Capítulo XIV · II
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Alan, fue un asesinato. Yo lo maté. No sabes lo que me había hecho sufrir. Sea cual sea mi vida, él tuvo más que ver en su construcción o en su ruina de lo que jamás tuvo el pobre Harry. Puede que no lo hiciera con esa intención, pero el resultado fue el mismo.
—¿Asesinato? ¡Dios todopoderoso, Dorian, a eso has llegado! Yo no te delataré. No es asunto mío. Además, sin que yo mueva un dedo, ten por seguro que serás arrestado. Nadie comete un crimen sin incurrir en alguna estupidez. Pero me niego en absoluto a tomar parte en esto.
—Tienes que tomar parte en ello. Espera, espera un instante; escúchame. Solo escúchame, Alan. Todo cuanto te pido es que lleves a cabo cierto experimento científico. Frecuentas hospitales y depósitos de cadáveres, y los horrores que realizas allí no te conmueven. Si en alguna repugnante sala de disección o en un laboratorio fétido encontraras a este hombre tendido sobre una mesa de plomo con canaladuras rojas excavadas para que corra la sangre, simplemente lo contemplarías como a un sujeto admirable. Ni un solo cabello se te erizaría. No creerías estar cometiendo falta alguna. Por el contrario, probablemente sentirías que estás beneficiando a la especie humana, aumentando el caudal de conocimiento en el mundo o satisfaciendo una curiosidad intelectual, o algo por el estilo. Lo que deseo que hagas no es más que lo que has hecho a menudo antes. En verdad, destruir un cuerpo debe de ser mucho menos espantoso que las tareas a las que acostumbras entregarte. Y recuerda: es la única prueba que existe contra mí. Si lo descubren, estoy perdido; y ten por seguro que lo descubrirán a menos que me ayudes.
—No tengo el menor deseo de ayudarte. Olvidas eso. El asunto entero me tiene enteramente sin cuidado. Nada tiene que ver conmigo.
—Alan, te lo suplico. Piensa en la situación en que me encuentro. Justo antes de que llegaras casi me desmayo de espanto. Quizá tú mismo conozcas algún día el terror. ¡No, no pienses en eso! Enfoca el asunto desde un punto de vista estrictamente científico. Tú no preguntas de dónde proceden los cadáveres con los que experimentas. No lo preguntes ahora. Ya te he dicho demasiado. Pero te ruego que hagas esto. Fuimos amigos una vez, Alan.
—No me hables de aquellos días, Dorian: están muertos.
—Los muertos a veces se demoran. El hombre de arriba no quiere marcharse. Sigue sentado a la mesa con la cabeza abatida y los brazos extendidos. ¡Alan! ¡Alan! Si no me prestas ayuda, estoy acabado. ¡Pero si me ahorcarán, Alan! ¿No lo entiendes? Me colgarán de una soga por lo que he hecho.
—De nada sirve prolongar esta escena. Me niego categóricamente a hacer nada al respecto. Es una locura por tu parte pedirme semejante cosa.
—¿Te niegas?
—Sí.
—Te lo suplico, Alan.
—Es inútil.
La misma mirada de lástima asomó a los ojos de Dorian Gray. Luego alargó la mano, tomó un trozo de papel y escribió unas líneas en él. Lo leyó dos veces, lo dobló con esmero y lo deslizó sobre la mesa. Una vez hecho esto, se levantó y se acercó a la ventana.
Campbell lo miró sorprendido, recogió el papel y lo abrió. A medida que leía, su rostro adquirió una palidez cadavérica y se desplomó contra el respaldo de su asiento. Una sensación horrible de náusea y vértigo se apoderó de él. Sentía como si su corazón latiera desesperadamente hasta matarse en algún abismo vacío.
Tras dos o tres minutos de terrible silencio, Dorian se dio la vuelta, se acercó a él y se colocó a su espalda, posando una mano sobre su hombro.
—Lo siento tanto por ti, Alan —murmuró—, pero no me dejas otra alternativa. Ya tengo una carta redactada. Hela aquí. Ves la dirección en el sobre. Si no me ayudas, tendré que enviarla. Si no me ayudas, la enviaré. Sabes muy bien cuál será el resultado. Pero vas a ayudarme. Te resulta imposible negarte ahora. Intenté ahorrarte esto. Me harás la justicia de reconocerlo. Fuiste severo, despiadado, ofensivo. Me trataste como ningún hombre se ha atrevido a tratarme jamás... ningún hombre vivo, cuando menos. Lo soporté todo. Ahora me corresponde a mí dictar las condiciones.
Campbell hundió la cabeza entre las manos, sacudido por un violento estremecimiento.
—Sí, me toca a mí dictar los términos, Alan. Ya sabes cuáles son. La cosa es bien sencilla. Vamos, no te dejes consumir por esta fiebre. La tarea tiene que hacerse. Afróntala y llévala a cabo.
Un gemido brotó de los labios de Campbell y tembló de pies a cabeza. El tic-tac del reloj de la chimenea le parecía estar dividiendo el tiempo en átomos independientes de agonía, cada uno de ellos demasiado atroz para ser soportado. Se sentía como si un aro de hierro se le fuera apretando lentamente en torno a la frente, como si la deshonra con que se le amenazaba hubiera caído ya sobre él. La mano apoyada en su hombro pesaba como una mano de plomo. Era intolerable. Parecía aplastarlo.
—Vamos, Alan, debes decidirte de inmediato.
—No puedo hacerlo —dijo maquinalmente, como si las palabras pudieran alterar la realidad de las cosas.
—Debes hacerlo. No te queda elección. No te demores.
Vaciló un instante. —¿Hay lumbre en la habitación de arriba?
—Sí, hay una estufa de gas con amianto.
—Tendré que ir a mi casa y traer algunas cosas de mi laboratorio.
—No, Alan, no saldrás de esta casa. Escribe en una hoja lo que necesitas y mi criado tomará un coche y te traerá las cosas de inmediato.
Campbell garabateó unas pocas líneas, secó la tinta y puso las señas de su ayudante en un sobre. Dorian tomó la nota y la leyó detenidamente. Luego tiró del cordón de la campanilla y se la entregó a su criado, ordenándole volver lo antes posible y traer consigo los bultos.
Al cerrarse la puerta de la calle, Campbell se sobresaltó con nerviosismo y, levantándose de la silla, fue hacia la chimenea. Tiritaba como presa de unas fiebres. Durante cerca de veinte minutos ninguno de los dos hombres pronunció palabra. Una mosca zumbaba ruidosamente por la habitación, y el tictac del reloj semejaba los golpes de un martillo.
Cuando el reloj dio la una, Campbell se volvió y, al mirar a Dorian Gray, vio que tenía los ojos empañados de lágrimas. Había algo en la pureza y distinción de aquel rostro triste que pareció enfurecerlo. —¡Eres infame, absolutamente infame! —murmuró entre dientes.
—Calla, Alan. Me has salvado la vida —dijo Dorian.
—¿Tu vida? ¡Santo cielo! ¡Vaya una vida la tuya! Has ido de bajeza en bajeza, de corrupción en corrupción, y ahora has culminado en el crimen. Al hacer lo que voy a hacer... lo que me obligas a hacer... no es en tu vida en lo que estoy pensando.
—Ah, Alan —murmuró Dorian con un suspiro—, ojalá sintieras una milésima parte de la piedad por mí que yo siento por ti. —Se apartó mientras hablaba y se quedó mirando hacia el jardín. Campbell no respondió nada.
Al cabo de unos diez minutos sonaron unos golpes en la puerta y entró el criado, cargando una pesada caja de caoba con productos químicos, un largo rollo de alambre de acero y platino y dos prensas de hierro de forma bastante extraña.
—¿Dejo las cosas aquí, señor? —le preguntó a Campbell.
—Sí —dijo Dorian—. Y me temo, Francis, que tengo otro encargo para ti. ¿Cómo se llama el hombre de Richmond que suministra las orquídeas a Selby?
—Harden, señor.
—Sí, Harden. Debes marcharte a Richmond de inmediato, ver a Harden en persona y decirle que envíe el doble de orquídeas de las que le encargué, y que procure que haya el menor número posible de blancas. De hecho, no quiero ninguna blanca. Hace un día espléndido, Francis, y Richmond es un lugar encantador; de lo contrario, no te molestaría con esto.
—No es molestia alguna, señor. ¿A qué hora debo estar de regreso?
Dorian miró a Campbell. —¿Cuánto tiempo te llevará tu experimento, Alan? —dijo con voz tranquila e indiferente. La presencia de una tercera persona en la habitación parecía infundirle un valor extraordinario.
Campbell frunció el ceño y se mordió el labio. —Llevará unas cinco horas —respondió.
—Entonces será tiempo de sobra si estás de regreso a las siete y media, Francis. O espera: déjame preparada la ropa para vestirme. Puedes tomarte la noche libre. No cenaré en casa, de modo que no te necesitaré.
—Muchas gracias, señor —dijo el hombre saliendo de la habitación.
—Ahora, Alan, no hay un instante que perder. ¡Qué pesada es esta caja! Yo la llevaré por ti. Trae tú los demás utensilios. —Hablaba con rapidez y tono autoritario. Campbell se sentía dominado por él. Salieron juntos de la estancia.
Cuando alcanzaron el rellano superior, Dorian sacó la llave y la hizo girar en la cerradura. Luego se detuvo y una sombra de angustia asomó a sus ojos. Se estremeció. —No creo que pueda entrar, Alan —murmuró.
—Me da exactamente igual. No te necesito para nada —dijo Campbell con frialdad.
Dorian entreabrió la puerta. Al hacerlo, vio el rostro de su retrato sonriendo con burla bajo la luz del sol. En el suelo, tendida ante él, yacía la cortina rasgada. Recordó que la noche anterior se había olvidado, por primera vez en su vida, de cubrir el fatídico lienzo, y estaba a punto de lanzarse hacia adelante cuando retrocedió con un escalofrío.
¿Qué era aquel repugnante rocío rojo que brillaba, húmedo y reluciente, sobre una de las manos, como si la tela hubiera sudado sangre? ¡Qué espanto producía! Más espanto le causaba por el momento que la figura muda y tendida que sabía inmóvil sobre la mesa, cuya sombra grotesca y deforme sobre la alfombra manchada le indicaba que no se había movido, sino que seguía allí, tal como él la había dejado.
Respiró hondo, abrió la puerta un poco más y, con los ojos entornados y la cabeza vuelta hacia otro lado, entró apresuradamente, resuelto a no posar la mirada ni una sola vez en el muerto. Luego, inclinándose y recogiendo la colgadura de oro y púrpura, la arrojó de lleno sobre el cuadro.
Allí se detuvo, temiendo darse la vuelta, con los ojos fijos en las complejas filigranas del tapiz frente a él. Oyó a Campbell entrar cargando la pesada caja, los hierros y las demás cosas que requería para su tenebrosa faena. Empezó a preguntarse si él y Basil Hallward se habrían conocido alguna vez y, de ser así, qué habrían pensado el uno del otro.
—Déjame solo ahora —dijo una voz severa a sus espaldas.
Se dio la vuelta y salió a toda prisa, con la sola conciencia de que el cadáver había sido empujado de nuevo contra la silla y de que Campbell contemplaba fijamente un rostro amarillento y reluciente. Mientras bajaba la escalera, oyó girar la llave en la cerradura.
Eran más de las siete cuando Campbell regresó a la biblioteca. Estaba pálido, pero sumamente sereno. —He hecho lo que me pediste —murmuró—. Y ahora, adiós. No volvamos a vernos jamás.
—Me has salvado de la ruina absoluta, Alan. No podré olvidarlo jamás —dijo Dorian con sencillez.
En cuanto Campbell se marchó, Dorian subió a la habitación alta. Había un olor espantoso a ácido nítrico en la estancia. Pero aquello que había estado sentado a la mesa había desaparecido.
Fin del Episodio 31 · de 41
Capítulo XIV · II
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