El retrato de Dorian Gray·Episodio 30

Capítulo XIV · I

~13 min · 2591 palabras

A las nueve de la mañana siguiente, su criado entró con una taza de chocolate en una bandeja y abrió los postigos. Dorian dormía con absoluta tranquilidad, recostado sobre su costado derecho, con una mano bajo la mejilla. Parecía un muchacho agotado por el juego o por el estudio.

El criado tuvo que tocarlo dos veces en el hombro antes de que despertara, y al abrir los ojos una leve sonrisa cruzó sus labios, como si hubiera estado sumergido en algún sueño delicioso. Sin embargo, no había soñado en absoluto. Su noche no había sido turbada por ninguna imagen de placer o de dolor. Pero la juventud sonríe sin motivo alguno. Es uno de sus encantos más singulares.

Se dio la vuelta y, apoyándose en el codo, comenzó a sorber el chocolate. El suave sol de noviembre entraba a raudales en la habitación. El cielo estaba despejado y había una placentera calidez en el aire. Parecía casi una mañana de mayo.

Poco a poco, los sucesos de la noche anterior penetraron con pasos silenciosos y manchados de sangre en su cerebro, reconstruyéndose allí con terrible nitidez. Se encogió ante el recuerdo de todo lo que había padecido, y por un instante la misma extraña sensación de aborrecimiento hacia Basil Hallward que lo había llevado a matarlo mientras estaba sentado en la silla volvió a él, y se quedó helado de pasión. El muerto seguía sentado allí, además, y ahora a plena luz del sol. ¡Qué horroroso resultaba! Cosas tan atroces pertenecían a la oscuridad, no al día.

Comprendió que si se abandonaba a cavilar sobre lo ocurrido caería enfermo o se volvería loco. Había pecados cuya fascinación radicaba más en el recuerdo que en la ejecución, extraños triunfos que complacían más al orgullo que a las pasiones, y proporcionaban al intelecto una vivacidad de gozo mayor que cualquier deleite que hubieran reportado, o pudieran reportar jamás, a los sentidos. Pero este no era uno de ellos. Era algo que debía ser expulsado de la mente, adormecido con amapolas, estrangulado antes de que pudiera estrangular a uno mismo.

Cuando sonaron las nueve y media, se pasó la mano por la frente, se levantó a toda prisa y se vistió con mayor esmero aún del acostumbrado, prestando suma atención a la elección de la corbata y del alfiler de pasador, y mudando de anillos más de una vez. Se demoró también largo rato con el desayuno, probando los diversos platos, conversando con su ayuda de cámara acerca de unas nuevas libreas que pensaba mandar a confeccionar para la servidumbre de Selby, y repasando su correspondencia. Ante algunas de las cartas sonrió. Tres de ellas lo aburrieron. Hubo una que leyó varias veces antes de romperla en pedazos con un ligero gesto de disgusto en el rostro. «¡Esa calamidad espantosa, la memoria de una mujer!», como lord Henry había dicho una vez.

Tras beberse su taza de café solo, se limpió despacio los labios con la servilleta, indicó por señas a su criado que esperara y, acercándose a la mesa, se sentó y escribió dos cartas. Se guardó una en el bolsillo y entregó la otra al ayuda de cámara.

—Lleva esto a la calle Hertford 152, Francis, y si el señor Campbell estuviese fuera de la ciudad, averigua su dirección.

En cuanto se quedó a solas, encendió un cigarrillo y se puso a hacer garabatos en una hoja de papel, dibujando primero flores y detalles de arquitectura, y luego rostros humanos. De súbito advirtió que cada uno de los rostros dibujados guardaba un parecido fantástico con Basil Hallward. Frunció el ceño y, levantándose, fue hacia la estantería y tomó un volumen al azar. Estaba firmemente decidido a no pensar en lo sucedido hasta que fuese absolutamente indispensable hacerlo.

Al tumbarse en el sofá, miró la portada del libro. Se trataba de Émaux et Camées, de Gautier, la edición en papel japonés de Charpentier, con el grabado al aguafuerte de Jacquemart. La encuadernación era de tafilete verde limón, con un diseño de celosías doradas y granadas punteadas. Se lo había regalado Adrian Singleton. Al pasar las hojas, sus ojos se posaron en el poema sobre la mano de Lacenaire, la fría mano amarillenta, «du supplice encore mal lavée», con su vello rojizo y sus «doigts de faune». Miró sus propios dedos blancos y ahusados, estremeciéndose ligeramente muy a su pesar, y siguió hojeando hasta llegar a aquellas admirables estrofas dedicadas a Venecia:

Sur une gamme chromatique, Le sein de perles ruisselant, La Vénus de l’Adriatique Sort de l’eau son corps rose et blanc.

Les dômes, sur l’azur des ondes Suivant la phrase au pur contour, S’enflent comme des gorges rondes Que soulève un soupir d’amour.

L’esquif aborde et me dépose, Jetant son amarre au pilier, Devant une façade rose, Sur le marbre d’un escalier.

¡Qué exquisitas eran! Al leerlas, parecía uno deslizarse por los canales verdes de la ciudad de rosa y perla, sentado en una góndola negra de proa plateada y cortinajes arrastrados. Los versos se le antojaban semejantes a esas líneas rectas de color azul turquesa que acompañan a uno cuando se adentra hacia el Lido. Los súbitos destellos cromáticos le recordaban el brillo de las aves de cuello opalescente e irisado que revolotean en torno al alto Campanile de panal, o se pasean con tan señorial elegancia por las arcadas oscuras y empolvadas. Reclinándose con los ojos entornados, no cesaba de repetirse una y otra vez:

«Devant une façade rose, Sur le marbre d’un escalier».

Toda Venecia estaba encerrada en aquellos dos versos. Recordó el otoño que había pasado allí, y un amor maravilloso que lo había arrastrado a deliciosas y alocadas insensateces. Había romanticismo en todas partes. Pero Venecia, como Oxford, había conservado el telón de fondo idóneo para el romance, y para el auténtico romántico el trasfondo lo era todo, o casi todo. Basil lo había acompañado parte del tiempo y se había entusiasmado con Tintoretto. ¡Pobre Basil! ¡Qué espantosa forma de morir para un hombre!

Suspiró, volvió a tomar el volumen e intentó olvidar. Leyó sobre las golondrinas que entran y salen volando del pequeño café de Esmirna, donde los peregrinos hadjis se sientan a contar sus cuentas de ámbar y los mercaderes tocados con turbantes fuman en sus largas pipas con borlas y conversan con gravedad entre sí; leyó acerca del Obelisco de la plaza de la Concordia, que llora lágrimas de granito en su solitario exilio sin sol y anhela volver junto al ardiente Nilo cubierto de lotos, donde habitan esfinges, ibis de color rosa encendido, buitres blancos de garras doradas y cocodrilos de pequeños ojos de berilo que reptan sobre el lodo verde y humeante; comenzó a embeberse en aquellos versos que, extrayendo música de mármoles manchados de besos, cantan a esa extraña estatua que Gautier compara con una voz de contralto, el «monstre charmant» que reposa en la sala de pórfido del Louvre. Pero al cabo de un rato el libro se le cayó de las manos. Se puso nervioso y un acceso horrible de terror se apoderó de él. ¿Y si Alan Campbell estuviese fuera de Inglaterra? Pasarían días antes de que pudiera regresar. Quizá se negase a acudir. ¿Qué haría entonces? Cada minuto que pasaba era de una importancia vital.

Habían sido íntimos amigos tiempo atrás, hacía cinco años; inseparables, en verdad. Luego aquella intimidad se había quebrado de manera fulminante. Ahora, cuando coincidían en sociedad, únicamente Dorian Gray sonreía: Alan Campbell jamás lo hacía.

Era un joven extraordinariamente inteligente, si bien carecía de verdadera apreciación por las artes plásticas, y el escaso sentido de la belleza poética que poseía lo había adquirido enteramente de Dorian. Su pasión intelectual predominante era la ciencia. En Cambridge había consagrado gran parte de su tiempo al trabajo en el laboratorio, y se había graduado con honores en el examen de Ciencias Naturales de su promoción. De hecho, continuaba entregado al estudio de la química, y poseía un laboratorio propio en el que solía encerrarse durante todo el día, con gran disgusto de su madre, que se había empeñado en que fuese diputado en el Parlamento y abrigaba la vaga idea de que un químico era alguien que despachaba recetas en una botica. Era también, no obstante, un músico consumado, y tocaba tanto el violín como el piano mejor que la mayoría de los aficionados. En verdad, había sido la música lo que los había unido inicialmente a él y a Dorian Gray: la música y esa atracción indefinible que Dorian parecía capaz de ejercer siempre que le placía, y que en realidad ejercía con frecuencia sin ser consciente de ello. Se habían conocido en casa de lady Berkshire la noche en que tocó Rubinstein, y a partir de entonces solía vérseles siempre juntos en la ópera y allá donde se interpretase buena música. Durante dieciocho meses se prolongó su íntima amistad. Campbell paraba continuamente en Selby Royal o en Grosvenor Square. Para él, como para tantos otros, Dorian Gray representaba el arquetipo de todo cuanto es admirable y fascinante en la vida. Si llegó a mediar entre ellos alguna disputa, jamás lo supo nadie. Pero, de pronto, la gente advirtió que apenas se dirigían la palabra cuando se encontraban y que Campbell parecía marcharse siempre temprano de cualquier reunión donde Dorian Gray estuviese presente. Había cambiado también: se mostraba extrañamente melancólico a veces, parecía casi detestar la música y se negaba rotundamente a tocar en público, aduciendo como excusa, cuando se lo pedían, que estaba tan absorto en la ciencia que no le quedaba tiempo alguno para practicar. Y esto era sin duda rigurosamente cierto. Cada día parecía interesarse más por la biología, y su nombre apareció en un par de ocasiones en ciertas revistas científicas con motivo de algunos curiosos experimentos.

Este era el hombre a quien aguardaba Dorian Gray. A cada segundo no cesaba de mirar el reloj. A medida que transcurrían los minutos se ponía espantosamente agitado. Por fin se levantó y comenzó a recorrer la estancia a grandes zancadas, asemejándose a una hermosa fiera enjaulada. Daba pasos largos y furtivos. Sus manos estaban extrañamente frías.

La incertidumbre se volvió insoportable. El tiempo se le antojaba arrastrarse con pies de plomo, mientras vientos monstruosos lo arrastraban a él hacia el borde escarpado de algún negro abismo de precipicio. Sabía lo que le aguardaba allí; lo veía, en efecto, y estremeciéndose, se oprimía con manos húmedas los párpados ardientes como si quisiera privar de la vista al cerebro mismo y forzar a los globos oculares a retroceder a sus cuencas. Era inútil. El cerebro tenía su propio alimento del que nutrirse, y la imaginación, vuelta grotesca por el espanto, crispada y deformada como un ser vivo por el dolor, danzaba como una marioneta inmunda sobre un estrado y sonreía con sarcasmo tras máscaras cambiantes. Entonces, de súbito, el tiempo se detuvo para él. Sí: aquel engendro ciego y de respiración lenta dejó de reptar, y pensamientos horribles, muerto ya el tiempo, corrieron con agilidad hacia adelante, sacaron de su tumba a un futuro espantoso y se lo mostraron. Se quedó mirándolo fijamente. El horror mismo de la visión lo convirtió en piedra.

Por fin se abrió la puerta y entró su criado. Dorian volvió hacia él unos ojos vidriosos.

—El señor Campbell, señor —anunció el hombre.

Un suspiro de alivio brotó de sus labios resecos y el color regresó a sus mejillas.

—Pídele que pase de inmediato, Francis. —Sintió que volvía a ser él mismo. Su momento de cobardía se había disipado.

El criado hizo una reverencia y se retiró. Unos instantes después entraba Alan Campbell, con ademán muy severo y bastante pálido, palidez realzada por su cabellera azabache y sus cejas sombrías.

—¡Alan! Es muy amable de tu parte. Te agradezco que hayas venido.

—Mi intención era no volver a pisar tu casa jamás, Gray. Pero dijiste que se trataba de una cuestión de vida o muerte. —Su voz era dura y helada. Hablaba con pausada deliberación. Había una mirada de desprecio en los ojos fijos e inquisitivos que posó sobre Dorian. Mantenía las manos en los bolsillos de su abrigo de astracán, y no pareció advertir el gesto de bienvenida con que había sido recibido.

—Sí: es una cuestión de vida o muerte, Alan, y para más de una persona. Toma asiento.

Campbell tomó una silla junto a la mesa, y Dorian se sentó enfrente. Las miradas de ambos se cruzaron. En los ojos de Dorian había una piedad infinita. Sabía que lo que se disponía a hacer era espantoso.

Tras un tenso instante de silencio, se inclinó hacia adelante y dijo en voz muy baja, pero observando el efecto de cada palabra en el semblante de su invitado: —Alan, en una habitación cerrada con llave en lo alto de esta casa, una estancia a la que nadie salvo yo tiene acceso, yace un hombre muerto sentado a una mesa. Lleva muerto ya diez horas. No te muevas y no me mires de esa manera. Quién sea ese hombre, por qué murió o cómo murió, son asuntos que no te conciernen en absoluto. Lo que tú tienes que hacer es esto...

—Detente, Gray. No deseo saber nada más. Poco me importa que lo que me has dicho sea verdad o mentira. Me niego en redondo a verme mezclado en tu vida. Guárdate tus horribles secretos para ti solo. Ya no me interesan lo más mínimo.

—Alan, tendrán que interesarte. Este asunto tendrá que interesarte por fuerza. Lo lamento con toda mi alma por ti, Alan. Pero no puedo evitarlo. Eres el único hombre en la faz de la tierra capaz de salvarme. Me veo obligado a meterte en esto. No tengo otra opción. Alan, eres hombre de ciencia. Entiendes de química y de todas esas cosas. Has llevado a cabo experimentos. Lo que tienes que hacer es destruir eso que está allá arriba... destruirlo de modo que no quede el menor vestigio. Nadie vio a esa persona entrar en la casa. De hecho, en estos mismos instantes se supone que está en París. Nadie lo echará de menos durante meses. Y cuando lo echen en falta, no debe encontrarse aquí ningún rastro de él. Tú, Alan, debes transformarlo a él, y todo cuanto le pertenece, en un puñado de cenizas que yo pueda esparcir al aire.

—Estás loco, Dorian.

—¡Ah! Estaba esperando a que volvieras a llamarme Dorian.

—Estás loco, te digo... loco de atar al imaginar que movería un solo dedo para ayudarte, y loco por hacerme semejante confesión monstruosa. No tendré nada que ver con este asunto, sea el que sea. ¿Acaso crees que voy a arriesgar mi reputación por ti? ¿Qué me importa a mí qué diabólicas infamias te traigas entre manos?

—Fue un suicidio, Alan.

—Me alegro por él. Pero ¿quién lo empujó a semejante extremo? Tú, según me imagino.

—¿Todavía te niegas a hacer esto por mí?

—Por supuesto que me niego. No tendré absolutamente nada que ver con esto. No me importa qué deshonra caiga sobre ti. Te la mereces enterita. No lamentaría verte en la desgracia, públicamente deshonrado. ¿Cómo te atreves a pedirme a mí, de entre todos los hombres del mundo, que me mezcle en este horror? Habría creído que conocías mejor el carácter de la gente. Tu amigo lord Henry Wotton no te habrá enseñado mucho sobre psicología, por mucho que te haya enseñado de otras cosas. Nada logrará persuadirme de dar un solo paso para ayudarte. Has acudido al hombre equivocado. Ve con alguno de tus compinches. No vengas a mí.

Fin del Episodio 30 · de 41

Capítulo XIV · I

Siguiente Episodio 31~10 minCapítulo XIV · II“Sea cual sea mi vida, él tuvo más que ver en su construcción o en su ruina de lo que jamás tuvo el pobre Harry.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.