El retrato de Dorian Gray·Episodio 33

Capítulo XV · II

~7 min · 1335 palabras

Me agradan los hombres con porvenir y las mujeres con pasado —respondió—. ¿O cree usted que eso convertiría la reunión en una fiesta de faldas?

—Me temo que sí —dijo ella riendo mientras se ponía en pie—. Mil perdones, mi querida lady Ruxton —añadió—; no advertí que aún no había terminado usted su cigarrillo.

—No se preocupe, lady Narborough. Fumo muchísimo más de la cuenta. Pienso contenerme en el futuro.

—Por favor, no lo haga, lady Ruxton —intervino lord Henry—. La moderación es una cosa funesta. Lo suficiente resulta tan malo como una comida frugal. Más que suficiente es tan placentero como un banquete de fiesta.

Lady Ruxton lo miró con curiosidad. —Tendrá que venir una tarde de estas a explicarme esa teoría, lord Henry. Suena fascinante —murmuró, saliendo con porte majestuoso de la habitación.

—¡Y mucho cuidado con no entreteneros demasiado con vuestra política y vuestras habladurías! —gritó lady Narborough desde la puerta—. De lo contrario, acabaremos riñendo arriba.

Los caballeros se echaron a reír, y el señor Chapman se levantó solemnemente del extremo de la mesa para situarse en la cabecera. Dorian Gray mudó de asiento y fue a colocarse junto a lord Henry. El señor Chapman comenzó a perorar en voz estentórea acerca de la situación política en la Cámara de los Comunes. Se burlaba con risotadas de sus adversarios parlamentarios. El término doctrinario —palabra preñada de terror para el espíritu británico— reaparecía de tiempo en cuando en mitad de sus estallidos retóricos. Una aliteración servía de oropel a su oratoria. Izaba la bandera británica en las cumbres del pensamiento. La estupidez hereditaria de la raza —sano sentido común inglés, la llamaba con jovialidad— se presentaba como el baluarte supremo de la sociedad.

Una sonrisa curvó los labios de lord Henry, que se volvió para mirar a Dorian.

—¿Te encuentras mejor, querido amigo? —le preguntó—. Parecías algo indispuesto durante la cena.

—Me encuentro perfectamente bien, Harry. Estoy cansado. Eso es todo.

—Estuviste encantador anoche. La duquesita siente verdadera devoción por ti. Me dice que va a bajar a Selby.

—Me ha prometido venir el día veinte.

—¿Estará Monmouth allí también?

—Ah, sí, Harry.

—Me aburre de manera atroz, casi tanto como la aburre a ella. Ella es sumamente inteligente, demasiado inteligente para ser mujer. Carece del indefinible encanto de la debilidad. Son los pies de barro los que confieren valor al oro de la estatua. Sus pies son muy hermosos, pero no son de barro. Pies de porcelana blanca, si se quiere. Han pasado por el fuego, y lo que el fuego no destruye, lo endurece. Posee experiencia.

—¿Cuánto tiempo lleva casada? —preguntó Dorian.

—Una eternidad, me asegura ella. Creo que, según el libro de la nobleza, son diez años; pero diez años con Monmouth deben de haber parecido una eternidad con propina de tiempo. ¿Quién más va a venir?

—Oh, los Willoughby, lord Rugby y su esposa, nuestra anfitriona, Geoffrey Clouston, el grupo de siempre. He invitado a lord Grotrian.

—Me cae simpático —dijo lord Henry—. Hay mucha gente que no lo tolera, pero yo lo encuentro encantador. Compensa el hecho de ir de vez en cuando algo emperifollado estando siempre absolutamente supereducado. Es un tipo sumamente moderno.

—No sé si podrá venir, Harry. Quizá tenga que marcharse a Montecarlo con su padre.

—¡Ah! ¡Qué calamidad son las familias de la gente! Haz lo posible para que venga. A propósito, Dorian, anoche te escabulliste muy temprano. Te marchaste antes de las once. ¿Qué hiciste después? ¿Te fuiste directo a casa?

Dorian lo miró apresuradamente y frunció el ceño.

—No, Harry —dijo al cabo—; no llegué a casa hasta casi las tres.

—¿Fuiste al club?

—Sí —respondió. Luego se mordió el labio—. No, no quise decir eso. No fui al club. Estuve paseando. Olvidé lo que hice... ¡Qué inquisitivo eres, Harry! Siempre quieres saber lo que ha estado haciendo uno. Yo siempre deseo olvidar lo que he hecho. Entré en casa a las dos y media, si deseas saber la hora exacta. Me había dejado la llave de pestillo en casa y mi criado tuvo que abrirme. Si quieres alguna prueba confirmatoria sobre el particular, puedes preguntárselo a él.

Lord Henry se encogió de hombros. —¡Querido mío, como si a mí me importara! Subamos al salón. Nada de jerez, gracias, señor Chapman. Algo te ha ocurrido, Dorian. Cuéntame qué es. Esta noche no eres tú mismo.

—No me hagas caso, Harry. Estoy irritable y de mal temple. Iré a verte mañana, o al día siguiente. Presenta mis excusas a lady Narborough. No subiré al salón. Me voy a casa. Debo marcharme a casa.

—Muy bien, Dorian. Me imagino que te veré mañana a la hora del té. Viene la duquesa.

—Intentaré estar allí, Harry —dijo saliendo de la habitación. Mientras regresaba en coche a su casa, tuvo conciencia de que la sensación de terror que creía haber estrangulado había renacido en él. Las preguntas fortuitas de lord Henry le habían hecho perder los nervios por un instante, y aún necesitaba conservar la serenidad. Los objetos peligrosos debían ser destruidos. Hizo una mueca de dolor. Le repugnaba la mera idea de tocarlos.

Y, sin embargo, tenía que hacerse. Comprendió la necesidad de ello y, en cuanto hubo cerrado con llave la puerta de su biblioteca, abrió el armario secreto donde había ocultado el abrigo y la maleta de Basil Hallward. Un fuego tremendo ardía en el hogar. Arrojó otro leño encima. El olor de las ropas chamuscadas y del cuero ardiendo era nauseabundo. Tardó tres cuartos de hora en consumirlo todo. Al final se sintió desfallecido y mareado, y tras quemar unas pastillas argelinas en un brasero de cobre cincelado, se lavó las manos y la frente con un fresco vinagre perfumado con almizcle.

De pronto se sobresaltó. Sus ojos adquirieron un brillo extraño y se mordió con nerviosismo el labio inferior. Entre dos ventanas se alzaba un gran bargueño florentino, construido en ébano con incrustaciones de marfil y lapislázuli azul. Lo contempló como si fuera un objeto dotado del poder de fascinar y aterrar a un tiempo, como si encerrara algo que ansiaba con desesperación y a la vez casi detestaba. Su respiración se aceleró. Un ansia loca se apoderó de él. Encendió un cigarrillo y luego lo arrojó lejos. Sus párpados cayeron hasta que las largas pestañas casi rozaron sus mejillas. Pero continuó clavando los ojos en el mueble. Por fin se levantó del diván en que yacía recostado, fue hacia él y, tras abrirlo con su llave, apretó un resorte oculto. Un cajoncito triangular se deslizó lentamente hacia afuera. Sus dedos se movieron por instinto hacia él, se hundieron en su interior y se cerraron sobre algo. Era una pequeña arqueta china de laca negra espolvoreada de oro, primorosamente labrada, con los costados grabados con olas sinuosas y cordones de seda adornados con cuentas redondas de cristal y borlas de hilos metálicos trenzados. La abrió. Dentro había una pasta verdosa, de lustre ceroso, con un aroma singularmente denso y persistente.

Vaciló unos momentos, con una sonrisa extrañamente inmóvil en los labios. Luego, temblando de frío a pesar de que la atmósfera de la estancia era sofocante, se irguió y miró el reloj. Eran las doce menos veinte. Devolvió la caja a su sitio, cerrando las portezuelas del bargueño al hacerlo, y pasó a su dormitorio.

Mientras la medianoche resonaba con campanadas de bronce en el aire sombrío, Dorian Gray, vestido con ropa común y una bufanda anudada al cuello, se deslizó sigilosamente fuera de su casa. En Bond Street encontró un coche de punto con un buen caballo. Le dio el alto y con voz queda indicó una dirección al cochero.

El hombre sacudió la cabeza. —Queda demasiado lejos para mí —murmuró.

—Aquí tiene un soberano para usted —dijo Dorian—. Tendrá otro más si conduce a buen paso.

—Muy bien, señor —respondió el hombre—; estará usted allí en una hora —y en cuanto el pasajero subió al pescante, hizo girar el caballo y partió a toda prisa rumbo al río.

Fin del Episodio 33 · de 41

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