Capítulo XI · III
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Tal era, en todo caso, la opinión de Dorian Gray. Solía maravillarse ante la superficial psicología de quienes conciben el yo del hombre como algo simple, permanente, constante y de una sola esencia. Para él, el hombre era una criatura dotada de miríadas de vidas y miríadas de sensaciones: un ser complejo y multiforme que albergaba en su interior extrañas herencias de pensamiento y pasión, y cuya propia carne se hallaba emponzoñada por las dolencias monstruosas de los muertos. Le complacía pasear por la desolada y fría galería de retratos de su casa de campo y contemplar los diversos retratos de aquellos por cuyas venas había corrido su propia sangre. He aquí a Philip Herbert, a quien Francis Osborne describe en sus memorias sobre los reinados de Isabel y Jacobo como «acariciado por la Corte por su hermoso rostro, que no le hizo compañía mucho tiempo». ¿Acaso era la vida del joven Herbert la que él mismo llevaba en ocasiones? ¿Se habría transmitido algún extraño germen ponzoñoso de cuerpo en cuerpo hasta alcanzar el suyo? ¿Sería acaso una vaga intuición de aquella gracia arruinada lo que lo indujo con tanta brusquedad, y casi sin motivo, a formular en el estudio de Basil Hallward la plegaria insensata que tanto había transformado su existencia? He aquí, con jubón rojo bordado en oro, cota enjoyada y lechuguilla y puñetas ribeteadas de oro, a sir Anthony Sherard, con su armadura de plata y azabache amontonada a sus pies: ¿cuál había sido el legado de aquel hombre?; ¿le habría transmitido el amante de Juana de Nápoles alguna herencia de culpa e ignominia?; ¿eran sus propios actos meramente los sueños que el muerto no se había atrevido a realizar? He aquí, sonriendo desde el lienzo desvaído, a lady Elizabeth Devereux, con su toca de gasa, peto de perlas y mangas acuchilladas de color rosa: una flor descansaba en su diestra y la izquierda sostenía un collar esmaltado de rosas blancas y damasquinas; sobre una mesa a su lado reposaban un laúd y una manzana, y lucía grandes escarapelas verdes en sus zapatitos puntiagudos. Conocía su historia y los extraños relatos que corrían sobre sus amantes: ¿tendría él algo del temperamento de aquella dama?; aquellos ojos ovalados de pesados párpados parecían mirarlo con curiosidad. ¿Qué decir de George Willoughby, con sus cabellos empolvados y sus lunares postizos? ¡Qué perverso parecía! El rostro era cetrino y saturnino, y los labios sensuales parecían torcidos por el desdén: finas chorreras de encaje caían sobre las manos descarnadas y amarillentas cargadas de sortijas; había sido un petimetre del siglo dieciocho y amigo, en su juventud, de lord Ferrars. ¿Y el segundo lord Beckenham, compañero del Príncipe Regente en sus días más disolutos y uno de los testigos de su boda secreta con la señora Fitzherbert? ¡Qué orgulloso y apuesto se mostraba, con sus rizos castaños y su pose insolente! ¿Qué pasiones le había transmitido? El mundo lo había considerado infame: había capitaneado las orgías de Carlton House; la estrella de la Jarretera resplandecía sobre su pecho. Junto a él colgaba el retrato de su esposa, una dama pálida de labios delgados vestida de negro: la sangre de ella palpitaba también en su interior. ¡Qué insólito resultaba todo aquello! Y su madre, con su rostro semejante al de lady Hamilton y sus labios húmedos manchados de vino: sabía bien lo que había heredado de ella; había heredado su hermosura y su pasión por la belleza ajena. Ella le sonreía con su holgado atuendo de bacante: había hojas de parra entre sus cabellos y el licor púrpura se derramaba de la copa que sostenía; los claveles de la pintura se habían marchitado, pero los ojos continuaban siendo admirables en su hondura y en el brillo de su colorido: parecían seguirlo dondequiera que fuese.
Sin embargo, uno tenía antepasados en la literatura tanto como en la propia estirpe: más próximos tal vez en tipo y temperamento muchos de ellos, y sin duda dotados de una influencia de la cual uno era más plenamente consciente. Hubo épocas en que a Dorian Gray se le antojaba que la historia entera no era más que la crónica de su propia existencia: no tal como la había vivido en hechos y circunstancias, sino como su imaginación la había creado para él, tal como había existido en su cerebro y en sus pasiones. Sentía haberlos conocido a todos: a aquellas figuras extrañas y terribles que habían cruzado el escenario del mundo haciendo del pecado algo tan maravilloso y del mal algo tan colmado de sutileza. Le parecía que, de algún modo misterioso, sus vidas habían sido su propia vida.
El héroe de la prodigiosa novela que tanto había influido en su vida había conocido él mismo aquella singular fantasía. En el capítulo séptimo relata cómo, coronado de laurel para evitar que el rayo lo hiriese, se había sentado, como Tiberio, en un jardín de Capri leyendo los libros infames de Elefantina, mientras enanos y pavos reales se pavoneaban a su alrededor y el flautista se burlaba del turiferario; y cómo, encarnado en Calígula, había bebido con los aurigas de casaca verde en sus establos y cenado en un pesebre de marfil con un caballo de testera enjoyada; y cómo, cual Domiciano, había recorrido un corredor revestido de espejos de mármol buscando con ojos demacrados el reflejo de la daga destinada a poner fin a sus días, enfermo de aquel hastío, aquel terrible taedium vitae que asalta a aquellos a quienes la vida no les niega nada; y se había asomado a través de una esmeralda límpida a la sangrienta carnicería del circo para luego, en una litera de perlas y púrpura tirada por mulas herradas en plata, hacerse conducir por la Calle de las Granadas hasta la Casa Dorada oyendo a la multitud aclamar a Nerón César a su paso; y cómo, cual Heliogábalo, se había pintado el rostro con afeites, hilado la rueca entre las mujeres y traído la Luna de Cartago para desposarla en bodas místicas con el Sol.
Una y otra vez solía Dorian leer aquel fantástico capítulo, y los dos capítulos inmediatamente siguientes, en los cuales, como en tapices singulares o esmaltes primorosamente cincelados, aparecían retratadas las espantosas y bellas figuras de aquellos a quienes el vicio, la sangre y el hastío habían vuelto monstruosos o dementes: Filippo, duque de Milán, que degolló a su esposa y untó sus labios con un veneno escarlata para que su amante sorbiera la muerte de aquel despojo helado que acariciaba; Pietro Barbi, el veneciano, conocido como Paulo II, que pretendió en su vanidad adoptar el título de Formoso y cuya tiara, valorada en doscientos mil florines, fue adquirida al precio de un pecado espantoso; Gian Maria Visconti, que empleaba sabuesos para dar caza a hombres vivos y cuyo cadáver asesinado fue cubierto de rosas por una cortesana que lo había amado; el Borgia sobre su corcel blanco, con el Fratricidio cabalgando a su lado y el manto manchado con la sangre de Perotto; Pietro Riario, el joven cardenal arzobispo de Florencia, criatura y favorito de Sixto IV, cuya belleza solo se igualaba a su disolución, que recibió a Leonor de Aragón en un pabellón de seda blanca y carmesí repleto de ninfas y centauros y doró a un muchacho para que sirviera en el banquete como Ganímedes o Hilas; Ezzelino, cuya melancolía solo se aliviaba con el espectáculo de la muerte y que sentía pasión por la sangre roja como otros hombres la sienten por el vino generoso: hijo del Demonio, según se decía, y tahúr que había burlado a su padre a los dados cuando se jugaba con él su propia alma; Giambattista Cibo, que por escarnio adoptó el nombre de Inocencio y en cuyas venas torpes la sangre de tres mancebos fue infundida por un médico hebreo; Segismundo Malatesta, el amante de Isotta y señor de Rímini, cuya efigie fue quemada en Roma como enemigo de Dios y de los hombres, que estranguló a Polixena con una servilleta y suministró veneno a Ginebra de Este en una copa de esmeralda, erigiendo en honor de una pasión ignominiosa un templo pagano para el culto cristiano; Carlos VI, que con tal demencia había adorado a la esposa de su hermano que un leproso le advirtió de la locura que se cernía sobre él y que, cuando su mente enfermó y se extravió, solo lograba sosegarse con naipes sarracenos pintados con las figuras del amor, de la muerte y de la locura; y, con su jubón acicalado, su birrete enjoyado y sus rizos de acanto, Grifonetto Baglioni, que dio muerte a Astorre con su prometida y a Simonetto con su paje, y cuya apostura era tal que, mientras yacía agonizante en la plaza amarilla de Perugia, aquellos que lo habían odiado no pudieron por menos de llorar, y Atalanta, que lo había maldecido, lo bendijo.
Había una horrible fascinación en todos ellos. Los contemplaba de noche y turbaban su fantasía durante el día. El Renacimiento conoció extrañas maneras de envenenar: emponzoñamiento mediante un yelmo y una antorcha encendida; mediante un guante bordado y un abanico enjoyado; mediante una manzana dorada de olor y una cadena de ámbar. Dorian Gray había sido envenenado por un libro: hubo instantes en que contempló el mal simplemente como un medio a través del cual realizar su concepción de lo hermoso.
Fin del Episodio 26 · de 41
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