El retrato de Dorian Gray·Episodio 32

Capítulo XV · I

~10 min · 1930 palabras

Aquella misma tarde, a las ocho y media, exquisitamente vestido y luciendo una gran flor de violetas de Parma en el ojal, Dorian Gray fue conducido al salón de lady Narborough por criados que se deshacían en reverencias. La frente le palpitaba con nervios desbocados y se sentía febrilmente excitado, pero sus maneras al inclinarse sobre la mano de la anfitriona fueron tan desenvueltas y elegantes como de costumbre. Quizá uno jamás parezca tan a sus anchas como cuando tiene que interpretar un papel. A buen seguro, nadie que mirase a Dorian Gray aquella noche habría podido creer que acababa de atravesar una tragedia tan espantosa como cualquier tragedia de nuestra época. Aquellos dedos de fina hechura jamás habrían podido empuñar un cuchillo para el pecado, ni aquellos labios sonrientes blasfemar contra Dios y la virtud. Él mismo no podía evitar asombrarse ante la serenidad de su porte y, por un instante, saboreó con agudeza el terrible placer de una doble vida.

Se trataba de una pequeña reunión, organizada a toda prisa por lady Narborough, mujer sumamente inteligente y dotada de lo que lord Henry solía describir como los restos de una fealdad verdaderamente extraordinaria. Había resultado ser una esposa ejemplar para uno de nuestros embajadores más tediosos y, tras haber enterrado debidamente a su marido en un mausoleo de mármol que ella misma diseñara y haber casado a sus hijas con hombres acaudalados y de edad madura, se entregaba ahora a los deleites de la novela francesa, la cocina francesa y el esprit francés cuando lograba dar con él.

Dorian era uno de sus favoritos predilectos, y siempre le aseguraba lo inmensamente feliz que se sentía de no haberlo conocido en su juventud. «Sé muy bien, querido, que me habría enamorado locamente de ti —solía decirle—, y que habría echado mi toca a los molinos por tu causa. Es una inmensa fortuna que ni se soñara contigo por aquel entonces. En mi época, nuestras tocas eran tan poco favorecedoras y los molinos estaban tan atareados intentando capear el temporal, que jamás llegué a tener ni un devaneo con nadie. Claro que todo fue culpa de Narborough. Era terriblemente corto de vista, y no tiene ninguna gracia engañar a un marido que no ve nada».

Sus invitados de aquella velada eran bastante soporíferos. La razón, según le explicó a Dorian tras un abanico bastante deslucido, era que una de sus hijas casadas se había presentado de improviso para pasar unos días con ella y, para empeorar las cosas, se había traído a su marido consigo. «Me parece sumamente desconsiderado de su parte, querido —le susurró—. Por descontado que voy a instalarme en su casa todos los veranos al regresar de Homburg, pero una anciana como yo necesita aire fresco de vez en cuando, y además les doy un poco de vida. No te imaginas qué existencia arrastran allá abajo. Es vida de campo pura y sin adulterar. Se levantan temprano porque tienen mucho que hacer, y se acuestan temprano porque tienen muy poco en qué pensar. No se ha producido un escándalo en la comarca desde los tiempos de la reina Isabel y, por consiguiente, todos se quedan dormidos después de cenar. Tú no te sentarás al lado de ninguno de los dos. Te sentarás junto a mí y me divertirás».

Dorian murmuró un cumplido galante y paseó la vista por el salón. En efecto, era a todas luces una reunión tediosa. A dos de los presentes no los había visto en su vida, y los demás se componían de Ernest Harrowden, una de esas medianías de mediana edad tan habituales en los clubes londinenses, que carecen de enemigos pero son profundamente detestados por sus amistades; lady Ruxton, una mujer de cuarenta y siete años demasiado emperifollada, de nariz ganchuda, que siempre andaba buscando la manera de verse comprometida en algún lío, pero que era tan singularmente fea que, para su honda frustración, jamás nadie daba crédito a rumor alguno en su contra; la señora Erlynne, una advenediza empalagosa, con un ceceo delicioso y el cabello rojo veneciano; lady Alice Chapman, la hija de la anfitriona, una muchacha desaliñada y sosa, con una de esas fisonomías británicas tan características que, vistas una vez, no se recuerdan jamás; y su esposo, un sujeto de mejillas encendidas y patillas canosas que, al igual que tantos miembros de su clase, vivía bajo la impresión de que una jovialidad desmedida basta para expiar una carencia absoluta de seso.

Casi lamentaba haber acudido, hasta que lady Narborough, mirando el gran reloj dorado de bronce que se desparramaba en llamativas curvas sobre la repisa envuelta en paño malva, exclamó: —¡Qué insolencia por parte de Henry Wotton llegar tan tarde! Le envié un recado esta mañana por si sonaba la flauta y me prometió con toda el alma no dejarme plantada.

Resultaba un consuelo saber que Harry estaría presente y, cuando la puerta se abrió y escuchó su voz pausada y musical confiriendo encanto a una disculpa insincera, dejó de sentirse aburrido.

Sin embargo, durante la cena no pudo probar bocado. Plato tras plato regresaba a la cocina intacto. Lady Narborough no cesaba de regañarlo por lo que calificaba de «un insulto al pobre Adolphe, que ideó el menu especialmente para ti», y de cuando en cuando lord Henry lo miraba desde el otro lado de la mesa, asombrado ante su silencio y su ademán distraído. De vez en cuando el mayordomo le llenaba la copa de champán. Dorian bebía con avidez, y su sed parecía no calmarse jamás.

—Dorian —dijo lord Henry al fin, mientras servían el chaud-froid—, ¿qué te sucede esta noche? Estás enteramente destemplado.

—Creo que está enamorado —exclamó lady Narborough—, y que teme decírmelo por miedo a que me ponga celosa. Hace muy bien. Por supuesto que me pondría verde de celos.

—Mi querida lady Narborough —murmuró Dorian con una sonrisa—, no he estado enamorado en toda una semana... no, en realidad, desde que madame de Ferrol abandonó la ciudad.

—¡Cómo podéis vosotros los hombres enamoraros de semejante mujer! —exclamó la anciana dama—. Francamente, no logro comprenderlo.

—Se debe simplemente a que ella la recuerda a usted cuando era una niña pequeña, lady Narborough —apuntó lord Henry—. Ella es el único eslabón que nos une a sus faldas cortas de colegiala.

—Ella no se acuerda de mis faldas cortas en lo más mínimo, lord Henry. En cambio, yo me acuerdo muy bien de ella en Viena hace treinta años, y de lo décolletée que iba por aquel entonces.

—Sigue estando décolletée —respondió él, tomando una aceituna con sus largos dedos—; y cuando luce un vestido de gran gala parece una édition de luxe de una mala novela francesa. Es verdaderamente maravillosa y está llena de sorpresas. Su capacidad para el afecto conyugal es extraordinaria. Cuando falleció su tercer marido, el pelo se le puso enteramente rubio de la pena.

—¡Cómo se te ocurre decir eso, Harry! —exclamó Dorian.

—Es una explicación sumamente romántica —rió la anfitriona—. ¡Pero su tercer marido, lord Henry! ¿No querrá usted decir que Ferrol es el cuarto?

—Indudablemente, lady Narborough.

—No me creo ni una sola palabra.

—Bueno, pregúntele al señor Gray. Es uno de sus amigos más íntimos.

—¿Es verdad eso, señor Gray?

—Ella me lo asegura, lady Narborough —dijo Dorian—. Le pregunté si, al igual que Margarita de Navarra, guardaba los corazones de sus esposos embalsamados y colgados de la cintura. Me confesó que no lo hacía, porque ninguno de ellos había tenido corazón jamás.

—¡Cuatro maridos! A fe mía que eso ya es trop de zèle.

—Trop d’audace, le digo yo —terció Dorian.

—¡Ah! Es lo bastante audaz para cualquier disparate, querido. ¿Y cómo es Ferrol? No lo conozco.

—Los maridos de las mujeres sumamente hermosas pertenecen a la clase criminal —dijo lord Henry, dando un sorbo a su vino.

Lady Narborough le propinó un golpecito con el abanico. —Lord Henry, no me extraña en lo más mínimo que el mundo entero diga que usted es un hombre perverso y desalmado.

—¿Pero qué mundo dice semejante cosa? —inquirió lord Henry alzando las cejas—. Solo puede ser el otro mundo. Este mundo y yo nos encontramos en excelentes términos.

—Todo el mundo que conozco afirma que es usted sumamente perverso —exclamó la anciana señora, moviendo la cabeza.

Lord Henry puso cara de gravedad durante unos instantes. —Resulta verdaderamente monstruoso —dijo al cabo— el modo en que la gente anda hoy en día diciendo cosas a espaldas de uno que son absoluta y enteramente ciertas.

—¿Verdad que es incorregible? —exclamó Dorian, inclinándose hacia adelante en su silla.

—Así lo espero —dijo la anfitriona echándose a reír—. Pero en verdad, si todos vosotros adoráis a madame de Ferrol de este modo tan ridículo, tendré que casarme de nuevo para no desentonar con la moda.

—Jamás volverá usted a casarse, lady Narborough —intervino lord Henry—. Fue usted demasiado feliz. Cuando una mujer se casa por segunda vez, es porque detestaba a su primer marido. Cuando un hombre se casa por segunda vez, es porque adoraba a su primera esposa. Las mujeres prueban suerte; los hombres arriesgan la suya.

—Narborough distaba mucho de ser perfecto —repuso la anciana dama.

—Si lo hubiera sido, no lo habría amado usted, mi querida señora —fue la réplica—. Las mujeres nos aman por nuestros defectos. Si poseemos los suficientes, nos perdonarán cualquier cosa, incluso nuestra inteligencia. Me temo que jamás volverá a invitarme a cenar después de haberle dicho esto, lady Narborough, pero es rigurosamente cierto.

—Desde luego que es verdad, lord Henry. Si nosotras las mujeres no os amáramos por vuestros defectos, ¿dónde estaríais todos vosotros? Ni uno solo de vosotros llegaría a casarse jamás. Seríais una cuadrilla de solterones desdichados. Aunque tampoco es que eso os cambiara demasiado. Hoy en día todos los casados viven como solteros, y todos los solteros como casados.

—Fin de siècle —murmuró lord Henry.

—Fin du globe —respondió la anfitriona.

—Ojalá fuera el fin du globe —dijo Dorian con un suspiro—. La vida resulta una profunda desilusión.

—¡Ah, querido mío! —exclamó lady Narborough calzándose los guantes—. No me digas que has agotado la vida. Cuando un hombre dice eso, se sabe muy bien que la vida lo ha agotado a él. Lord Henry es muy perverso, y a veces lamento no haberlo sido yo; pero tú estás hecho para ser bueno... tienes un aspecto tan inocente y bondadoso. Tendré que buscarte una esposa encantadora. Lord Henry, ¿no le parece a usted que el señor Gray debería casarse?

—Siempre se lo estoy aconsejando, lady Narborough —dijo lord Henry con una inclinación de cabeza.

—Pues bien, tendremos que buscarle una buena pareja. Esta misma noche repasaré con sumo cuidado el Debrett y redactaré una lista con todas las jóvenes casaderas y elegibles.

—¿Con sus edades, lady Narborough? —preguntó Dorian.

—Por supuesto, con sus edades, ligeramente retocadas. Pero nada debe hacerse a la ligera. Deseo que sea lo que The Morning Post denomina una alianza ventajosa, y quiero que ambos seáis muy felices.

—¡Qué disparates dice la gente sobre los matrimonios felices! —exclamó lord Henry—. Un hombre puede ser feliz con cualquier mujer, con tal de que no esté enamorado de ella.

—¡Ah, qué cínico es usted! —exclamó la anciana dama, empujando hacia atrás su silla e indicando con una inclinación de cabeza a lady Ruxton que se pusieran en pie—. Debe usted venir a cenar conmigo muy pronto otra vez. Es usted un tónico admirable, mucho más eficaz que lo que sir Andrew me receta. Pero tendrá que decirme a quiénes desearía conocer. Quiero que sea una velada verdaderamente deliciosa.

Fin del Episodio 32 · de 41

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