El marinero adormilado se puso en pie de un salto al oírla y paseó una mirada extraviada a su alrededor. El sonido de la puerta del vestíbulo al cerrarse llegó a sus oídos. Salió a la carrera como en su persecución.

Dorian Gray apresuraba el paso a lo largo del muelle bajo la llovizna incesante. El encuentro con Adrian Singleton lo había conmovido de forma extraña, y se preguntaba si la ruina de aquella joven vida debía cargarse en verdad sobre sus espaldas, como Basil Hallward le había dicho con tamaña infamia de insultos. Se mordió el labio y durante unos instantes sus ojos se ensombrecieron. Y sin embargo, después de todo, ¿qué le importaba a él? Los días de un hombre eran demasiado breves para cargar con los errores ajenos sobre los hombros. Cada cual vivía su propia vida y pagaba su propio precio por vivirla. La única lástima era tener que pagar con tanta frecuencia por una sola falta. Había que pagar una y otra vez, en verdad. En su trato con los hombres, el destino jamás saldaba sus cuentas.

Hay momentos, nos dicen los psicólogos, en que la pasión por el pecado, o por lo que el mundo denomina pecado, domina de tal modo la naturaleza que cada fibra del cuerpo, como cada celda del cerebro, parece dotada por instinto de impulsos aterradores. En tales trances, hombres y mujeres pierden el libre albedrío. Avanzan hacia su terrible fin como se mueven los autómatas. La facultad de elegir les es arrebatada, y la conciencia o bien queda aniquilada o bien, si sobrevive, solo subsiste para conferir a la rebelión su fascinación y a la desobediencia su encanto. Pues todos los pecados, como no se cansan de recordarnos los teólogos, son pecados de desobediencia. Cuando aquel excelso espíritu, el lucero de la mañana del mal, cayó de los cielos, cayó como rebelde.

Insensible, concentrado en el mal, con el pensamiento mancillado y el alma hambrienta de rebeldía, Dorian Gray apresuraba el paso, acelerando la marcha a medida que avanzaba; pero al internarse de improviso bajo un arco en penumbra que le servía a menudo de atajo hacia el infame callejón al que se dirigía, sintió que unos brazos lo aferraban con violencia por la espalda, y antes de tener tiempo de defenderse se vio empujado contra la pared, con una mano brutal cerrándose sobre su cuello.

Luchó frenéticamente por su vida y, merced a un esfuerzo sobrehumano, logró arrancar los dedos que se apretaban en torno a su garganta. Al segundo oyó el chasquido de un revólver, distinguió el brillo de un cañón pulido apuntando directo a su sien, y divisó la silueta oscura de un hombre bajo y corpulento plantado ante él.

—¿Qué quieres? —gimió jadeante.

—Cállate la boca —dijo el hombre—. Si te mueves, te pego un tiro.

—Estás loco. ¿Qué te he hecho yo?

—Destrozaste la vida de Sibyl Vane —fue la respuesta—, y Sibyl Vane era mi hermana. Se suicidó. Lo sé muy bien. Su muerte pesa sobre tu cabeza. Juré que te mataría como venganza. Durante años te he estado buscando. No tenía ninguna pista, ningún rastro. Las dos únicas personas capaces de describirte estaban muertas. No sabía nada de ti salvo el cariñoso apodo con que ella te llamaba. Lo he escuchado esta noche por pura casualidad. Ponte en paz con Dios, porque esta noche vas a morir.

Dorian Gray sintió que desfallecía de espanto. —Jamás la conocí —balbuceó—. Nunca oí hablar de ella. Estás loco de remate.

—Más vale que confieses tu culpa, pues tan seguro como que soy James Vane, vas a morir aquí mismo. —Hubo un instante espantoso. Dorian no sabía qué decir ni qué hacer—. ¡Ponte de rodillas! —rugió el hombre—. Te concedo un minuto para rezar... ni un segundo más. Esta noche me embarco rumbo a la India, y debo liquidar mi faena primero. Un minuto. Eso es todo.

Los brazos de Dorian cayeron a los costados. Paralizado por el terror, no sabía qué hacer. De pronto, una salvaje esperanza cruzó por su mente. —¡Espera! —gritó—. ¿Cuánto tiempo hace que murió tu hermana? ¡Rápido, dímelo!

—Dieciocho años —dijo el marinero—. ¿Por qué me lo preguntas? ¿Qué importan los años?

—¡Dieciocho años! —rió Dorian Gray con un acento de triunfo en la voz—. ¡Dieciocho años! ¡Llévame bajo el farol y mírame la cara!

James Vane vaciló un instante, sin comprender lo que aquello significaba. Luego agarró a Dorian Gray y lo arrastró fuera del arco.

Tenue y titilante como era la luz agitada por el viento, bastó sin embargo para mostrarle el tremendo error en que parecía haber caído, pues el rostro del hombre a quien se disponía a matar conservaba toda la lozanía de la mocedad, toda la pureza inmaculada de la juventud. No parecía más que un muchacho de apenas veinte veranos, apenas mayor, si es que era mayor en verdad, de lo que su hermana había sido cuando se despidieron hacía tantos años. Resultaba evidente que aquel no podía ser el hombre que había arruinado la vida de Sibyl.

Aflojó su presa y retrocedió tambaleándose. —¡Dios mío! ¡Dios mío! —exclamó—. ¡Y casi te asesino!

Dorian Gray respiró largamente. —Has estado a un paso de cometer un crimen atroz, hombre de Dios —dijo mirándolo con severidad—. Que esto te sirva de advertencia para no tomarte la justicia por tu mano.

—Perdóneme, señor —murmuró James Vane—. Me dejé engañar. Una palabra casual que escuché en esa maldita cueva me puso sobre una pista falsa.

—Más vale que te marches a casa y guardes esa pistola, o te buscarás problemas —dijo Dorian, dando media vuelta y alejándose lentamente calle abajo.

James Vane permaneció sobre la acera, anonadado de espanto. Temblaba de pies a cabeza. Al cabo de unos instantes, una sombra negra que venía reptando pegada al muro chorreante avanzó hacia la luz y se acercó a él con pasos sigilosos. El hombre sintió una mano posarse sobre su brazo y se volvió sobresaltado. Era una de las mujeres que habían estado bebiendo ante el mostrador.

—¿Por qué no lo has matado? —siseó la mujer, acercando su rostro demacrado al de él—. Ya sabía yo que lo estabas siguiendo cuando saliste disparado de Daly’s. ¡Pedazo de idiota! Debiste matarlo. Tiene un dineral por castigo, y es más malo que la sarna.

—No es el hombre que ando buscando —respondió él—, y no quiero el dinero de nadie. Lo que busco es la vida de un hombre. El hombre cuya vida reclamo debe de rondar los cuarenta años ahora. Este no pasa de ser un chiquillo. Gracias a Dios no manché mis manos con su sangre.

La mujer soltó una carcajada amarga. —¡Un chiquillo, dice! —se burló con desdén—. ¡Si casi hace dieciocho años que ese Príncipe Azul me convirtió en lo que soy ahora!

—¡Mientes! —gritó James Vane.

La mujer alzó la mano al cielo. —¡Por Dios bendito que te estoy diciendo la pura verdad! —exclamó.

—¿Por Dios bendito?

—Que me quede muda si no es cierto. Es el peor bicho de cuantos vienen por aquí. Dicen que le ha vendido el alma al diablo a cambio de una cara bonita. Hace cerca de dieciocho años que lo conocí. Poco ha cambiado desde entonces. ¡En cambio yo sí que he cambiado! —añadió con una mueca repulsiva.

—¿Juras que esto es verdad?

—Lo juro por mi vida —resonó el eco ronco de su boca desdentada—. Pero no me vayas a delatar ante él —lloriqueó—; le tengo mucho miedo. Dame unas monedas para pagarme una cama esta noche.

El marinero se desprendió de ella soltando un juramento y corrió hasta la esquina de la calle, pero Dorian Gray se había esfumado. Cuando miró hacia atrás, la mujer también había desaparecido.

Fin del Episodio 35 · de 41

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