El retrato de Dorian Gray·Episodio 29

Capítulo XIII

~12 min · 2423 palabras

Salió de la habitación y comenzó a subir la escalera, seguido de cerca por Basil Hallward. Caminaban sigilosamente, como hacen los hombres por instinto en la noche. La lámpara proyectaba sombras fantásticas en la pared y en los peldaños. Un viento creciente hacía castañetear algunas ventanas.

Cuando llegaron al descansillo superior, Dorian posó la lámpara en el suelo y, sacando la llave, la hizo girar en la cerradura. —¿Insistes en saberlo, Basil? —preguntó en voz baja.

—Sí.

—Estoy encantado —respondió, sonriendo. Luego añadió, con cierta dureza—: Eres el único hombre en el mundo con derecho a saberlo todo sobre mí. Has tenido más que ver con mi vida de lo que imaginas —y, tomando la lámpara, abrió la puerta y entró. Una corriente de aire frío pasó a su lado, y la luz se alzó por un instante en una llama de un naranja turbio. Se estremeció—. Cierra la puerta detrás de ti —susurró, mientras colocaba la lámpara sobre la mesa.

Hallward miró a su alrededor con expresión perpleja. La habitación parecía no haber sido habitada en años. Un tapiz flamenco descolorido, un cuadro cubierto por una cortina, un viejo cassone italiano y una estantería casi vacía: eso era todo cuanto parecía contener, además de una silla y una mesa. Mientras Dorian Gray encendía una vela medio consumida que había sobre la repisa de la chimenea, vio que todo el lugar estaba cubierto de polvo y que la alfombra estaba llena de agujeros. Un ratón correteó tras el zócalo de madera. Había un olor húmedo a moho.

—¿De modo que crees que solo Dios ve el alma, Basil? Descorre esa cortina y verás la mía.

La voz que hablaba era fría y cruel. —Estás loco, Dorian, o estás representando un papel —murmuró Hallward, frunciendo el ceño.

—¿No quieres? Entonces tendré que hacerlo yo mismo —dijo el joven, y arrancó la cortina de su varilla y la arrojó al suelo.

Una exclamación de horror brotó de los labios del pintor al ver en la penumbra el rostro espantoso del lienzo que le sonreía con una mueca burlona. Había algo en su expresión que lo llenó de asco y repugnancia. ¡Santo cielo! ¡Era el mismísimo rostro de Dorian Gray lo que estaba mirando! El horror, fuera lo que fuese, no había arruinado aún por completo aquella maravillosa belleza. Quedaba todavía algo de oro en el cabello ralo y algo de escarlata en la boca sensual. Los ojos marchitos conservaban algo de la hermosura de su azul, y las nobles curvas no se habían desvanecido del todo de las aletas cinceladas de la nariz ni del cuello armonioso. Sí, era el propio Dorian. Pero ¿quién lo había hecho? Le pareció reconocer sus propias pinceladas, y el marco era diseño suyo. La idea era monstruosa y, sin embargo, sintió miedo. Agarró la vela encendida y la acercó al cuadro. En la esquina izquierda estaba su propio nombre, trazado con largas letras de brillante bermellón.

Era una parodia inmunda, una sátira infame e innoble. Él jamás había pintado aquello. Y sin embargo, era su propio cuadro. Lo sabía, y sintió como si su sangre se hubiera transformado en un instante de fuego en hielo espeso. ¡Su propio cuadro! ¿Qué significaba? ¿Por qué se había alterado? Se volvió y miró a Dorian Gray con los ojos de un enfermo. Su boca temblaba y su lengua reseca parecía incapaz de articular palabra. Se pasó la mano por la frente. Estaba húmeda de un sudor viscoso.

El joven estaba apoyado contra la repisa de la chimenea, observándolo con esa extraña expresión que se advierte en los rostros de quienes están absortos en una obra de teatro cuando actúa un gran artista. No había en ella ni dolor real ni alegría auténtica. Había simplemente la pasión del espectador, con tal vez un destello de triunfo en la mirada. Se había quitado la flor del abrigo y la olía, o fingía hacerlo.

—¿Qué significa esto? —exclamó al fin Hallward. Su propia voz le sonó aguda y extraña en los oídos.

—Hace años, cuando yo era muchacho —dijo Dorian Gray, aplastando la flor en su mano—, me conociste, me adulaste y me enseñaste a ser vanidoso de mi buen aspecto. Un día me presentaste a un amigo tuyo, quien me explicó la maravilla de la juventud, y terminaste un retrato mío que me reveló la maravilla de la belleza. En un instante de locura que, aún hoy, no sé si lamento o no, formulé un deseo... tal vez tú lo llamarías una oración...

—¡Lo recuerdo! ¡Ah, qué bien lo recuerdo! ¡No! Eso es imposible. La habitación es húmeda. El moho ha penetrado en el lienzo. Las pinturas que utilicé contenían algún veneno mineral infame. Te digo que es imposible.

—Ah, ¿qué es imposible? —murmuró el joven, acercándose a la ventana y apoyando la frente contra el cristal frío y empañado.

—Me dijiste que lo habías destruido.

—Me equivoqué. Me ha destruido a mí.

—No creo que sea mi cuadro.

—¿No logras ver tu ideal en él? —dijo Dorian con amargura.

—Mi ideal, como tú lo llamas...

—Como tú lo llamabas.

—No había nada perverso en él, nada vergonzoso. Eras para mí un ideal como jamás volveré a encontrar. Este es el rostro de un sátiro.

—Es el rostro de mi alma.

—¡Cristo del cielo! ¡Qué monstruosidad habré adorado! Tiene los ojos de un demonio.

—Cada uno de nosotros lleva el cielo y el infierno en su interior, Basil —exclamó Dorian con un ademán salvaje de desesperación.

Hallward se volvió de nuevo hacia el retrato y lo contempló fijamente. —¡Dios mío! Si es verdad —exclamó—, y esto es lo que has hecho con tu vida, ¡entonces eres peor incluso de lo que imaginan quienes murmuran contra ti! —Alzó de nuevo la luz hacia el lienzo y lo examinó. La superficie parecía intacta y tal como él la había dejado. Era desde dentro, al parecer, de donde habían brotado la inmundicia y el horror. A través de una extraña aceleración de la vida interior, la lepra del pecado consumía lentamente la obra. La putrefacción de un cadáver en una tumba acuática no era tan aterradora.

Le temblaba la mano, y la vela cayó de su palmatoria sobre el piso, donde quedó chisporroteando. Puso el pie encima y la apagó. Luego se dejó caer en la desvencijada silla que había junto a la mesa y ocultó el rostro entre las manos.

—¡Dios bendito, Dorian, qué lección! ¡Qué espantosa lección! —No hubo respuesta, pero pudo oír al joven sollozar junto a la ventana—. Reza, Dorian, reza —murmuró—. ¿Qué era lo que nos enseñaban a rezar de muchachos? «No nos dejes caer en la tentación. Perdona nuestros pecados. Limpia nuestras iniquidades». Digámoslo juntos. La oración de tu soberbia ha sido escuchada. La oración de tu arrepentimiento también lo será. Te adoré demasiado. Estoy siendo castigado por ello. Te adoraste demasiado a ti mismo. Ambos estamos siendo castigados.

Dorian Gray se volvió lentamente y lo miró con ojos anegados en lágrimas. —Es demasiado tarde, Basil —balbuceó.

—Nunca es demasiado tarde, Dorian. Arrodillémonos e intentemos recordar alguna oración. ¿No hay un versículo en alguna parte que dice: «Aunque vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos»?

—Esas palabras ya no significan nada para mí.

—¡Calla! No digas eso. Ya has hecho bastante mal en tu vida. ¡Dios mío! ¿No ves esa cosa maldita mirándonos de soslayo con su mueca?

Dorian Gray miró el cuadro y, de repente, un sentimiento incontrolable de odio hacia Basil Hallward se apoderó de él, como si se lo hubiera sugerido la figura del lienzo, susurrándoselo al oído con aquellos labios sonrientes. Las pasiones enloquecidas de un animal acorralado despertaron en su interior, y aborreció al hombre sentado a la mesa más de lo que jamás en toda su vida había aborrecido nada. Paseó una mirada desorbitada en derredor. Algo brilló sobre el arcón pintado frente a él. Sus ojos se clavaron allí. Supo lo que era. Era un cuchillo que había subido unos días antes para cortar un trozo de cuerda y había olvidado llevarse. Avanzó despacio hacia él, pasando por detrás de Hallward. En cuanto estuvo a su espalda, lo agarró y se dio la vuelta. Hallward se movió en su silla como si fuera a levantarse. Dorian se abalanzó sobre él y le clavó el cuchillo en la gran vena que corre detrás de la oreja, aplastándole la cabeza contra la mesa y apuñalándolo una y otra vez.

Hubo un gemido ahogado y el sonido espantoso de alguien que se atraganta con su propia sangre. Tres veces los brazos extendidos se alzaron convulsivamente, agitando en el aire manos grotescas de dedos rígidos. Le asestó dos puñaladas más, pero el hombre ya no se movió. Algo comenzó a gotear sobre el suelo. Esperó un instante, sujetando todavía la cabeza contra la tabla. Luego arrojó el cuchillo sobre la mesa y escuchó.

No oyó nada salvo el goteo incesante sobre la alfombra raída. Abrió la puerta y salió al descansillo. La casa estaba sumida en absoluto silencio. No había nadie cerca. Durante unos segundos permaneció inclinado sobre la barandilla, escrutando el pozo negro y rumoroso de la oscuridad. Luego sacó la llave, volvió a la habitación y echó el cerrojo por dentro.

Aquello seguía sentado en la silla, inclinado sobre la mesa con la cabeza abatida, la espalda encorvada y los brazos largos y fantásticos. De no haber sido por el desgarrón rojo y dentado en el cuello y el charco negro y cuajado que se ensanchaba lentamente sobre la mesa, cualquiera habría dicho que el hombre estaba simplemente dormido.

¡Con qué rapidez había ocurrido todo! Se sentía extrañamente tranquilo, y acercándose a la ventana, la abrió y salió al balcón. El viento se había llevado la niebla, y el cielo semejaba la cola de un pavo real monstruoso, constelado de miríadas de ojos de oro. Miró abajo y vio al policía haciendo su ronda y proyectando el largo haz de su linterna sobre las puertas de las casas silenciosas. El punto carmesí de un simón merodeador relució en la esquina y luego se esfumó. Una mujer con un chal al viento avanzaba lentamente junto a las verjas, tambaleándose al andar. De vez en cuando se detenía y miraba hacia atrás. Una vez se puso a cantar con voz ronca. El policía se acercó y le dijo algo. Ella se alejó a trompicones, riendo. Una ráfaga gélida barrió la plaza. Las farolas de gas parpadearon y se tornaron azuladas, y los árboles deshojados sacudían sus ramas de hierro negro de un lado a otro. Se estremeció y volvió adentro, cerrando la ventana tras de sí.

Al llegar a la puerta, hizo girar la llave y la abrió. Ni siquiera miró al hombre asesinado. Sentía que el secreto de todo aquello estribaba en no hacerse cargo de la situación. El amigo que había pintado el retrato fatal al que debía toda su desdicha había desaparecido de su vida. Con eso bastaba.

Entonces se acordó de la lámpara. Era una pieza bastante singular de factura morisca, hecha de plata deslustrada con incrustaciones de arabescos de acero bruñido y tachonada de toscas turquesas. Quizá su criado la echara en falta y le hiciera preguntas. Vaciló un instante, luego retrocedió y la recogió de la mesa. No pudo evitar ver aquel bulto inerte. ¡Qué inmóvil estaba! ¡Qué horriblemente blancas parecían sus largas manos! Era como una espantosa figura de cera.

Habiendo cerrado la puerta con llave a sus espaldas, bajó sigilosamente la escalera. La madera crujía y parecía gemir como dolorida. Se detuvo varias veces y esperó. No: todo estaba en calma. Era únicamente el eco de sus propios pasos.

Al entrar en la biblioteca, vio la maleta y el gabán en el rincón. Tenía que esconderlos en alguna parte. Abrió un armario secreto empotrado en el zócalo, un escondrijo donde guardaba sus extraños disfraces, y los metió dentro. Fácilmente podría quemarlos más adelante. Luego sacó el reloj. Eran las dos menos veinte.

Se sentó y comenzó a reflexionar. Cada año —casi cada mes— ajusticiaban a hombres en la horca en Inglaterra por lo que él acababa de hacer. Había habido un frenesí de asesinatos en el ambiente. Alguna estrella roja se había aproximado demasiado a la Tierra... Y sin embargo, ¿qué pruebas existían contra él? Basil Hallward había salido de la casa a las once. Nadie lo había visto entrar de nuevo. La mayor parte del servicio estaba en Selby Royal. Su ayuda de cámara se había acostado... ¡París! Sí. Era a París adonde Basil se había marchado, y en el tren de medianoche, como se había propuesto. Con sus singulares hábitos reservados, pasarían meses antes de que se despertara cualquier sospecha. ¡Meses! Todo podría quedar destruido mucho antes de eso.

Una idea repentina cruzó por su mente. Se puso el abrigo de pieles y el sombrero y salió al vestíbulo. Allí hizo una pausa, oyendo el paso lento y pesado del policía en la acera exterior y viendo el destello de la linterna reflejado en la ventana. Esperó conteniendo la respiración.

Pasados unos instantes, descorrió el pestillo y se deslizó afuera, cerrando la puerta con sumo cuidado tras de sí. Luego se puso a tirar del cordón de la campanilla. Al cabo de unos cinco minutos apareció su ayuda de cámara, a medio vestir y con aspecto soñoliento.

—Lamento muchísimo haber tenido que despertarte a estas horas, Francis —dijo al entrar en la casa—; pero había olvidado mi llave de pestillo. ¿Qué hora es exactamente?

—Las dos y diez, señor —respondió el hombre, mirando el reloj y parpadeando.

—¿Las dos y diez? ¡Qué barbaridad de tarde! Debes despertarme mañana a las nueve. Tengo algo de trabajo pendiente.

—Muy bien, señor.

—¿Vino alguien esta noche?

—El señor Hallward, señor. Estuvo aquí hasta las once y luego se marchó para tomar su tren.

—¡Ah! Lamento no haberlo visto. ¿Dejó algún recado?

—No, señor, excepto que le escribiría desde París si no lo encontraba en el club.

—Eso es todo, Francis. No olvides llamarme a las nueve mañana.

—No lo olvidaré, señor.

El criado se alejó arrastrando las zapatillas por el pasillo.

Dorian Gray arrojó el sombrero y el abrigo sobre la mesa y pasó a la biblioteca. Durante un cuarto de hora se paseó de un lado a otro de la habitación, mordiéndose el labio y cavilando. Luego bajó el Libro Azul de uno de los estantes y se puso a hojear las páginas. «Alan Campbell, calle Hertford 152, Mayfair». Sí; ese era el hombre que necesitaba.

Fin del Episodio 29 · de 41

Capítulo XIII

Siguiente Episodio 30~13 minCapítulo XIV · I“Dorian dormía con absoluta tranquilidad, recostado sobre su costado derecho, con una mano bajo la mejilla.”Seguir leyendo
Comparte esta experiencia literaria

¿Te cautivó este episodio?

Invita a otros lectores o comparte una tarjeta de cita estética con tus reflexiones.